Categoría: ACTUALIDAD

Hoy el optimismo pidió un descanso.

Son las 05,00 de la mañana, y hoy he dormido regular, rebozado por terremotos, incendios, corrupciones y tontos: así que me levanto, y aun medio dormido, me pongo a escribir las ensoñaciones, que recomiendo no leer porque estoy negativo.

La humanidad ha sobrevivido a glaciaciones, pestes, guerras mundiales, inquisiciones, imperios, dictadores, salones empapelados y hasta al gotelé. Sin embargo, nada parece haber preparado del todo al ser humano contemporáneo, para la experiencia verdaderamente devastadora de recibir un correo electrónico un domingo a las once de la noche con el asunto: “Pequeños cambios”.

Vivimos tiempos extraordinarios, tan extraordinarios, que uno ya no sabe si está participando en la Historia o en una prueba piloto defectuosa de alguna civilización extraterrestre. Todo sucede a la vez y todo exige atención inmediata: el planeta se recalienta, la economía se enfría, la política se pudre, los teléfonos nos escuchan y, aun así, el mayor drama cotidiano consiste en recordar una contraseña que necesariamente debe incluir una mayúscula, algún número, un símbolo del jeroglífico hitita y el nombre de un animal mitológico.

El ser humano actual vive en un estado de tensión tan permanente que ya ni siquiera se considera nervioso: se considera funcional. Se levanta cansado, desayuna mirando titulares catastróficos y sale a trabajar con esa mezcla de resignación y heroísmo que antes solo tenían los grandes exploradores. Lo admirable es que, todavía haya personas capaces de silbar por la calle o de cuidar geranios en un balcón, demostración de que la especie conserva un pequeño núcleo de dignidad biológica.

Mientras tanto, arriba, en las alturas solemnes donde se gobierna el mundo, la clase política ofrece cada día un espectáculo tan desconcertante, que uno empieza a sospechar que las oposiciones para dirigir países consisten en superar pruebas psicológicas inversas, porque hay que reconocer que nuestros dirigentes poseen un talento singular: jamás decepcionan en su capacidad de empeorar una situación sencilla.

Antes, los líderes mundiales daban miedo, pero ahora producen algo mucho más inquietante que es la fatiga administrativa. Uno los escucha hablar y siente que el planeta entero ha quedado en manos de una comunidad de propietarios mal avenida. Comparecen ante las cámaras con gráficos incomprensibles, expresiones de preocupación institucional y frases cuidadosamente diseñadas para no significar absolutamente nada: “Estamos trabajando intensamente”, “Se están evaluando escenarios”, “La situación requiere prudencia.”

El problema de la política moderna no es ya la corrupción, el cinismo o la incompetencia -que son tradiciones antiguas y casi folclóricas-, sino la teatralidad agotadora. Todo se ha convertido en representación. Los parlamentos parecen programas de entretenimiento agresivo donde adultos perfectamente vestidos se insultan como concursantes encerrados en una casa, faltando solamente que el presidente de una Cámara, anuncie expulsiones por whatsapp o sms.

Las ideologías, por otra parte, han degenerado en departamentos de marketing emocional. Ya nadie quiere convencer al ciudadano; basta con enfadarlo correctamente. La política actual consiste en administrar indignaciones como quien distribuye pienso en una granja industrial. Cada partido posee su catálogo específico de enemigos: los ricos, los pobres, los empresarios, los inmigrantes, los funcionarios, los ciclistas, los que comen gluten, los que no reciclan bien el cartón, los jubilados…

Y el ciudadano, naturalmente, colabora, porque el ciudadano moderno tiene una extraña necesidad de opinar sobre absolutamente todo. Antes una persona podía morirse sin haber emitido jamás un juicio sobre geopolítica internacional, pero hoy cualquiera desayuna explicando en redes sociales cómo resolver el conflicto de Oriente Medio, reformar el sistema monetario o entrenar adecuadamente a la selección nacional.

Internet ha democratizado algo palmario: la ignorancia.

Nunca fue tan sencillo parecer experto: basta con hablar muy seguro y utilizar palabras como “narrativa”, “contexto” o “resiliencia”. Si además, uno frunce ligeramente el ceño y menciona algoritmos, ya puede dirigir un foro importante.

El sistema económico contemporáneo por su parte, merece un estudio psiquiátrico. El capitalismo ha alcanzado tal grado de sofisticación que ha conseguido transformar la ansiedad en motor productivo, no explotando solamente el tiempo del trabajador sino también su atención, su descanso y hasta sus inseguridades.

Uno abre el teléfono para consultar la hora, y veinte minutos después sigue viendo vídeos de un millonario californiano explicando que la clave del éxito consiste en levantarse a las cuatro de la mañana, ducharse con agua helada y agradecerle al universo la oportunidad de contestar ciento cuarenta correos diarios.

La humanidad pasó siglos soñando con liberarse del trabajo gracias a la tecnología, y ahora la tecnología permite trabajar a todas horas, siendo difícil no admirar la genialidad del sistema. El esclavo antiguo, al menos, sabía que era esclavo, sin embargo, el trabajador de hoy se llama a sí mismo “colaborador”, “freelance” o “emprendedor independiente”, términos elegantísimos que significan básicamente “persona que contesta mensajes mientras cena”.

El teléfono móvil merece un capítulo aparte en la historia de la decadencia humana. Nos prometieron un instrumento de libertad y hemos terminado desarrollando con él una relación afectiva parecida a la dependencia emocional. El ciudadano actual toca más veces su teléfono que a otros seres humanos, experimentando algunos individuos angustia, si el aparato desaparece durante más de pocos minutos, lo cual convierte a una mala cobertura en experiencia mística.

Hay gente que duerme con el móvil bajo la almohada, como si esperara recibir instrucciones estratégicas de la OTAN durante la madrugada y quizá las espere, porque el mundo contemporáneo vive dominado por una sensación permanente de emergencia. Todo es urgente, histórico y decisivo. Cada semana ocurre algo “sin precedentes”. El resultado es que la población ha desarrollado una fatiga catastrófica muy peculiar; si mañana un volcán apareciera en mitad de Bruselas, media Europa preguntaría primero si dificultará el tráfico.

El resumen, es que el ciudadano moderno ya no aspira a la felicidad, necesita solamente que no le compliquen más la semana.

