Categoría: Son las cosas de la vida…

Cuando Manuela me llevó al umbral.

El día en que el destino aprendió a caminar: “Hay personas cuya misión no consiste en acompañarnos durante toda nuestra vida, sino en conducirnos, con infinita delicadeza, hasta el umbral de nuestra verdadera existencia”

Aquella mañana de finales de otoño amaneció con una lluvia tan liviana que parecía no caer del cielo, sino desprenderse lentamente de las cornisas, de las ramas desnudas de los árboles y de los viejos tejados de Madrid, como si la ciudad hubiera decidido deshacerse poco a poco de un sueño húmedo que había conservado durante la noche. Desde la ventana de mi casa observé durante unos instantes el brillo oscuro del asfalto, los paraguas que comenzaban a abrirse con la resignación de quienes saben que la lluvia no será intensa pero sí obstinada, y el lento despertar de un barrio acostumbrado a convivir con la clase media sin alegrías ni llantos.

Había dispuesto la mañana con la meticulosidad de quien cree dominar las horas venideras, como hago siempre, errando a menudo; debía acercarme a la Embajada de Egipto para solicitar los visados de un viaje que llevaba semanas preparando, pues regresar al país del Nilo constituía para mí mucho más que una simple escapada; era volver a un lugar donde siempre había tenido la impresión de que el tiempo caminaba con un ritmo distinto, más cercano al de los hombres que aprendieron a medir la eternidad antes que los días.

Pensaba dedicar el resto de la jornada a ordenar algunas notas sobre el Salón del Prado, un viejo compañero de mis paseos y de mis desvelos, cuya historia seguía revelándome matices nuevos cada vez que creía conocerla del todo. Nada hacía sospechar que aquellas previsiones iban a quedar reducidas a un puñado de nada antes de que terminara la mañana.

Siempre me ha divertido comprobar cómo la vida elige los acontecimientos decisivos con una modestia desconcertante. Uno imagina que el destino llegará precedido por grandes señales, por un estruendo inesperado o por una voz que interrumpa el curso de los días, cuando la realidad acostumbra a servirse de instrumentos mucho más humildes: un tren perdido, una carta que llega con retraso, una puerta que permanece abierta unos segundos más de lo habitual o, como ocurrió en mi caso, un charco sobre el que las ruedas de un automóvil decidieron escribir el comienzo de una historia.

Caminaba por la calle Velázquez muy temprano, con el cuello de la gabardina levantado para protegerme del aire fresco que descendía desde el Retiro, disfrutando de ese silencio relativo que conserva Madrid en esa época a primera hora, cuando las conversaciones apenas han comenzado y el ruido de los motores todavía no consigue imponerse al murmullo de las hojas agitadas por el viento. Al llegar al cruce con Ayala advertí demasiado tarde, que un coche se aproximaba con una alegría incompatible con el estado del pavimento. Instintivamente di un paso hacia un lado para evitar la lluvia de agua sucia que levantó al atravesar un charco, pero el pie buscó un apoyo que no encontró y, durante una fracción de segundo, comprendí que el suelo llegaría enseguida, con mucha más rapidez de la deseable.

Confieso que, mientras caía, no pensé en el golpe, ni siquiera en el posible ridículo de verme tendido sobre la acera, sino en una vieja manía que me acompaña desde hace años y que mis amigos conocen bien: siempre he sostenido, entre bromas y supersticiones, que cada vez que alguien resbala en cualquier lugar, el árbitro termina pitando un penalti a favor del Barcelona. No tiene explicación alguna, pero la razón nunca ha sido requisito indispensable para las supersticiones, y por eso, en cuanto recuperé el aliento, me incorporé con una rapidez impropia de mi edad, más preocupado por desmentir aquel mal augurio que por averiguar el alcance de los raspones que acababa de ganar.

Fue entonces cuando la vi.

No apareció como aparecen las personas corrientes, mezclándose con el movimiento de la calle y confundida entre los demás peatones. Mi memoria la recuerda como si el resto de Madrid hubiera retrocedido un paso para dejarle sitio. Se detuvo frente a mí con una naturalidad que excluía cualquier gesto teatral y, antes incluso de pronunciar una sola palabra, tuve la extraña impresión de que su presencia modificaba imperceptiblemente la luz gris de aquella mañana, del mismo modo que una nube cambia el color de un paisaje sin alterar ninguno de sus contornos.

