Categoría: Historia

EDAD DE HIERRO EN LA IGLESIA. GUELFOS Y GIBELINOS EN LA EDAD MEDIA.

La Iglesia católica fue uno de los pilares básicos de la sociedad medieval, encontrándose con frecuencia inmersa en una sucesión de luchas por el poder, conspiraciones y guerras dentro y fuera de su organización, que buscaban la primacía no sólo en lo espiritual, sino también en lo temporal.

En los primeros tiempos de la Iglesia, los obispos solían ser elegidos por los componentes de su comunidad, consagrados por obispos de diócesis vecinas. En el caso del Papa, obispo de Roma, los clérigos, bajo la supervisión de los obispos escogían un candidato, presentándolo al pueblo de Roma que lo confirmaba o no. Con el tiempo, esta potestad fue siendo absorbida por las familias nobles romanas, lo que llevó a tenebrosas estrategias para lograr los objetivos de cada familia, dándose el caso de elección simultánea de más de un obispo de Roma.

En este punto, sería interesante definir la figura del antipapa, ​ persona que, con la intención de ser reconocido como papa o tomar su lugar, usurpaba o pretendía hacerlo con las funciones y poderes que correspondían al Papa de la Iglesia legítimamente elegido, ocupando la silla de san Pedro cuando se encontraba en período de sede vacante a la espera de elección legal, adelantándose ilegítimamente a la elección o haciéndose nombrar durante un papado efectivo. El título de antipapa no implica en absoluto la fidelidad a una doctrina contraria o desviada de la fe católica, sino la usurpación de una jurisdicción que no le pertenece según las normas eclesiásticas.

Los antipapas, surgieron normalmente en el medioevo, en momentos de inestabilidad política de Europa o de la Iglesia, y aunque en alguna escasa ocasión, el nombramiento de un antipapa se produjo por diferencias doctrinales con el legítimo Papa -dos en el siglo III*-, en la mayoría de las ocasiones, los antipapas emergieron por intereses políticos de las familias nobles romanas, del pueblo de Roma, de los emperadores o candidatos al Sacro Imperio, o de reyes que buscaban la supremacía de su corona en Europa con aspiraciones de ver refrendada su posición con el visto bueno divino. A veces, el Papa legítimo fue preso o muerto, fracasando en otras ocasiones la elección fraudulenta, debiendo exiliarse los ilegítimos, o siendo encerrados o asesinados.

*El primer antipapa de la Iglesia fue Hipólito de Roma -más tarde santo- que fue proclamado por los clérigos romanos, al enfrentarse a los papas Ceferino y Calixto I -también santos de la Iglesia católica- condenando su laxismo –actitudes y comportamientos poco acordes con las normas morales-.

*También en el siglo III, cuando fue elegido Papa Cornelio en 251,  poniéndose a favor del perdón de los que habían renegado de su fe en las persecuciones romanas, fue repudiado por el clero romano que nombró a Novaciano como antipapa, aclamado por su ortodoxia teológica. Seis meses después, se condenó, excomulgó y desterró de Roma a Novaciano, que fundó la Iglesia de los puros.  El antipapa Novaciano murió en 258, martirizado en tiempos del emperador Valerio I.

La elección de los papas mediante cónclave de cardenales fue una mecánica relativamente tardía, que no se dio hasta el siglo XIII, en enero de 1276, tras la promulgación de la bula Ubi periculum en el concilio de Lyon de 1274, presidido por Gregorio X, en el que se establecieron las normas para la elección de los papas mediante cónclave de cardenales, utilizándose por primera vez para nombrar su sustituto, a su muerte en 1276. Aunque a veces, con anterioridad, la elección se había realizado con cierto grado de aislamiento, se puede considerar el de 1276, como el primer cónclave papal de la historia, en el sentido estrictamente jurídico de la palabra. Con anterioridad, en el concilio de Melfi, en 1059, se había establecido que el papa debería ser elegido por el colegio cardenalicio en lugar de por el pueblo.

Siguiendo las normas de la bula Ubi periculum, los cardenales debían estar recluidos en un área cerrada común, sin habitaciones separadas, no pudiendo ser acompañados por más de un servidor/asesor. La comida se suministraba por una ventana, recibiendo a partir del tercer día solamente un plato diario, y tras el quinto día, sólo pan y agua. Durante el desarrollo del cónclave, tampoco se devengaban los ingresos eclesiásticos.

Antes de Carlomagno, las altas jerarquías de la Iglesia se habían ido inmiscuyendo cada vez más en los asuntos seculares. A mediados del siglo VIII, los francos –Pipino el Breve y su hijo Carlomagno entre 754 y 774- vencieron al rey de los lombardos Astolfo que se había apoderado del exarcado de Rávena en el 751, al que pertenecía el ducado de Roma, haciendo los carolingios a partir de entonces a los papas, soberanos de un Estado propio. Abades y obispos se fueron convirtiendo en señores feudales o funcionarios imperiales, haciéndose con un poder político y económico envidiable, y a cambio, los reyes eran aceptados como protectores y gobernantes de la Iglesia en sus reinos, y el emperador carolingio como el defensor universal y protector del papado, pudiendo unos y otros, investir a los miembros del alto clero a su conveniencia. Para el rey, era mejor y de más fácil control, tener un obispo por él nombrado para gobernar un territorio, que, a un duque o un conde que fácilmente podía sufrir un ataque de ambición guerrera y revolverse contra el emperador.

Los papas, desde Carlomagno -coronado Imperator Augustus Romanum gubernans Imperium o serenissimus Augustus a Deo coronatus, magnus pacificus Imperator Romanorum gubernans Imperium por León III en diciembre del 800, en agradecimiento por haberle protegido en su corte cuando iba a ser asesinado, estuvieron a partir de ese momento estrechamente subordinados al emperador, dedicándose básicamente a las funciones puramente religiosas, propias de su potestad espiritual. Así se reconocía implícitamente la intervención divina en el nombramiento del emperador, a cambio de recibir el papado protección del Imperio.

La coronación de Carlomagno, fresco pintado por Rafael y sus ayudantes entre los años 1516 y 1517. Representa el momento en que Carlomagno es coronado emperador por el Papa León III, el 25 de diciembre del año 800.

Carlomagno se autonombró Imperator Augustus Romanum gubernans Imperium –Emperador que gobierna el Imperio Romano- para no intitularse Imperator Romanorum -Emperador de los romanos-. Utilizó una forma más moderada, para ser reconocido en el futuro, como emperador de lo que fuese, por el verdadero sucesor del Imperio Romano, el basileus bizantino. En enero de 812, el basileus Miguel I Rangabé reconoció a Carlomagno como Emperador de Occidente, a cambio de Venecia, Istria, Liburnia y Dalmatia. A partir de entonces, los emperadores bizantinos se denominaron Basileus ton Romaion –Emperador de los Romanos– considerándose herederos de ese pueblo y superiores a los occidentales.

Basileus Miguel I Rangabé.

Los sucesores de Carlomagno no asumieron tampoco el título de Emperador romano, sino el de Imperator augustus. Algunos ejemplos: Luis I -coronado por el papa Esteban IV con título Ludovicus divina ordinante providentia Imperator augustus-, Carlos II el Calvo -coronado por Juan VIII  comoKarolus, ejusdem Dei omnipotensis misericordia omnipotenis Imperator augustus-, Carlos III el Gordo -coronado en Roma por el papa Juan VIII como Karolus ejusdem Dei misericordia omnipotenis Imperator augustus– u Otón I, primer emperador de la dinastía SAJONA, coronado por Juan XII  con el título deOtto divina favente clementia Imperator augustus-.

Imperio de Luduvico Pío- Luis I-, con zonas encomendadas a sus 4 hijos varones-.

 Tras el Tratado de Verdún en 843, División entre sus herederos vivos.

Unos años después -887- Carlos el Gordo de nuevo con todo.

Desde Carlomagno a Luis III el Ciego hubo 10 emperadores de la dinastía CAROLINGIA. A continuación, hubo uno, Berengario de Friuli, que gobernó de diciembre de 915 a abril de 924 de la dinastía LOMBARDA. Posteriormente 4 de la dinastía SAJONA, y a partir del tercer emperador de esta dinastía OTON III, los emperadores se denominaron Romanorum Imperator augustus.

La mujer de Otón II -2º emperador de la dinastía sajona-, Teófano Skleraina, que era princesa bizantina, no reconoció la superioridad del título del emperador de Bizancio basileus Romanion, sobre el de su marido y sus sucesores, que eran simplemente imperator o basileus, desigualdad que resolvió añadiendo la palabra Romanorum a la intitulación para elevar la categoría de su nueva estirpe, frente a la del emperador bizantino de entonces Basilio II. Los siguientes emperadores continuaron usando el título basileus Romanorum para afirmar la supremacía de su idea cesaropapista* frente a la hierocracia* papal.

Otón II

Icono restaurado de Вasilio II del siglo XI donde se le representa coronado por ángeles enviados por Dios y adorado por sus súbditos.

Sirvan como ejemplos Otón III, coronado por el papa Gregorio V en Monza –Otto divina favente clementia Romanorum Imperator augustus-, Enrique IV de la dinastía SALIA, coronado por el antipapa Clemente III en Roma –Heinricus divina favente clementia tercius Romanorum Imperator augustus-, o Federico I Barbarroja, segundo emperador de la dinastía Hohenstaufen, coronado por Adriano IV en Roma –Fredericus divina favente clementia Romanorum Imperator augustus-. A partir de Federico II Hohenstaufen, se añadió a la intitulación, semper. Este último fue coronado en Roma por Honorio III –Fridericus secundus divina favente clementia Romanorum Imperator semper augustus…

*En el cesaropapismo, el poder secular de un líder político se impone incluso en cuestiones religiosas, sobre el que pudieran aspirar a tener o a compartir, los líderes religiosos, subordinando los poderes de la Iglesia al Estado.

*La hierocracia -hiero=sagrado-, es una forma de gobierno donde los administradores estatales y los líderes de la religión dominante coinciden, aplicando políticas basadas en las ideas de la religión principal. El gobierno suele mandar en nombre de la divinidad correspondiente.

Tras los 4 Imperators de la dinastía sajona, reinaron 4 de la dinastía SALIA y 1 de la casa de SUPLINNBURGO, para llegar a la DINASTÍA HOHENSTAUFEN, en junio de 1133 con CONRADO III, dinastía que gobernó hasta FEDERICO II, con un vano de 6 años en el que la corona imperial fue ceñida por OTÓN IV de la CASA WELF –guelfo-.

La mengua ineluctable del poder imperial al final de la Alta Edad Media, marcada por el crecimiento imparable del poder feudal, resultó ominosa para la Santa Sede, que quedó sin el escudo protector del Imperio, en manos de la anarquía feudal, siendo sometida a poderes más próximos y menores que antaño, y también más mezquinos y miserables, como eran los clanes nobiliarios romanos.

En los últimos años del siglo IX, comenzó un largo periodo de especial decadencia y entropía de la sede romana, que se conoce como el siglo de hierro u oscuro del pontificado católico. Entre la última década del siglo IX y la mitad del siglo XI hubo más de 40 papas y antipapas, que se preocuparon fundamentalmente de sus intereses temporales, en lugar de hacerlo de los espirituales de sus feligreses. Papas y antipapas fueron puestos y depuestos por nobles romanos, reyes y emperadores, según conviniese al que ostentara el poder en cada momento. Fue el siglo de hierro del papado, una época terrible para la Iglesia, con papas corruptos, sin solución de continuidad, que se debían al señor que les había nombrado, y que cometían todo clase de depravaciones y pecados contra las leyes de Dios y de los hombres, destacando la simonía, las desviaciones sexuales y los asesinatos de los que obstaculizaban sus quehaceres, resultando al fin, pontificados muy breves y dignos de olvidar.

El inicio de la edad de hierro u oscura de la Iglesia católica puede señalarse con la muerte violenta del Papa Juan VIII -882-, que parece ser murió envenenado y posteriormente golpeado en la cabeza con un martillo. Coronó emperadores a Carlos II el Calvo en 875 y a su hermano Carlos III el Gordo en 881. Muchos de sus sucesores fueron destituidos, asesinados o encarcelados, con papados de muy corta duración. Fueron antipapas de este periodo Cristóbal, Dono II, Bonifacio VII –que asesinó a dos Papas: a Benedicto VI violentamente y de hambre a Juan XIV- Juan XVI, Gregorio, Benedicto X y Honorio II.

Papa Juan VIII.

También la historia sitúa en esta época la leyenda de la papisa Juana, no se sabe si fábula, apólogo o verdad, que trata de una mujer que habría sido Papa católica ocultando su verdadero sexo -quizá la primera que hubiera ido a los 8 M, incluso delante de ministra de igualdad-. El pontificado de Juana se estima entre 855 y 857, fecha que correspondió a Benedicto III. Otras hipótesis sitúan el papado de Juana entre 872 y 882, o sea Juan VIII.

Dada la influencia que ejercían los obispos sobre las personas de sus diócesis, los reyes pretendían tenerlos de su lado, pudiendo concederles las dignidades e investirlos, entregándoles las posesiones que conllevaban los cargos, para poder así asegurar su fidelidad.

El papado fue cayendo en manos de clanes nobiliarios, que conseguían la elección de pontífices afectos, que fueron en general individuos insignificantes, indignos o ambas cosas, pero sometidos a los que les llevaban a la más alta dignidad eclesiástica.

Los papas fueron coronando a los emperadores y sometiéndose a ellos hasta bien entrado el siglo XI, no pudiendo el poder eclesiástico luchar contra las intromisiones de los poderes seculares. Solo tras la reforma gregoriana, el papado se vio con fuerzas para defender sus intereses.

Con Enrique III el Negro -hijo de Conrado II y 2º emperador de la dinastía salía entre 1046 y 1056– se llegó al punto álgido del cesaropapismo con la dispensa multitudinaria y desenfadada de cargos eclesiásticos por el poder secular. A su muerte, surgió un movimiento para liberar al papado del sometimiento al imperio. En todo el mundo cristiano comenzó a reivindicarse la libertad de la Iglesia para nombrar a sus dignidades, tratando de enaltecer la moral de los eclesiásticos, condenando la simonía, y el nicolaísmo -matrimonio o amancebamiento de los clérigos-, obligando al celibato, en un intento de fortalecer la autoridad papal frente a la del emperador.

Enrique III  el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

En la segunda mitad del siglo XI surgió la corriente teológica-filosófica escolástica, que favoreció la subordinación de la razón a la fe. La escolástica, predominaría en las universidades medievales y en las escuelas religiosas hasta el siglo XV.

El cesaropapismo establecido por los primeros emperadores tuvo que ceder ante el peso de la hierocracia, que tuvo en san Gregorio VII a uno de los más brillantes defensores del poder universal del papado. El Papa Gregorio VII –Hildebrando di Soana– sentenció la supremacía del pontífice sobre los poderes temporales, incluyendo de forma explícita y especial al emperador.

Papa Gregorio VII.

Hildebrando di Soana fue elegido antipontífice por aclamación popular en abril de 1073, trasgrediendo la legalidad establecida en 1059 en el concilio* de Melfi  en el que se señaló que no se podía elegir papa por esta vía, sino por el colegio cardenalicio. A pesar de ello, fue consagrado papa.

En 1075, Gregorio VII publicó los DICTATUS PAPAE que recogían un ideario político-religioso de veintisiete axiomas, donde el papa expresaba sus ideas sobre cual debía ser el papel del pontífice en su relación con los poderes temporales. Podían resumirse, en que el papa es señor absoluto de la Iglesia, estando por encima de los fieles, los clérigos y los obispos, pero también de las Iglesias locales, regionales y nacionales, y por encima también de los concilios. También, que el Papa era señor supremo del mundo, debiéndole todos sometimiento, incluidos los príncipes, los reyes y el propio emperador. Y por último algo que podía cerrar cualquier fuga o escape: la Iglesia romana no erró ni errará jamás.

Esto originó una crisis en los poderes seculares que provocó el surgimiento de antipapas que hicieran frente a Gregorio VII, el cual prohibió la investidura de obispos por parte de los poderes laicos, prohibición reiterada en un sínodo celebrado en Roma en 1075; los clérigos se debían a la Iglesia y no podían ser vasallos ni de reyes ni del emperador. Nació así la Disputa o Querella de las Investiduras.

Esta prohibición no fue admitida por el Romanorum Imperator augustus Enrique IV -tercer emperador de los cuatro de la dinastía salia– que continuó nombrando los obispos de Milán, Fermo y Spoleto, por lo que el papa le amenazó de excomunión y de deposición como emperador.

Enrique IV.

Enrique IV celebró un sínodo* en Worms en enero de 1076, deponiendo a Gregorio VII. La excomunión dictada por el papa, ya firme, liberaba a los súbditos de Enrique del vasallaje y la obediencia, por lo que temiendo un levantamiento de los príncipes electores alemanes, que habían acudido a reunirse en una dieta con el Papa, decidió ir al encuentro de Gregorio VII, en Canossa, y humillarse, solicitando su perdón.

El encuentro entre el Papa y Enrique tuvo lugar en el castillo de la condesa de Canossa. Enrique se presentó ante el Papa como pecador, sabiendo que, de esta forma, el pontífice en su calidad de sacerdote no podría negarle el perdón. En enero de 1077, Gregorio VII absolvió a Enrique IV de la excomunión a cambio de que se celebrara una dieta* para debatir la problemática de las investiduras eclesiásticas.

Carlo Emmanuelle. Encuentro entre el emperador Enrique IV y el Papa Gregorio VII en Canossa en 1077. 1630.