Los gobiernos anuncian reformas económicas con el mismo tono que los dentistas anuncian extracciones. Siempre “por el bien común”. El bien común es una entidad abstracta que curiosamente jamás aparece para agradecer el sacrificio. Uno paga más impuestos, más alquiler, más electricidad y más suscripciones digitales mientras escucha que la economía “crece sólidamente”. Debe de crecer en otra casa, porque en la del ciudadano solo crece el precio del aceite.

En otro tiempo -en el mundo clásico-, el bien común –eudaimonía o bonum commune-, no se entendía como la suma de intereses individuales, sino como el marco ético y político indispensable para la autorrealización del ciudadano. Para griegos y romanos, el individuo solo alcanzaba la plenitud subordinándose al bienestar colectivo.

Comprar una vivienda se ha convertido en una actividad quimérica y las nuevas generaciones hablan de la propiedad inmobiliaria como los medievales hablaban del Santo Grial: algo legendario que quizá existió realmente, pero que nadie cercano ha poseído jamás.

Y, aun así, el sistema insiste en llamar “jóvenes” a personas de cuarenta años que comparten piso, tienen lumbalgia y calculan si pueden permitirse un aguacate sin poner en peligro la jubilación.

La jubilación: ¡Qué concepto tan conmovedoramente optimista¡; antiguamente, uno imaginaba y más o menos se cumplía, que la vejez podía ser una etapa tranquila dedicada a cuidar nietos, jugar a las cartas o hacer como que se juega al golf y regar plantas. Hoy el ciudadano sospecha que se jubilará aproximadamente tres días antes del colapso vital.

Pero lo verdaderamente extraordinario es la capacidad humana para adaptarse al absurdo; el hombre soporta condiciones ridículas con una serenidad admirable: hace cola para pagar por ver anuncios en plataformas digitales, acepta términos legales más largos y naturalmente menos buenos literariamente que alguna novela de Tolstoi, para utilizar aplicaciones cuya finalidad principal consiste en añadir orejas de conejo a las fotografías, e incluso el lenguaje se ha contaminado de economía corporativa. Ya nadie tiene problemas: tiene áreas de mejora, nadie despide empleados: redimensiona recursos, nadie fracasa: reinventa su trayectoria; el capitalismo moderno no solo administra salarios, también administra vocabulario.

Y mientras tanto proliferan los gurús ¡Ah, los gurús!, esa fauna espiritual del siglo XXI constituida por individuos sonrientes que parecen recién hidratados y aseguran poseer la fórmula definitiva para alcanzar la plenitud interior mediante cursos online de cuatrocientos noventa y nueve euros.

Lo fascinante, es que todos recomiendan exactamente lo mismo: respirar, beber agua y dormir ocho horas. Es decir, consejos ya conocidos por los agricultores del Paleolítico inferior, radicando la diferencia en que en el Paleolítico no había podcast.

También la rebeldía se ha vuelto cómoda, ya que las revoluciones actuales se realizan desde el sofá y preferiblemente con buena conexión Wi-Fi. El revolucionario contemporáneo protesta intensamente durante once minutos en redes sociales y después pide sushi a domicilio: la épica ha sido sustituida por hashtags.

Incluso los multimillonarios parecen cansados, pudiéndose observar a ciertos magnates tecnológicos, percibiendo en ellos la expresión melancólica de quien posee cohetes espaciales, pero sin conseguir dormir bien: han conquistado mercados, manipulado algoritmos y acumulado fortunas inimaginables, pero siguen subiendo frases motivacionales a internet como adolescentes filosóficos.

Tal vez porque en el fondo sospechan algo terrible: que el dinero sirve para casi todo excepto para escapar del tedio humano.

Y ahí aparece la gran ironía de nuestra época: nunca hubo tanta comodidad material y nunca existió tanta ansiedad colectiva, ya que teniendo comida abundante, calefacción, antibióticos, entretenimiento instantáneo y capacidad para hablar con cualquier persona del planeta y aun así, vivimos agotados, irritables y perpetuamente preocupados, y puede que sea porque el ser humano no está diseñado para recibir doscientas malas noticias diarias antes del desayuno.

Nuestros abuelos ignoraban lo que ocurría en Singapur y dormían estupendamente, pero nosotros que conocemos en tiempo real cada crisis bursátil, cada terremoto y cada declaración incendiaria de algún político escandinavo, hemos desarrollado bruxismo.

Aun así, conviene no perder la perspectiva ya que la humanidad siempre fue un espectáculo grotesco y encantador: ya los romanos se quejaban de los impuestos y probablemente algún filósofo griego aseguró en una taberna, que la juventud estaba perdida y que los gobernantes eran unos inútiles, pero ellos no tenían reuniones por Zoom.

Quizá la salvación humana consista precisamente en esa capacidad absurda de conservar el humor mientras todo parece desmoronarse lentamente, porque el ciudadano continúa enamorándose, invitando a cerveza a los amigos, haciendo chistes en funerales y celebrando cumpleaños, aunque el planeta entero parezca administrado por personas absolutamente incapaces.

Y eso tiene mucho mérito: cada mañana millones de seres humanos se levantan, pagan facturas delirantes, soportan discursos políticos insufribles, sobreviven a plataformas digitales infernales y, aun así, encuentran energía para preguntar al camarero si queda tortilla. Eso es heroísmo civil.

El ser humano contemporáneo se despierta cada mañana con la desagradable sensación de que el mundo podría venirse abajo en cualquier momento, pero de que aun así, debe responder antes de las nueve a un correo marcado como “urgente”. Ese es quizá el verdadero símbolo de nuestra civilización: no la bandera de ningún país, ni un himno patriótico, ni siquiera una moneda poderosa. El símbolo auténtico de nuestra época es un individuo medio, despeinado, mirando el móvil en pijama mientras calcula si le alcanza la dignidad para afrontar otro lunes.

La humanidad soñó durante siglos con el progreso, imaginándolo luminoso, elegante, casi musical: los escritores de la Ilustración creían que el futuro estaría lleno de ciudadanos refinados, máquinas maravillosas y ciudades organizadas racionalmente. ¡Qué conmovedora ingenuidad! El futuro llegó, sí, pero convertido en una mezcla entre oficina infinita, supermercado emocional y sala de espera administrativa.

