NUESTROS ORÍGENES. Parte 1.

Cuando pensamos en el origen del hombre, y por tanto en sus años de existencia, se nos comienzan a cruzar los datos que se pueden extraer de los textos religiosos y los determinados por la Ciencia, llenándonos en principio de confusión por la disparidad de unos y otros.

A pesar de que la solución a esta controversia parece que ha sido clarificada desde hace ya tiempo por la Iglesia -antes la Ciencia simplemente fue perseguida-, que es quien debe interpretar las Sagradas Escrituras. Las respuestas no han sido divulgadas, ni explicadas convenientemente al común de los mortales.

Algunos papas han hablado del significado de los primeros capítulos del Génesis, pero el documento que explica el origen del hombre, o mejor dicho, la posibilidad de que Ciencia y Religión puedan encontrarse en un punto de vista común al respecto, es la Encíclica de Pío XII Humani Géneris, dada el 12 de agosto de 1950. En ella hay dos proposiciones fundamentales en los números 29 y 30 del apartado III sobre las Ciencias:

  1. Por todas estas razones, el Magisterio de la Iglesia no prohíbe el que —según el estado actual de las ciencias y la teología— en las investigaciones y disputas, entre los hombres más competentes de entrambos campos, sea objeto de estudio la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva preexistente —pero la fe católica manda defender que las almas son creadas inmediatamente por Dios—. Mas todo ello ha de hacerse de manera que las razones de una y otra opinión —es decir la defensora y la contraria al evolucionismo— sean examinadas y juzgadas seria, moderada y templadamente; y con tal que todos se muestren dispuestos a someterse al juicio de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y defender los dogmas de la fe. Pero algunos traspasan esta libertad de discusión, obrando como si el origen del cuerpo humano de una materia viva preexistente fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los datos e indicios hasta el presente hallados y por los raciocinios en ellos fundados; y ello, como si nada hubiese en las fuentes de la revelación que exija la máxima moderación y cautela en esta materia.
  2. Mas, cuando ya se trata de la otra hipótesis, es a saber, la del poligenismo, los hijos de la Iglesia no gozan de la misma libertad, porque los fieles cristianos no pueden abrazar la teoría de que después de Adán hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente por natural generación, o bien de que Adán significa el conjunto de muchos primeros padres, pues no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con cuanto las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan sobre el pecado original, que procede de un pecado en verdad cometido por un solo Adán individual y moralmente, y que, transmitido a todos los hombres por la generación, es inherente a cada uno de ellos como suyo propio.

*Poligenismo es la doctrina antropológica según la cual, las razas humanas proceden de diferentes tipos primitivos, en contraposición al monogenismo.

Por tanto, la Iglesia resume sus principios básicos sobre este asunto:

En el origen del hombre, el cuerpo humano no tiene que haber sido creado inmediatamente por Dios, pero sí su alma, del mismo modo que lo es en el momento de la concepción de cada hombre.

Todo el género humano procede de un sólo hombre, protoparente, que en la Sagrada Escritura es llamado Adán, y esta verdad se encuentra explicita en la doctrina de la Iglesia sobre el Origine Unum, cometido personalmente por Adán y heredado por todos sus descendientes.

Puede verse en consecuencia, que la Iglesia no interpreta el Génesis de forma literal sino que lo hace extrayendo de la Revelación y de la autoridad dada por Dios a la Iglesia, lo que estima que el Creador nos ha querido dar a conocer a través de los textos sagrados.

Hoy, con otra visión científica del universo, es posible comprender las verdades fundamentales que nos trató de contar el relator del Génesis, que fueron explicadas de forma que pudieran ser comprendidas por las gentes de la época en la que fueron narradas.

En el Génesis se narra la Creación de acuerdo a los conocimientos científicos y a la narrativa de la época, no siendo visión exclusiva del pueblo judío, sino también de las culturas babilónica, egipcia, cananea…, aunque existieron algunas diferencias -no mayores- entre la concepción de la Creación por el Pueblo de Israel y otros pueblos antiguos, coincidiendo en el relato, pero diferenciándose en los fundamentos religiosos.

