Categoría: Ficción

Mis deidades veraniegas: Tanit y Patricia.

Nuestros anhelos amorosos se desbocaban cada noche hasta la extenuación, sintiendo que la vida se nos iba, regresando con una nueva caricia, volando al fin hacia un sueño que llegaba sin darnos cuenta, y que recibíamos cubriéndonos con una fina sábana hecha de sentimientos imposibles de tejer con palabras. Éramos como las olas del mar, que cuando llegan a la orilla parece que lo van a abandonar, pero luego siempre vuelven y son recogidas, aunque sin regularidad ni puntualidad, y de forma desordenada.

Me desperté a hora temprana, como viene siendo habitual en mí a estas alturas de la vida, abrazado a ti, en nuestra cama del hotel Al Mandari de Tetuán, en donde nos alojamos en nuestro viaje para visitar Río Martil, procurando no removerme, ni hacer ruido, para que pudieras continuar durmiendo, y yo poder seguir observando tu cuerpo desnudo libremente. El talle estrecho, tus pechos pequeños y erguidos de adolescente, tus largas piernas y tu piel brillante, inmarcesibles, pensando que me faltaría el aire cuando no te tuviera, doliéndome las manos al contenerlas para no acariciarte y perturbar tu sueño, y provocar de este modo el fin de mi grata contemplación, que me hacía sentir ganas de tenerte de nuevo.

Acariciaba la piel de tu vientre con suavidad, mientras observaba las imperceptibles arrugas que la vida había ido dibujando allí donde terminan los ojos, que te proporcionaban una belleza singular, que me emocionaba, al combinarla con el constante dibujo de la sonrisa que siempre tienes en tu boca, hasta dormida.

Aunque ya lo dijo Ptahotep  hace más de 4.000 años (siglo XXIV a.C. Ptah está en plenitud-, escriba y chatyvisir- del faraón Dyedkara-Isesi de la V dinastía),  en sus Máximas: la vejez es mala para casi todo, excepto para las cualidades humanas que más necesitan de la reflexión y de la serenidad. Y yo creo, que debemos intentar adornar la nuestra, para intentar minimizar esa maldad, con la mayor clarividencia posible, que nos irá proveyendo de lo necesario, para que con seguridad, podamos conducir estas últimas etapas de la vida del modo mejor, incluso en lo que pudiera parecer difícil.

Al cabo, comenzaste a estirarte y bostezar, atrayéndome hacia ti, haciéndome sentir con tus labios y tu cuerpo, tu deseo, que me llevó nuevamente al cielo, a lomos de un viento exento de egoísmo y lleno de amor, para entregarme a ti como el más devoto de tus idólatras.

Después, decidimos levantarnos y desayunar en la habitación, y yo que hace tiempo he dejado los despertares rápidos y tempranos, los de lazada de cordones apresurados, y salida casi en pijama y despendolado para llegar con puntualidad al trabajo, sin besos de despedida, ni tiempo para el recuerdo de la última noche, lo hice remoloneando y abrazándote por la habitación, hasta la llegada del desayuno.

Tras estar listos con ropa ligera, gafas de sol y prenda de cabeza, pedimos un coche con chófer para trasladarnos a Martil, a donde volveríamos al día siguiente, para ver el amanecer en su playa.

Martil es conocida básicamente por ser la playa de Tetuán en Marruecos. Es una ciudad situada en la desembocadura del río del mismo nombre, en una amplia playa que va desde cabo Negro al norte, hasta Azla, cerca del cabo Nazari, al sur. Está incluida en una nueva provincia junto a las ciudades de Fnideq y Mediq.

Situada a unos 40 kilómetros al sur de Ceuta y a 10 Km. al nordeste de Tetuán y a la misma distancia al sur de Mdiq, se llega por la carretera de Ceuta-Tetuán, tras tomar un desvío en el cruce de cabo Negro, o directamente desde esta última, por la carretera de Tetuán-Martil.

En la antigüedad el río Martil fue navegable hasta Tamuda, una ciudad romana frente a Tetuán; el asentamiento de Martil fue destruido en el siglo XV y refundado por Alí al Mandari gobernador de la ciudad marroquí de Tetuán y previamente jefe militar de Granada, muerto en la primera mitad del siglo XVI-, convirtiéndose en el puerto comercial y militar de Tetuán y único puerto de cierta importancia de Marruecos en el Mediterráneo, con actividad comercial, y base de las diferentes flotas corsarias entre los siglos XVI y XVIII.