Nos prometieron coches voladores y hemos terminado discutiendo con una aplicación bancaria porque no reconoce nuestra firma y aquí seguimos, avanzando con la resignación humorística de quien sospecha que todo el sistema global ha sido diseñado por un comité de burócratas deprimidos y consultores hiperactivos, porque parece obvio que el planeta nunca había estado tan extraordinariamente organizado para producir ansiedad: años ha, el ser humano temía a las sequías, las invasiones bárbaras o las pestes y hoy teme abrir la factura de la luz, equivocarse de contraseña o escuchar la frase “tenemos que hablar un momento” pronunciada por un superior jerárquico: el miedo moderno es administrativo y la tragedia ya no llega montada a caballo, ahora aparece mediante notificaciones.

Lo verdaderamente admirable del sistema económico contemporáneo es la capacidad para convertir cualquier actividad humana en una experiencia ligeramente humillante: comprar un piso, pedir una hipoteca o incluso alquilar una vivienda, exige tal cantidad de documentos, verificaciones y certificados que uno termina sintiéndose sospechoso de existir.

La vivienda, por ejemplo, ha dejado de ser un derecho, una necesidad o un refugio convirtiéndose en una disciplina olímpica, siendo necesario para alquilar cuarenta metros cuadrados con humedad decorativa y vistas privilegiadas a un patio de ventiladores industriales, demostrar ingresos estables, solvencia emocional y probablemente pureza de sangre.

Los propietarios que quieren alquilar o vender, hablan de los apartamentos con la solemnidad con que los faraones hablaban de sus tumbas: “es una oportunidad única”, dicen mostrando cocinas donde apenas cabe una aceituna, y los jóvenes, convertidos ya en una especie zoológica de alta resistencia, aceptan compartir piso hasta edades en las que antiguamente uno ya tenía tres hijos, un huerto y opiniones firmes sobre las alcachofas.

Lo fascinante es que la economía contemporánea ha conseguido algo prodigioso: que trabajar mucho no garantice absolutamente nada. Esa era antes la parte tranquilizadora del capitalismo, aceptándose el esfuerzo porque se imaginaba cierta estabilidad futura, pero hoy la recompensa máxima del trabajador medio consiste en llegar vivo a final de mes y permitirse una cena mediocre sin consultar compulsivamente la cuenta bancaria.

Mientras tanto, los grandes expertos económicos comparecen en televisión para explicar que “el consumo interno mantiene signos positivos”: naturalmente, el ciudadano consume ansiolíticos, café y paciencia industrial.

Y arriba, siempre arriba, la clase política. Si los antiguos griegos levantaran la cabeza y vieran en qué se ha convertido la democracia, regresarían inmediatamente a la tumba por voluntad propia y por vergüenza torera; la política actual ya no consiste en gobernar sino en administrar percepciones: el dirigente contemporáneo no necesita resolver problemas, necesita parecer preocupado delante de una cámara.

Los gobiernos anuncian planes estratégicos con nombres tan grandilocuentes que parecen títulos de películas de ciencia ficción: “Agenda Integral de Transformación Resiliente para la Sostenibilidad Inclusiva”. Después uno investiga un poco y descubre que lo dicho consiste básicamente en cambiar el color de unos formularios digitales y construir un agujero para que varios más vivan de la mamandurria.

La burocracia merece también un monumento internacional: la burocracia es el verdadero sistema de gobierno planetario ya que los presidentes cambian -Pedro no-, los ministros dimiten, los partidos se destruyen mutuamente, pero siempre permanece intacta esa maquinaria administrativa capaz de exigirle a un ciudadano el mismo documento en tres ventanillas distintas.

En otros tiempos el héroe atravesaba océanos, luchaba contra monstruos o escalaba montañas, pero el héroe moderno intenta renovar el DNI antes del verano, existiendo personas que han envejecido intentando obtener una cita previa.

Y qué decir de las comparecencias públicas, con ese talento extraordinario que poseen los dirigentes para hablar durante cuarenta minutos sin transmitir nada, habiendo discursos políticos que deberían estudiarse en las facultades de ilusionismo, ya que se escucha atentamente y al terminar, no se recuerda ninguna frase ni idea, pero se experimenta una vaga sensación de haber sido regañado.

Los líderes actuales hablan utilizando expresiones como “marco transversal”, “sinergias operativas”, “hoja de ruta” o “cohesión territorial”. Nadie sabe exactamente qué significan, pero producen tranquilidad institucional, que es una forma sofisticada de sedación colectiva, siendo tan complejo de entender como leer un manual de instrucciones mal traducido, en el papel que viene con el artilugio.

Y luego están las cumbres internacionales, esos encuentros planetarios donde centenares de personas viajan en aviones privados para debatir la urgencia de reducir emisiones contaminantes, habiendo alcanzado la humanidad un nivel tan refinado de ironía involuntaria que ya ni siquiera se molesta en disimularla.

Los mandatarios aparecen sonrientes, se estrechan las manos, posan delante de banderas y prometen construir “un mundo mejor para las futuras generaciones”. Acto seguido aprueban medidas económicas que harían llorar a una calculadora.

Pero sería injusto culpar únicamente a los políticos ya que el ciudadano contemporáneo también ha desarrollado una personalidad peculiar, viviendo hiper estimulado, permanentemente indignado y convencido de que cualquier problema complejo puede resolverse mediante un comentario en redes sociales escrito mientras espera el ascensor.

Internet ha democratizado la opinión con resultados extraordinariamente preocupantes: hoy cualquier persona posee información suficiente para sentirse experta, y con la ignorancia suficiente para ser peligrosa; un individuo puede pasar de ver vídeos de recetas italianas a elaborar teorías geopolíticas sobre Asia Central en menos que canta un gallo.

Nunca antes la humanidad había hablado tanto y pensado tan poco, transformando las redes sociales incluso las emociones, necesitando la tristeza validación pública y la felicidad fotografías, la indignación hashtags, convirtiéndose la intimidad en un artículo vintage, como los pick up o la educación vial.

La gente ya no come: documenta que come.  No viaja: certifica digitalmente que ha viajado. No vive: actualiza estados.