Eduard Schwoiser. Humillación de Canossa de Enrique IV ante el Papa para pedirle su perdón. 1852.

NOTAS

*Sínodo es un encuentro que mantienen autoridades eclesiásticas. Sínodo procede de la palabra griega synodos, que se traduce como reunión, y es fruto de la suma de dos elementos, el prefijo syn, que es sinónimo de con o junto, y odos, que es equivalente a ruta o camino.

Un sínodo, por lo tanto, puede ser un concilio. En este tipo de reuniones, los obispos y otros líderes se reúnen para tratar temas de doctrina o de organización eclesiástica.

En el caso de la Iglesia católica, es posible distinguir entre tres tipos de sínodos:

El concilio provincial que es el que puede celebrar un obispo metropolitano cada dos décadas, el concilio nacional, que cuenta con la participación del episcopado de todo el país en cuestión y se desarrolla una vez que es autorizado por el Papa, y el concilio ecuménico, que es convocado por el Papa y abierto a todos los obispos.

También existe el sínodo episcopal que es un encuentro de aquellos obispos seleccionados de diversas partes del mundo para estrechar la relación y los vínculos con el Papa. Es importante diferenciar entre el sínodo episcopal y el concilio ecuménico, ya que ambos son encuentros de obispos con el Sumo Pontífice; el sínodo apunta a relación personal, consultas y a la asesoría papal, mientras que el concilio suele fijar definiciones dogmáticas.

* Dieta es una asamblea para deliberación formal dentro de una organización política. La palabra deriva del latín medieval dietas, con raíz en dies -día-. El término es utilizado en este sentido debido a la regularidad con que se reunían tales asambleas.

La dieta solía reunir a los distintos estratos de la sociedad -nobleza, clero, burguesía, etc.- con el rey o emperador.

Las asambleas del Sacro Imperio Romano Germánico recibían la denominación de Dieta Imperial -Reichstag-.

*Concordato es un acuerdo, convenio o tratado entre la Santa Sede y un Estado con el propósito de regular sus relaciones en diversas materias. Los concordatos pueden realizarse sobre temas generales o sobre cuestiones concretas.

En el V concilio de Roma, en el año 1078, se reiteró la condena a las investiduras llevadas a cabo por laicos. Sin embargo, Enrique dilataba la celebración de la dieta acordada, por lo que Gregorio VII  lanzó contra el emperador una segunda condena de excomunión y lo depuso, nombrando nuevo emperador a Rodolfo, duque de Suabia, casado con la hermana de Enrique IV, a la cual había raptado cuando Enrique era aún un niño.

Esta segunda excomunión y el nombramiento de Rodolfo no tuvieron demasiado éxito. Respecto a la excomunión, los obispos alemanes y lombardos apoyaron a Enrique en esta ocasión, quien, en un sínodo celebrado en Brixen en 1080, hizo proclamar nuevo papa al antipapa Clemente III, y respecto a Rodolfo de Suabia, se enfrentó a él en la batalla del río Elster Blanco, en donde Rodolfo, a pesar de su victoria, perdió la vida, terminando de este modo con las molestias de su cuñado raptor.

Antipapa Clemente III y emperador Enrique IV.

Marchó sobre Roma, y en 1084, tras entrar en la ciudad, celebró un sínodo en el que se decretó la deposición y excomunión de Gregorio VII, confirmando al antipapa Clemente III, como Papa, procediendo a coronar en Roma como emperadores del Sacro Imperio Romano a Enrique IV y a su esposa Berta de Saboya.

Gregorio VII se refugió en Sant´Angelo pidiendo ayuda a los normandos, que acudieron, obligando a Enrique a abandonar Roma, aunque la ciudad eterna fue saqueada e incendiada por los ejércitos normandos, acción que desencadenó el levantamiento del pueblo de Roma contra Gregorio, que se vio obligado a retirarse a la ciudad de Salerno en donde falleció poco después, el 25 de mayo de 1085.

La disputa sobre las investiduras finalizó mediante el concordato de Worms en 1122, en donde quedaron separadas -teóricamente, que no de hecho- las eclesiásticas, de las laicas de los señores feudales.

Entrega de los símbolos de poder de Enrique IV a Enrique V.

Al antipapa, Clemente III le sucedieron Teodorico, Alberto y Silvestre IV, con el visto bueno de Enrique V -último emperador de la dinastía salía y sucesor de Enrique IV-, una verdadera dinastía de antipapas, hasta el concordato de Worms. Más adelante, los enfrentamientos entre papado e imperio se recrudecieron con el emperador Federico I Barbarroja, y se pueden contar doce antipapas hasta finales del siglo XII, todos supeditados a los deseos del emperador.

Tras el período carolingio, es decir tras Luis III el Ciego, el centro de gravedad de Europa Occidental se había desplazado desde la zona de los francos al otro lado del Rin, convirtiéndose Germania en la gran potencia regional, adquiriendo los señores feudales una gran relevancia política, nombrando entre ellos un rey para que fuera nombrado emperador.

Durante siglos, estos reyes alemanes trataron de afianzar su posición frente al resto de señores feudales que los eligieron -creando dinastías-, deseando también devolver a Europa la gloria imperial, haciéndose coronar emperadores en Roma, por el papa, como muestra de reafirmación divina.

En el año 1125 falleció el emperador Enrique V -último salio-, cuyo mandato fue un enfrentamiento continuo con los príncipes sajones y turingios aliados del papa, ya que, entre otras cuestiones, el emperador había sido excomulgado por el pontífice. Enrique se casó con la princesa Matilde, hija de Enrique I de Inglaterra, pero no tuvieron hijos, por lo que se extinguió su dinastía, dejando el problema sucesorio lleno de incertidumbres.

Las verdaderas luchas entre los Welf y los Hohenstaufen dieron comienzo en 1125, tras la muerte de Enrique V, cuando Lotario II de la Casa de Supplinburgo, subió al trono de Germania y del Imperio.

Los candidatos a ocupar el puesto dejado por el último salio fueron Lotario, duque de Sajonia, que estaba apoyado por la casa de Welf, y los hijos de Federico I de Suabia, inicialmente el primogénito Federico II duque de Suabia y posteriormente su hermano Conrado, sobrinos de Enrique V, apoyados por los Hohenstaufen como legítimos herederos, por haber sido nombrado Federico, Rey de Romanos -era el título del heredero del Sacro Imperio- por su tío el emperador. Al no alcanzar un acuerdo, los welfos nombraron emperador a Lotario II y los Honhestaufen a Federico, pasando a dirimirse el derecho a la corona en el campo de batalla. Las hostilidades terminaron en 1135 con el triunfo de Lotario II, pero su gobierno fue efímero porque murió dos años después y, aunque había nombrado heredero a su yerno Enrique el Soberbio u Orgulloso, un WELF, –Enrique X, duque de Baviera casado con Gertrudis de Supplinburgo, hija de Lotario II-, al cual su suegro, además de a su hija le había entregado Sajonia-. Los electores, escamados ante tanta acumulación de poder, optaron por Conrado III, al haberse retirado de sus aspiraciones imperiales su hermano mayor Federico, inaugurándose así la dinastía Hohenstaufen en el Sacro Imperio.

Tumba de Lotario II.

Conrado III en la Chronica Regia Coloniensis.

Los Hohenstaufen, conocidos más tarde por ghibellini -gibelinos-, fueron una dinastía de monarcas de Alemania y Sicilia, originaria de la región de Suabia, de la que cuatro de ellos, fueron investidos con la corona del Sacro Imperio Romano Germánico.

El nombre, está tomado de un castillo de su propiedad en Suabia  –Waiblingen– ,y el primer representante de esta casa del que se tienen noticias fue Federico de Büren, cuyo primogénito Federico I de Suabia -primero conde y luego duque-, casó con la única hija del emperador salio Enrique IV y de Berta de Saboya, Inés de Alemania, recibiendo entonces Suabia como condado. En 1125, al morir Enrique V sin más descendencia que Inés, los Hohenstaufen de Suabia, recibieron las posesiones de los salios, por ser ella la única heredera.

Federico I de Suabia e Inés de Alemania tuvieron dos hijos varones, Federico II de Suabia y Conrado -más tarde emperador Conrado III-. Federico II apoyado por su hermano Conrado, intentó que la corona imperial fuera para él, pero como se dijo anteriormente, fue conseguida por Lotario II. A partir de ahí, desistió Federico e insistió Conrado, que, a los dos años, a la muerte de Lotario II, aunque este último nombrara Rey de Romanos a su yerno Enrique el Soberbio u Orgulloso, fue coronado como Conrado III, emperador.

El primogénito de Conrado, Enrique, murió antes que él, y el segundogénito Federico, fue recomendado por su padre a los electores para que no lo elevaran a la dignidad imperial, eligiendo sucesor y nombrando Rey de Romanos, al hijo de su hermano Federico II de Suabia y Judith de Baviera, Federico I Barbarroja.

Federico I Barbarroja con sus hijos.

Conrado III estuvo en el trono hasta su muerte en 1152, sucediéndole su sobrino Federico I Barbarroja, que sería quien llevaría el enfrentamiento entre güelfos y gibelinos a Italia dos años más tarde, al querer incorporar varios territorios del norte de la península itálica al Sacro Imperio. Los güelfos, formando parte de la Liga Lombarda, derrotaron a Federico I en 1176 en la batalla de Legnano, que tuvo lugar el 29 de mayo entre las localidades de Legnano y Borsano, en la región septentrional de Milán, en Lombardía, en donde las tropas lideradas simbólicamente por el Papa Alejandro III, bloquearon el camino a Pavía, en donde estaban gran parte de las fuerzas teutonas, impidiendo que se unieran al resto del ejército imperial.

La battaglia di Legnano de 1176, obra de Massimo d´Azeglio de 1831. 

A Federico I Barbarroja le sucedió su hijo Enrique VI, rey de Alemania y emperador del Sacro Imperio, y rey de Sicilia por su matrimonio con Constanza de Sicilia. Con Enrique VI comenzaron en Italia las guerras de los gibelinos con los partidarios del Papa, los güelfos, por sus propósitos de anexión de Sicilia al imperio, rechazados de plano por el pontífice.

Enrique VI.

Tras una actuación de gran crueldad por parte de Enrique VI, al reprimir una sublevación en Catania, su mujer Constanza se puso del lado de los rebeldes, los cuales sitiaron al emperador, obligándole a negociar. Murió en Mesina de Malaria. Su muerte y la de su mujer al poco tiempo, hicieron que su hijo Federico heredara el reino de Sicilia, entrando el imperio en un periodo de anarquía, por una parte con Felipe de Suabia, hermano de Enrique VI, y por otra Otón IV, de los Welf, hijo de  Enrique el León, luchando por el título imperial, el cual consiguió en primera instancia el representante de los Welf en 1209, durante 6 años, siendo depuesto en 1215 y conferida la corona imperial a Federico II -hijo de Enrique VI Hohenstaufen y Constanza de Sicilia-, tras la derrota de Otón en la batalla de Bouvines.  Federico II fue emperador hasta 1250 acabando con él, la casa de Hohenstaufen en la corona del imperio. Con el nieto de Federico II en 1268, Conradino, se extinguió la casa de los Hohenstaufen.

La casa de Welf es la rama más antigua de la casa de Este, familia noble italiana, que fueron duques de Ferrara y de Módena desde el siglo XIII, habiendo tomado su nombre del castillo de Este, cerca de Padua, en el siglo IX. La casa de Welf, más tarde casa de Baviera, es una dinastía a la que han pertenecido varios monarcas británicos y alemanes desde el siglo XI hasta el XX.

El primer miembro destacado de esta casa fue Güelfo IV que heredó de su tío el ducado de Carintia, y en 1070 se convirtió además en I duque de Baviera. Su hijo, Güelfo II de Baviera el Gordo, se casó con la condesa Matilde de Canossa -26 años mayor que él-, buscando fortalecer la relación entre su familia y el papa Urbano II durante la Querella de las Investiduras. En la campaña de Italia de 1090 del emperador Enrique IV, Matilde y Güelfo II lucharon contra el emperador. Güelfo II buscó con ese matrimonio incorporar a la familia los dominios de Matilde en la Toscana, Ferrara, Módena y Reggio.

Güelfo II de Baviera y Matilde de Canossa.

Al enterarse Güelfo II que Matilde había transferido en secreto sus bienes a la Iglesia antes de su matrimonio, la abandonó en 1095, y junto a su padre, se puso de parte del emperador Enrique IV, posiblemente a cambio de las promesas de suceder a su padre como duque de Baviera, y de la ayuda para recuperar la herencia transferida por su mujer a la Iglesia.

Tras la muerte de su padre, Güelfo II, heredó el ducado de Baviera, y naturalmente continuó su alianza con el emperador.  No volvió a casarse y murió sin hijos en 1120.

Le sucedió su hermano Enrique IX de Baviera, primero de los tres enriques de la dinastía Welf, convirtiéndose a partir de aquí en aliados papales: Enrique IX de Baviera el Negro -1120 a 1126-, Enrique X de Baviera el Soberbio -1126 a 1139-, que a punto estuvo de heredar la corona imperial de su suegro Lotario II, y al que el emperador Conrado III desposeyó de sus ducados, y Enrique XI de Baviera el León, que recuperó los ducados de Sajonia y Baviera arrebatados a su padre.

Enrique XI de Baviera el León se casó con Matilda, hija de Enrique II de Inglaterra y Leonor de Aquitania, hermana de Leonor Plantagenet -mujer de Alfonso VIII de Castilla-, de Ricardo Corazón de León y de Juan sin Tierra-.

 

Enrique X el Soberbio.

Enrique XI el León.

Tras la batalla de Legnano en 1176, formando los Welf parte de la Liga Lombarda, fue desposeído de sus ducados alemanes por el derrotado emperador Federico I Barbarroja y desterrado a la corte inglesa de su suegro. Regresó a Alemania tres años después, como duque de una parte de Sajonia y duque de Brunswick-Lunemburgo, muriendo en 1195.

En 1198 las querellas renacerían con fuerza, al intentar conseguir de nuevo los Welf, para su familia, el trono del Sacro Imperio con Otón de Brunswick -hijo de Enrique el León-.

El hijo de Enrique el León, Otón el güelfo de Brunswick, fue elegido rey de Alemania y coronado emperador del Sacro Imperio con el nombre de Otón IV, tras la muerte de Enrique VI Hohenstaufen sin descendencia, tras vencer a Felipe de Suabia -hermano de Enrique VI- y al niño Federico II -hijo de Enrique-. Ciñó la corona durante 6 años, siendo depuesto en 1215, siendo coronado Federico II -de nuevo y por último un Hofenstaufen– tras la derrota de Otón en la batalla de Bouvines en julio de 2014.

Otón IV de la casa de Welf con el papa Inocencio III.

La batalla de Bouvines en 1214. 

Los Welf de Brunswick-Luneburgo continuaron gobernando sus territorios hasta la caída de las monarquías germánicas tras la primera guerra mundial.

Federico II Hohenstaufen -emperador entre 1215 y 1250- fue el último emperador con pretensiones universales. Tras su desaparición, Europa, se disgregó de manera irreversible, aunque güelfos y gibelinos se siguieron enfrentando, y su influencia internacional en todo Occidente continuó al menos durante un siglo.

Tumba de Federico II en la catedral de Palermo.

DENOMINACIONES

Las denominaciones de güelfos –Welf– y gibelinos –Hohenstaufen- son una italianización de los apellidos de las dos familias alemanas que rivalizaron por el poder del Sacro Imperio Romano Germánico en los siglos XII y XIII: los Welf   y los señores de Waiblingen -ghibellino-, los Hohenstaufen.

La italianización de Welf a güelfo parece sencilla, así que intentaremos explicar la de gibelino, algo más compleja.

La ciudad de Waiblingen -originaria de los Hohenstaufen- aparece mencionada por primera vez en documentos carolingios del año 885, en la época de Carlos III el Gordo. Recibió su carta municipal en 1250, siendo propiedad de los reyes salios, de quienes la heredaron los duques Hohenstaufen de Suabia. Está íntimamente ligada al conflicto entre güelfos y gibelinos en los siglos XII y XIII.

Waiblingen.

Durante el asedio del castillo de Weinsberg –propiedad de los Hohenstaufen, aunque ocupado por los Welf– en 1140, los Hohenstaufen, liderados por Conrado III de Alemania y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, utilizaron wibellingen, una versión del nombre de su ciudad, Waiblingen, como grito de guerra; el grito de guerra wibellingen, derivó posteriormente en palabra pronunciada por los italianos como ghibellino.

 

Las mujeres de Weinsberg cargando con sus maridos a cuestas en una ilustración del siglo XVI.

Las tropas imperiales sitiaron el castillo, defendiéndose los sitiados con tanta fe, que Conrado desvió el río Sulm para privarles de agua e intentar evitar que las aves sobrevolasen el lugar, para impedir su caza. Eso tampoco doblegó a los asediados, así que el emperador lanzó un ultimátum a la plaza, advirtiendo que, si no entregaban el castillo, le prendería fuego con los defensores dentro. Los sitiados apelaron a su benevolencia para que, al menos, dejara salir a las mujeres. Conrado aceptó, y también cedió en la petición de ellas de llevarse sus bienes más preciados siempre que pudieran llevarlos ellas mismas, sin ayuda de animales o carros. A la mañana siguiente, se abrieron las puertas y los soldados atacantes vieron a las mujeres salir cargando en sus hombros a los hombres, ya fueran maridos, padres o hijos. Conrado, supo encajar bien lo llevado a cabo por las mujeres, y permitió su marcha, ya que se ajustaba a lo pactado y él, además, había recuperado su castillo. El pueblo rebautizó la fortaleza con el nombre de Weibertreu, que significa fe de la mujer.