Con la apertura del puerto de Tánger, disminuyó su actividad como puerto comercial, comenzando a ser lugar de descanso y solaz de los tetuanís y puerto pesquero. La actual ciudad de Martil fue fundada en el año 1914, tras la constitución del Protectorado español en 1913, y construida por ingenieros militares españoles.

Tras la independencia de Marruecos, el crecimiento fue notable, contando en la actualidad con alrededor de 70.000 habitantes. Hoy, Martil es administrativamente una comuna urbana perteneciente a la provincia de Tetuán, rodeada por las comunas rurales de Mallalien al norte, Tetuán Sidi Al Mandri al oeste y Azla al sur.

Recordé mi viaje del año 1967, y por mucho esfuerzo que hice para recordar aquellos parajes vacíos, pude sentir que el turismo había llegado a la zona con el viento del desarrollo de las últimas décadas, habiéndose producido un crecimiento espectacular y probablemente -por el aspecto- desordenado, y es que en estos últimos años, las inversiones en turismo han aumentado de forma exponencial, realizándose importantes promociones inmobiliarias para el desarrollo turístico.

La playa, es de arena fina y blanca, y en la zona al norte de la desembocadura del río Martil, llamada Beni Zalem, proliferan las urbanizaciones, hay campos de golf, campings, etc…, y es en donde se encuentran las mejores zonas de baño. El río Martil desemboca en la zona sur de la ciudad, llamada Beni Maden, que es pantanosa, siendo las playas de esta área de peor calidad.

Visitamos la zona de Beni Zalem y sus playas, surgiéndonos la duda de si volver a dormir a Tetuán, o comprar un kit de reposición de ropa y limpieza de dientes, y quedarnos a dormir en Martil, ya que planeábamos estar en la playa no después de las 05,30, porque amanecía a las 06,14.

Buscamos alojamiento y una vez conseguido, despedimos al conductor, dándole instrucciones para recogernos a las 09,30 del día siguiente.

En el hotel, pedimos información sobre qué lugares eran interesantes para visitar, para comer –pescado-, tomar algo, y poder descansar a lo largo del día.

Iniciamos la visita turística por El Fuerte Martil, torreón artillado de estilo marroquí, sin puertas, en el que sólo se puede entrar por alguna ventana con escala; lo coronan varios pequeños torreones, y en sus alrededores se han construido algunos edificios que restan vistosidad al monumento. El Fuerte sirvió para proteger y controlar la entrada al río Martil, siendo tomado por fuerzas españolas en la GUERRA DE ÁFRICA en  1859/1860.

A continuación, nos dirigimos a la iglesia católica de Nuestra Señora de la Concepción, de estilo barroco hispanoamericano con una hermosa cúpula central, convertida en biblioteca universitaria y centro cultural. Frente a ella hay una plaza de estilo andaluz rodeada de casas blancas, bancos, jardines y un bonito empedrado, a semejanza de los pueblos costeros andaluces. Junto a la iglesia está el Centro Cultural Lerchundi, obra cultural de la Iglesia católica en Marruecos.

Con un calor más que bastante, decidimos refugiarnos en algún sitio para tomar unas cervezas bien frías que pudiéramos enlazar con una comida ligera a base de pescado, por lo que siguiendo las indicaciones del hotel, nos dirigimos al Restaurant Achourafae, en donde ya nos habían realizado la reserva. Tras una buena, escueta y limpia comida, tuvimos que vencer nuestra pereza, haciendo gala de una diligencia simpar, para continuar la visita turística.

Visitamos sin minuciosidad el barrio español -bastante deteriorado-, en donde quedan restos de casas españolas de estilo andaluz, con una calle peatonal y una gran plaza circular. Nos llamó la atención, la gran cantidad de gente joven con pinta aceptable -para nuestros cánones-, que hablaban árabe y se desenvolvían como nativos, hasta que nos enteramos de que Martil, es una ciudad en cuyas proximidades se encuentra la sede de la Universidad Abd al-Malik al-Saadi, de letras y ciencias humanísticas, y una facultad de derecho que se inauguró en los primeros años del siglo XXI.