-¿Se encuentra bien?

Era una pregunta sencilla, casi obligada, pero la voz con que fue pronunciada poseía una serenidad difícil de describir, una mezcla de preocupación discreta y de delicadeza, que no buscaba invadir la intimidad de un desconocido, sino ofrecerle la posibilidad de aceptarla o rechazarla con la misma libertad.

Le respondí que sí, naturalmente. ¿Qué otra cosa podía decir un hombre que acababa de descubrir que el dolor de un golpe puede quedar reducido a la insignificancia, cuando unos ojos grises, limpios y tranquilos, se detienen un instante sobre los suyos? Sin embargo, mientras pronunciaba aquella mentira piadosa, comprendí que habría dado cualquier cosa por escucharla responder con una leve sonrisa:

-No, no está bien. Déjeme comprobarlo.

No lo hizo. Tal vez porque la buena educación le impedía insistir, o quizá porque existen encuentros destinados a durar únicamente el tiempo que tarda una gota de lluvia en deslizarse desde el borde de una hoja hasta el suelo.

Lo cierto es que permanecimos apenas unos segundos frente a frente, aunque todavía hoy me resulta imposible medir cuánto duró realmente aquel silencio: hay instantes que no obedecen a los relojes.

Ella llevaba una gabardina clara cuyo tejido parecía recoger la humedad del aire sin perder la elegancia de sus líneas; el cabello oscuro escapaba apenas lo suficiente para insinuar su movimiento bajo el cuello levantado, y unos labios de un rojo contenido, parecían guardar una sonrisa que todavía no había decidido conceder al mundo. Pero no fueron esas cosas las que me dejaron inmóvil.

Fue su perfume.

No sabría decir de qué flores procedía, ni qué casa lo habría compuesto, porque no olía exactamente a ninguna esencia conocida. Era un aroma que despertaba recuerdos que jamás había vivido, como si alguien hubiera conseguido destilar la nostalgia de un jardín al amanecer, la sombra fresca de unos castaños después de la lluvia y la promesa de un verano que aún no había comenzado.

Ella inclinó apenas la cabeza, satisfecha quizá al comprobar que el accidentado conservaba la dignidad suficiente para mantenerse en pie, y emprendió de nuevo el camino con una ligereza que no parecía provenir de sus pasos, sino de la absoluta certeza de saber adónde se dirigía.

Permanecí inmóvil unos instantes, mientras a mi alrededor la ciudad comenzaba a acelerarse con la indiferencia habitual. Los semáforos cambiaban de color, los taxis levantaban pequeñas cortinas de agua al pasar, un repartidor discutía con un comerciante mientras descargaba unas cajas y, a pocos metros de mí, una pareja consultaba un plano turístico sin sospechar que, en aquella misma esquina, acababa de producirse el acontecimiento más importante de mi vida.

Porque hay días en los que uno sale de casa creyendo que va a solicitar un visado para viajar a Egipto y, sin embargo, el verdadero viaje comienza mucho antes, exactamente en el instante en que una desconocida pregunta con absoluta naturalidad: -¿Se encuentra bien?

Y uno, sin saber todavía por qué, comprende que la única respuesta verdadera es echar a andar detrás de ella.

Aquel impulso carecía de toda explicación razonable y, precisamente por ello, resultaba imposible combatirlo. Si alguien me hubiera detenido en aquel instante para preguntarme por qué abandonaba una gestión importante, aplazaba un viaje largamente preparado y comenzaba a caminar detrás de una mujer cuyo nombre ignoraba y de la que únicamente conocía el color de sus ojos y el perfume que dejaba suspendido en el aire, me habría visto obligado a responder que no lo sabía, aunque en el fondo comenzaba a sospechar que existen decisiones que no pertenecen al territorio de la razón y que sólo mucho tiempo después encuentran las palabras capaces de justificarlas.

Ella avanzaba con un paso firme, desprovisto de cualquier afectación, como quien lleva años recorriendo el mismo camino y ha aprendido a medir instintivamente la distancia entre una baldosa y la siguiente. No caminaba deprisa, pero tampoco con esa lentitud calculada de quienes desean ser observados; más bien parecía obedecer a un ritmo interior que nada tenía que ver con el bullicio de la ciudad y que permanecía inalterable mientras a su alrededor Madrid despertaba definitivamente al nuevo día.