Música: Nessum Dorma, -¡Qué nadie duerma!- de la ópera Turandot de Giacomo Puccini. Luciano Pavarotti.

LOS AMORES IMPOSIBLES que quizá soñé.

Estaba aquí, con la soledad de mi alma acostumbrada ya a esta herida eterna, y me he asomado al espacio a recordar dejando vagar la imaginación, que es una de las verdaderas formas de ver las cosas y poder nombrarlas cuando la emoción te invade; ¿te sorprende que te escriba? Me sentía algo melancólico al no encontrar respuesta a mis preguntas, y necesitaba hablarte.Read More

¡DEMOCRATIA DELENDA EST!

 

Hace tres años escribí algo sobre ¡Carthago Delenda est! Hoy, tras la actuación de Donald Trump,  lo traigo a la memoria…

Marco Po Catón el Censor, también llamado Catón el Viejo, nació en Tusculum -península itálica- en 232 a.C. muriendo en el 147 a.C.Read More

LA DERIVA DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN.

 

La razón de la creación de los campos de concentración y su propósito, fue hasta ciertos momentos, la de eliminar ciertos sectores de población percibidos en ocasiones determinadas como amenazas para un Estado.

La reflexión sobre la utilización de estos campos, puede iluminarnos sobre la a veces retorcida naturaleza humana, y aportarnos percepciones precisas sobre determinados regímenes políticos.

Los campos de concentración, no fueron obra exclusiva inicial, ni inventos únicos de regímenes dictatoriales como la Alemania nazi o la Unión Soviética estalinista, sino que  surgieron dentro de contextos coloniales de realojamiento de civiles, o de internamiento, por supuestas amenazas a un régimen, o para una remodelación demográfica según la ideología de las dictaduras imperantes en ese momento, y también por regímenes supuestamente liberales durante las guerras y levantamientos anticoloniales, constituyendo siempre una aproximación a las manifestaciones peores del comportamiento humano.

Se puede definir un campo de concentración como un lugar aislado, delimitado con estructuras fijas y diseñado para encerrar a civiles.

El origen de los campos de concentración pudiera estar situado en el periodo colonial del siglo XIX, en países como Australia -aborígenes de Tasmania-, Estados Unidos -en la guerra con Cuba y Filipinas-, Sudáfrica -guerra de los Boers-, o el África del sudoeste alemana -Namibia- en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX, continuando con el genocidio armenio llevado a cabo por el imperio otomano, los campos de concentración españoles durante y después de la guerra civil, los campos de refugiados del sur de Francia, los encierros en Estados Unidos -norteamericanos de origen japonés tras Pearl Harbor-, los campos chinos bajo mandato nacionalista, posteriormente los de Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte para meter en Chipre a los judíos desplazados que intentaron llegar a Palestina tras la Segunda Guerra mundial, los derivados de las guerras de las descolonizaciones de Argelia, Malasia y Kenia por parte de Francia y el Imperio británico, el sistema de campos nazis, incluyendo los campos de trabajos forzados, los campos de concentración y los campos de exterminio, para terminar con el sistema estalinista de campos y emplazamientos especiales conocidos como Gulag.

También sería interesante recordar que, en tiempos más cercanos, el Jemer Rojo trató de convertir a Camboya en un gigantesco campo de concentración en los años 70, y como reaparecieron los campos de concentración durante el genocidio de Bosnia de los años 90, existiendo en la actualidad un sistema de campos de concentración en Corea del Norte, pudiéndose añadir también los de la actual China, aunque los más conocidos como ya se ha apuntado son los campos nazis y los del Gulag.

En Alemania, los campos -en general-, se utilizaron inicialmente para poder proteger a un Estado autoritario, aplicando el concepto de custodia preventiva nazi, de lo que no gustaba o convenía al régimen, en donde nació la idea filosófica, raíz de los campos de concentración, de que sirvieran como herramienta de pacificación durante la guerra, y para moldear la comunidad racial en cualquier circunstancia, eliminando oponentes políticos en períodos de vigilia combativa.

Los campos nazis se establecieron inicialmente de forma desorganizada, siendo los primeros, Dachau, Oranienburg y Sachsenhausen, comenzando a crecer de forma exponencial a partir de 1938, que fue cuando comenzaron a recluir masivamente a judíos y personas de grupos sociales “extraños”. Después de 1938, la población judía en los campos se incrementó de forma vertiginosa, y el volumen global del sistema empezó a crecer igualmente, antes de la guerra y durante el desarrollo de la misma.

El Tercer Reich fue vinculando los campos de manera progresiva a la industria, al necesitar mano de obra, por encontrarse casi todos los hombres alemanes en el frente. A los hombres útiles para el trabajo, les dejaban sobrevivir, y a los que no lo eran, les permitían morir.

Cuando se fue tomando progresivamente la decisión de aniquilamiento total del pueblo judío, se comenzó la adaptación de algunos campos de trabajo ya existentes a campos de exterminio, o se procedió a la construcción urgente de algunos nuevos para ese cometido específico-Chelmno, Belzcec, Sobibór y Treblinka-, con el único objetivo de matar a los que allí eran trasladados. Los campos de las SS –Buchenwald, Dachau y Sachsenhausen– fueron inicialmente campos de tortura, aunque la muerte naturalmente fue algo habitual.

Hubo excepciones como Auschwitz o Majdanek, que a partir de 1942 combinaron las funciones de concentración y exterminio, siendo Auschwitz establecido inicialmente, no como campo de exterminio, ni campo exclusivo para judíos, sino para albergar prisioneros políticos y polacos.

La invasión alemana de la Unión Soviética en 1941, produjo un aun mayor crecimiento del número de campos alemanes, añadiendo algunos importantes como Lublin.

Tras el comienzo del retroceso alemán, la entrada de los aliados en los campos, a medida que avanzaban hacia Berlín, les hizo ver imágenes de inmenso horror, con cadáveres apilados junto a los vivos moribundos y esqueletos vivientes, que esperaban la liberación, ya sin fuerzas, ni para comer.

En el ámbito soviético el término Gulag hace referencia a una institución administrativa creada en 1929: el Departamento de la Administración Política Unificada del Estado, que fue reemplazada por la NKVD. Los lugares de encarcelamiento cuyo conjunto, serían denominados posteriormente con el nombre de Gulag, incluían prisiones, colonias de castigo, campos correccionales y de trabajo, colonias agrícolas y emplazamientos especiales, pero ninguno tuvo un nombre tan conocido como Auschwitz o Mauthausen, de ahí que el Gulag no tenga un rostro tan reconocible como el del Holocausto.

Campos del Gulag.

Los campos alemanes fueron nazis, pero los campos del Gulag no fueron marxistas, sino bolcheviques, y estos fueron los que dejaron que el principio de selección natural siguiera su curso: el hambre y la enfermedad acabaron con los más débiles.

Llama la atención, que habiendo oído durante mucho tiempo qué los campos del Gulag se encontraban concentrados en Siberia, existieran campos en toda la antigua U.R.S.S., con la mayor concentración en las proximidades de Moscú,

Inicialmente, los campos del Gulag fueron establecidos en zonas recónditas, con mala climatología y escasos recursos. Tanto es así, que muchos campos estaban abiertos y sin vigilar, siendo el problema de los presos y la ventaja de los carceleros, que no había a donde huir. En otros campos más flexibles permitían a los presos convivir con las gentes de las poblaciones cercanas.

Pronto vieron la posibilidad de emplear tan numerosa mano de obra en grandes proyectos, como el de construir un canal que uniera el mar Blanco con el Báltico, aunque se dieron cuenta de la necesidad de maquinaria, alimentación adecuada y premios de reducción de condena para la productividad, aunque las malas condiciones de vida hicieron morir a millones de prisioneros.

El principal objetivo -teórico- del Gulag era el castigo y la reeducación, no buscando la muerte de los presos, aunque se produjo, al igual que en los campos nazis, la aniquilación por trabajo y condiciones de insania. Los campos eran de muy diferentes tamaños y funciones de producción, como fábricas, canteras o minas, existiendo también campos/presidios con esa única función.

El Gulag no llegó a desmantelarse ni siquiera después del discurso de Jruschov -Kruschev- de 1956, denunciando los crímenes de Stalin. El sistema de campos del Gulag siguió existiendo hasta el final de la Unión Soviética.

Lo que fueron grandes campos de concentración ayer-aun existiendo todavía éstos-, se ha ido transformando en grandes campos a los que se llega huyendo de un presente malo, pensando en un futuro mejor, sintiendo enseguida las incertidumbres del mismo.

Las características que diferencian un campo de concentración u otra modalidad de campo, de las prisiones, empieza a ser difuso, debido al enclaustramiento obligatorio de todos, al notable crecimiento actual de presos, y al establecimiento en espacio señalado y sin porosidad, de los lugares de establecimiento de los refugiados. Al estar estos últimos contra su voluntad en un campo, ¿sería lo más adecuado denominarlo de concentración o prisión?

Con los grandes flujos migratorios de refugiados en la actualidad huyendo de lugares en donde sobrevivir no es posible, ¿no será el siglo XXI para muchos habitantes de este planeta, un período importante de establecimiento de campos de concentración, aunque se les añada el más amable segundo apellido de refugiados?

Aun habiendo sido los campos de exterminio nazi, ligados al Holocausto, y los del Gulag con millones de muertos, los más conocidos por su volumen y crueldad, no fueron -como se ha dicho- los primeros campos de concentración de la historia, ni los únicos, ni serán -ya seguro- los últimos, siendo los generadores de los actuales, los estados o grupos, desde dictaduras imposibles hasta amables estados liberales, con su especial concepción para la solución política de los problemas.

Viendo esto, si muchos países han participado en la creación de campos de una u otra clase, y todo es hacerlo una primera vez ¿nos deparará el futuro una nómina continua de este tipo de barbarie, basada en guerras que provocan la huida de refugiados migrantes?

El número de campos de refugiados crece exponencialmente en la actualidad, existiendo lugares, desde luego, sin las características mínimas necesarias, donde los migrantes se hacinan, no queriendo nadie asumir la responsabilidad de su atención; no nos horroricemos por lo ocurrido con los campos habidos y pensemos en lo que ahora ocurre: sintamos tristeza por el pasado, por lo hecho, pero quizá el mundo aun pueda reflexionar sobre lo que hacemos, para no sentirnos mal mañana.

*GULAG: Dirección General de Campos y Colonias de Trabajo Correccional, abreviado como GULAG.

Era la rama del NKVD que dirigía el sistema penal de campos de trabajos forzados. Aunque los campos de trabajos forzados operaron en Rusia antes de ser U.R.S.S., el Gulag fue oficialmente creado el 25 de abril de 1930 y disuelto el 13 de enero de 1960.

Música: Schindler’s List – John Williams (Violin & Piano)

EL CONFLICTO PALESTINO-ÁRABE-ISRAELÍ.

Hace algún tiempo, en la sobremesa de una magnífica paella a la que fui invitado por unos amigos en su casa de Roquetas de Mar, surgió el tema de los judíos, su historia, sus expulsiones de todos los países incluso del suyo desde la Antigüedad hasta la Baja Edad Media y en la Edad Moderna, las persecuciones constantes a lo largo de su existencia hasta desembocar en el Holocausto, su asentamiento por la Resolución 181 de Naciones Unidas en lo que bíblicamente es denominado Tierra Prometida, y su sinvivir desde entonces en ese territorio debido a la inquina árabe.

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HEBREOS, israelitas, israelís, judíos. Terminología básica.

En breve, publicaré un punto de vista sobre el conflicto árabe israelí; antes, sería conveniente conocer bien la terminología.

Los hebreos son un antiguo pueblo semita -descendientes de Sem hijo de Noé- proveniente de Mesopotamia, establecido en el Levante Mediterráneo o Cercano Oriente.

Israelita es el gentilicio que corresponde a los habitantes del antiguo reino de Israel. Según la tradición, es todo miembro de las doce Tribus de israel, es decir, todos los descendientes de alguno de los doce hijos del segundo patriarca bíblico JACOB  -hijo de Isaac y nieto de Abraham-, a quien Yahvé renombró como Israel.

Israelita también suele emplearse como sinónimo de judío.

Israelita, con significado de habitante del antiguo reino de Israel o de judío, no tiene el mismo significado queisraelí, gentilicio de los habitantes del actual ESTADO DE ISRAEL, sin distinguir  etnias ni religiones.

Judío no es solo una forma de señalar a los que practican el judaísmo religión antigua y monoteísta, sino también, a los pertenecientes al antiguo Reino de Judá -parte sur del reino de Israel tras su escisión a la muerte de Salomón, 930 a. C.- y claro, a los que regresaron a Tierra Santa tras el Cautiverio de Babilonia -llevado a cabo por Nabucodonsor II a finales del siglo VI- gracias al decreto de Ciro el Grande en 538 a.C.

Por tanto, las 12 tribus de Israel no eran judías sino israelitas, gentilicio aplicable hasta el fin de la monarquía unida con los tres reyes Saúl, David y Salomón (circa 1020-930 a. C.).

Los términos hebreo, israelita y judío son a veces empleados de modo indistinto, como sinónimos, y no lo son.

Se puede considerar que los Patriarcas anteriores a Abraham fueron míticos, pudiéndose considerar el primer Patriarca histórico a Abraham.

Por tanto, hebreos son los descendientes de Abraham Avinu -nuestro padre- y de Isaac-padre de Esaú y de Jacob-.

Los judíos son hebreos israelitas de la región de Judea, que provienen de Abraham (un hebreo)  y Jacob (un israelita), a través de Judá ( judío).

Tras la muerte de Salomón (930 a. C.), una insurrección condujo a la división en dos reinos: el de Israel al norte con las tribus de Rubén, Simeón, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Efraín y Manasés (estos dos últimos hijos de José que había sido vendido por sus hermanos como esclavo, contando los demás a su padre que había muerto) y un reino al sur, Judá, con las tribus de Judá y Benjamín y parte de la de Leví.

Cuando la tierra de Israel fue repartida entre las tribus en el tiempo de Josué -durante estancia en Gosén, Egipto-, la Tribu de Levi, fue escogida para servir como clero de Israel, no recibiendo tierra, aunque le fueron asignadas varias ciudades.

Jacob concedió a los descendientes de José, Efraín y Manasés, el estatus de tribus con derecho propio, reemplazando a la Tribu de José.  Cada una recibió su propia tierra y más tarde tuvo su propio campamento durante los 40 años que se vagó por el desierto y naturalmente tras el Éxodo, al llegar a la Tierra Prometida.

En el Reino del Norte estaban las 10 tribus que eran hebreos –por su génesis etnográfica– e israelitas -por su gentilicio de reino- pero no judíos, y en el Reino del Sur estaban los hebreos, israelitas y judíos que vivían en el reino de Judá.

En los últimos días del reino de Israel -siglo VIII a. C.- en el norte, la situación había llegado a ser insostenible ya que pagaban un muy alto impuesto al Imperio Neo Asirio contando con unos recursos muy limitados.

El rey Oseas dejó de pagar tributo, confiando en el apoyo de Egipto. Salmanasar V de Asiria respondió sitiando Samaria y apresando a Oseas. Después de tres años de asedio, capituló la ciudad en el año 722 a. C.

Murió Salmanasar, y el usurpador Sargón II se atribuyó la victoria y deportó a la gran mayoría de israelitas a Nínive, produciéndose lo que se ha dado en llamar la desaparición de las diez tribus perdidas.

El reino de Israel del norte había dejado de existir. Sargón no solo deportó sus habitantes a Nínive, sino que además trajo gentes de otros pueblos igualmente sometidos para repoblarla, formando una nueva provincia asiria con su gobernador al frente.

El otro hijo de Isaac, Esaú, hermano de Jacob dio origen al pueblo de Edom o idumeo.

EN RESUMEN:

Los israelitas son quienes habitaron Canaán o la Tierra de Israel, es decir, el territorio donde se establecieron los hijos de Jacob, e incluye a los jueces, a los monarcas del reino de Israel unificado, y de Israel y Judá tras su separación.

Los judíos son los habitantes del reino de Judá y todos aquellos hebreos que regresaron del exilio de Babilonia, junto con sus descendientes.

Muchos grupos étnicos se han proclamado descendientes de las tribus perdidas en Nínive, y algunos adoptan la idea mesiánica de que las tribus regresarán.

También a partir de entonces -dado que no se conocen descendientes de los israelitas que habían sido deportados a Nínive-, el pueblo de Israel del Norte es también conocido como pueblo judío; en términos religiosos, judíos son también los que practican el judaísmo, reconocidos como tales por los rabinos.

Ninguno de los tres términos enumerados es sinónimo de israelí, vocablo que designa al habitante del moderno Estado de Israel. A dicho país se lo conoce a veces también como Estado Judío y Estado Hebreo sin emplearse en este caso particular el término israelita, que por lo general suele reservase para los hebreos de la Antigüedad y también para la autodenominación de algunas comunidades judías diaspóricas.

Desde el siglo XIX, hay judíos seculares y laicos, escépticos, agnósticos, y hasta ateos; es necesario señalar que Israel es un país fundamentalmente LAICO, de ahí los problemas que tiene el presidente del país, para seguir contando con el apoyo político de los ultraortodoxos, ante la posible militarización de algunos de sus componentes, cosa de la que estaban exentos desde el año 1948, gracias al acuerdo de Ben Gurión con la cúpula rabínica, todo ello debido a la presión actual de grupos políticos menos fundamentalistas, que exigen que los ultraortodoxos de las escuelas rabínicas cumplan con sus deberes militares como el resto de varones y mujeres.