Paseando por la calle Mohamed V, peatonal y zona comercial por excelencia, decidimos coger un taxi para ir a Cabo Negro, la zona turística más conocida de la comarca, subiendo hacia el norte en dirección a Ceuta, unos 10 kms. Las urbanizaciones desde Martil se suceden sin solución de continuidad frente al mar, rematando en una de lujo, junto a Cabo Negro, con una paradisíaca playa y un bonito campo de golf, que nos proporcionó algunos momentos de risas felices, al recordar cuando nos conocimos en un campo de prácticas, mandando juntos la bola a las nubes…

Tras un buen paseo y tomar algo –ya casi anocheciendo- volvimos a Martil, en donde nos acercamos para echar un ojo a la Mezquita de Mohamed V, con su minarete de color ladrillo, aristas enyesadas y las puertas adornadas de azulejos finamente decorados, cenando más tarde en el hotel, recogiéndonos no demasiado tarde, para salir del hotel a las 05,00 de la mañana siguiente, tras desayunar en la habitación algo que nos subimos del bar esa noche.

Antes de levantarnos a las 04,00, unos besos nos recordaron los colores de la noche pasada, y aunque debíamos levantarnos, no podíamos desceñirnos, con la pretensión de poder llegar al amanecer a la playa abrazados, sin habernos desatado. No podía ser, así que con un último beso, con los labios testarudos sin quererse despegar de sus anhelos, saltamos de la cama cada uno por un lado, estableciendo un turno de ducha, ya que en caso de no haberlo hecho, no hubiéramos llegado de ninguna manera a nuestro objetivo a la hora prevista.

La playa de Martil está considerada como una de las más bellas de todo el norte de Marruecos; su arena es muy clara -entre dorada y blanca- y fina, sin embargo, las aguas no son tan claras porque la fina arena da una apariencia más oscura al agua que llega casi siempre a la orilla de forma muy suave, sin olas notables habitualmente.

Desde el hotel situado en el centro de la ciudad, nos dirigimos al cuidado paseo marítimo, y al alcanzarlo, anduvimos unos 10 minutos hacia el norte, por la zona de Beni Zalem. Era totalmente de noche, la humedad  daba sensación de fresco y no había un alma en la calle; al llegar a donde queríamos, eran las 05,40, así que nos sentamos en la arena, abrazados, cerca de donde las suaves olas morían en la arena, oyendo su suave susurro.

Al instante, un punto luminoso de gran potencia comenzó a aparecer en el horizonte, pero para nuestra sorpresa, no subía ni crecía desde la nada, primero a un segmento circular y luego al círculo, como hace el dios solar que cuando nace, hasta mostrarse soberbio cuando se ve completo. El rayo de luz en el que se había convertido el punto se acercaba a gran velocidad a ras de mar por la capa de Neuston hacia nosotros, cuando la noche era  aún dueña del cielo, en una oscuridad en la que las estrellas titilaban mirándonos temblorosas.

Al instante, una figura hierática rodeada por un halo de gran luminosidad y un gran flabelo en su lado derechoquizá sostenido por alguien negro como la noche o invisible para mí, se plantó en la playa a pocos metros de nosotros, cantando a mezza vocce una música que nos provocaba cierto misticismo, estando la figura suspendida en el aire. Dejó caer por los hombros hacia el suelo una túnica que parecía liviana, vaporosa y sutil, aunque no frágil, y que constituía toda su vestimenta. Era ella, la que vi cuando tenía con 18 años en esta misma playa. No era posible, pero al igual que entonces, se había deshecho de su ropa y era -como antaño- el más hermoso cuerpo de mujer que pensé nunca volvería a ver, esculpido en color bronce, con un rostro perfecto, sus pechos desafiantes, apenas vencida la adolescencia, y unos ojos glaucos grandes, del color del mar de los cayos cubanos, oliendo igual que entonces, a incienso de olíbano

Esa fragancia, mi mente la ha mantenido guardada desde entonces, y en mi alma se ha sostenido el imaginario de ese aroma intacto durante mucho tiempo, pareciendo no conocer el olvido, ayudando a la memoria a trasladarme a aquel momento con rapidez y precisión.

Se dirigió a mí, y sin mover los labios, ni abrir la boca, trasmitiendo sensaciones de su omnisciencia me dijo con claridad: “llevo esperándote 53 años. Es abstruso para ti entender lo que está pasando, pero permanece tranquilo, ya que no debéis temer nada. De Patricia no te preocupes, que ella está oyendo lo que yo quiero que oiga”.