Y en medio de ese carnaval tecnológico aparece el ciudadano común, agotado, intentando recordar quién era antes de convertirse en contraseña ambulante, ya que esa es otra maravilla de nuestro tiempo: hemos delegado la memoria en dispositivos electrónicos hasta extremos conmovedores. El ser humano moderno recuerda perfectamente el PIN de tres tarjetas bancarias, cuatro plataformas de streaming y dos códigos de verificación, pero olvida por qué entró en la cocina.

Las máquinas avanzan rápidamente y nosotros retrocedemos. La inteligencia artificial redacta textos, compone música y responde a preguntas complejas, mientras millones de personas siguen siendo incapaces de utilizar correctamente el botón “responder a todos”.

Quizá el futuro no esté dominado por robots asesinos, sino por algoritmos profundamente decepcionados con nosotros, sin embargo, la tecnología no es el verdadero problema. El verdadero problema es la velocidad, sucediendo todo demasiado deprisa: las noticias duran unos minutos, las polémicas envejecen antes del almuerzo, las amistades requieren mantenimiento digital continuo, y hasta el amor parece gestionado por departamentos de recursos humanos.

Las aplicaciones de citas son particularmente reveladoras: la humanidad tardó milenios en maravillar con la poesía amorosa, y ha terminado decidiendo relaciones sentimentales deslizando fotografías con el pulgar mientras ve series.

El romanticismo sobrevive apenas como una enfermedad leve y pese a todo, la gente continúa enamorándose, lo que demuestra que la especie humana conserva cierto espíritu olímpico, ya que amar hoy exige una resistencia psicológica notable para atravesar la precariedad económica, las agendas imposibles, la ansiedad generalizada y las tarifas dinámicas de restaurantes y aun así, dos personas consiguen sentarse frente a frente, compartir una botella de vino mediocre y hablar durante horas como si el mundo no fuera una gigantesca oficina en llamas: eso merece un respeto inefable.

También merece respeto el pequeño heroísmo cotidiano de la gente corriente que sostiene el mundo silenciosamente, de la mujer que toma dos autobuses para cuidar ancianos, el camarero que sonríe después de diez horas de pie, el profesor agotado que todavía intenta explicar literatura a adolescentes hipnotizados por TikTok, el autónomo que calcula impuestos como quien desactiva explosivos; ellos mantienen viva la civilización mientras arriba, en los palacios gubernamentales y consejos de administración, continúan produciéndose discursos motivacionales, estrategias resilientes y reuniones sobre sostenibilidad servidas en bandejas de plata.

Porque el sistema posee una capacidad extraordinaria para generar solemnidad inútil. Todo debe parecer trascendental: las empresas ya no venden productos, venden experiencias emocionales transformadoras, un café ya no es un café, es “una pausa consciente de conexión humana”, un yogur no alimenta, “acompaña tu bienestar integral”.

Uno termina echando de menos la sinceridad brutal del tendero antiguo: aquí tiene su queso, cómaselo y deje hueco.

Pero no, ahora todo necesita narrativa corporativa, identidad visual y propósito existencial: hasta las hamburgueserías parecen sectas espirituales.

El capitalismo moderno no quiere clientes: quiere creyentes.

Y quizá por eso el agotamiento colectivo resulta tan profundo, porque ya no basta con trabajar, consumir y obedecer; además debemos sonreír, reinventarnos continuamente y mostrar entusiasmo, habiéndose convertido la felicidad en obligación moral.

Si alguien está cansado, frustrado o triste, inmediatamente aparece un experto explicando que debe practicar mindfulness, respirar mejor o levantarse a las cinco de la mañana para correr descalzo sobre hierba húmeda.

La industria del bienestar produce más ansiedad que bienestar y los gurús contemporáneos hablan de equilibrio interior con una agresividad verdaderamente alarmante. Algunos parecen capaces de estrangular a una persona con energía positiva, y sin embargo, pese a toda esta maquinaria delirante, la humanidad continúa ofreciendo destellos inesperados de belleza. En mitad del caos económico y político todavía existen cenas largas, bromas absurdas, librerías silenciosas y gente veterana jugando al dominó, y de menos edad, jugando al padel, que ha sacado de los juegos de mesa de 4 como el mus o el dominó, a los no muy mayores.

Posiblemente la verdadera resistencia humana resida en la solidaridad que subyace en las sociedades, no en los grandes discursos políticos ni en las cumbres internacionales llenas de corbatas sostenibles, ni tampoco en las revoluciones digitales, ni en las doctrinas económicas: la esperanza del mundo probablemente descansa en cosas mucho más pequeñas y mucho más tercas.

La civilización, a pesar de los ministros, los mercados financieros y los analistas geoestratégicos, continúa funcionando gracias a millones de personas normales que todavía conservan cierta bondad elemental y eso resulta milagroso, sobre todo teniendo en cuenta que llevamos décadas siendo dirigidos por individuos que no lograrían organizar correctamente una barbacoa sin crear una comisión parlamentaria para estudiar el carbón.

Quizá el ser humano sea precisamente eso: una criatura absurda gobernada por incompetentes elegantes, explotada por sistemas incomprensibles y, aun así, obstinadamente capaz de brindar, enamorarse y hacer chistes mientras el edificio arde lentamente alrededor.

Y bien mirado, quizá tampoco exista una definición mejor de dignidad.

Mientras tanto, nuestro SÁNCHEZ, psicópata total y estructuralmente anamórfico, sigue con nosotros porque considera que sin él, todo se iría al garete.

La Utopía Realista como posible recurso de los jóvenes actuales

La Utopía como Último Recurso Intelectual para los jóvenes actuales.

En el contexto contemporáneo, los jóvenes se enfrentan a desafíos significativos que afectan su camino hacia la independencia y la inclusión social. Las crisis económicas, el desempleo, la precariedad laboral y la desigualdad social, son solo algunos de los obstáculos que dificultan su desarrollo. En este escenario, la utopía puede emerger como un concepto relevante de recurso intelectual, que permita a los jóvenes imaginar un futuro mejor, y quizá, si nada cambia, pudiera constituir el último recurso -intelectual- para la juventud de hoy.

Los jóvenes actuales se enfrentan a un panorama económico que, en muchos aspectos, es desalentador. Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la tasa de desempleo juvenil se sitúa en un promedio global de alrededor del 14%, lo que significa que uno de cada seis jóvenes está sin trabajo. Este fenómeno se ve agravado por la precariedad laboral, donde muchos jóvenes son empleados en trabajos de salarios muy por debajo de sus posibilidades y rendimientos, o temporales o de tiempo parcial, que no les permiten la estabilidad necesaria para alcanzar la independencia financiera. El informe también destaca que el acceso a empleos de calidad se ha vuelto más difícil, lo que afecta las oportunidades de desarrollo personal y profesional.