Una yeshivá -plural yeshivot– es un centro de estudios de la Torá y el Talmud generalmente dirigida a varones del judaísmo ortodoxo, conocida también como escuela talmúdica.

Los ultraortodoxos, conocidos también como jaredíes, han mantenido y lo siguen haciendo, posturas cada vez más divergentes con las tendencias sociales y políticas actuales.

Los jaredíes llevaron a cabo con el resto de judíos repartidos por el mundo, hasta 1948, el mantenimiento del imaginario de la tierra que los judíos no habían tenido durante 2.000 años, al nutrir durante el exilio eterno y las diásporas infinitas, mediante el Talmud, la creación de comunidades de jaredíes y las yeshivot, de los mandatos religiosos que mantuvieron al pueblo unido en la religión, siendo ello un escudo en donde guarecerse, protegerse y sufrir todas las expulsiones, persecuciones y matanzas que solo cesaron con el nacimiento del Israel moderno.

El jaredí fue en su inicio un movimiento europeo que surgió contra las corrientes reformistas que nacieron en el seno del judaísmo en el siglo XVIII. Hoy, hay grandes comunidades jaredíes en Nueva York, Londres o California.

En Israel, los jaredíes son todos aquellos judíos que han construido un modo de vida centrado en el cumplimiento absoluto de todas las leyes y preceptos contenidos en el Talmud, lo que les hace estar inclusos en una yeshivá, estando por tanto sujetos a los criterios vinculantes, de los rabinos, viviendo aislados del resto de la sociedad.

En el año 1948, David Ben Gurión, el padre fundador del Estado de Israel, buscó el apoyo y el consenso de la comunidad jaredí, fundamentalmente para rendir un homenaje de siglos a la religión: Cuidamos al Libro y el Libro nos cuidó a nosotros.

Ben Gurión les otorgó a los rabinos fundamentalistas ciertas competencias y privilegios, aprobando algunas leyes que chocan con la esencia de la democracia occidental.

Les otorgó la potestad de decidir quién era judío y quién no, competencia absoluta sobre los matrimonios, regir sus conflictos y disputas mediante tribunales religiosos (prerrogativa que lógicamente no incluye los delitos y las faltas y todo lo concerniente al derecho penal) y se les concedió el privilegio más polémico de todos: la exención del servicio militar obligatorio si acreditaban estar inscritos en una yeshivá.

Eso hoy ha cambiado, ya que el Parlamento lo modificó, y la exigencia de los grupos políticos para que se efectúe el alistamiento de los ultraortodoxos de manera inmediata en el ejército, es un nuevo palo en la rueda para la gobernabilidad del país.

Música: ERNEST BLOCH. DREAM (Enfantines nº 10)

 

El origen y fin del Universo, la Revolución Científica del siglo XVII y la Fe.

Hace unos días, quedamos para tomar algo un grupo de amigos de los de toda la vida, cosa que repetimos con alguna regularidad, constituyendo para mí, una de las reuniones más agradables a las que asisto.

Ya mediada la tertulia, salió el tema de la fe, Dios, el Universo y otros temas de este calado, al hablar uno de nosotros del libro Dios. La ciencia, Las Pruebas; El albor de una revolución de Michel Yves Bolloré y Oliver Bonnassies, y probablemente, dada nuestra provecta edad, quizá buscando la forma de hacer algún tipo de mérito, aunque sea reflexivo, de cara a la no muy lejana otra vida, que pudiera inquietar a alguno, o no.

A raíz de ahí, dos de nosotros -yo era uno, y el otro un amigo bastante leído- nos enzarzamos en una discusión sobre el origen y fin del Universo (de forma ya insufrible para los demás, ya que lo hacemos habitualmente sobre cualquier asunto), defendiendo yo la falta de demostración empírica de las teorías avanzadas sobre el asunto, y mi oponente dialéctico, su exactitud precisión y veracidad, aunque considerando que son teorías evolutivas, y por tanto cambiantes, aunque sin romper sus consideraciones básicas.

Al empezar a liarnos con las teorías sobre el origen del Universo -sin mentar las del fin-, recordé lo que supuso para el mundo, la Revolución Científica del siglo XVII con el cambio de paradigma, en donde se pasó, de las verdades imaginativas -más que las actuales sobre el Universo-, demostradas entonces imprecisas o directamente erróneas, que fueron ciertas durante muchos siglos y que terminaron con la Escolástica o el Geocentrismo, descubriendo la necesidad de la demostración empírica de las certezas para considerarlas tales.

Así pues, y para centrarme en el asunto, voy a tratar de resumir el cambio paradigmático que supuso la posibilidad de defender fehacientemente las verdades que de forma empírica se comenzaron a demostrar tras la Revolución Científica, y posteriormente, pasaré de puntillas sobre las últimas hipótesis NO DEMOSTRADAS, aunque aceptadas más o menos por unos y otros, sobre el origen y fin del Universo.

La Revolución Científica

Lo que escribo, se ha intentado sustentar en estudios académicos especializados, lo que permite fundamentar las afirmaciones expuestas. La revisión de textos clásicos y de investigaciones recientes, evidencia la continuidad y la transformación de las ideas a lo largo del tiempo, permitiendo comprender la complejidad de un proceso que, sin lugar a dudas, marcó un antes y un después en la historia del conocimiento humano.

En la interpretación del mundo y la naturaleza existían tres importantes tradiciones intelectuales:

El ORGANICISMO que explicaba el universo por analogía con el mundo de los seres vivos, el MAGICISMO, vinculado a las tradiciones pitagórica, neoplatónica, cabalística o hermética, que entendía la naturaleza como una obra de arte cuyas claves misteriosas debían ser desentrañadas a través de las matemáticas vinculadas a los números claves y al esoterismo, y el MECANICISMO que consideraba que el universo funcionaba como un reloj cuya exactitud se regía por leyes matemáticas; esta última sería la predominante entre los protagonistas de la Revolución Científica.

El siglo XVII constituyó una etapa de profundos cambios en el modo de comprender la naturaleza y el universo. Durante este período, se produjo una transformación en la metodología y en los fundamentos del saber, lo cual posibilitó la instauración del método científico como herramienta básica y necesaria para la investigación de la realidad.

La relevancia de la Revolución radicó en la identificación de un cambio paradigmático que, tras muchos años de consolidación del sacralizado pensamiento medieval basado en la autoridad y en la tradición, dio paso a un enfoque empírico y racional, característico de la modernidad.

En primer lugar, se establecerán los antecedentes históricos y culturales que permitieron el surgimiento de la Revolución Científica, analizando después, los factores que impulsaron este proceso, los nuevos métodos de investigación, la influencia de factores aparentemente exógenos a la misma como la situación geográfica en donde se inició, la religión y el lenguaje, las aportaciones de las figuras fundamentales de la época, así como las conclusiones y consecuencias que tuvieron en el ámbito intelectual, social y cultural; se pretende, de este modo, ofrecer un recorrido integral y coherente, que evidencie la trascendencia de la Revolución Científica, destacando su influencia en la configuración del pensamiento contemporáneo y en la consolidación de la ciencia como disciplina autónoma.

Tras la época de la consideración clásica de la teoría aristotélica del mundo sublunar y lunar, el primero situado en la región que estaba situada por debajo de la Luna, constituida por los cuatro elementos propuestos por Empédocles, y el segundo  constituido por el resto de esferas superiores a las que el éter dotaba de inmutabilidad, consideración que se prolongó sacralizada hasta el siglo XVI, comenzó el cambio científico y conceptual con la hipótesis novedosa que propuso Nicolás Copérnico, en 1543, con su obra De revolutionibus orbium coelestium, según la cual, el Sol, y no la Tierra, ocupaba el centro del universo y a su alrededor giraban estrellas y planetas. Copérnico discutió las implicaciones filosóficas de la teoría propuesta, y elaboró un estudio basado en observaciones astronómicas plasmado en elaboraciones geométricas, que permitirían calcular las posiciones pasadas y futuras de las estrellas y planetas.

Es necesario señalar, que la crisis del siglo XVII que, con características similares tuvo lugar en los distintos reinos europeos, en cada país y en cada región, tuvo efectos diferentes. Es decir, no fue homogénea en toda Europa, aunque sí que aumentó las diferencias entre los Estados y entre los sectores económicos y sociales.

El auge económico del norte, facilitó la puesta en marcha de la primera fase de la Revolución Científica, que estuvo enfocada a la recuperación del conocimiento de los antiguos, y que pudiera denominarse de Renacimiento Científico, que pudo llegar a su punto álgido con la publicación de Galileo del ensayo Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo en 1632. La culminación de la Revolución Científica puede considerarse alcanzada con la publicación en 1687 de Philosophiae naturalis principia mathematica de Isaac Newton, que formuló las leyes del movimiento y de la gravitación universal.​ El final del siglo XVII se consideró una época de crisis de la conciencia europea, abriendo la puerta al siglo XVIII, el Siglo de las luces o de la Ilustración, que es cuando se logró la culminación de la Revolución Científica.

El surgimiento de la Revolución Científica no puede considerarse un fenómeno aislado, sino el resultado de una larga serie de procesos históricos y culturales que, a partir del Renacimiento, propiciaron un ambiente adecuado para el cambio. Durante la Edad Media, el conocimiento, se encontraba estrechamente vinculado a la tradición aristotélica y a la doctrina eclesiástica, lo que restringía la posibilidad de innovar y de cuestionar los fundamentos establecidos. Sin embargo, el redescubrimiento de las obras clásicas y el auge del humanismo, abrieron nuevas perspectivas y posibilitaron el pensamiento crítico en todo su valor.

El Renacimiento implicó una revalorización de la antigüedad grecolatina, en la que se rescataron textos y conocimientos que habían sido relegados en el periodo medieval. Este resurgir de la cultura clásica propició el cuestionamiento de muchos dogmas establecidos y estimuló el interés por el estudio empírico de la naturaleza. La invención de la imprenta y la consecuente difusión de los saberes, a partir de ahora más trasnacional, fueron factores determinantes en la transformación del conocimiento, pues permitieron que las ideas innovadoras circularan más rápidamente entre la comunidad intelectual europea. El protestantismo del norte fue un impulso adicional para descubrir nuevos caminos que la Iglesia católica tenía cerrados desde hacía siglos.

Asimismo, el descubrimiento de nuevos mundos y el contacto con culturas ajenas al universo europeo, ampliaron los horizontes culturales, lo que obligó a replantear el entendimiento del mundo, y a cuestionar la visión centralizada y teocéntrica del Universo.

La apertura comercial y el intercambio de conocimientos con otras civilizaciones, contribuyeron además a la consolidación de una mentalidad más abierta y dispuesta a someter las ideas a la experiencia y a la observación directa.

La transición hacia el pensamiento moderno se vio favorecida por la convergencia de la recuperación de las fuentes clásicas con la invención de nuevos instrumentos técnicos de observación, y la consolidación de una actitud crítica frente a la autoridad tradicional. Estas condiciones sentaron las bases de un cambio de paradigma, que culminaría en la formulación del método científico, y en el abandono paulatino de los sistemas de pensamiento medievales.

El análisis de estos antecedentes, demuestra que la Revolución Científica fue creciendo como el resultado de una evolución gradual del conocimiento, en la que convergieron factores culturales, tecnológicos y epistemológicos. El paso de una concepción del universo basada en la fe y en la autoridad, a una visión fundamentada en la razón y en la observación empírica, constituyó sin duda, uno de los hitos más relevantes de la historia intelectual de Occidente.

Al tratar de los factores que impulsaron la Revolución Científica, podrá advertirse que fueron varios los elementos que contribuyeron a la consolidación del cambio epistemológico en el siglo XVII. entre ellos resultaron fundamentales, la ruptura con el pensamiento escolástico, la innovación en la tecnología, la aparición de nuevos métodos de investigación y la transformación del contexto político y social con la religión como parte importante del mismo, y en un ámbito lateral circunscrito al espacio británico y de las Provincias Unidas, señalar que el ambiente del cambio político británico, con  la República y el Protectorado de Cromwell y el parlamentarismo, al igual que el de las Provincias Unidas con su independencia, fueron un perfecto caldo de cultivo para el desarrollo de la Revolución Científica y del pensamiento político, con la publicación de las obras de Hobbes, Milton, Harrington u otros.

La rigidez del sistema escolástico, que había dominado la interpretación del mundo durante siglos, se vio confrontada por el resurgir de las ideas renacentistas. La imposibilidad de explicar ciertos fenómenos naturales mediante las doctrinas heredadas, impulsó a la búsqueda de nuevas explicaciones basadas en la observación directa y en el razonamiento lógico. La insatisfacción con las respuestas tradicionales, impulsó la formulación de hipótesis, que, sometidas a la comprobación empírica, señalaron el camino hacia una nueva vía para el conocimiento.

Las innovaciones tecnológicas desempeñaron un papel decisivo en el proceso revolucionario. La invención y el perfeccionamiento de instrumentos como el Telescopio (Galileo Galilei, 1609) que permitió las observaciones astronómicas que refutaron el geocentrismo, el Microscopio (Antonie van Leeuwenhoek, finales del siglo XVII) que facilitó el estudio de microorganismos y células, revolucionando la biología, el Barómetro (Evangelista Torricelli, 1643), fundamental para la comprensión de la presión atmosférica, el Termómetro (Galileo y posteriormente Fahrenheit y Celsius), que mejoró la medición precisa de la temperatura, la Regla de cálculo (Edmund Gunter, 1620), herramienta matemática para cálculos logarítmicos, el Reloj de péndulo (Christiaan Huygens, 1656), crucial para la  astronomía y la navegación, la Imprenta mejorada (siglo XV, Gutenberg), que permitió la difusión de libros científicos, las Tablas Astronómicas mejoradas (Johannes Kepler) que predecían los movimientos planetarios con precisión, apoyando el heliocentrismo, y tantos otros descubrimientos, posibilitaron la observación de aspectos del Universo que hasta entonces se encontraban fuera del alcance de la percepción humana. La utilización de estos aparatos permitió, por ejemplo, la identificación de Júpiter o la revelación de la complejidad estructural de organismos vivos, lo que cuestionó las nociones previamente aceptadas sobre el cosmos y la naturaleza. La precisión de estas nuevas herramientas, evidenció la necesidad de revisar los modelos explicativos tradicionales y de desarrollar teorías fundamentadas en datos observables y contrastados.

Estos avances no solo facilitaron descubrimientos en astronomía, física y biología, sino que también transformaron la forma en que se producía y validaba el conocimiento en general.

La aparición y evolución de nuevos métodos de investigación fueron en realidad la auténtica revolución de este periodo, que condujo a la consolidación del método científico. Pensadores como Francis Bacon –Novum Organum (1620)- propusieron la importancia de la experimentación y la inducción para v sobre el funcionamiento del mundo; la sistematización de la observación, la formulación de hipótesis y la verificación a través de experimentos controlados, permitieron que el conocimiento se construyera de forma progresiva y acumulativa, en contraposición a la mera recepción de saberes dictados por la autoridad de textos antiguos o de la concepción político/religiosa. Este método, se convirtió en la piedra angular de la ciencia moderna, estableciendo un criterio de objetividad y rigor que se extendió a lo largo de los siglos.

Junto a la corriente de renovación científica empirista de Galileo -nacida en Inglaterra-, Locke, o Kepler, surgió la racionalista de Descartes -tendencia continental-. Se pasaba de la escolástica medieval, basada en la autoridad de los textos antiguos de Aristóteles o Ptolomeo, al razonamiento deductivo y a una metodología empírica y experimental. En el siglo XVII, pensadores como Galileo Galilei señalaron la importancia de la observación empírica y el experimento controlado como base para el conocimiento.

Descartes y el racionalismo defendían que la geometría era el ideal de todas las ciencias y también de la filosofía, asegurando que solo mediante la razón se podían descubrir ciertas verdades universales, sin embargo, los empiristas, introdujeron la experimentación sistemática y el uso de instrumentos para validar hipótesis, sin despreciar lo proporcionado por la razón.

René Descartes, en Discurso del método (1637), promovió el método cartesiano, basado en la duda metódica y el uso de las matemáticas para describir la naturaleza.

Isaac Newton, sintetizó en su obra en 1687, las leyes del movimiento y la gravitación universal, usando un método matemático riguroso.

El método científico en definitiva fue una combinación de observación, experimentación y modelización matemática.

El contexto político y social de la época -en continua transformación-, también favoreció el avance del pensamiento científico; el fortalecimiento de los Estados y el aumento de la riqueza y la centralización del poder, sobre todo en el norte europeo, facilitaron el patrocinio de investigaciones y el establecimiento de Academias y Sociedades Científicas, ya que las Universidades en general, fueron refractarias a las nuevas teorías, y exceptuando algunos casos como el de Newton o Galileo, no permitieron tener espacios científicos para la investigación.

El mecenazgo, tanto por parte de la nobleza como de los monarcas, permitió que los investigadores contaran con los recursos necesarios para desarrollar sus estudios. De igual forma, la gradual secularización de la sociedad propició un ambiente menos restrictivo y hostil para la exploración intelectual, lo que contribuyó a la emancipación de la ciencia de las limitaciones impuestas por la doctrina religiosa.

Es necesario aquí, tratar el tema de la religión y las luchas derivadas de la Reforma protestante y la Contrarreforma católica, ya que la Revolución Científica se desarrolló en un contexto de profundos cambios religiosos y políticos. El Concilio de Trento (1545-1563), convocado por la Iglesia Católica en respuesta a la Reforma de Lutero, tuvo un impacto significativo en la ciencia, tanto limitándola como estimulándola en ciertos aspectos.

