IGNACIO ZULOAGA Y ZABALETA. Parte 1.

Ignacio Zuloaga Zabaleta nació en Éibar en 1870 y murió en Madrid en 1945 a los 75 años, con abundante patrimonio, siendo alabado como artista por los foráneos, y denostado por muchos compatriotas.

Ignacio Zuloaga. Autorretrato sobre fondo azul. 1942. Óleo sobre lienzo. 84 x  64 cm. Colección privada.

Pintor de escenas costumbristas y retratos de estilo naturalista, con dibujo de trazo vigoroso y rotundo, pincelada larga y segura y colores fríos y oscuros, con un estilo caracterizado por el predominio de las figuras, siendo influido fundamentalmente por Lo Spagnoletto –José de Ribera y su evolución desde el tenebrismo de Caravaggio- y Francisco de Goya.

Estudió con los jesuitas en Francia, aprendiendo a dibujar en el taller de damasquinado de su padre Plácido, y tras la desilusión de su padre por no seguir la actividad familiar, abandonó Éibar marchando en una primera etapa a Madrid.

En 1887 presentó la obra Un sacerdote rezando en una habitación antigua, en la Exposición Nacional de Madrid, visitando con frecuencia el Prado, para copiar obras de Velázquez, El Greco, Ribera, Zurbarán y Goya. En 1888 pintó Fuente de Éibar y El ciego de Arrate, obras que ya fueron bastante conocidas.

Ignacio Zuloaga. La fuente de Éibar. 1888. Óleo sobre tela. 96,5 x 62,8 cm. Museo  Zuloaga. A veces en casa museo de Zumaya  (Guipuzcoa), otras en el de Pedraza (Segovia).

Al año siguiente viajó a Roma para estudiar los maestros del Renacimiento, pintando El forjador herido en 1890 que se expone en la casa museo de Zumaya.

A partir de ahí y con 19 años se trasladó a París, la capital del arte moderno por aquel entonces, descubriendo una ciudad en la que se daban cita las más innovadoras tendencias, practicando el plein air de los impresionistas, acudiendo al taller de Eugène Carrière y Henri Gervex, contactando con el vitoriano Uranga, el vallisoletano Paco Durrio, el asturiano Regoyos, con el clan de los catalanes: Rusiñol, Casas, Pichot, Isidre Nonell, Anglada Camarasa y con los no españoles Gauguin, Degas, Blanche, Toulouse-Lautrec, DeThomas,  Singer Sargent, Rodin, y otros, presentando sus obras en las principales galerías parisinas, siendo influido por  uno de los movimientos artísticos entonces más de moda: el simbolismo.

La influencia en Zuloaga de su experiencia parisina, convierte al artista en alguien  con las culturas francesa y española en su paleta: la modernidad francesa por un lado, y por otro el costumbrismo español, siendo considerado por sus compatriotas como el gran representante pictórico de la España negra que  daba mala imagen en el exterior de nuestra tierra: ese país de curas, toreros, brujas y bailadoras, país triste, cruel, sucio y fanático.

Tal fue la consideración que tuvieron los españoles del artista, que en 1900, habiendo presentado la obra  Víspera de la corrida -que un año antes había recibido la medalla de la Exposición de Bellas Artes de Barcelona-  para ser llevada en representación  de España a la exposición de París de 1900, fue rechazada por el Gobierno, porque “perpetúa la imagen estereotipada y atrasada de España” siendo adquirida por el estado belga.

Ignacio Zuloaga. Vispera de la corrida. 1898-1899. Óleo sobre lienzo. 222 x 302 cm. Musées royaux des Beaux Arts de Belgique. Bruselas.

La  España negra de tonos oscuros, mantilla, abanicos, vino rancio, flamenco de tasca para alegrar el espíritu,  y toreros, fue la que hizo famoso al artista. En el exterior, esa imagen desprendía modernidad y cambiaba la idea de la espiritual España de la Inquisición y religiosa por encima de  todo. En nuestro país, hizo que su arte fuera despreciado,  considerando al artista «pintor de españoladas»: apaleado en casa y celebrado a nivel europeo -muy nuestro-.

Los de la Generación del 98, quisieron incluirle en su movimiento, con el afán de destacar así su modernidad y éxito internacional, pero Zuloaga nunca tuvo interés, ni jugó ningún papel en ese movimiento, aunque al final fue considerado -sin desearlo-, representante de la parte gráfica de la generación del 98.

Así el artista, muy celebrado en Francia y sintiéndose rechazado en España, sufrió una crisis  personal que resolvió al volver a su país, sintiendo que era necesario entender la tradición, para navegar hacia el progreso, combinando a partir de entonces, la estética puramente española con retratos muy modernos de la aristocracia como  La condesa Mathieu de Noailles.

Ignacio Zuloaga. Retrato de la condesa Mathieu de Noailles. 1913. Óleo sobre lienzo. 152 x  195,5 cm. Museo  de Bellas Artes de Bilbao.