¿Pero quién eres?, acerté a balbucear. Por un momento pensé que en el desayuno alguien nos podría haber puesto algún alucinógeno.

Soy Tanit, diosa fenicia y cartaginesa, que fui principal en Cartago –actual Túnez-, junto a mí esposo Baal Hammon. El culto a mí divinidad fue adoptado por los bereberes púnicos. Resido en un gran palafito en la constelación Apis –actual Musca-, y me fueron construidos por dioses menores subordinados innumerables cenotafios por todo el Universo.

Mi divinidad es la equivalente a la diosa fenicia Astarté, que fue la asimilación fenicia-cananea de una diosa mesopotámica, idolatrada por los sumerios, los arcadios, los babilonios y los asirios, bajo los nombres de Inanna, Ishtar y por los israelíes como Astarot, representando a la madre naturaleza, la fertilidad, la vida, la exaltación del amor, y los placeres carnales, siendo adorada posteriormente como diosa de la guerra.

Fui divinidad paredra de mi esposo Baal inicialmente, y desde hace más de 26 siglos, y ya en solitario, estoy asociada como divinidad de la Luna y de la fertilidad, extendiéndose mi manto protector por todo el Mediterráneo y algunos lugares de África y Canarias –diosa guanche tinerfeña Chaxiraxi-. Posteriormente fui divinizada como Diosa Madre de los placeres carnales y tutora de los actos buenos, además de diosa de la fertilidad y  de la Luna.

Estoy aquí para responder a tus invocaciones, que aunque creas que no han existido y hayan sido sólo sueños y no realidades, fueron ciertas, y además de para atender a tu llamada, estoy fundamentalmente aquí para premiarte por tus buenos actos, señalándote que eres un ente de mi gusto.

Dicho esto, que se antoja complejo, pero que lo entendí perfecta y fácilmente, pensé que quizá quisiera utilizarme para una teogamia con ella. Me sorprendió con un gesto iracundo y altivo/espléndido, haciéndome llegar la respuesta a mi mente, “insignificante ser, jamás podrás lograr el amor de una diosa”, –no sé si pudo ser un acto de misandria, o quizá una actitud soberbia propia  de una diosa-, y sin mediar más palabras, pero haciéndome sentir exhortado, extendió dos cuerdas doradas o de oro, que salían de sus ojos glaucos, y con ellas nos cogió a los dos -a uno con cada cuerda- e inició una procelosa -para mí- y vertiginosa ascensión, que en brevísimo espacio de tiempo, dejó abajo y arriba la noche, colocándonos en posición sedente y a una altura tal, que veíamos la tierra del mismo tamaño que vemos la luna habitualmente. Arriba, el cielo negro con miríadas de estrellas que titilaban saludándonos, y abajo el continente africano y Europa que eran de juguete, pero que pude identificar en seguida, pues siendo  aún de noche, las áreas iluminadas permitían reconocerlos. Un instante después, vi también las Américas.

Mis preces aprendidas en los jesuitas, en ese momento de tanto nervio, salieron de mi boca en el latín de mis recuerdos, tal como fueron aprendidas, esperando la contestación necesaria de alguien, que no llegó, como antaño…, debiendo contestarme a mí mismo: mater amabilis, ora pronobis; mater admirabilis, ora pronobis: mater boni consili, ora pronobis;…Foederis arca, ora pronobis; lánua cæli, ora pronobis; stella matutína, ora pronobis; salus infirmórum, ora pronobis; refúgium peccatórum, ora pronobis…

Fui interrumpido con firmeza por las palabras de la diosa –que fluían en mi mente sin que moviera su boca-, “quiero que cuentes aquí, bajo los dominios de Neith, que antes de ser divinidad egipcia, lo fue de estas tierras bereberes, un acto bueno que hayas realizado en tu vida, en el que tuvieras que luchar contigo mismo, para obrar bien.