Guardé una distancia prudente. No quería que pudiera pensar que la seguía movido por una curiosidad indiscreta, y, sin embargo, tampoco soportaba la idea de perderla entre el ir y venir de los peatones. Comprendí entonces que el amor, o aquello que aún no me atrevía a llamar de ese modo, comienza siempre buscando un equilibrio imposible entre el deseo de acercarte y el temor de invadir el espacio de la persona deseada.

La lluvia había cesado casi por completo y únicamente algunas gotas rezagadas seguían desprendiéndose de los árboles del paseo, dibujando pequeños círculos sobre el pavimento todavía brillante. La ciudad olía a piedra mojada, a café recién hecho que escapaba de las cafeterías donde comenzaban a reunirse los primeros clientes, y a ese perfume indefinible que sólo poseen las grandes ciudades cuando despiertan después de una noche de lluvia. Sin embargo, todos aquellos aromas desaparecían en cuanto una leve corriente de aire traía hasta mí la fragancia de la mujer que caminaba delante, como si el resto del mundo aceptara discretamente retirarse para dejarle paso.

Al llegar a la plaza de la Independencia, el tráfico comenzó a hacerse más intenso. Los vehículos rodeaban la Puerta de Alcalá con la disciplina caótica que únicamente Madrid parece comprender, mientras las copas de los árboles del Retiro, todavía cubiertas de humedad, parecían inclinarse levemente sobre la verja de hierro para contemplar el desfile incesante de quienes atravesaban la plaza sin sospechar la historia que estaba naciendo.

Fue allí donde ocurrió algo que, con el paso del tiempo, siempre recordaré como la primera señal de que el destino posee un sentido del humor extraordinariamente refinado.

Mientras esperaba el cambio de color del semáforo sentí que alguien me sujetaba afectuosamente por el brazo.

-¡Hombre! ¿Cuánto tiempo sin verte!

Era Ricardo, un viejo amigo con quien había compartido más conversaciones sobre historia que comidas familiares, uno de esos hombres capaces de discutir durante una hora acerca de una cornisa barroca o de la fecha exacta de construcción de un puente romano y que, sin embargo, olvidaba invariablemente dónde había dejado las llaves de casa.

Nos abrazamos con la alegría sincera de quienes saben que la amistad no necesita explicaciones para sobrevivir a los años y, después de observar con detenimiento los restos de humedad sucia que todavía cubrían mi gabardina, sonrió con esa ironía benévola que siempre le había caracterizado.

– ¿Qué demonios te ha ocurrido?

Miré un instante hacia el borde de la acera para asegurarme de que ella seguía allí. Permanecía inmóvil, esperando la luz verde del semáforo con la serenidad de quien jamás tiene prisa, porque conoce exactamente el lugar al que se dirige y va con tiempo suficiente para ser puntual.

-Nada importante. Un pequeño resbalón.

-Pues tienes aspecto de haber perdido una batalla.

-Quizá la haya ganado.

Ricardo me observó sorprendido.

– ¿Y adónde vas con tanta prisa?

No tuve necesidad de pensarlo. Las palabras salieron solas, con una naturalidad que todavía hoy me desconcierta.

-A donde vaya ella.

Se volvió siguiendo la dirección de mi mirada y descubrió la silueta de la mujer, apenas unos metros más adelante.

Durante unos segundos permaneció en silencio. Después volvió a mirarme, y sin hacer ninguna broma apoyó una mano sobre mi hombro y dijo con una seriedad inesperada:

-Entonces no la pierdas.

Aquella respuesta me acompañaría durante mucho tiempo; porque un amigo verdadero no siempre intenta devolvernos a la prudencia. A veces comprende, antes incluso que nosotros mismos, que existen locuras cuya única explicación consiste precisamente en llevarlas hasta el final.

El semáforo cambió a verde; ella comenzó a cruzar la calle.

Yo hice ademán de despedirme, pero Ricardo me retuvo apenas un instante más.

-Espera.

Me volví.

-No sé quién es esa mujer -dijo en un susurro-, pero procura no preguntarle demasiado pronto su nombre. Hay personas a las que primero hay que aprender a mirar antes de intentar conocer; quise responder algo, pero nunca llegué a hacerlo.

Ella ya había alcanzado la acera opuesta, moviéndose ligeramente la caida de su gabardina, agitada por una ráfaga de viento que descendía desde el Retiro, y tuve la sensación de que cada segundo aumentaba la distancia entre los dos. Eché a andar de nuevo con más diligencia.