Además, el aumento del costo de la vida ha hecho que la independencia económica sea un objetivo inalcanzable para muchos, aun cuando tengan buenos trabajos. En ciudades de todo el mundo, los precios de la vivienda han aumentado disparatadamente, haciendo que los jóvenes y no tanto, se vean obligados a compartir habitaciones, apartamentos o a vivir con sus padres, debido a la imposibilidad de pagar el alquiler, ni por supuesto, optar a una compra.

La educación, que tradicionalmente ha sido vista como un posible camino en la movilidad social, también presenta obstáculos significativos. El costo de la educación superior ha aumentado drásticamente en las últimas décadas, y muchos jóvenes deben trabajar para estudiar simultáneamente, o en otros lugares donde la educación superior funciona bajo el paraguas de préstamos del Estado, se enfrentan a deudas estudiantiles abrumadoras. En Estados Unidos, por ejemplo, la deuda estudiantil total ha superado los 1.7 billones de dólares, lo que ha llevado a muchos licenciados que deben devolver lo prestado, a postergar su independencia y a aceptar empleos que no requieran un título universitario.

El creciente coste de la educación y la competencia feroz por los puestos de trabajo, han llevado a una generación de jóvenes que, a pesar de estar más educados que nunca, se sientan desilusionados y atrapados en un ciclo de inseguridad económica.

La inclusión social es otro aspecto crítico que afecta a los jóvenes. Las disparidades económicas han llevado a la marginación de ciertos grupos, incluidos aquellos de minorías étnicas, inmigrantes y personas de bajos ingresos. Según un informe de Eurofound, los jóvenes de grupos desfavorecidos se enfrentan a barreras adicionales que dificultan su integración en la sociedad y su acceso a oportunidades. Esto se traduce en una menor participación en el mercado laboral y en la vida cívica, lo que perpetúa el ciclo de pobreza y exclusión.

 La Utopía como Recurso Intelectual

La utopía, en su sentido clásico, se refiere a la creación de una sociedad ideal, un lugar donde las condiciones son perfectas y todos los individuos pueden prosperar. En el contexto de los jóvenes, la utopía puede verse como un refugio ante la adversidad y como un motor de cambio, de esperanza.

Ya Tomás Moro en su obra Utopía -1516-, presentaba una sociedad ideal que contrastaba con las injusticias de su tiempo. La idea de una sociedad justa y equitativa puede servir de inspiración para que los jóvenes imaginen un futuro diferente, promoviendo la esperanza y la acción social. Describe una sociedad donde la propiedad es compartida y los conflictos son resueltos de manera pacífica, lo que invita a los lectores a reflexionar sobre las posibilidades de un mundo mejor.

Ernst Bloch en El Principio Esperanza -1954-, sostiene que la esperanza y la imaginación son esenciales para el progreso humano. Para él, la utopía no es solo un destino, sino un impulso vital que motiva a las personas a luchar por un futuro mejor. La utopía proporciona un marco para cuestionar el statu quo y aspirar a un mundo mejor. Bloch argumenta que la esperanza -además de virtud teologal- es un componente fundamental del ser humano, y que imaginar un futuro ideal, es lo que impulsa a la humanidad a seguir adelante.

La utopía puede ser considerada como un motor para la transformación social. Inspirados por visiones utópicas, muchos movimientos sociales han surgido a lo largo de la historia, buscando cambiar realidades injustas. La utopía puede motivar a los jóvenes a participar activamente en la lucha por la justicia social y la igualdad.

Ejemplos de movimientos inspirados por ideales utópicos incluyen entre otros el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, el feminismo y los movimientos ambientalistas. Estos movimientos, utilizaron y utilizan, visiones de una sociedad más justa y equitativa para movilizar a las personas y generar cambios significativos en la política y la sociedad.

También los jóvenes están cada vez más preocupados por el cambio climático y la degradación ambiental, lo que puede inspirar visiones utópicas centradas en la sostenibilidad de nuestro mundo y la justicia ambiental.

También hay filósofos críticos con la utopía:

Friedrich Nietzsche critica a las ideologías utópicas, argumentando que estas pueden llevar a la frustración y al desencanto. La búsqueda de una sociedad ideal, puede desviar la atención de las luchas reales y cotidianas que enfrentan los jóvenes. Nietzsche sugiere que la obsesión con lo ideal puede llevar a la negación de la vida y sus desafíos, creando una desconexión entre la aspiración y la realidad. La utopía puede ser vista como un mecanismo de escape que evita enfrentar los problemas reales.

Evidentemente, puede ocurrir que, en lugar de trabajar para mejorar su situación, los jóvenes puedan quedar atrapados en un mundo de fantasía que no aborda los problemas estructurales a los que se enfrentan en la realidad. Esto puede llevar a la inacción y a una falta de compromiso con el cambio real.

En el análisis de las críticas modernas a la utopía, se deben incluir las de Karl Popper, quien argumenta que las utopías pueden llevar a regímenes totalitarios, y cómo esto puede afectar la percepción de los jóvenes sobre la posibilidad de alcanzar una sociedad ideal.

Ante todo esto, surge la necesidad de propuestas alternativas:

El Realismo Crítico con un enfoque pragmático: en lugar de aferrarse a una utopía ideal, los jóvenes pueden beneficiarse de un enfoque más realista y crítico. Esto implica reconocer las limitaciones del mundo actual y trabajar hacia cambios sostenibles y alcanzables. La filosofía del realismo crítico, promovida por pensadores como Raymond Williams, sugiere que es posible imaginar un futuro mejor mientras se enfrentan y se abordan los problemas existentes.

También los Movimientos Sociales, como el activismo ambiental y los derechos humanos, u otros, ofrecen un espacio para que los jóvenes participen activamente en la mejora de su entorno. Estos movimientos pueden inspirar a los jóvenes a actuar en lugar de soñar sin acción. La historia ha demostrado que la acción colectiva puede generar cambios significativos.

