Buscar siempre una ilusión que proporcione esperanza: skying desde Singapur a Juan Bravo.

Llegué apresuradamente por la calle Dalmeida a la puerta del edificio Republic Plaza, con la ilusión de poder asistir de día desde la terraza del último piso, a la visión panorámica de Singapur,  que señalaban como una de las vistas urbanas más bellas del mundo, y desde donde podía verse la bella ciudad-estado desde Malasia a Sentosa y desde el aeropuerto de Changi al estrecho de Johor.

Singapur financiera.

Hotel Marina Bay Sands. Singapur.

Republic Plaza .

Pagué a toda prisa mi ticket de 10 dólares singapurenses dirigiéndome a uno de los quince ascensores existentes y que que en ese momento estaba tragando gente para subir, buscando al entrar el panel de los pisos para pulsar el botón del último. Me sorprendió un ascensor de diseño vintage con paredes forradas de terciopelo rojo, techo alto, un pequeño sofá de tres plazas en el fondo, tapizado con la misma tela que las paredes, una lámpara de lágrimas de cristal con no menos de una docena de bombillas tipo vela, y contrastando con todo ello, un panel de color gris metálico, ultramoderno, con botones de luces digitalizadas, que luego vería como escrupulosamente adquirían un color azul frío, a medida que pasaban los pisos a toda velocidad para recorrer los 280 ms de altura del edificio con sus 66 plantas.

Panorámica de la ciudad de Singapur.

Habría ya  una decena de personas embarcadas cuando me introduje en el ascensor, cerrándose las puertas a mi espalda; al entrar, me quedé mirando hacia los compañeros de viaje, aunque al poco, incómodo al sentirme observado, me di la vuelta quedando de cara a la puerta por donde había entrado. En un ascensor de alta capacidad –en los de escasa quizá más- las personas tratamos de disimular; miramos hacia abajo, hacia arriba, apretamos los puños, carraspeamos, miramos los botones calculando cuantos pisos nos quedan, miramos la hora para nada, esperando llegar pronto, y que se abran de una vez las puertas para poder salir por fin y dejar de ser observados.

El ascensor subió como una exhalación hasta la planta 23, sonando al iniciar la deceleración un timbre digital, musical pero firme, deteniéndose suavemente, oyendo a continuación unos cuantos sorries que acompañados de cuerpo y codos intentaban desembarcar en su destino.

Quedamos cuatro personas en el ascensor, que cerró sus puertas reiniciando su meteórico ascenso a la planta 54, donde se repitieron las mismas operaciones, aunque en esta ocasión, el resto de las personas que subían, exceptuándome a mí, salieron con mayor tranquilidad al no intuir problemas para el desembarco: me quedé solo, poniéndose el ascensor en movimiento hacia la terraza con mirador del piso 66.

Entonces me fijé en el ruido de los motores, que no era un ruido potente, no, era más bien suave, eléctrico, como un zumbido. Miré al suelo que estaba muy limpio y luego me vi en el espejo que no tenía remaches, en donde me miré de forma deshinbida; cuando uno está solo se suele sentir un poco más libre para estos menesteres, y me observé con tranquilidad, viéndome con pinta demasiado deportiva para las canas que peino, pero en fin…la verdad es que no hay nada demasiado interesante en un ascensor, pensé.

Recordé que hacía tiempo que no me miraba con detenimiento en un espejo, quizá para no ver la imagen que devuelve, mientras recordaba como de adolescentes, todos nos mirábamos en cada espejo que se ponía  a tiro, cristal de coche o gafas de sol de la persona con la que hablábamos…, entonces buscando siempre nuestro lado bueno, para triunfar con Purita…

De repente, tuve la sensación de que el ascensor había encogido; con la forma de frenada que ya conocía llegó a la última planta y esperé a que se abrieran las puertas, pero me pareció que tardaban en abrirse más de lo que había sentido con anterioridad. Esperé algo más, y comencé a tocar todos los botones, al principio con tranquilidad y luego con algo más de desesperanza, pisos al azar, alarma con campana que sonaba a zumbido poco resolutivo, y con el pensamiento puesto en la hora, ya que el sol empezaba a caer…pero el ascensor ni subía ni bajaba. Un ascensor sólo puede hacer eso, subir o bajar; no esperamos que vaya para la derecha ni para la izquierda, ni en diagonales, excepto en construcciones especiales como la Tour Eiffel o edificios inclinados; esperaba que ocurriera lo lógico, pero no ocurría nada y pensé sin venir a cuento que un hombre no puede y no debe vivir sin esperanza. De repente, las paredes del ascensor se abatieron hacia los lados, desapareciendo el techo y me encontré de pie en un cuadrado que había cambiado el terciopelo rojo, los botones y la puerta, por una superficie transparente que parecía suspendida en el aire a gran altura, ya que Singapur aparecía como un pequeño punto debajo de mis pies; no sabía qué hacer, pero tampoco sentí miedo.

No podía creer lo que me pasaba, “estoy soñando”, pensé. De repente, en la lejanía, vi algo que me hizo fruncir el ceño para intentar agudizar mi vista: creí ver a La Gavilana, gitana hermosa pintada por Manuel Benedito con reiteración, ofreciéndose…

Manuel Benedito. La Gavilana. 1910. Óleo sobre lienzo. 107 x 170 cm. Casa-Museo de la Fundación Manuel Benedito. Madrid.

La ilusión de abrazarla, me hizo dar un paso tras otro  hacia ella, y me sorprendí andando por la nada con soltura, sin miedo y con firmeza, aunque  tenía la impresión de acortar distancias con tanta dificultad que me parecía negado el avance, y sólo podía asegurar que la distancia que nos separaba permanecía  casi igual, y mirando hacia abajo, pude ver que había dejado atrás el océano y me adentraba en la tierra; no lograba identificar lo que veía y levanté mi vista buscando a Agustina Escudero Heredia que  permanecía en  la distancia, sin parecerme reducir un ápice la misma. Parecía como todas las utopías, inalcanzable, pero mi ilusión era tan grande que no desesperé, y pensé que en la vida, quien pueda tener una familia que le proteja, el cariño de la gente que quieres que te quiera, siendo capaz de patear los problemas y la negatividad, aunque se tenga hinchado el tobillo, la esperanza se generará, y todo estará al alcance y se podrá lograr, incluso vencer los peores momentos.

Aligeré el paso mirando nuevamente hacia abajo y esta vez sí, identifiqué Turquía aunque sin Constantino el Grande, ni Mehmet II, ni Solimán el Magnífico; vi el Mediterráneo y en cada zancada pasaba de Turquía a Grecia o de Grecia a Italia, siempre intentando alcanzar a La Gavilana. La siguiente vez que miré hacia abajo, me vi sobre Córdoba, a mucha menor altura, y pude identificarla por el Guadalquivir, la gran Mezquita-Catedral y las ruinas de Medina Azahara -que aparentan más grandeza desde arriba que lo que se puede ver hoy en las visitas terrestres-, no viendo tampoco a Musa ibn Ifriqiya, ni a Don Rodrigo ni a Abderramán III.

Agustina parecía estar mucho más cerca, así que me apresuré y sentí que me aproximaba a ella hasta casi poder percibir su olor azahareño y abrazarla…”está prohibido acercarse tanto a los cuadros, señor” oí una voz, y me vi delante del cuadro de La Gavilana de Manuel Benedito, en la casa museo que tiene la Fundación con su nombre en la calle Juan Bravo de Madrid.

To be continued in part 2: Casa-Museo de Manuel Benedito.