Al pasar junto a la fuente de Cibeles, tuve la impresión de que la diosa, inmóvil sobre su carro desde hacía más de dos siglos, observaba también a aquella mujer que avanzaba sin volver la cabeza. Pensé entonces que quizá la vieja Madre Tierra, acostumbrada a contemplar diariamente miles de rostros apresurados, habría reconocido en ella algo que a los hombres todavía nos estaba vedado comprender; porque las estatuas, igual que los árboles muy antiguos, poseen una paciencia que les permite advertir lo que nosotros sólo descubrimos cuando ya es demasiado tarde.

Mientras me aproximaba al inicio del Salón del Prado comprendí, con una emoción que no esperaba sentir tan pronto, que aquella mujer había despertado dentro de mí un deseo antiguo, casi olvidado: el de contarle la historia de aquel lugar, no para demostrar cuánto sabía acerca de él, sino porque algunas personas tienen la extraña virtud de convertir nuestros conocimientos en regalos.

Sin que ella pudiera oírme, o quizá escuchándome de un modo que todavía ignoraba, comencé a hablar en voz muy baja.

-¿Sabes? Hace siglos, donde ahora caminamos, no existían estas fuentes ni estos edificios. Sólo había una vaguada por la que discurría un arroyo caprichoso, el bajo Abroñigal, cuyas aguas descendían buscando pacientemente el Manzanares, mientras los madrileños apenas sospechaban que algún día este mismo lugar sería el paseo más hermoso de la ciudad…

Y, mientras pronunciaba aquellas palabras, tuve la certidumbre de que mi viaje a Egipto iba a quedar definitivamente aplazado, porque el verdadero viaje había comenzado allí mismo, entre la diosa Cibeles y una mujer que caminaba delante de mí como si hubiera salido de un sueño demasiado hermoso para pertenecer a nuestra realidad.

Éramos dos caminantes avanzando por el Paseo del Prado, aunque quizá, sólo uno de nosotros fuera consciente de la existencia del otro. Ella continuaba algunos metros por delante, sin apresurar jamás el paso ni detenerse un solo instante, mientras yo, procurando que la distancia permaneciera inalterable, iba descubriendo que aquel paseo, tantas veces recorrido durante años, comenzaba a mostrarse bajo una luz completamente distinta, como si la ciudad hubiera decidido desvelarme secretos que hasta entonces había guardado con la discreción de las viejas damas.

Creo que Madrid posee una forma singular de contemplar a quienes se enamoran: las ciudades pequeñas observan con minuciosidad y lo cuentan, pero las grandes, en cambio, parecen ignorarlo todo. Sin embargo, aquella mañana tuve la impresión de que los edificios del Salón del Prado nos seguían con la misma curiosidad silenciosa con que los ancianos contemplan desde un banco el paso de dos desconocidos cuyo destino creen intuir, sin llegar a conocer.

Ella cruzó lentamente frente al Palacio de Buenavista. El viento levantó apenas el borde de su gabardina y durante un instante creí ver cómo una de las hojas desprendidas de un plátano descendía describiendo un giro perfecto hasta depositarse sobre su hombro izquierdo. Pensé que la retiraría con un gesto distraído, pero la hoja permaneció allí unos segundos, como si también quisiera acompañarla en el camino, hasta que una nueva ráfaga volvió a elevarla, alejándola hacia la verja del Retiro.

No pude evitar sonreír. Siempre he pensado que los árboles poseen una cortesía que los hombres hemos ido perdiendo con el paso de los siglos.

-Si supieras cuánto te envidian… —murmuré para mí, contemplando las largas alineaciones de plátanos que escoltaban el paseo.

Ella no volvió la cabeza. Naturalmente. Sin embargo, disminuyó imperceptiblemente la velocidad de sus pasos. Fue algo tan leve que cualquier otro lo habría atribuido al azar. Yo, en cambio, sentí una inesperada alegría, como si aquella mínima vacilación hubiera sido una respuesta.

Entonces continué hablándole.

-Hace más de doscientos cincuenta años, donde ahora paseamos, sólo existía un terreno desigual recorrido por un arroyo que descendía sin prisa buscando el Manzanares. Nadie imaginaba que un rey llegaría a convertir este lugar en la avenida más hermosa de España. Carlos III no quería únicamente embellecer Madrid; deseaba enseñar a los madrileños que la belleza también educa, que un paseo puede convertirse en una escuela al aire libre y que las fuentes, los jardines y los edificios pueden hacer mejores a quienes los contemplan.