Por ejemplo, los movimientos ambientales, como el movimiento Fridays for Future liderado por jóvenes, están utilizando visiones utópicas para abogar por un futuro más sostenible

La Educación en su sentido amplio es, sin duda, también un poderoso recurso para hacer fuertes a los jóvenes. Fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de análisis puede ayudar a la juventud a comprender mejor su realidad y a buscar soluciones efectivas. La pedagogía crítica de Paulo Freire se centra en la educación como un medio para la liberación y el empoderamiento, animando a los estudiantes a cuestionar su contexto y a participar activamente en el cambio social. La educación no solo debe centrarse en la adquisición de conocimientos, sino también en fomentar la creatividad y la capacidad de imaginar futuros alternativos.

Promover la creación de redes y comunidades entre jóvenes pudiera ser clave para abordar problemas comunes y generar un cambio social significativo. Estas redes pueden facilitar el intercambio de ideas, la colaboración y el apoyo mutuo en la búsqueda de soluciones a los desafíos a los que se enfrentan, cogiendo entre pinzas el concepto de Ciberutopías que pudiera surgir de estos contactos más o menos amplios, donde los jóvenes imaginan un mundo mejor a través de la tecnología y las redes sociales, aunque a contrario sensu, también se podría discutir el potencial de la tecnología para crear divisiones y desigualdades.

La cultura visual y los movimientos artísticos pueden inspirar visiones utópicas y servir como plataformas para la crítica social, así como el arte y la literatura, que reflejan y construyen visiones utópicas. Las obras de ficción especulativa, por ejemplo, pueden ofrecer a los jóvenes un espacio para imaginar futuros alternativos y explorar las implicaciones de sus aspiraciones.

También la interseccionalidad -intersección de diferentes identidades sociales- debiera utilizarse para influir en las visiones utópicas de los jóvenes, creando un enfoque más inclusivo y representativo.

 Lo ideal podría ser una Utopía Realista:

En lugar de ver la utopía como una fantasía inalcanzable, puede ser útil conceptualizarla como un objetivo a largo plazo. La utopía puede servir como una guía que inspire a los jóvenes a trabajar hacia un futuro mejor, mientras que se enfrentan a los desafíos presentes con realismo y pragmatismo.

La idea de un futuro ideal puede ser un poderoso motivador para la acción colectiva. Al unir fuerzas, los jóvenes pueden desafiar las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad y la injusticia. La utopía, en este sentido, se convierte en una herramienta que guía la acción y el compromiso social, naturalmente excluyendo siempre la violencia.

La conclusión de que la idea de la utopía pueda ser el último recurso intelectual para los jóvenes de hoy, es compleja y multifacética. Por un lado, la utopía puede servir como fuente de inspiración y esperanza, motivando a los jóvenes a imaginar un futuro mejor y a luchar por él. Por otro lado, su idealismo puede llevar a la desconexión de la realidad, haciendo que los jóvenes eviten enfrentar los problemas críticos que afectan sus vidas.

Es esencial encontrar un equilibrio entre la aspiración a una sociedad ideal y el trabajo práctico para abordar los desafíos actuales. La búsqueda de soluciones realistas, el empoderamiento a través de la educación, la creación de redes, el arte y la literatura y la interseccionalidad entre diferentes tipos sociales, pueden ser estrategias efectivas para enfrentar la situación de los jóvenes en el mundo contemporáneo. Con estas ideas, se puede enriquecer el análisis sobre la utopía como recurso intelectual, proporcionando un enfoque más amplio y multidimensional. Esto no solo permitiría una comprensión más profunda de la situación actual en los jóvenes, sino que también podría inspirar nuevas formas de acción y compromiso en la búsqueda de un futuro mejor.

Música: 3  Doors Down: Here without you. 

UTOPÍAS Y DISTOPÍAS. UTOPÍAS POLÍTICAS, SOCIALES Y CIENTÍFICAS DE LAS EDADES MODERNA Y CONTEMPORÁNEA. DEFENSORES Y DETRACTORESDE LAS UTOPÍAS.

De modo coloquial, utopía, es algo deseable pero inalcanzable, algo que está más allá de nuestras posibilidades presentes y futuras –si no dejaría de serlo-, tanto en el plano de los anhelos personales, como en los que afecten a un conjunto social.Read More

¡DEMOCRATIA DELENDA EST!

 

Hace tres años escribí algo sobre ¡Carthago Delenda est! Hoy, tras la actuación de Donald Trump,  lo traigo a la memoria…

Marco Po Catón el Censor, también llamado Catón el Viejo, nació en Tusculum -península itálica- en 232 a.C. muriendo en el 147 a.C.Read More

EL CONFLICTO PALESTINO-ÁRABE-ISRAELÍ.

Hace algún tiempo, en la sobremesa de una magnífica paella a la que fui invitado por unos amigos en su casa de Roquetas de Mar, surgió el tema de los judíos, su historia, sus expulsiones de todos los países incluso del suyo desde la Antigüedad hasta la Baja Edad Media y en la Edad Moderna, las persecuciones constantes a lo largo de su existencia hasta desembocar en el Holocausto, su asentamiento por la Resolución 181 de Naciones Unidas en lo que bíblicamente es denominado Tierra Prometida, y su sinvivir desde entonces en ese territorio debido a la inquina árabe.

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HEBREOS, israelitas, israelís, judíos. Terminología básica.

En breve, publicaré un punto de vista sobre el conflicto árabe israelí; antes, sería conveniente conocer bien la terminología.

Los hebreos son un antiguo pueblo semita -descendientes de Sem hijo de Noé- proveniente de Mesopotamia, establecido en el Levante Mediterráneo o Cercano Oriente.

Israelita es el gentilicio que corresponde a los habitantes del antiguo reino de Israel. Según la tradición, es todo miembro de las doce Tribus de israel, es decir, todos los descendientes de alguno de los doce hijos del segundo patriarca bíblico JACOB  -hijo de Isaac y nieto de Abraham-, a quien Yahvé renombró como Israel.

Israelita también suele emplearse como sinónimo de judío.

Israelita, con significado de habitante del antiguo reino de Israel o de judío, no tiene el mismo significado queisraelí, gentilicio de los habitantes del actual ESTADO DE ISRAEL, sin distinguir  etnias ni religiones.