También, es necesario estudiar el cambio de liderazgo económico del Mediterráneo a Las Provincias Unidas e Inglaterra, ya que fue otro factor básico de la Revolución Científica que comenzó en estos territorios.

El Concilio de Trento reafirmó la autoridad de la Iglesia en la interpretación de la Biblia y la teología, lo que tuvo varias consecuencias para el desarrollo científico, limitándolo mediante el refuerzo de la censura, estableciendo el Índice de Libros Prohibidos (Index Librorum Prohibitorum), que censuraba obras consideradas contrarias a la doctrina católica, incluyendo textos científicos; Galileo Galilei, fue condenado por la Inquisición en 1633, por su defensa del heliocentrismo de Copérnico, que contradecía la interpretación bíblica tradicional. También actuó negativamente mediante el control de la educación, especialmente sobre las universidades, restringiendo la enseñanza de teorías que contradijeran la doctrina católica. Las universidades católicas continuaron defendiendo el aristotelismo, rechazando el empirismo y el método experimental.

También a veces, la Iglesia actuó como impulsora de la Revolución Científica mediante el patrocinio de instituciones científicas como en el caso de la Compañía de Jesús, que promovió estudios matemáticos y astronómicos en sus colegios. Así mismo, la Iglesia católica promovió investigaciones astronómicas para corregir el calendario juliano, desarrollando el calendario gregoriano en 1582, basado en cálculos de astrónomos jesuitas, patrocinando también a algunos científicos, que justificaran sus investigaciones en la idea de descubrir el diseño divino del universo.

La Reforma Protestante cuestionó la autoridad de la Iglesia Católica, promoviendo el libre acceso al conocimiento, fomentando la lectura y el pensamiento crítico e impulsando la alfabetización con la lectura de la Biblia en lenguas vernáculas, ayudando de este modo a difundir el pensamiento científico. En territorios protestantes hubo menos censura, y en países como Inglaterra o las Provincias Unidas de mayoría protestante, aprovecharon las menores restricciones, para la publicación de textos científicos, lo que favoreció la expansión de nuevas ideas.

Es importante también señalar que el lenguaje de la ciencia fue experimentando un cambio fundamental. Antes de este período, el conocimiento se transmitía principalmente en latín, la lengua de la escolástica medieval, accesible solo a una élite académica y clerical. Sin embargo, con el avance de la ciencia moderna, surgió un cambio hacia el uso de lenguas vernáculas como el inglés, el francés, el italiano y el alemán. Este cambio, tuvo como consecuencia importante la accesibilidad al conocimiento, ya que científicos como Galileo Galilei, René Descartes o Robert Boyle, entre otros, comenzaron a escribir en sus lenguas vernáculas, pudiendo entonces muchas más personas comprender y participar en el debate científico. Esto unido a la transnacionalización de la información, facilitó la difusión de ideas y fomentó una cultura científica más amplia. También, surgió la necesidad de un lenguaje más preciso y sistemático para describir fenómenos naturales; la instauración de términos técnicos en matemáticas, física y biología, permitieron una mayor claridad en la comunicación de descubrimientos. Por ejemplo, Isaac Newton estableció un vocabulario matemático riguroso en Principia Mathematica (1687), que, aunque escrito en latín, pronto sus conceptos fueron traducidos a lenguas vernáculas.

Esto ayudó a fomentar una mentalidad más racional y empírica en distintos sectores de la sociedad, contribuyendo a la aparición de la Ilustración y al desarrollo de la educación científica en Europa.

En otro orden de cosas, como se apuntaba ut supra, el cambio de liderazgo económico del Mediterráneo a los ingleses y neerlandeses, fue muy importante para la Revolución Científica. Se juntaron la nueva relativa libertad de pensamiento de los protestantes de Inglaterra y de Las Provincias Unidas con la riqueza derivada del comercio y de las manufacturas.

Los factores que intervinieron en el cambio de la centralidad económica del Mediterráneo al noroeste europeo, interconectados, pudieron ser entre otros:

El descubrimiento de nuevas rutas comerciales, abiertas por España y Portugal con Asia y América, la conquista de los otomanos de Constantinopla en 1453 con la consiguiente dificultad para venecianos y genoveses para comerciar por ese mar y por las rutas terrestres que del Mediterráneo oriental partían hacia oriente, redujeron la importancia del Mediterráneo, trasladando el comercio hacia las rutas atlánticas, donde primero portugueses y españoles, y posteriormente holandeses e ingleses, tuvieron el control.

A partir del siglo XVII, Inglaterra y Las Provincias Unidas superaron comercialmente a españoles y portugueses, gracias a su innovación financiera, a la disponibilidad de grandes flotas mercantes y al establecimiento de compañías comerciales como las Compañías Holandesas de las Indias Orientales en 1602 y Occidentales en 1623, y la Compañía Inglesa de las Indias Orientales en 1600. El modelo mercantilista incentivó la acumulación de riqueza a través del comercio exterior y la explotación de colonias, aunque la competencia por el control de rutas comerciales llevó a conflictos como la Guerra Anglo-Holandesa y la lucha por el dominio del comercio con Asia. La nueva riqueza generada, coadyuvó de manera determinante al desarrollo de la Revolución Científica.

Sirvan como ejemplos la creación de instituciones científicas en Inglaterra como la fundación de la Royal Society (1660) en Londres, que marcó un hito en la institucionalización de la ciencia, promoviendo el empirismo y el método experimental, la Universidad de Leiden (1575) en Las Provincias Unidas o la Academia de Ciencias de París (1666), que fomentaron la experimentación colectiva y la difusión de descubrimientos, además de otras instituciones que fueron fundamentales en la enseñanza y en la producción científica, atrayendo a figuras como René Descartes y Christiaan Huygens.

Por tanto, fue la combinación del establecimiento de instituciones científicas, la libertad intelectual, la fuerza económica y las figuras científicas surgidas al calor de la libertad y de los medios de investigación, los que convirtieron a Inglaterra y las Provincias Unidas en motores fundamentales de la Revolución Científica.

También es interesante señalar que, en el ámbito sobre todo cultural, aunque el Barroco y la Revolución Científica fueron coetáneos, los países en donde más fuerza tuvo el primero es donde menos se desarrolló la segunda y viceversa.

Se realizaron grandes avances en matemáticas (logaritmos, algebra, geometría, análisis infinitesimal y otros) y en consecuencia la Revolución Científica, transformó no solo la manera de abordar el conocimiento sino también, la estructura social y cultural de la época, y la instauración de un método científico riguroso y empírico, que posibilitó el surgimiento de una visión del universo fundamentada en principios universales y verificables. Las aportaciones de pensadores y científicos evidenciaron la diversidad de enfoques y la complementariedad de las ideas que, en conjunto, propiciaron la consolidación del paradigma moderno.

La Revolución Científica fue un proceso complejo y multifacético, cuyo alcance trascendió el ámbito de la ciencia, para afectar profundamente la estructura del pensamiento y de la sociedad. El proceso de transformación del pensamiento, que se plasmó en el surgimiento del método científico y en la consolidación de nuevos paradigmas explicativos, constituye la base sobre la que se ha edificado la ciencia moderna.

Como resumen, se puede afirmar que la Revolución Científica del siglo XVII marcó el inicio de una nueva era, en la que la razón, la observación y la experimentación, se erigieron como principios rectores para la generación de saberes. La trascendencia de este cambio, se evidencia en el legado metodológico y epistemológico que sirvió de base a la Revolución Industrial y que se mantiene vigente en la actualidad, configurando un modelo de investigación y de pensamiento que ha permitido a la humanidad avanzar en la comprensión de la realidad y en el desarrollo de tecnologías transformadoras; fue un punto de inflexión en la historia del pensamiento, cuya influencia se mantiene vigente en la configuración del mundo moderno.

Dicho esto, como apunté inicialmente, trataré de exponer algunas de las hipótesis manejadas en la actualidad, con mayor o menor aceptación y con mayor o menor acierto por mi parte sobre el origen y el final del o de los universos, pero para mí, que como se ha podido observar soy pro demostración empírica de lo que pudiera considerarse certeza, no son más que teorías sin confirmar científicamente, entre otras cosas, porque el concepto Universo pudiera desbordar a la Ciencia, pudiendo todas las teorías ser válidas, hasta la de la existencia de una civilización superior en otro Universo paralelo, en tiempo y espacio diferentes, y generatriz o no del nuestro.

La teoría más conocida sobre el origen del universo, se centra en un cataclismo cósmico sin igual en la historia: el Big Bang. Esta teoría surgió de la observación del alejamiento a gran velocidad de otras galaxias respecto de la nuestra -siempre el hombre ha gustado de considerarse el centro de todo- en todas direcciones, como si hubieran sido repelidas por una fortísima y primigenia fuerza explosiva.

Es la teoría científica más sólida o de mayor aceptación sobre el origen del Universo, que propone que se originó a partir de un estado inicial extremadamente denso y caliente, expandiéndose y enfriándose a través del tiempo.

Antes del Big Bang, según los científicos, la inmensidad del Universo observable, incluida toda su materia y radiación, estaba comprimida en una masa densa y caliente en tan solo unos pocos milímetros de dimensión volumétrica. Este estado enigmático, se especula que existió tan sólo una fracción del primer segundo del tiempo.

La teoría mantiene que, en un instante -una trillonésima parte de un segundo- tras el Big Bang, el universo se expandió con una velocidad incomprensible, desde su origen del tamaño de una nuez, a un alcance astronómico. La expansión aparentemente ha continuado, pero mucho más lenta, según algunos y más rápida según otros, durante los siguientes miles de millones de años

Las evidencias que respaldan la teoría del Big Bang pudieran ser:

Expansión del universo: las observaciones de galaxias que se alejan unas de otras a gran velocidad, son un elemento clave de la expansión.

Radiación cósmica de fondo: la detección de radiación cósmica de fondo (CMB), una forma de radiación que emana de todo el universo y es el remanente de la época en que el universo era muy joven, es otra evidencia sólida del Big Bang.

Abundancia de elementos: la proporción de elementos ligeros (hidrógeno y helio) en el universo, es acorde con la teoría del Big Bang, sobre cómo se formaron estos elementos en los primeros instantes, tras la explosión.

Formación de estructuras: la teoría del Big Bang explica cómo las imperfecciones en la densidad de la materia en los primeros momentos del universo, evolucionaron para formar las galaxias y las estructuras que vemos hoy en día.

Con el lanzamiento del telescopio espacial James Webb, la comunidad científica pretende obtener más datos sobre el origen del Universo. Con esta nueva herramienta en el espacio, los astrónomos pretenden buscar en el Universo, tanto en el espacio como en el tiempo, cosas inéditas, habiendo obtenido ya en 2023, observaciones que han permitido saber más sobre el pasado de su formación y evolución; tras solo un año operativo, las observaciones del JW desvelaron secretos sobre los primeros días de la historia galáctica. Al menos dos de las galaxias descubiertas están más alejadas que cualquier otra observada hasta esa fecha, y el telescopio detectó otra media docena, a la espera de confirmación.

La Agencia Espacial Europea anunció también que ya tenían pruebas de siete galaxias que serían las más antiguas conocidas hasta la fecha. Según los astrónomos, estas formaciones de estrellas datarían de 650 millones de años después del Big Bang, que las haría las galaxias más tempranas que se han podido confirmar espectroscópicamente. A primera vista, parece que el universo primitivo fue más pródigo en la formación de estrellas y galaxias de lo que los científicos habían previsto hace muy pocos años,

Stephen Hawking opinaba, que como ocurre con muchos otros misterios del cosmos, los científicos no pueden saber con exactitud el modo en que el Universo evolucionó tras el Big Bang. Muchos creen que, a medida que transcurría el tiempo y la materia se enfriaba, comenzaron a formarse tipos de átomos más diversos, y que estos finalmente se condensaron en las estrellas y galaxias de nuestro universo presente.

El término Big Bang fue usado por primera vez en 1949 por el astrofísico británico Fred Hoyle durante una transmisión de radio. Hoyle, que era defensor de la teoría del universo estacionario, utilizó el término Big Bang como una manera de burlarse de la teoría de la expansión del universo. En realidad, el origen de esta teoría hay que buscarlo en un sacerdote belga, de nombre George Lemaître, que sugirió por primera vez la teoría del Big Bang en la tercera década del siglo XX -1927-, cuando propuso que el universo comenzó a partir de un único átomo primigenio. Esta idea ganó empuje más tarde gracias a las observaciones de las galaxias de Edwin Hubble, alejándose de nosotros -volvemos al nosotros y no entre ellas- a gran velocidad en todas direcciones, y a partir del descubrimiento de la radiación cósmica de microondas de Arno Penzias y Robert Wilson.

El brillo de la radiación de fondo de microondas cósmicas, que puede encontrarse en todo el universo, se piensa que es un remanente tangible de los restos de luz del Big Bang. La radiación es similar a la que se utiliza para transmitir señales de televisión mediante antenas, pero se trata de la radiación más antigua conocida y puede guardar muchos secretos sobre los primeros momentos del universo.

La teoría del Big Bang deja muchas preguntas importantes sin respuesta. Una, puede ser la causa original del mismo Big Bang. Se han propuesto muchas respuestas para abordar esta pregunta fundamental, pero ninguna ha sido probada, como la naturaleza de la materia oscura y la energía oscura, que conforman la mayor parte del Universo, y la comprensión de los primeros momentos del universo antes de que la radiación cósmica de fondo se formara.

Hace casi un siglo, Albert Einstein -1879 a 1955-, buscó alternativas al modelo del Big Bang porque su desarrollo en el tiempo desde el comienzo, no le encajaba. A día de hoy, hay varias  teorías sobre el origen del Universo en la literatura científica como la teoría del universo cíclico, la teoría de la inflación cósmica o la teoría de  cuerdas y del multiverso.

La teoría del universo cíclico -del universo oscilante- propone que el universo experimenta una serie infinita de expansiones y contracciones (Big Bang y Big Crunch -se verá deorsum-), creando un ciclo continuo. A diferencia de la teoría del Big Bang, que sugiere que el universo nació de un punto singular y se expande continuamente, la teoría cíclica sugiere que cada expansión comienza con un Big Bang y termina con un Big Crunch, dando lugar a un nuevo Big Bang en el ciclo siguiente

La teoría de la inflación cósmica, ha sido una de las ideas más influyentes en la cosmología moderna. Fue propuesta para resolver varios problemas del modelo del Big Bang clásico, como la homogeneidad, la planitud y la ausencia de defectos topológicos.

La inflación cósmica postula que, una fracción de segundo después del Big Bang, el universo experimentó una expansión exponencial extremadamente rápida, mucho más veloz que la velocidad de la luz -lo cual no contradice la relatividad, ya que no se movía la materia, sino el propio espacio-tiempo-.

Fue propuesta por Alan Guth en 1981 y posteriormente mejorada por otros físicos como Andrei Linde, Andreas Albrecht, y Paul Steinhardt. Es una teoría ampliamente aceptada pero aún incompleta.

La teoría de cuerdas y la idea del multiverso son dos conceptos que provienen de la física teórica y la cosmología moderna. Aunque no son sinónimos, están conectados en algunos marcos teóricos, especialmente cuando se intenta unificar todas las fuerzas fundamentales del universo, incluida la gravedad, en una única teoría coherente.

La Teoría de Cuerdas propone que las partículas fundamentales -como electrones o quarks- no son puntos sin estructura, sino cuerdas unidimensionales vibrantes. Dependiendo de cómo vibren, estas cuerdas dan lugar a diferentes partículas con distintas masas y fuerzas, necesitando 10 o 11 dimensiones para ser matemáticamente consistente, propone que todas las fuerzas (gravedad incluida) surgen de la misma estructura fundamental e incluye gravedad cuántica, algo que otras teorías no logran incorporar adecuadamente.

El Multiverso es uno de los aspectos más controvertidos de la teoría de cuerdas y es que no considera un único Universo. El multiverso, en esencia, es una colección de universos que existen en paralelo y sugiere una enorme cantidad de posibles universos, cada uno con leyes físicas ligeramente distintas. Esto es lo que se conoce como el paisaje del multiverso de cuerdas.

Por ejemplo, el Multiverso tipo II surge de la inflación cósmica eterna. Diferentes regiones del espacio pueden expandirse y desinflarse con propiedades físicas distintas o el Multiverso tipo IV en el que todos los universos matemáticamente posibles existen en algún sentido.

Ni la teoría de cuerdas ni el multiverso son actualmente verificables experimentalmente, aunque en 2014, un equipo internacional de científicos detectaron ondas gravitacionales, deformaciones espacio-tiempo provocadas por el Big Bang, que sugieren que vivimos en realidad en un multiverso, es decir, un Universo con muchos universos. Estas ondas pudieran confirmar, las teorías sobre la inflación cósmica y la expansión exponencial que se produjo en una fracción de segundo después del de la gran explosión hace 13.800 millones de años.

También es importante señalar, que recientemente, el ex presidente del departamento de astronomía de la Universidad de Harvard, Avi Loeb, ha publicado en la revista Scientific American la teoría menos explorada de que nuestro Universo pueda haber sido creado en por una civilización más avanzada que la nuestra.

Entonces nos podemos preguntar ¿Qué hay más allá de los límites del Universo observable? ¿Es posible que nuestro Universo sea sólo uno de los muchos de un multiverso mucho mayor? A estas preguntas, sin lugar a dudas, la humanidad intentará responder.

Sobre el posible fin del Universo, también hay varias teorías:

La teoría del Big Crunch es una hipótesis cosmológica que propone un posible destino final del universo. Es una de las teorías que intenta explicar cómo podría terminar el universo, basándose en su actual expansión.