Pensamiento en relación al inmovilismo intelectualel piñón fijo de las ideas-: si la serpiente no muda su piel , muere, y del mismo modo las mentes que sean incapaces de cambiar de opinión, dejan  de ser mentes…

Trabajó en Andalucía desde 1893 a 1898, y durante los años de especialización andaluza en Sevilla, en donde cultivó una gran amistad con Émile Bernard, pintó especialmente mujeres ataviadas con trajes de volantes, mantones, mantillas, abanicos y flores…la España blanca; fueron obras de temática española con lenguaje gabacho.

En 1898 se trasladó a Segovia con su tío Daniel, lugar en donde encontró las raíces profundas de los maestros del siglo de oro, trabajando en esa ciudad castellana dieciséis años, no llevando sus obras a exposiciones españolas sino a las grandes  europeas, atrayendo a esa tierra segoviana a muchos artistas amigos de la élite parisina, entre los cuales se encontraba Auguste Rodin.

Zuloaga alternó su estancia en Sevilla y Segovia con París, donde se dedicó principalmente al retrato de personajes de la Belle Époque, llegando a ser uno de los grandes retratistas del momento, mientras que en las tierras castellanas navegó hacia la pintura de paisajes y costumbrismo castellano, consolidando así su otro yo, el de la «España negra«.

El duro paisaje castellano se convertirá en la imagen emblemática de España, y su visión de nuestra tierra hizo que le identificaran con la Generación del 98, que señalaba la decadencia de las ciudades y el deseo de la vuelta a la tierra, en busca de una autenticidad y una identidad nacional. La sobriedad, y el pesimismo de la generación literaria quisieron embridar sus obras castellanas, pintando las costumbres de los pueblos y sus miserias, mostrando la España rural, con sus personajes solemnes, inmóviles y atemporales, en obras tan significativas  como El enano Gregorio el botero en SepúlvedaRosita Gutiérrez o Mujeres de Sepúlveda.

Ignacio Zuloaga. El enano Gregorio el botero en Sepúlveda. 1907. Óleo sobre lienzo. 187 x 154 cm. The State Hermitage Museum. San Petersburgo. Rusia. 

Ignacio Zuloaga. Rosita Gutiérrez. 1914-1915. Óleo sobre lienzo. 166,5 x 140 cm.  Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Ignacio Zuloaga. Mujeres de Sepúlveda. 1909. Óleo sobre lienzo. 213 x 182 cm.  Ayuntamiento de Irún.

En la faceta de la pintura del paisaje, aunque sus comienzos estuvieron influidos por el impresionismo, su técnica, la estructura de su perspectiva, el dramatismo y el estudio de la luz son fruto de su fuerte y clara personalidad. Se interesó por el paisaje urbano, por las viejas casas con grietas, las edificaciones populares y las nobles fachadas desgastadas, con un paisaje de fondo.

En 1902 fue declarado socio de la Nacional de Bellas Artes de París y en 1904 triunfó en Düsseldorf, abriéndose definitivamente para él las puertas de Europa. En 1909 envió cuadros a Estados Unidos, siendo la primera de las cuatro exposiciones –siempre exitosas- en ese país: la última en 1924 y 1925, por varios Estados. Después de EEUU, Cuba, con aún más éxito si cupiera, continuando por Méjico, Argentina y Chile, siendo a partir de ese momento cuando comenzó su reconocimiento en España.

En 1914 se acabaron sus idas y venidas de Sevilla y Segovia a París, por el comienzo de la Primera Guerra Mundial, en la que se manifestó claramente a favor de los aliados.

Tras pedirle el duque de Alba que realizara su retrato, el de su mujer y su hija, se le abrieron las puertas de la nobleza y gente adinerada española, convirtiéndose en el retratista más cotizado de nuestro país, comprando en esa época en Zumaya, terrenos para construir su casa, un museo y  su atelier.

Casa museo de Zumaya.

Se confiesa: “yo añoro y persigo  lo potente, lo recio, lo áspero y hasta lo agrio; Castilla me ha dado la plenitud de sus deslumbramientos y penumbras, sus oposiciones vigorosas de azules, granas y amarillos, y esos grises incomparables de sus lejanías caliginosas, los elementos cardinales de los fondos culminantes y de los únicos paisajes integrales que ha perpetuado mi paleta”.

Retrató en Zumaya a su familia, a sus amigos Quintín de la Torre, Alcorta y Basilio Iraizoz entre otros muchos, pintando bonitos paisajes, bodegones y composiciones costumbristas.

En 1920 volvió a Madrid, a su estudio de Las Vistillas, donde había dejado el retrato  sin concluir de Ortega y Gasset.

En 1936 realizó el retrato de su amigo el escultor Julio Beobide, apoyando con toda claridad a las fuerzas nacionales durante la Guerra Civil Española y con posterioridad al régimen del general Franco -cuyo retrato pintó en 1940-, debido a sus convicciones conservadoras y la percepción tradicionalista de España.

To be continued in part 2 and last.