Judío no es solo una forma de señalar a los que practican el judaísmo religión antigua y monoteísta, sino también, a los pertenecientes al antiguo Reino de Judá -parte sur del reino de Israel tras su escisión a la muerte de Salomón, 930 a. C.- y claro, a los que regresaron a Tierra Santa tras el Cautiverio de Babilonia -llevado a cabo por Nabucodonsor II a finales del siglo VI- gracias al decreto de Ciro el Grande en 538 a.C.

Por tanto, las 12 tribus de Israel no eran judías sino israelitas, gentilicio aplicable hasta el fin de la monarquía unida con los tres reyes Saúl, David y Salomón (circa 1020-930 a. C.).

Los términos hebreo, israelita y judío son a veces empleados de modo indistinto, como sinónimos, y no lo son.

Se puede considerar que los Patriarcas anteriores a Abraham fueron míticos, pudiéndose considerar el primer Patriarca histórico a Abraham.

Por tanto, hebreos son los descendientes de Abraham Avinu -nuestro padre- y de Isaac-padre de Esaú y de Jacob-.

Los judíos son hebreos israelitas de la región de Judea, que provienen de Abraham (un hebreo)  y Jacob (un israelita), a través de Judá ( judío).

Tras la muerte de Salomón (930 a. C.), una insurrección condujo a la división en dos reinos: el de Israel al norte con las tribus de Rubén, Simeón, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Efraín y Manasés (estos dos últimos hijos de José que había sido vendido por sus hermanos como esclavo, contando los demás a su padre que había muerto) y un reino al sur, Judá, con las tribus de Judá y Benjamín y parte de la de Leví.

Cuando la tierra de Israel fue repartida entre las tribus en el tiempo de Josué -durante estancia en Gosén, Egipto-, la Tribu de Levi, fue escogida para servir como clero de Israel, no recibiendo tierra, aunque le fueron asignadas varias ciudades.

Jacob concedió a los descendientes de José, Efraín y Manasés, el estatus de tribus con derecho propio, reemplazando a la Tribu de José.  Cada una recibió su propia tierra y más tarde tuvo su propio campamento durante los 40 años que se vagó por el desierto y naturalmente tras el Éxodo, al llegar a la Tierra Prometida.

En el Reino del Norte estaban las 10 tribus que eran hebreos –por su génesis etnográfica– e israelitas -por su gentilicio de reino- pero no judíos, y en el Reino del Sur estaban los hebreos, israelitas y judíos que vivían en el reino de Judá.

En los últimos días del reino de Israel -siglo VIII a. C.- en el norte, la situación había llegado a ser insostenible ya que pagaban un muy alto impuesto al Imperio Neo Asirio contando con unos recursos muy limitados.

El rey Oseas dejó de pagar tributo, confiando en el apoyo de Egipto. Salmanasar V de Asiria respondió sitiando Samaria y apresando a Oseas. Después de tres años de asedio, capituló la ciudad en el año 722 a. C.

Murió Salmanasar, y el usurpador Sargón II se atribuyó la victoria y deportó a la gran mayoría de israelitas a Nínive, produciéndose lo que se ha dado en llamar la desaparición de las diez tribus perdidas.

El reino de Israel del norte había dejado de existir. Sargón no solo deportó sus habitantes a Nínive, sino que además trajo gentes de otros pueblos igualmente sometidos para repoblarla, formando una nueva provincia asiria con su gobernador al frente.

El otro hijo de Isaac, Esaú, hermano de Jacob dio origen al pueblo de Edom o idumeo.

EN RESUMEN:

Los israelitas son quienes habitaron Canaán o la Tierra de Israel, es decir, el territorio donde se establecieron los hijos de Jacob, e incluye a los jueces, a los monarcas del reino de Israel unificado, y de Israel y Judá tras su separación.

Los judíos son los habitantes del reino de Judá y todos aquellos hebreos que regresaron del exilio de Babilonia, junto con sus descendientes.

Muchos grupos étnicos se han proclamado descendientes de las tribus perdidas en Nínive, y algunos adoptan la idea mesiánica de que las tribus regresarán.

También a partir de entonces -dado que no se conocen descendientes de los israelitas que habían sido deportados a Nínive-, el pueblo de Israel del Norte es también conocido como pueblo judío; en términos religiosos, judíos son también los que practican el judaísmo, reconocidos como tales por los rabinos.

Ninguno de los tres términos enumerados es sinónimo de israelí, vocablo que designa al habitante del moderno Estado de Israel. A dicho país se lo conoce a veces también como Estado Judío y Estado Hebreo sin emplearse en este caso particular el término israelita, que por lo general suele reservase para los hebreos de la Antigüedad y también para la autodenominación de algunas comunidades judías diaspóricas.

Desde el siglo XIX, hay judíos seculares y laicos, escépticos, agnósticos, y hasta ateos; es necesario señalar que Israel es un país fundamentalmente LAICO, de ahí los problemas que tiene el presidente del país, para seguir contando con el apoyo político de los ultraortodoxos, ante la posible militarización de algunos de sus componentes, cosa de la que estaban exentos desde el año 1948, gracias al acuerdo de Ben Gurión con la cúpula rabínica, todo ello debido a la presión actual de grupos políticos menos fundamentalistas, que exigen que los ultraortodoxos de las escuelas rabínicas cumplan con sus deberes militares como el resto de varones y mujeres.

Una yeshivá -plural yeshivot– es un centro de estudios de la Torá y el Talmud generalmente dirigida a varones del judaísmo ortodoxo, conocida también como escuela talmúdica.

Los ultraortodoxos, conocidos también como jaredíes, han mantenido y lo siguen haciendo, posturas cada vez más divergentes con las tendencias sociales y políticas actuales.

Los jaredíes llevaron a cabo con el resto de judíos repartidos por el mundo, hasta 1948, el mantenimiento del imaginario de la tierra que los judíos no habían tenido durante 2.000 años, al nutrir durante el exilio eterno y las diásporas infinitas, mediante el Talmud, la creación de comunidades de jaredíes y las yeshivot, de los mandatos religiosos que mantuvieron al pueblo unido en la religión, siendo ello un escudo en donde guarecerse, protegerse y sufrir todas las expulsiones, persecuciones y matanzas que solo cesaron con el nacimiento del Israel moderno.