El Big Crunch plantea que la expansión del universo (iniciada por el Big Bang) no durará para siempre. En lugar de seguir expandiéndose indefinidamente, la gravedad, eventualmente, detendría la expansión y haría que todo el Universo comenzara a contraerse. Esta contracción acabaría colapsando todo en un punto extremadamente denso y caliente, un proceso inverso al Big Bang.

Podría tener varias etapas:

Expansión desacelerada: a medida que la expansión se ralentiza por la gravedad, las galaxias comienzan a acercarse.

Detención de la expansión: en un momento del tiempo, la expansión cesa completamente.

Contracción: la gravedad domina y el Universo comenzaría a encogerse.

Colapso final: toda la materia y energía del Universo se condensaría en un punto infinitamente denso y caliente, como en el estado inicial, antes del Big Bang.

Es condición necesaria para que ocurra el Big Crunch, que la densidad del Universo sea mayor que la densidad crítica, es decir, que haya suficiente materia oscura para frenar la expansión y que la energía oscura -que actualmente acelera la expansión- no sea dominante o cambie su comportamiento con el tiempo. El Big Bounce es un complemento alternativo para el Big Crunch, que podría ser seguido por un rebote, creando un nuevo universo en un ciclo cósmico continuo.

La teoría del Big Freeze -Gran Congelación- es uno de los posibles destinos finales del universo según los modelos cosmológicos actuales. Se basa en la idea de que el universo continuará expandiéndose indefinidamente hasta que alcance un estado de muerte térmica, en el cual la energía disponible para realizar trabajo se agote por completo.

La teoría parte de dos observaciones clave:

El universo se está expandiendo, y no sólo eso: la expansión se acelera, según los datos del fondo cósmico de microondas y la observación de supernovas lejanas.

La segunda ley de la termodinámica implica que la entropía del universo -su desorden- tiende a aumentar, lo que lleva a una distribución cada vez más uniforme de energía.

Según esta teoría las galaxias se alejarán cada vez más entre sí, hasta que muchas de ellas estén fuera del horizonte observable, la formación de nuevas estrellas cesará, ya que se acabarán los materiales -gas y polvo-necesarios, las estrellas existentes se apagarán una vez consuman su combustible, la materia colapsará en objetos degenerados como las enanas blancas, las estrellas de neutrones y los agujeros negros y finalmente, incluso los protones podrían desintegrarse, dejando un Universo compuesto únicamente por radiación y partículas subatómicas dispersas.

El resultado final sería una especie de muerte térmica, con temperaturas cerca del cero absoluto, sin gradientes de energía, lo cual implica que ningún proceso físico significativo podrá ocurrir y el Universo se convertirá en algo frío, oscuro y estático.

La teoría del Big Rip -Gran Desgarro- es una hipótesis cosmológica que describe un posible futuro del Universo en el que la expansión acelerada causada por la energía oscura termina desgarrando literalmente todas las estructuras del cosmos, desde cúmulos de galaxias hasta átomos.

Desde que Edwin Hubble descubrió en 1929 que el universo se expande, los cosmólogos han buscado entender cómo evoluciona esa expansión. En 1998, observaciones de supernovas lejanas mostraron que la expansión del universo no solo continúa, sino que se acelera, en contra de otras teorías anteriores que se deceleraba. Esta aceleración se atribuye a la llamada energía oscura*, que constituye aproximadamente el 70% del contenido del universo.

El Big Rip es un escenario propuesto en 2003 por el cosmólogo Robert R. Caldwell y sus colegas, basado en un tipo especial de energía oscura llamado energía fantasma.

Si la energía oscura aumenta con el tiempo, en lugar de ser constante como en la constante cosmológica de Einstein, su presión negativa se vuelve tan intensa que supera todas las fuerzas atractivas del universo. Como resultado, la expansión se vuelve tan acelerada que rompe primero las galaxias, luego los sistemas solares, luego los átomos y finalmente el espacio-tiempo.

*La Materia Oscura:

Es una forma de materia que no interactúa con la luz, por lo que no puede ser observada directamente, contribuye aproximadamente al 27% de la densidad de energía del Universo, se detecta por sus efectos gravitacionales sobre la materia visible y se cree que está compuesta por partículas no convencionales, como las partículas de interacción de débil masa.

*La Energía Oscura:

Es una fuerza repulsiva que impulsa la expansión acelerada del universo, contribuye aproximadamente al 70% de la densidad de energía del universo, su naturaleza sigue siendo un misterio y se cree que podría estar relacionada con una energía del vacío o una fuerza gravitacional repulsiva.

La principal diferencia entre la materia oscura y la energía oscura radica en su naturaleza: la materia oscura es una forma de materia, mientras que la energía oscura es una fuerza o tipo de energía.

Como conclusión, cabe pensar que es posible y casi necesario, ante la falta de certezas sobre nuestros orígenes o el fin del Universo, que busquemos la fe (el que no la tenga) -no solo la religiosa-, necesaria para la supervivencia de la raza humana, ya que las certezas universales podrían provocar el caos absoluto.

LA GRAN Y FELÍCISIMA ARMADA ESPAÑOLA.

La armada española que partió de Lisboa en agosto de 1588 para desembarcar en Inglaterra, fue llamada peyorativamente La Invencible por los ingleses, por considerar éstos, que Felipe II tuvo una actitud muy arrogante y un exceso de confianza no justificado en su seguro éxito. Lo cierto es, que el término fue acuñado por William Cecil, primer barón de Burghley, que buscó realzar la resistencia inglesa frente a una flota mayor -tampoco fue cierto-, y ese adjetivo, empleado con habitualidad por los historiadores, quedó así para siempre; la verdadera denominación española de esa flota fue la Gran y Felicísima Armada.

Haremos un rápido repaso de la situación de las casas reinantes de España, Inglaterra y Portugal por aquel entonces, y los motivos de la guerra hispano-inglesa de 1585-1604.

Enrique VII de Inglaterra, casado con Isabel de York tuvo cinco hijos: Arturo el heredero, Margarita –esposa de Jacobo IV de Escocia y por tanto abuela de María I Estuardo, reina de Escocia y madre del rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia-, Enrique -Enrique VIII-, María y Catalina.

Enrique VII de Inglaterra.

Arturo, hombre enfermizo, casó con Catalina de Aragón -la hija menor de los Reyes Católicos- pero el matrimonio al parecer no llegó a consumarse. A la muerte de Arturo en accidente y tras un intento inútil de Enrique VII, ya viudo, de casarse con su nuera, Catalina fue casada con el tercer hijo, Enrique, que ascendió posteriormente al trono inglés con el ordinal VIII; de este matrimonio nació María Tudor Aragón.

Enrique se divorció de Catalina, para lo que tuvo que separarse de la Iglesia Católica, fundando la Iglesia Anglicana, que luego sería protestante, contrayendo segundas nupcias con Ana Bolena, con la que tuvo otra hija, Isabel. A esta segunda mujer, Ana, mandó decapitarla, ya que debió considerarlo más sencillo  y soportable que otro divorcio, casándose cuatro  veces más, naciendo de su tercer matrimonio con Juana Seymour, su único hijo varón Eduardo, que le sucedería con el ordinal VI, que reinó entre 1547 y 1553. A la muerte de Eduardo VI, la corona pasó a su hermanastra María I Tudor, prima hermana de Carlos I de España, y segunda mujer y tía de Felipe II de España, que reinó desde 1553 a 1558; reina muy católica, que trató de deshacer lo que su padre había creado en relación con el protestantismo, persiguiendo a los seguidores de este movimiento a sangre  y fuego, siendo conocida con el sobrenombre de Bloody Mary.

Enrique VIII de Inglaterra y Ana Bolena observados por Catalina de Aragón. Marcus Stone. 1870.

María Tudor fue sucedida en el trono por su hermanastra bastarda Isabel I Tudor, la Reina Virgen –aunque el knick name fue una paradoja, o por eso-, que reinó  hasta 1603.

Isabel I,  “La reina virgen”.

Isabel I, celosa del poder que in crescendo iban acumulando los Habsburgo -especialmente Carlos I-, comenzó a atosigar a la Corona española desde todos los frentes posibles.

La herencia recibida por Felipe II de la corona de Portugal –por ser hijo de Isabel de Portugal-, el 16 de octubre de 1581 en el castillo de Tomar -anexo al Convento templario de Cristo-, tras la batalla de Alcántara,  en la que el Duque de Alba derrotó a las fuerzas del otro aspirante Antonio Prior de Crato, apoyado por la Corona inglesa, incitó aún más a Isabel a intentar desgastar al imperio español, poseedor de las Américas, Portugal, España y los Países Bajos,  y como remate, Amberes tras la toma por los Tercios españoles, poseyendo además los Habsburgo la corona del Sacro Imperio Romano Germánico en la persona de Maximiliano II de Habsburgo, primo hermano de Felipe II, hijo de su tío Fernando -nacido en Alcalá de Henares-, primero Rey de Romanos, y después Emperador del Sacro Imperio y rey de Hungría y Bohemia, y archiduque de Austria.

Además de todo lo expuesto, Felipe II  había firmado en 1584 con Francia, representada por el Duque de Guisa, el tratado de Joinville con la Santa Liga de París, para combatir el protestantismo.

Por todo ello, Isabel hizo que su apoyo a los rebeldes holandeses fuera si cabía, más firme  –firmó el Tratado de Nonsuch en 1585, pactando una alianza militar anglo-holandesa contra España- enviando 7000 efectivos a la Unión de Utrecht , con armas y ayuda económica en la medida de sus posibilidades.

En 1585, y llevando ya Isabel 28 años de reinado y como consecuencia de los constantes ataques de los corsarios ingleses a la flota española,  especialmente a los barcos que venían cargados de riquezas de América, y del constante apoyo inglés a las revueltas  de las  Siete Provincias Unidas de la Unión de Utrecht –las siete provincias rebeldes de los Países Bajos españoles ya que las otras diez de la Unión de Arras permanecieron leales inicialmente a la Corona española-, que  se enfrentaron a España en la guerra de los 80 años, desatándose las hostilidades entre Inglaterra y España, dando comienzo la guerra anglo-española en 1585, que duraría 19 años.

A partir de ahí, Isabel I le dio a Sir Francis Drake el mando de una flota, con la misión de atacar los territorios españoles en las Indias, sus rutas comerciales, y los objetivos inopinados que fueran surgiendo y viera factible su consecución, además de aumentar su apoyo con fuerzas y ayuda económica a los rebeldes de las Provincias Unidas de la Unión de Utrecht, intensificando la persecución sangrienta a los católicos en Inglaterra y Escocia.

Drake zarpó al mando de una flota de 21 naves y 2.000 hombres, para  hostigar las costas de España y Portugal, marchando luego a las Indias.  Saqueó Bayona de Galicia e intentó entrar sin éxito a puertos de las islas Canarias, desde donde tomó rumbo a las Indias, después de haber atacado barcos en La Palma, El Hierro e incendiado Santiago, en Cabo Verde.

En los primeros días de 1586, llegó a  la isla de La Española, tomando con más de 1.000 hombres Santo Domingo, pidiendo por su liberación un rescate de 25.000 ducados, y tras recibirlos, abandonó la ciudad incendiándola  parcialmente. Lo mismo hizo con Cartagena de Indias a cambio de 107.000 ducados.

Tras declararse en su flota una epidemia de fiebre amarilla, regresó a Portsmouth, no sin antes incendiar varias ciudades que le pillaron de paso.

Mientras Inglaterra luchaba sólo contra España, los españoles  tuvieron que pelear en muchos frentes, teniendo que mantener el Imperio hispano-portugués, combatiendo simultáneamente contra Francia, Inglaterra, las Provincias Unidas de la Unión de Utrecht y el Islam.

A pesar de tantos frentes, estas constantes acciones inglesas, fueron los motivos básicos que impulsaron a Felipe II  a ordenar la constitución, organización y expedición de una Gran Armada, que con su actuación contra los territorios insulares del reino inglés, trasladaran los problemas a esas tierras, para que una vez con ellos en casa, dejaran de molestar en los mares a las flotas comerciales, y a las posesiones europeas, peninsulares y de ultramar españolas, que dada su extensión en los cinco continentes, tenía grandes dificultades para defender. Era necesario pasar de una posición pasiva a otra activa/ofensiva..

Al año siguiente de su vuelta del Caribe -1587-, recuperados sus hombres de la fiebre amarilla, Drake volvió a formar una flota constituida por cuatro barcos de la Marina Real inglesa: el Elizabeth Bonaventure, con Drake al mando, el Golden Lyon, capitaneado por William Burroughs, el Rainbow por el capitán Bellingham y el Dreadnought por el capitán Fenner, y veinte barcos más. Los costes de esta expedición fueron financiados por un grupo de comerciantes londinenses, que participarían de los beneficios, en la misma proporción en la que hicieron sus aportaciones, y la reina Isabel, como dueña de las cuatro naves de la Marina Real y por reina, recibiría el 50 % de los beneficios.

A la altura de Galicia y tras una gran tormenta fueron informados por dos naves holandesas, que en Cádiz se estaba preparando una gran flota española de guerra, lista para partir primero a Lisboa y luego a Inglaterra.

Comenzaron a navegar hacia el sur, atacando Cádiz, destruyendo gran parte de la flota española allí amarrada, devastando varias fortalezas del Algarve portugués, bordeando Lisboa para poner en serios aprietos a la flota de Álvaro de Bazán, que estaba en Lisboa, y que el marqués de Santa Cruz pudo rechazar, capturando varios barcos de la flota de Indias cargados de riquezas, entre ellos el San Felipe, con más de 110.000 ducados en oro y especias. Los daños causados por la flota inglesa a la Armada española de Cádiz, causaron una demora de más de un año en los planes españoles de invasión de Inglaterra.

Sir Francis Drake.

Al margen de lo expuesto y una vez excomulgada Isabel I por Pío VII en 1570, por protestante y por perseguir a los católicos, siendo además hija bastarda  de Enrique VIII y Ana Bolena, y por tanto sin derechos a la corona inglesa -según la Iglesia-, y habiéndose casado Felipe II con la anterior soberana de Inglaterra María I Tudor -su tía segunda-, el rey español vio una ventana abierta, para además de lograr acabar con las acciones ofensivas inglesas, intentar de paso revindicar sus derechos, y arrebatar el trono de la pérfida Albión a Isabel, logrando además de este modo, el cese del asedio de Isabel sobre María I Estuardo, reina de Escocia -con anterioridad reina consorte de Francia por matrimonio con Francisco II de Francia-, por ser católica, y también, porque  era una seria aspirante al trono de Inglaterra, al ser nieta de Margarita Tudor, hermana de Enrique VIII, que al fin terminó con la cabeza cortada,  a instancia de Isabel I y entre sus  lágrimas de pena, el 8 de febrero de 1587, lo cual tensó aún más la situación.

Felipe II.

En 1587, Felipe II tomó la decisión definitiva, y pidió la elaboración de planes para la invasión de Inglaterra, a D. Álvaro de Bazán, I marqués de Santa Cruz, uno de los grandes vencedores de Lepanto. Los planes fueron presentados y aprobados: la preparación y conducción de la flota le fue encomendada a D. Álvaro de Bazán, aunque el mando efectivo del desembarco y de la operación, se la dio el rey a su sobrino Alejandro Farnesio, III duque de Parma y Gobernador de los Países Bajos, hijo de Octavio Farnesio y  Margarita de Parma -hija ilegítima de Carlos I-, cosa que al marqués le dolió sobremanera, aunque debería haber sabido a esa edad de su vida, que es necesaria la sencillez para el triunfo y el valor para el fracaso, y más en los ambientes políticos y de familia de ese rango.

Alejandro Farnesio, III duque de Parma.

El duque de Parma debería llevar los Tercios españoles desde Dunkerque a  Inglaterra a través de Calais. El rey fue convencido de esta opción, al ser mucho más económico llevar fuerzas a Inglaterra desde Dunkerque que desde España, además de que el más largo transporte, podría estar sujeto a bastantes más incidentes e imprevistos.

La decisión fue pues la constitución de una Gran Armada que partiría de Lisboa y se reuniría en Dunkerque con el duque de Parma. Los tercios españoles embarcados en Dunkerque, serían desembarcados en las costas inglesas, debiendo seguir hasta tomar Londres.

La Gran y Felicísima Armada comenzó a  prepararse: serían un total de 130 barcos, debiendo zarpar de Lisboa en mayo de 1588, rumbo primero a Dunkerque y luego a Inglaterra, para derrocar a la reina  Isabel I.

Hubo un error de planeamiento básico: cuando fuera avistada la Gran Armada española desde la costa inglesa se alertarían todas las fuerzas marítimas y terrestres del reino de Isabel, por lo que el desembarco por sorpresa, que debería ser realizado en barcazas que pudieran llegar a las playas –los navíos no podían hacerlo y por tanto no servían para ese transporte-, no podrían conseguir ese decisivo factor.

Don Álvaro comenzó los preparativos en Lisboa, pero le sorprendió la muerte por tifus en febrero de 1588, siendo nombrado para sustituirle al mando de la flota D. Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor, VII duque de Medina Sidonia, que expuso al rey su desconocimiento de asuntos de la mar, e incluso sus mareos a consecuencia de la navegación,  pero Felipe II insistió, nombrándole Capitán General del Mar Océano, y segundo suyo,  a D. Antonio Martínez de Leyva hijo del virrey de Nápoles y componente del Consejo de Guerra de esa Armada,  naturalmente.

Alonso Pérez de Guzmán El Bueno, VII  duque de Medina Sidonia.