En otros pueblos se habla siempre de un caos inicial, anterior a todo, de donde se genera el primer dios, del cual derivan otros dioses que tienen alguna subordinación a él, y que no son absolutamente omnipotentes, con limitaciones, y que tienen que luchar para vencer si querían lograr sus anhelos; sin embargo en el Génesis se muestra un Dios que existe antes que nada, que crea libremente un mundo distinto que antes no existía, que es omnipotente, y saca lo que crea de la nada -bará-. La creación de la nada, no por evolución, es y continúa siendo un misterio para el conocimiento científico actual, que crea cosas, pero a partir de otras.

El Génesis, contempla un mundo caótico que es ordenado por Dios, un Dios trascendente que lo va ordenando con su fuerza, con su omnipotencia y sin tener que vencer ninguna otra fuerza existente. En otras religiones, el caos se va ordenado de forma inestable, según las victorias de unos dioses u otros.

Lo que nos enseña el Génesis de la creación, es que Dios la llevó a cabo según un plan ordenado que se fue desarrollando a lo largo del tiempo. La sucesión ordenada de las cosas previstas y llevadas a cabo por Dios se llama en Teología Providencia ordinaria.

Escribía Benedicto XVI -cuando era cardenal- sobre el asunto: «De manera que la Escritura no pretende contarnos cómo progresivamente se fueron originando las diferentes plantas, ni cómo se formaron el sol, la luna y las estrellas, sino que en último extremo quiere decirnos sólo una cosa: Dios ha creado el Universo. El mundo no es, como creían los hombres de aquel tiempo, un laberinto de fuerzas contrapuestas ni la morada de poderes demoníacos, de los que el hombre debe protegerse. El sol y la luna no son divinidades que lo dominan, ni el cielo, superior a nosotros, está habitado por misteriosas y contrapuestas divinidades, sino que todo esto procede únicamente de una fuerza, de la Razón eterna de Dios que en la palabra se ha transformado en fuerza creadora».

Según el Génesis, comenzó Dios el primer día o período de tiempo creando la luz y las tinieblas, y en los sucesivos, fueron creados ordenadamente los diferentes seres y entes de menor a mayor perfección. En el día o período quinto, aparecieron los seres vivos en el agua, y en el día sexto aparecieron los animales terrestres y el hombre, mostrándose también como obra de Dios.

Hay que tener en cuenta que la Biblia ofrece una visión de conjunto de la historia del Universo y del hombre desde su origen hasta su final, desde una perspectiva religiosa y trascendente. Desde el capítulo 1 -la Creación- hasta el 10 -los descendientes de Noé- del Génesis y desde el 4 al 22 del Apocalipsis de san Juan, aun conteniendo verdades fundamentales, como la creación y el final del mundo, éstas se escapan de la comprobación científica: se trata de acontecimientos que tienen que ser aceptados por la fe. Sin embargo, el resto del relato podemos relacionarlo con la historia de los pueblos, y de la que los autores sagrados tuvieron noticia por una u otra vía, abarcando desde la época patriarcal -1800 a.C.- hasta las primeras comunidades cristianas -100 d.C.-.

Adán y Eva fueron creados y puestos por Dios en el Paraíso, no para servirse de ellos, sino para hacerles partícipes de su propia felicidad, puesta de manifiesto, por ejemplo, en el don concedido de la inmortalidad. Para que el hombre lograra mantener esos dones, Dios le sometió a una prueba, que se transmite en el Génesis con la imagen de la prohibición de comer del «árbol de la ciencia del bien y del mal». Pero el hombre, engañado, cometió el primer pecado –Origine Unum-. Aquí nace el origen del mal en el mundo; el mal no tiene entidad en sí mismo, es la ausencia de bien debido y no viene de Dios.

La historia de Caín y Abel, nos quiere mostrar cómo el mal fue un hecho consecuencia del pecado original de nuestros primeros Padres.

Música antigua del siglo XXVI a.C. egipcia.

To be continued in part 2.