El jaredí fue en su inicio un movimiento europeo que surgió contra las corrientes reformistas que nacieron en el seno del judaísmo en el siglo XVIII. Hoy, hay grandes comunidades jaredíes en Nueva York, Londres o California.

En Israel, los jaredíes son todos aquellos judíos que han construido un modo de vida centrado en el cumplimiento absoluto de todas las leyes y preceptos contenidos en el Talmud, lo que les hace estar inclusos en una yeshivá, estando por tanto sujetos a los criterios vinculantes, de los rabinos, viviendo aislados del resto de la sociedad.

En el año 1948, David Ben Gurión, el padre fundador del Estado de Israel, buscó el apoyo y el consenso de la comunidad jaredí, fundamentalmente para rendir un homenaje de siglos a la religión: Cuidamos al Libro y el Libro nos cuidó a nosotros.

Ben Gurión les otorgó a los rabinos fundamentalistas ciertas competencias y privilegios, aprobando algunas leyes que chocan con la esencia de la democracia occidental.

Les otorgó la potestad de decidir quién era judío y quién no, competencia absoluta sobre los matrimonios, regir sus conflictos y disputas mediante tribunales religiosos (prerrogativa que lógicamente no incluye los delitos y las faltas y todo lo concerniente al derecho penal) y se les concedió el privilegio más polémico de todos: la exención del servicio militar obligatorio si acreditaban estar inscritos en una yeshivá.

Eso hoy ha cambiado, ya que el Parlamento lo modificó, y la exigencia de los grupos políticos para que se efectúe el alistamiento de los ultraortodoxos de manera inmediata en el ejército, es un nuevo palo en la rueda para la gobernabilidad del país.

Música: ERNEST BLOCH. DREAM (Enfantines nº 10)

 

LA PRIMERA CHAMPIONS DEL París Saint Germain.

Esto no es ningún post cultural, ni histórico, ni de aventuras, ni de ciencia ficción, es solo un mensaje de tranquilidad a la parcela sensata del pueblo francés, que seguro que existe. De hecho, tengo un hermano casado con una parisina y prole francesa, que vive en ese magnífico país desde hace más de 50 años, y me parecen un grupo con gran sentido común y sensatez.

A lo que iba; señalarle a la parcela sensata francesa, que no se preocupen demasiado, que en cuanto ganen una decena o quincena de champions, ya no matarán a nadie, ni herirán a más de 200, ni será necesario detener a más de 500 -por la costumbre de la victoria-, sino que probablemente serán capaces, incluso los que residen en el exterior de lo que fue le Mur des Fermiers Généraux con sus barrières para cobrar el impuesto de la gabelle, o más allá, los de la periferia de la mega metrópoli parisina, de celebrarlo en una plaza de las muchas importantes  que tiene París –Place Étoile, de la Repúblique, Vendôme, Concorde…-, en fin, como si fueran personas normales o no.

Anoche me pilló en el centro tras salir de Roland Garros y me quedé impresionado del mal espectáculo, que daba realmente miedo.

Esto es interesante para aquellos que aún no han tenido acceso a este premio, para que reflexionen, que es necesario saber ganar y perder.

SÍ es SÍ.

 

 

Recuerdo a las feministas desbocadas de hoy día, y su LEY DEL DESCUBRIMIENTO de un Nuevo Mundo -Sí es Sí-, para señalarles (no recordarles, porque nunca la oyeron) que hace más de 70 años, una de nuestras auténticas feministas despachaba a los feos monederos, errejones y alves de entonces, con la letra a borbotones y procaz de esta canción, y sin denuncias ni juicios y sin poner en solfa la presunción de inocencia.

¡Gracias Lola!

Real Madrid y sus ligaduras divinas y el mal francés de Luis Enrique de Francia.

Luis Enrique I de Francia, que solo sabe decir en francés on va gagne bien sûre o avec sûre seulement sure, ha perdido la semifinal con el Borusia, porque los alemanes estudiando la trayectoria del Real Madrid, descubrieron que habían hecho socio de honor al Señor en el año 1955 -primera Copa en 1956-, ofreciéndole ellos ser socio de honor de su club a principio de la temporada 2023-2024, y de ahí que los palos pararon lo que parecía imparable al PSG.

Ayer, Luis Enrique -que no sabe francés- lloraba oyendo la canción Aline -que es de amor-, creyendo que era acerca de la Copa que ya se veía levantando en sus manos y cuya letra adjunto en español.

Ayer dibuje en la arena
su imagen bella y la contemplé,
luego llovió sobre la playa
y aquella imagen desapareció
y yo grité, grité
Aline vuelve hasta mí
y yo lloré, lloré…
Oh cuanto padecí.
Después intenté
volver a encontrarla
y al ver que no estaba
cuanto lloré…
Ella se fue
con la tormenta
y yo junto al mar solo quedé
y yo grité, grité
Aline vuelve hasta mí
y yo lloré, lloré
oh cuanto padecí.
Me arrodillé
besando en la arena
aquella imagen
que yo ayer dibujé
y yo grité, grité
Aline vuelve hasta mi…

Por si alguien quiere ver la charla de Luis Enrique pre pérdida del partido, aquí va adjunta

https://www.youtube.com/watch?v=zw1I1KD9IWk

EL REAL MADRID que ayer jugó mejor de lo que viene siendo habitual en los últimos partidos, aunque con la misma intensidad de casi siempre, llegó a una nueva final de la Champions League, aunque después del partido, el Señor llamó a Florentino para decirle lo mismo que tuvo que decirle a Santiago después de las cinco primeras Copas consecutivas: estoy encantado de ser del Madrid y ayudaros, pero ya os dije hace casi 70 años, que no permitiré que sobrepaséis el 25% de los títulos jugados y ya estáis cerca: os queda la 15, 16 y 17, pero deberías aflojar, ya que el día de Pep me hicisteis trabajar mucho. En fin, buena final…y que al saber le  sigan llamando suerte…

HALA MADRID

Música: Aline de Cristophe.

 

ENSO: El Niño y la Niña y la Southern Oscillation, NAO, AO y Teleconexiones atmosféricas. Parte 1.

A menudo se habla del Niño, la Niña, las Danas, la NAO, la termoclina…y nos suena, pero sin acabar de conocer lo que son.

Trataremos de exponer algunos de estos conceptos meteorológicos, por qué pasan y sus consecuencias.Read More