Un día de invierno -es más típico en primavera y otoño-, tuve la oportunidad de observar una galerna del Cantábrico en Santander, durante la noche, y pude ensoñar a los barcos de esa época, pequeños, medios o grandes, de madera, sin ayudas a la navegación, siendo volteados, triturados y descuadernados por las brutales olas y vientos, con un oleaje tal, que las embarcaciones podrían ser elevadas al cielo para luego caer al abismo, sin más consuelo que Dios y algún fanal, propio o ajeno, que en algún sube y baja, se podría conseguir avistar; la historia suele ser un camino lleno de estos héroes que nunca serán conocidos, siendo cosa extraña que a esos marinos, les diera tiempo a ser mayores, porque los valientes solían morir antes de la edad madura. Al terminar una brutal tempestad, habiendo liberado gran cantidad de adrenalina, los marinos se tornaban y lo siguen  haciendo, en general locuaces, contándose una y otra vez sus aventuras llenas de exageraciones, fantasías, y aquello de que los tiempos pasados fueron mejores y más duros: “esto ya no es lo que era”…

El 30 de mayo de 1588 partieron de Lisboa los 130 barcos: grandes galeones portugueses, urcas de construcción inglesa y holandesa, galeras y galeazas mediterráneas, pataches, zabras…es decir una flota muy heterogénea que se constituyó en siete escuadras.

Al poco tiempo de abandonar el puerto de Lisboa -el oficial de la Corona en Portugal-, el viento roló al NW, con marejada en superficie, y más tarde al N, con una tormenta de grandes proporciones. La navegación de bolina –navegar de bolina, navegar de ceñida, ceñir, bolinear o barloventear,  es la acción de navegar a vela contra la dirección del viento (hacia barlovento)-  era imposible por ser el viento huracanado y  hasta los galeones eran zarandeados como juguetes en manos de la tempestad. A los pocos días, la flota desorientada y desperdigada. se encontraba a 70 millas al sur de Lisboa, es decir había retrocedido. La tempestad continuó y tras dos semanas de vientos cambiantes, se encontró a la altura de la Coruña, pero sin víveres ni agua, con algún barco naufragado y todos necesitando reparaciones.

El 19 de junio entraron en el puerto de La Coruña, donde permanecieron hasta el 22 de julio, fecha en la que partieron del puerto gallego 127 buques.

Al partir de La Coruña, la Gran Armada contaba a bordo con los siguientes efectivos: 19.000  soldados, 8.000 marinos, 4.000 galeotes -los condenados a remar-, algo más de 1,5 sacerdotes por barco, algo más de 1 médico cada dos barcos y 2.430 cañones.

La Armada se dividió en escuadras, con el nombre de la región, zona propietaria o reino en donde fueron construidas las naves:

Escuadra de Portugal, al mando del Duque de Medina-Sidonia: la nave capitana era el San Martín, de 1.000 toneladas y 98 cañones.

Escuadra de Vizcaya, al mando del almirante general Juan Martínez de Recalde.

Escuadra de Guipúzcoa, al mando de Miguel de Oquendo.

Escuadra de Castilla, al mando de Diego Flores de Valdés.

Escuadra de Andalucía, al mando de Pedro de Valdés.

Escuadra Levantisca, al mando de Martín de Bertendona, formada por naves de Italia, Venecia y Ragusa (Sicilia).

Escuadra de las urcas y las naves del Mediterráneo,  al mando de Juan López de Medina.

Sin formar Escuadra:

Las galeras de Portugal, al mando de Diego Medrano.

Las galeazas de Nápoles, al mando de Hugo de Moncada.

Escuadrilla de zabras y pataches, al mando de Antonio Hurtado de Mendoza.

Los 127 barcos que constituían la Armada a su salida de La Coruña,  eran de los siguientes tipos:

20 Galeones: barcos de guerra, con dos cubiertas, el casco reforzado y cuatro o cinco palos.

4 Galeras: naves con una sola cubierta, propulsadas con remos, y a veces a vela, con dos o tres mástiles.

4 Galeazas: barcos de guerra grandes, lentos y pesados, a remo. No era una clase de barco adecuado para el océano Atlántico.

35 Naos: barcos con tres, cuatro o cinco palos, mercantes, y de aspecto y distribución similares a los galeones, aunque algo más anchos, con puente de proa y popa.

10 Carabelas: embarcaciones ligeras destinadas al avituallamiento de la flota.

20 Pataches: barcos de diversos tipos empleados como buques auxiliares.

25 Urcas: tipos de barcos de carga utilizados en los  mares del Norte y Báltico, de desplazamiento lento y con casco barrigudo.

9 Zabras y pinazas: embarcaciones destinadas a funciones de remolque y comunicaciones: eran naves largas y ligeras que se desplazaban a remo y vela.

El 25 de julio, Medina Sidonia mandó un patache con  mensaje a Alejandro Farnesio, para comunicarle que ya se dirigía hacia Dunkerque. De nuevo, la mar gruesa, el viento del norte y una gran marejada, impidieron el avance de la flota.

En este nuevo caos marítimo, desaparecieron las 40 naves de la escuadra de Andalucía mandadas por D. Pedro de Valdés. Eran los primeros días de agosto, mejorando el tiempo poco a poco, llegando una semana después el grueso de la Armada, a las islas SORLINGAS, al SW de Inglaterra. Las 40 naves perdidas seguían sin aparecer, aunque dos días después, un patache de los destacados a vanguardia, las avistó cerca de cabo Lizard en Cornualles, y la flota a pesar de lo sufrido, recuperó la moral y la fuerza.

Estaba la flota al SW de Inglaterra, navegando en despliegue de combate -con vanguardia, grueso y retaguardia- en dirección NE, con medidas de vigilancia extremas para evitar sorpresas, pero utilizando fanales para no perder la formación de noche, ya que la sorpresa fue dada por perdida, al observar una cadena de grandes fuegos de leña y brea, que se encendían en puntos altos sucesivos de la costa inglesa, para informar de la presencia de la flota española.

De este modo, fue avistada la bahía de PLYMOUTH, donde la flota inglesa se resguardaba, siendo por tanto muy vulnerable en ese momento y situación. El Consejo de Guerra de la Armada pidió a Medina Sidonia el ataque inmediato, dada la vulnerabilidad inglesa, pero el duque a pesar de la insistencia de todos los componentes del Consejo, se negó, exhibiendo la orden del rey, diciendo que la operación debía ser dirigida por Alejandro Farnesio, haciendo firmar a todos los componentes del Consejo el acuerdo de desestimación del ataque. Otro gran error de esta Gran Armada en lo militar -y también en lo civil-: desechar la iniciativa, que obligaría a asumir responsabilidades, aunque a veces no se ajuste lo que se ejecute EXACTAMENTE a la orden inicial  -que constituye básicamente una idea general de la previsión de la maniobra-, y es virtud que debe adornar al mando, para poder aprovechar al máximo las vulnerabilidades del contrario y poder protegerse de las propias, proporcionándole ventajas mayores o desventajas menores en el cambiante desarrollo de una operación.

Se volvieron a enviar mensajes a Alejandro Farnesio, que seguía sin ser localizado, y por tanto sin contestar, y se dieron órdenes para pasar de largo Plymouth sin intervenir en modo alguno, continuando hasta entrar en contacto con el duque de Parma.

El 31 de julio con viento del W NW, fue avisado el almirante, de que una escuadra de unos 80 navíos ingleses -el cuerpo principal de la flota inglesa- navegaba a barlovento siguiendo la estela de los españoles. La flota inglesa en conjunto, era superior en número de barcos a la española, con 150, siendo mandada por el lord almirante Charles Howard, I primer conde de Nottingham.

Sir Charles Howard, I conde de Nottingham.

Medina Sidonia dio la orden de ponerse en orden batalla, desplegando en el trinquete del San Martín el estandarte real. De los tres bloques del despliegue de  combate que se llevaba, vanguardia, centro y retaguardia, se pasó  a la formación de combate de media luna.

Se realizaron varias descargas de fuego por ambas partes, buscando los españoles la aproximación para el abordaje –suerte en la  que eran insuperables- pero los ingleses conociendo este extremo, rehuían cualquier acercamiento, hostigando a la Gran Armada con fuego de largo alcance –superior al de los españoles-, alejándose inmediatamente.

Esa fue la estrategia inglesa: hacer daño por el fuego lejano y rehuir la proximidad que pudiera terminar en abordaje, sabiendo que una permanencia  prolongada en un teatro de operaciones extraño y lejano, podría agotar logísticamente mucho antes la capacidad española que la inglesa, que tenía posibilidades de abastecimiento a tiro de piedra, y al mismo tiempo y siempre, intentando buscar el barlovento a los españoles con sus barcos más pequeños y más rápidos y maniobrables.

Las pequeñas bajas causadas por el fuego y la lentitud de maniobra de  los buques de la Gran Armada, elevó la moral inglesa, desesperando a los españoles, que encontraban a los ingleses siempre a barlovento y rehuyendo el contacto; es decir, aplicando la táctica del desgaste prevista.

A Farnesio le seguían mandado pataches con mensajeros que seguían sin encontrarlo y Medina Sidonia seguía cumpliendo a toda costa las órdenes de S.M. a cientos de kilómetros…, dejando de lado toda posible  iniciativa…

La Gran Armada navegó hacia las costas de Calais y Dunkerque, donde fondeó. El alcalde y la ciudad de Calais, proveyeron de comida y agua a la flota española, poniendo a disposición del almirante español, los cañones de la ciudad, mientras, la flota inglesa recibía refuerzos de Dover -en el SE de Inglaterra- con número de barcos no inferior a 40, mandados por Henry Seymour, y una escuadra de rebeldes holandeses, mandados por Justino de Nassau,  que se estableció en la zona de Dunkerque para cortar la salida española hacia el N.

Por fin encontraron al Duque de Parma en Brujas, no en Dunkerque como era lo acordado, y expresó la necesidad de aún 15 días más -con gran desesperación de la flota española-, para terminar de preparar los Tercios que iban a ser trasladados en barcazas a las costas inglesas, protegidas por los barcos de la Gran Armada.

A los dos días, la noche del 7 al 8 de agosto, los españoles observaron como 8 brulotes ingleses, aprovechando el viento del W, eran lanzados como barcos incendiarios y con explosivos contra la flota española atracada. Los españoles sin tiempo para levar anclas, picaron los cables de las mismas para intentar quitarse de en medio, pero temiendo ser arrastrados a los bajíos de GRAVELINAS, se dispersaron sin orden alguno; aprovechando esta circunstancia, los ingleses se lanzaron al ataque, comenzando la que se bautizó como batalla de Gravelinas.

Los combates se sucedieron sin cesar: el mayor alcance de fuego y la mayor velocidad en la maniobra de los buques ingleses chocó con la robustez y fuerza moral en el combate de los españoles. El San Martín de Medina Sidonia, inicialmente solo, y posteriormente auxiliado por 40 buques más, fueron capaces de soportar los embates de más de un centenar de barcos ingleses. Sin vencedor definitivo, y aprovechando que el viento roló favorablemente para los españoles, finalizó la batalla con sólo un barco español hundido y otro apresado en los bajíos de Gravelinas.

La batalla de Gravelinas -la más violenta de la campaña- permitió a los ingleses, impedir el cumplimiento del objetivo español de desembarcar a los Tercios en Inglaterra, aunque  la flota española no hubiera sido realmente derrotada.

Los españoles, con viento desfavorable más tarde, se vieron obligados a salir al mar del Norte, sin agua, alimentos ni municiones, y totalmente desorganizados, aunque no rehuyeron ni en esos momentos, el combate con el inglés.

Después de lo acontecido a la Gran Armada, el trayecto de vuelta a España, se realizó bordeando la costa norte de las islas británicas, que resultaría más “fácil” para los galeones y las naos, y mucho más difícil para el resto de las naves, que estaban diseñadas para mares interiores, como el Mediterráneo.

Llegaron a los puertos españoles 102 barcos de los 127 que partieron de La Coruña, la mayor parte muy dañados, extrayendo la conclusión técnica de que eran más eficaces los barcos rápidos y maniobreros con fuego de largo alcance, que los barcos grandes y lentos en la maniobra.

El fracaso de la Gran Armada, permitió a Inglaterra momentáneamente, continuar sus ataques piratas a los territorios españoles, y a las flotas comerciales, a la vez que continuaron dando apoyo económico y militar a los holandeses contra España.

La Gran Armada no fue nunca derrotada y jamás rehusó el combate, aunque la historia fue falseada por los ingleses, especialistas en este tipo de libelo, siendo publicitada su historia por Anthony Wingfield en 1589, en un panfleto impreso en el taller de Thomas Woodcok,  A true coppie of a discourse written by a gentleman employed in the late voyage of Spaine and Portingale.

De forma inmediata, Isabel I dio la orden de constituir una Contra Armada  -Contraarmada- comandada por Sir Francis Drake en la parte naval de la  flota y Sir John Norris sobre las tropas de desembarco, para atacar los puertos donde la flota española  reconstruía sus barcos y se lamía las heridas, tratando de lograr las riquezas posibles en esos ataques.

Tuvieron ciertos problemas para conseguir las tripulaciones y las tropas de desembarco, debido al mal trato que recibieron los que combatieron a la Gran Armada española a su regreso; los ingleses padecieron miles de bajas en contra de lo que dijo su aparato propagandístico y NO fueron ayudados a su regreso, ni aun los enfermos. En palabras del almirante HOWARD al aire y a la reina: es penoso ver como padecen después de haber prestado tal servicio. Valdría más que Su Majestad la Reina hiciera algo por ellos, aún a costa de gastar un dinero y que no los dejara llegar a tales extremos. Si estos hombres no son mejor tratados y se les deja morir de hambre y miseria, difícilmente volverán a ayudarnos.

Sin embargo en España, al regresar la flota, habían sido movilizados innumerables recursos en muchos puertos españoles, con alimentos, hospitales, y materiales de reconstrucción de barcos.

En 1589, por fin pudieron poner en marcha l Contra Armada inglesa, partiendo de Plymouth con 150 barcos y 23.000 hombres, recibiendo Drake órdenes de la reina  de atacar los puertos de Santander y San Sebastián en el Cantábrico, puertos en donde se reparaban numerosos buques de la Gran Armada, antes de continuar hacia Lisboa, ciudad que debería ser tomada, nombrando a D. Antonio Prior de Crato, hijo del infante Luís de Portugal y nieto de Manuel I el Afortunado –que estuvo casado sucesivamente con las infantas españolas Isabel, María (hijas de los Reyes Católicos) y  Leonor (hija de Juana la Loca)-, rey de Portugal, para sustituir a  Felipe II -que lo era desde 1581, por ser hijo de Isabel de Portugal, hija de Manuel I el Afortunado y María, hija de los Reyes Católicos-, y en caso de no poder quitar la corona a Felipe, destruir la ciudad  y expoliarla.

Antonio, Prior de Crato, autoproclamado rey de Portugal.

A Drake le interesaban básicamente los botines, especialmente el que pudiera lograr en Lisboa, por tanto consideró que San Sebastián y Santander le desviaban mucho de su objetivo, y para disimular, sin ser acusado de incumplimiento de órdenes,  decidió atacar el puerto y la ciudad de La Coruña, pensando que serían presas fáciles y rápidas de conseguir.

Estuvieron atacando La Coruña desde el 4 al 18 de mayo de 1589 con todos los efectivos disponibles, que cuadruplicaban la población de la ciudad. No pudieron tomarla, destacando en el mando de la defensa el marqués de Cerralbo y el capitán Juan Padilla, jugando un papel muy importante en la aportación defensiva del Castillo de San Antón. Al ver la imposibilidad de conquistar la ciudad, intentaron quemarla en sucesivas ocasiones, consiguiéndolo parcialmente en algunos barrios como el de la Pescadería,  profanando por último, antes de retirarse, con disparos las imágenes sagradas, e incendiando  el convento de Santo Domingo como forma de manifestar  su enfado e impotencia.

Estatua de María Pita en la plaza de su nombre en La Coruña.

Puerta del Fuerte de san Antón en La Coruña.

En una de las últimos ataques de los ingleses, rechazados nuevamente, destacó la acción de María Fernández de la Cámara y Pita –María Pita– que en lucha cuerpo a cuerpo con un alférez abanderado inglés -dicen que hermano del almirante-, le clavó una pica en el pecho, dejándolo colgado de la muralla, sirviendo esta acción de gran ánimo a los defensores y horror a los de Drake, que decidieron retirarse.

La flota inglesa –La Contra Armada o Invencible inglesa- siguió hacia Lisboa en donde fracasó nuevamente, en su intento de provocar un levantamiento del pueblo portugués a favor de don Antonio Prior de Crato, autoproclamado rey de Portugal, en un intento de arrebatar la corona a Felipe II.

Al no existir un mando único de la flota, las diferencias entre Sir Francis Drake y Sir Jhon Norreys –Norris para los españoles–, uno jefe naval y el otro jefe de la fuerza de desembarco, sobre cómo realizar la operación, se acentuaron: el primero era partidario de atacar Lisboa desde el mar, entrando en el estuario del Tajo, y el segundo, partidario de un desembarco previo en la fortaleza de Peniche, leal a Antonio de Crato, y un avance por tierra hacia Lisboa. La opinión de Crato, creyendo que Portugal estaba con él,  influyó en la decisión de desembarcar en Peniche. Fue un fracaso con grandes pérdidas inglesas, conducido por Norris, mientras Drake, sin mover un dedo, permanecía expectante a varias millas de la costa lisboeta.