Dios mío, lo que debe estar pensando Patricia de toda esta aventura. Como yo no sabía que decir y por tanto no arrancaba, Tanit me sugirió algo que aconteció en Barcelona hace 43 años -allí nació mi primogénito, Jaime-, pero yo, que soy de los que no me gusta pasar la vida abrazado a los recuerdos, y aún menos a los de hace tantos años, ya que debió ser cuando viví  sobre el 76 en esa ciudad algo menos de un par de años, no supe que decir, aunque a poco que me hubiera esforzado, podría haberlo recordado, ya que no soy demasiado pródigo en actos buenos….

La diosa cortó mis pensamientos de cuajo, refiriéndose a un acto mío de munificencia incontestable -según dijo ella-, relatándonoslo a los dos por su sistema aparentemente telepático, aunque quizá pudiera ser trasmitido por los cables dorados que le salían de sus ojos verdes -tan bellos-, con los que nos abrazaba alrededor de la cintura.

Unos asaltantes en Barcelona, te atracaron  a ti y a tu amiga Eugenia Peña en la calle Muntaner esquina a Londres, con armas blancas en 1976…

Al instante me vinieron los recuerdos de la aventura y continué…

Prudente que generalmente suelo ser, nos llevaron sus amenazas a entregarles hasta el último tornillo sin oponer resistencia, ordenando de inmediato el cabecilla de la panda la retirada, pero uno de los secuaces, intentó tocarle el pecho a Eugenia, haciendo yo entonces un gesto instintivo de macho alfa para interponerme entre el asaltante y ella, encarándose entonces conmigo y espetándome; “no te jode el guaperas gilipollas”… y con la misma, me soltó un terrible golpe con un bate de béisbol en el cuello,  junto a un chorro de insultos,  que me dejó sin conocimiento.

Meses más tarde, proseguí, yendo con el coche por  Carlos III, a unos treinta metros de su cruce con la Diagonal, en donde entonces había una bonita rotonda ajardinada, me pasó como una exhalación un motorista, pensando yo de forma instantánea que no le iba a dar tiempo a frenar, y un segundo después, su rueda delantera al no poder hacerlo, chocó brutalmente con el bordillo de la rotonda central, saltando máquina y motorista por los aires, aterrizando el piloto, que iba sin protección en la cabeza –entonces no era obligatorio el casco– a más de 20 metros de distancia.

Lógicamente, paré el coche, puse los warnings de mi 127 y acudí a socorrerlo y al llegar a él y reconocerlo, me di cuenta de que era el jefe de la panda, que no hacía demasiado tiempo nos había asaltado. Mi corazón se dividió en dos, una parte buena y otra mala; la mala me susurró embaucadora que lo dejara donde estaba, y además, que le pateara, le escupiera, y que acompañara ambas acciones de un gesto de desprecio que fuera inconfundible, aunque él no pudiera verlo (estaba sin conocimiento), mientras que la buena, me recomendó ponerlo en el coche y llevarlo al hospital –hoy hubiera sido demandado por trato indebido a cuerpo lesionado-. Alguien me chilló desde dentro, diciéndome que nuestro corazón no tiene partes buenas y malas, sólo hay uno, y hay que dejarle hacer, pero sin preguntarle y sin que opine. Así que cogí al joven, y lo llevé al hospital.

Interrumpí el relato para intentar resumirlo, ya que los detalles no me gustan en general, y porque casi siempre muestran lo que no se quiere que se vea o ver: lo feo, lo malo, lo zafio…, que generalmente se intenta ocultar; lo lamentable,…la confusión, el temor, la soledad, la calvicie cuando no nos gusta, las arrugas… de la cara y del alma…, por eso no deseo poseer una lupa, para no poder mirar los detalles -ni los míos, claro-, y acepto con benevolencia el regate del que esconde lo que no quiere que se vea.

Lo no demasiado interesante puede verse enseguida, a primera vista, después y a segunda vista o con lupa, se podrá ver lo que debe ser visto con detalle para apreciarlo, siendo generalmente lo que no se desea mostrar, y quizá lo más profundo y que desde luego se oculta con la terquedad posible, es lo que no puede verse ni a primera ni a segunda vista, y para verlo, con toda probabilidad, sería necesario aguzar todos los sentidos, intentando analizar con profundidad las sensaciones percibidas para lograrlo.

Continúa y no divagues más, exigió la diosa con determinación y autoridad, orden que me llegó al cerebro como mandato categórico que no admitía réplica.

