Sin ayer… ¿soy nada?

Dedicado a Manuela.

¿Sin ti y sin ayer, soy nada?

Aunque pudiera parecer un sentimiento nostálgico derivado de la flojera anímica propia de la madurez, quizá no lo sea, o  sí.

Lo que hoy son buenas vivencias y tiempos estupendos, puede que   sean  los pensamientos nostálgicos de mañana, porque con el paso del tiempo, lo que va quedando básicamente son recuerdos,  que en muchos casos -cuando se vive sólo del pasado- pueden producir melancolía, estableciéndose con firmeza la paradoja de que cuando la veteranía  haya permitido conocer mejor el mundo y sus cosas, menos capaz se irá siendo de disfrutar de algunas de ellas: la vejez es una suave y amable venganza de la vida…

Hay cosas que son obvias; del mismo modo que unir a la aparente mano dura con los subordinados, la altanería, circunspección y aislamiento propios -también generalmente ficticia-, creándose fama de mando hermético, inflexible y poco accesible, pueden facilitar el mando, así mismo, sonreír al futuro aunque sea con tibieza,  pese a que se nos antoje escaso y no fácil, dará mejor resultado que embelesarnos permanentemente en nuestro pasado, que sin duda no volverá, aunque cree ficción buena o muy  buena en nuestro imaginario, pudiéndonos hacer vivir en un estado permanente de buena o mala NOSTALGIA, a cuya construcción  puede contribuir nuestro general iluso y utópico de los tiempos pasados, propios de una juventud ya marchita: esto ya no es lo que era ¡ayer fue mejor!

Jacob de Gheyn. Melancolía.  Finales siglo XVI. Grabado cortesía de J.J. Poelhekke: «La Melancolía, aquella aflicción tan calamitosa de alma y mente, a menudo oprime a los hombres de talento y genio».

DEL INTERESANTE  LIBRO QUE ME REGALÓ JAV  «Nacidos bajo el signo de Saturno».

Y tiene su lógica: cuando éramos jóvenes, nos daba tiempo hasta de  hacer novenas en  caída libre y ahora cada hora es un segundo, y es por eso que tendemos a engancharnos a la nostalgia.

Pero la NOSTALGIA ya no es  lo que fue; viene a mi memoria el libro de la actriz francesa Simone Signoret  La nostalgia ya no es lo que era (1978) y el libro de crónicas de Ignacio Juliá (2014) del mismo título, que lo extrajo de la frase que le regaló Kevin Rowland durante una entrevista.

El aserto irónico sigue vigente, ya que en los presentes y futuros increíbles que nos hacen ver, ni siquiera la nostalgia podría ser como fue.

Aunque no fuera lo que fue, tampoco puede ser tan mala en dosis adecuadas: no olvidemos que durante sus muchos años de aventuras, Ulises se sirvió del recuerdo y la nostalgia de Penélope en la lejana Ítaca, para poder vencer los obstáculos y dificultades con los que se fue encontrando en sus fantásticos viajes, pudiendo considerarse que el héroe griego triunfó en sus desafíos por ser un gran nostálgico.

Me acuerdo de cuando era el colega de  un beso, siempre a su lado y él al mío; de cuando al escribir una carta esperaba la ansiada respuesta; de cuando el sexo iba acompañado de algo de pudor; de cuando al hacer un regalo no esperaba que me devolvieran otro; de cuando en los aviones -al margen de tirame  desde ellos- me ofrecían tomar algo incluido en el precio; de cuando las personas cultas eran respetadas porque no había google ni wikipedia; de cuando para dormir, nos poníamos un pijama o ellas  camisón; de cuando el viaje a otro país lo preparaba con mucho tiempo; de cuando los libros eran venerados; de cuando como padre podía ejercer la autoridad sobre mis hijos sin dejar de ser afectuoso y comprensivo…Pero no siempre lo pasado fue mejor: cuando no había libertad alguna, cuando tardaban en ponernos el teléfono en casa cuatro meses y no había móviles, ni bypass, ni stent, ni paroscopia, ni platos precocinados para un apuro, ni viagra, ni internet…Al pensar en todo esto, es normal sentir algo de nostalgia.

Como se puede ver, no todo tiempo pasado fue mejor: en algunas cosas sí y en otras no, y tras el ejercicio de memoria, volvemos al presente; a un presente de globalización, de información inmediata, de tecnología deslumbrante, de ponerse cualquier cosa para dormir o nada, de plasmas, de edificios demóticos, de medicina nuclear, de deformación de la realidad mediante la técnica…un presente alucinante e hiperactivo, en el que ya no cabe el asombro, porque las novedades son cada vez más sorprendentes y menos espaciadas, y uno se va insensibilizando incluso de lo maravilloso.

El presente se va pareciendo al futuro, siendo la nostalgia  el cordón que nos une a un pasado cercano, en el que los sentimientos, los códigos éticos y morales,  los valores, y el universo de los afectos tenían mayor importancia. Ahora, todo cambia continuamente, todo parece desmoronarse y vuelve a renacer, y una cosa antes valiosa y de hornacina –el reloj o la pluma que me regaló mi padre- ya no es  para toda la vida…, sino que pudiera ser cosa prescindible.

Durante mucho tiempo, la nostalgia melancólica fue considerada un trastorno, siendo descrita como una enfermedad neurológica de causas demoníacas, pero  hoy vive su renacer  con fuerza y es recomendada, ya que según conclusiones de estudios médicos actuales,  es considerada  un remedio contra la soledad, el aburrimiento o la ansiedad, haciendo a las personas más tolerantes y generosas, aumentando su optimismo de cara al futuro y también en el amor: la memoria exclusiva de la pareja y su nostalgia derivada, pueden ayudar a la felicidad, aunque todo como indicaría la diosa NÉMESIS, debe ser con mesura.

Por tanto, me quedo con la estructura novelística de columna:  en la base se ponen los ingredientes de la trama o del pasado, en el fuste los acontecimientos  del presente, y en el capitel, el futuro donde se llegará al desenlace, todo revueltoun puntito de tanto en cuanto de nostalgia de la vida muy pasada sin llegar a la melancolía, un punto del pasado cercano, naturalmente el presente, y siempre  la mirada en el futuro subido en la tabla  de surf de mi existencia, de la que si miro hacia atrás mucho tiempo,  me desequilibro y me caigo.