El fracaso de la Contra Armada, que desplegó más de 150 naves de distintos tipos y perdió más de 40 navíos entre hundimientos y capturas durante el desarrollo de sus operaciones, obligó al regreso de la misma, causando grave quebranto financiero al tesoro isabelino,  permitiendo a España reconstruir la flota española del Atlántico, logrando la salvaguarda marítima.

El desastre de la Contra Armada inglesa fue ocultado; hubo  pérdidas dobles que las de la Gran Armada española, y Drake fue relegado a mandar las defensas de Plymouth, siéndole retirada por la reina la licencia para navegar hasta 1595, recuperando el permiso real para morir a manos españolas en un ataque a Panamá en 1596, sirviendo además esta circunstancia, para que no fuera posible llevar inmediatas expediciones inglesas a América del norte, lo que pudo  contribuir a la ruina de Virginia.

La marina española fue triplicada, y a partir de 1590 consiguió transportar tres veces más mercancías entre América y Europa que en la mejor década de cualquier otra época anterior.

No obstante, los ingleses, que habían encontrado en la vía corsaria, una fuente de financiación relativamente sencilla, lo siguieron intentando. España aplicó un sistema de escolta y de información para sus buques, que frustraron la mayoría de los ataques corsarios a la Flota de Indias a partir de 1590: las expediciones bucaneras de John Hawkins y  de Martin Frobisher fueron derrotadas en la batalla de Las Flores, en las Azores, siendo capturado el navío  Revenge -el más importante de la flota inglesa-.

Así siguieron algunos años, con acciones ofensivas corsarias, bucaneras, filibusteras o piratas, gestionadas o realizadas por los ingleses, resueltas siempre a favor de los españoles: Pedro de Zubiaur dispersó  una flota de 40 buques ingleses en 1592, incendiando la capitana y apresando 3 barcos, y en 1593, en la batalla de Blaye, derrotó a una pequeña flota inglesa, hundiendo a la capitana y a la segunda.

En 1595, Drake y John Hawkins –piratas, corsarios y traficantes de esclavos- organizaron una expedición contra los asentamientos españoles en las Indias. Al pasar por Las Palmas de Gran Canaria fueron derrotados y más tarde lo fueron en diferentes lugares del Caribe, en donde los dos marinos/piratas perdieron la flota y la vida en 1596.

Siguieron las dos Armadas hostigándose permanentemente; murió Felipe II en 1598 y Felipe III continuó con la guerra. En 1600 se iniciaron conversaciones de paz en Boulogne-sur-Mer sin éxito; en 1603 murió Isabel I y se iniciaron entonces entre Felipe III y Jacobo I de Inglaterra -y VI de Escocia- conversaciones de paz serias, que culminaron en el Tratado de Londres el 28 de agosto de 1604, de resultado ventajoso para los españoles, que continuaron siendo de momento, la primera potencia europea; más tarde, tras la derrota ante Francia en la guerra de los 30 años y el crecimiento de la flota holandesa, España pasó a ser una potencia más en Europa.

The Somerset House Conference, en 1604 pintado en óleo sobre lienzo, mantenida  para negociar el final de la guerra anglo-española. Es un grupo con 11 representantes de los gobiernos de España, Inglaterra  y de los Países Bajos españoles.

En el Tratado de Londres, Jacobo I se comprometía a no intervenir en los asuntos continentales, renunciaba a prestar algún tipo de ayuda a los Países Bajos, abría el canal de la Mancha al transporte marítimo español, prohibía a sus súbditos llevar mercancías de España a Holanda o viceversa, y suspendía las actividades de los piratas en el Atlántico, mientras España renunciaba a apoyar un rey católico para la corona de Inglaterra, garantizando la tolerancia religiosa a los ingleses, comprometiéndose a no contribuir al sostenimiento de la formación del sacerdocio católico irlandés y concediendo facilidades al comercio inglés en las Indias españolas.

La expedición de la Gran y Felicísima Armada en 1588, se encuadra en los primeros años de una guerra entre España e Inglaterra que duró 19 años, comenzando en 1585 y terminando en 1604, y que si bien fue un éxito inglés, al impedir el objetivo español de desembarco en Inglaterra, no fue una derrota para España. A lo largo de la guerra, España obtuvo la mayor parte de los triunfos, hasta llegar a la victoria final, por la que consiguió reforzar su control sobre los mares, obligando a Jacobo I Estuardo, rey de Inglaterra a firmar la paz de Londres con Felipe III en 1604, tratado favorable para los intereses españoles.

La Pasión en el Arte; desde Getsemaní a la sepultura de Cristo en el Gólgota.

El arte ha dedicado incontables obras a Jesús y sobre todo a su pasión y muerte. Aquí tratamos de acompañar con algunas pinturas, los momentos más señalados de su Pasión.

Jesús llegó con los discípulos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: “Sentaos aquí mientras voy a orar”. Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: “Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo“. Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero que no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt 26, 36-39). Jesús señaló a Pedro diciéndole que antes que cantara el gallo, le negaría tres veces.

Este pasaje ha sido relatado en numerosísimas obras de arte, de las que señalamos algunas.

La oración en el huerto. Giulio Cesare Procaccini. 1615-1620. Óleo sobre lienzo. 216 x 147cm. Museo del Prado. Madrid.

Procaccini señala en su obra, como en el Huerto un ángel conforta a Jesús, mientras Pedro, Juan y Santiago -estos dos últimos hijos de Zebedeo y Salomé-, duermen a su alrededor.

Cristo con rostro agitado -contrastando con el de serenidad del ángel-, solicita al Padre que aparte de él la agonía que le aguarda, ante la atenta  mirada del ángel que alza su mano derecha hacia la divinidad. Las dos figuras están envueltas en una luz poderosa que aviva los colores de sus vestiduras blancas, verdes, rojas y azules, con distribución del óleo, aparentemente espatulado, característico de su pintura y de la escuela lombarda que encarna dentro del barroco italiano. El resto de la pintura está en penumbra como corresponde al momento solar que representa, excepto la gloria azulada y rosácea que aparece detrás del ángel.

En este sentido, y cada uno con las especiales características de las escuelas a las que pertenece, y de sus estilos propios, podemos apreciar algunos de las innumerables obras que relatan este suceso bíblico.

 

La oración en el huerto. Tiziano Vecellio di Gregorio, Tiziano. 1562. Óleo sobre lienzo. 176 x 136 cm. Museo del Prado. Madrid.

La oración en el huerto. Discípulo de la escuela de Giorgio Vasari. 1er tercio siglo XVII. Óleo sobre tabla. 119 x 153,5 cm. Museo del Prado. Madrid.

 

La oración en el huerto. Doménikos Theotokópoulos, El Greco. 1590. Óleo sobre lienzo. 102 x 131 cm. National Gallery. Londres.

Jesús en el huerto de Getsemaní. Andrea Vaccaro. 1660. Óleo sobre lienzo. 174,5 x 125 cm. Abadía de Montserrat. Provincia de Barcelona.

Cristo en el Monte de los Olivos. Michelangelo Merisi da Caravaggio. 1603. Óleo sobre lienzo. 154 x 222 cm. Bode Museum. Isla de los Museos. Berlín.

Estaba Jesús orando en el huerto de Getsemaní cuando llegó Judas, uno de los doce, acompañado de un gran tropel de gente con espadas y palos enviados por el sumo sacerdote y por los ancianos del pueblo judío.

El que iba a entregar a Jesús, les había dado esta señal: «Al que yo bese, ése es: prendedlo». Y enseguida se acercó a Jesús y le dijo: –Salve, Rabbí– y le besó. Jesús le dijo, ¡Haz lo que has venido a hacer! Entonces, se acercaron, cogieron a Jesús y lo apresaron. De pronto, uno de los que estaban con Jesús desenvainó un alfanje, e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja.

Jesús dijo: -Pedro vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que recurren a la espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo acudir a mi Padre y al instante pondría a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Entonces, ¿Cómo se van a cumplir las Escrituras, según las cuales tiene que suceder así? En aquel momento le dijo Jesús a la gente: ¿Cómo contra un ladrón habéis salido con espadas y palos a prenderme? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me prendisteis.

Boceto para El prendimiento de Cristo. Francisco de GOYA y Lucientes. 1798. Óleo sobre lienzo. 40,2 x 23,1 cm. Museo del Prado. Madrid.

La Captura o El prendimiento de Jesús. Caravaggio. 1602. Óleo sobre lienzo. 133,5 x 169,5 cm. Galería Nacional de Arte de Irlanda. Dublín.

Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron -Pedro le negó la primera vez-, siendo trasladado Jesús en primer lugar a casa de Anás que había sido sumo sacerdote con anterioridad y era yerno del actual presidente del Sanedrín, Caifás, porque su casa estaba en el mismo camino que la de Caifás, pero más cerca.

Pedro negó a Jesús por segunda vez en la casa de Anás, el cual interrogó a Jesús, siendo abofeteado duramente por un esclavo durante su estancia en esa casa, por contestar -según el esclavo- de forma poco adecuada a Anás.

Jesús en casa de Anás. José de Madrazo y Aguado. 1803. Óleo sobre lienzo. 176 x 226 cm. Museo del Prado. Madrid.

Cristo ante Anás. Duccio di Buoninsegna. 1308-1311. Témpera sobre madera. 99 x 53,5 cm. Museo dell´Opera Metropolitan del Duomo. Siena.

Después fue trasladado a la casa del sumo sacerdote Caifás, en donde Pedro negó a Jesús por tercera vez -cantó el gallo- y Caifás se rasgó las vestiduras de indignación, quitándose el problema de encima, enviando a Jesús a casa del gobernador Pilato.

Jesús había predicho que Pedro le negaría con reiteración, señalando que lo haría tres veces antes de que el gallo cantara a la mañana siguiente. Pedro después de la tercera negación, escuchó el canto del gallo y recordó lo dicho por Jesús mientras le miraba, y el negaba lo que anunciaba el maestro por creerlo imposible. Pedro entonces lloró amargamente.

Negación de Pedro. Rembrandt Harmenszoon van Rijn. 1660. Óleo sobre lienzo. 154 x 169 cm. Rijksmuseum. Amsterdam.

 

Negación de Pedro. Gerard Seghers. 1620-1625. Óleo sobre lienzo. 157,5 x 227,3 cm. Museo de Arte de Carolina del Norte. Raleigh.

 

Cristo ante Caifás. Mathias Stomer. 1630. Óleo sobre lienzo.  89 x 142,2 cm. Milwaukee Art Museum. Milwaukee.

Improperios en la casa de Caifás; parte del políptico de Isabel la Católica. Juan de Flandes. 1496-1504. Óleo sobre madera.  25,8 x 20,4 cm. Galería de las Colecciones Reales Madrid.

Al llegar a casa de Pilato, hubo una primera entrevista privada. Pilato, al conocer que Jesús era galileo mandó trasladarlo al palacio de Herodes, ya que era asunto de su jurisdicción.

Jesús ante Pilato. Primer Encuentro. James Tissot. 1886-1894. Óleo sobre lienzo.  168 x 286 cm. Museo de Brooklyn. Nueva York.

Jesús en la obra va vestido con una sencilla túnica y se encuentra con serena dignidad frente a Poncio Pilato que está sentado en una plataforma elevada. La presencia de Pilato transmite autoridad al mismo tiempo que cierta curiosidad y quizá desasosiego, mientras que la actitud tranquila e inquebrantable de Jesús insinúa su fuerza interior.

La composición está cuidadosamente organizada, con las figuras dispuestas en una formación triangular que atrae la atención hacia el drama central. Los tonos apagados y el hábil uso de la luz crean una atmósfera sombría y triste, que enfatiza la gravedad de la situación.

Herodes, viendo a Jesús se alegró, porque hacía tiempo que deseaba conocerlo personalmente; había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna cosa especial, como un milagro de los que decían hacía con habitualidad. Le hizo muchas preguntas pero Jesús nada respondió, mientras los principales sacerdotes y escribas le acusaban con vehemencia. Entonces Herodes, hizo que sus soldados le menospreciaran y vistieran con ropas que ridiculizaban su posición de Rey de los Judíos, devolviéndoselo a Pilato.

Jesús en la corte de Herodes. Duccio di Buoninsegna. 1308-131o. Temple sobre madera. 50 x 57 cm. Museo dell´Opera Metropolitan del Duomo. Siena.

Llevado nuevamente ante la presencia de Poncio Pilato –segundo encuentro-, el gobernador sin saber muy bien que hacer, fue impulsado por los ancianos judíos para que Jesús fuera juzgado y condenado, acusándolo de pretender ser el Rey de los Judíos, afirmación que debería ser considerada traición al tratarse de un desafío directo a las autoridades romanas.

 

Jesús ante Pilato. Segundo Encuentro. James Tissot. 1886-1894. Óleo sobre lienzo.  277 x 157 cm. Museo de Brooklyn. Nueva York.

Pilato declaró tres veces su creencia en la inocencia de Jesús, hasta puso en el tablero la posible liberación de un malvado forajido llamado Barrabás a cambio de Jesús, para inclinar la balanza a favor de este último.

Los ancianos y el pueblo pidieron la liberación de Barrabás y entonces Pilato se lavó las manos y mandó primero azotar, y más tarde crucificar a Jesús, lo que la soldadesca -motu proprio- acompañó con la coronación, escupitajos y la imposición del manto.

Aquí comienza lo que la historiografía ha denominado Ecce Homo “He aquí el hombre”, traducción que en la Vulgata latina se dio al pasaje del Evangelio de san Juan (19:5); se trata de las palabras pronunciadas por Poncio Pilato cuando presentó a Jesús a la muchedumbre hostil, a la que dejó el destino final de Cristo –él se lavó las manos-.

Y salió Jesús, llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!

La escena sucedió tras la flagelación de Cristo atado a una columna y ser coronado con espinas.

ECCE HOMO. Antonio Ciseri. 1871. Óleo sobre lienzo.  360 x 292 cm. Galería de Arte Moderno. Florencia.

ECCE HOMO. Tiziano. 1543. Óleo sobre lienzo.  242 x 361 cm. Kunsthistorishes Museum. Viena.

En el arte cristiano se denomina Ecce Homo a una tipología de representaciones de Jesús en la que aparece tal como se describe en este pasaje evangélico, con o sin los demás personajes. Cristo aparecerá semidesnudo y atado, con una caña en las manos o no, que representa un cetro, con el manto regio y la corona de espinas.

Por fin llegamos a la exposición de varios ECCE HOMO -el último es el encontrado recientemente de Caravaggio y expuesto en el Prado tras comprobar su autoría- para terminar con una obra del insigne artista con su obra El entierro de Cristo.

ECCE HOMO. Tiziano. 1547. Óleo sobre pizarra. 69 x 56 cm. Museo del Prado. Madrid.

 

ECCE HOMO. José de Ribera –Lo Spagnoletto -. 1634. Óleo sobre lienzo.  97 x 81 cm. Academia de Bellas Artes de san Fernando. Madrid.

ECCE HOMO. Peter Paul Rubens. 1612. Óleo sobre lienzo.  125,7 x 96,5 cm. Museo del Hermitage. San Petersburgo.

ECCE HOMO. Bartolomé Esteban Murillo. 1660. Óleo sobre lienzo.  52 x 41 cm. Museo del Prado. Madrid.

  

ECCE HOMO. Juan de Juanes. Alrededor de 1570. Óleo sobre tabla.  86,4 x 58,5 cm. Museo de Bellas artes de Valencia.

 

ECCE HOMO. Caravaggio. 1604. Óleo sobre lienzo. 128 x 103 cm. Palazzo Bianco. Génova.

 

ECCE HOMO -El perdido y hallado-. Michelangelo Merisi da Caravaggio. 1606-1609. Óleo sobre lienzo. 111 x 86 cm. Colección particular.

Aquí, la figura más cercana al espectador, que se inclina sobre el parapeto delantero es Poncio Pilato, que termina ofreciendo a Jesús al pueblo –Ecce Homo– y parece abrumado por la decisión que debe tomar. Sin encontrar pruebas de los cargos contra Jesús, el gobernador romano pone su destino en manos de la multitud, que lo condena a morir con gritos que piden su crucifixión. Con la iluminación característica de Caravaggio, Cristo ocupa el centro de la composición. Las gotas de sangre caen por su pecho mientras un soldado a su izquierda le retira de los hombros un manto rojo que contrasta con su pálida piel. Cristo ocupa el plano en una línea diagonal replicada por la caña. El soldado detrás de Cristo, con la boca abierta, quizá gritando a la multitud o acompañándola, subraya el dramatismo del momento. El blanco de sus ojos expresa emociones, que no se sabe si son de odio o de miedo.

Los tres personajes son típicos modelos empleados por Caravaggio en algunos cuadros, y los gestos dramáticos son característicos del estilo de la narración pictórica del artista.

Tras estos sucesos, Jesús fue conducido a la crucifixión y posterior descendimiento y entierro.

 Cristo Crucificado. Alonso Cano. Circa 1645. Óleo sobre lienzo. 220 x 126 cm. Museo del Prado. Madrid.

 

Santo Entierro. Caravaggio. 1602-1604. Óleo sobre lienzo. 300 x 203 cm. Museos Vaticanos. Roma.

Música: Requiem de Mozart – Lacrimosa – Karl Böhm – Sinfónica de Viena.

GUSTAV KLIMT sus mujeres y su dama dorada. El ANSCHLUSS y los nazis.

Que la luz del balcón ilumine tu lado izquierdo, ordenó Gustav a Ádele. Me desnudo?, preguntó ella con el visible deseo  de hacerlo reflejado en sus ojos bazos. No, sólo te deseo sin ropa para mí; en este retrato intentaré plasmar tu belleza para que el mundo pueda apreciarla, y me envidie y te adore.Read More