Tardó mucho en recuperarse, proseguí, ya que el accidente fue muy grave –más de dos meses en coma con siete fracturas de hueso entre ellas el cráneo-, y cuando lo hizo, me localizó y vino a darme las gracias; la cara que puso cuando me vio fue inenarrable, ya que no sabía que su salvador había sido previamente su víctima. Lloró como un niño, y entre sollozos, manifestó su intención inquebrantable de no volver a hacer jamás ese tipo de cosas; me escribe por mail cada par de años, contándome las novedades de su vida: estudió, se puso a trabajar, se enamoró, se casó y tiene cuatro hijos y seis nietos…

Lo que no le confesé, es que lo llevé al hospital por prudencia, para no ser acusado de omisión de socorro…jajaja (tampoco se lo dije a Tanit, aunque por la sonrisa que esbozó, supuse que podía leer mi mente).

De repente y sin saber porqué, pero tan absurdo como lo que estaba ocurriendo, apareció ante mí un mosaico en teselas de mi vida, y pude ver a mis hijos muy mayores, abuelos ya, mis nietos con hijos, y todos aparentemente felices y vivos; pensé que en un instante habían volado las hojas del calendario, y que los años se habían solapado con una rapidez incognoscible, y que el remolino del tiempo nos había engullido, manoteando entonces yo con las manos y con ansiedad el aire, para buscar un áncora al que atarme al espacio y al tiempo, olvidar esta locura, y sentirnos vivos y seguros…

Angustiado, sentí un cruel dolor por las imágenes anteriores de mi familia, dolor por no volver a tener a esos hijos jóvenes y nietos niños; de las varias clases de dolor que conocemos en la vida, éste no era un dolor de los que duelen, era de los que alteran. Recordé en un flash, de no recuerdo quien, que dijo:  el dolor nos enseña quienes somos, y a veces es tan fuerte que quisiéramos morir, pero en realidad, no se ha vivido de verdad, hasta que no se haya muerto un poco: me moría de aflicción….

Prosiguió la diosa sin importarle mi pesar, mi regalo por todo ello será mi divina presencia tras el aparentemente luctuoso momento de tu fallecimiento, para llevar a cabo en ti la ceremonia de apertura de la boca, que te devolverá todos tus sentidos tras tu muerte.

Me sonó su regalo a cosas del reino de las dos coronas y a 20 o 30 siglos a.C., pero naturalmente no dije nada, que los regalos nunca deben ser rechazados, nos gusten o no, aunque debo agradecerle que al menos no me hurtara la forma de morir que me vaya a imponer la naturaleza; hubiera sido algo imperdonable.

Todo aquello me resultaba tan disparatado, pensé, como las cosas que de tanto en cuanto hace la comunidad británica, viniéndome a la mente el recuerdo de la noticia de que hace poco se ha permitido inscribir en el registro mercantil, una sociedad Para la defensa del decoro, incluso de los animales, S.L., que propugna que los caballos usen pantalones, cuando salgan de las cuadras. Ese pensamiento llegó como algo más de la sinrazón que ocupaba mi mente en ese momento. ¡Qué tonterías, por Dios!

Sin dejarme responder, ni para agradecerle el regalo, volvimos al proceloso movimiento de bajada, que duró algo menos de un instante y me dio la impresión de irnos a estrellar contra el suelo.

Al poco, te agitaste a mi lado, apretando el abrazo que nos unía y me miraste preguntando ¿estás dormido? ¿te preocupa algo?, pareces inquieto, dijiste; sólo estaría preocupado si dejaras de amarme, respondí con dulzura. Eso no ocurrirá nunca, contestaste mientras te acurrucabas aún más a mí lado.  Pronto amanecerá y tengo algo de frío…

Utilicé la frazada de mi amor para envolverte, y mientras te abrazaba de nuevo, pensé que contigo, las lágrimas se me convierten en risas, las palabras en melodías musicales, los olores en el mejor perfume, los colores de la vida en los del Paraíso, y la crema más vulgar en la mejor vichyssoise de La Tour d’Argent.

Repentinamente, apareció en el horizonte la luz aún sin forma, que poco a poco se fue convirtiendo en la esfera ardiente del sol, que calentó nuestros corazones hasta convertirlos en férvidos amantes del otro, deseando ambos repetir del mismo modo eternos amaneceres, pero sin diosas…

El comediante que hay en mí,  puede y podría pelear contra todo, excepto con las emociones: ellas me pueden siempre.

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