Mientras pronunciaba aquellas palabras advertí que no estaba intentando impresionarla. Aquella necesidad tan humana de exhibir lo que uno sabe había desaparecido por completo. Le hablaba como se habla a una persona muy querida cuando uno desea regalarle algo que ama profundamente, porque comprendí que el conocimiento sólo alcanza su verdadera dignidad cuando deja de servir al orgullo y comienza a convertirse en un acto de generosidad.

Llegamos a la altura de la fuente de Apolo; el dios permanecía inmóvil sobre su pedestal, sosteniendo la lira con una serenidad que parecía desafiar al tiempo. La piedra, todavía húmeda por la lluvia, devolvía reflejos plateados que hacían sentir, por un instante, que el mármol respiraba.

Ella levantó muy ligeramente la cabeza y no miró la estatua: miró la luz.

Aquello me emocionó de una manera que no habría sabido explicar.

Hay personas que contemplan las cosas, otras contemplan la claridad que las envuelve, y esa diferencia basta para comprender que pertenecen a un mundo distinto.

Continuamos caminando sin hablar.

En realidad, sólo yo rompía el silencio de vez en cuando con alguna observación dicha casi en voz baja, mientras el rumor constante del agua de las fuentes acompañaba nuestras pisadas. Nunca había reparado en que las tres grandes fuentes del Salón del Prado no sólo estaban unidas por el trazado del paseo, sino también por una conversación silenciosa que llevaba más de dos siglos desarrollándose entre ellas. Imaginé a Cibeles recordando las montañas de Frigia, a Neptuno escuchando eternamente el rumor de mares lejanos y a Apolo dejando caer sobre ambos la luz de cada amanecer, como un director de orquesta que marca el compás de una música que sólo algunos privilegiados alcanzan a oír.

Sentí entonces un deseo casi infantil.

-Algún día… -susurré sin pensar-… me gustaría recorrer contigo este paseo sin necesidad de seguirte; caminar a tu lado, detenernos donde naciera una pregunta, sentarnos en un banco cualquiera mientras las hojas comenzaran a caer sobre nuestras rodillas y descubrir, al llegar la tarde, que las ciudades también pueden convertirse en refugio cuando la persona adecuada comparte nuestro silencio.

Ella siguió caminando y no respondió, pero juraría que la inclinación de su cabeza cambió apenas un instante, como si hubiera recibido aquellas palabras con la delicadeza con que se recibe una flor inesperada.

No era suficiente para demostrar nada, aunque, sin embargo, bastaba para alimentar la esperanza, porque la esperanza, comprendí en aquel momento, nunca necesita grandes certezas y solo le basta un pequeño gesto diminuto para seguir creciendo.

Cuando alcanzamos las inmediaciones del Jardín Botánico, advertí que el cielo comenzaba a abrirse lentamente hacia poniente. Entre las nubes aparecieron algunos jirones de azul y un rayo de sol descendió oblicuamente hasta iluminar su cabello. No fue un destello intenso; apenas una caricia dorada que duró unos segundos, pero bastó para que el gris de la mañana pareciera retirarse respetuosamente a un segundo plano.

Ella levantó la mano derecha y, sin volver la cabeza, rozó apenas con la yema de los dedos una rosa tardía que asomaba por encima de la bordura de uno de los jardines y la flor se inclinó.

No por efecto del viento. No por el peso de su mano. Se inclinó con la misma naturalidad con la que una persona inclina la cabeza al saludar a otra.

Me detuve no porque dudara de lo que acababa de ver, sino porque comprendí que, a partir de aquel instante, tendría que decidir si continuaba interpretando el mundo con las leyes de la razón o aceptaba que existen momentos en los que la realidad, discretamente, deja de obedecerlas.

Y sin pensarlo un segundo, eché de nuevo a andar tras ella, y  ya no seguía únicamente a una mujer. Seguía a un misterio.

La incertidumbre, lejos de inquietarme, comenzó a producirme una serenidad desconocida. Tal vez porque, por primera vez en muchos años, había dejado de preguntarme adónde iba y me conformaba con saber junto a quién deseaba caminar, aunque aquella cercanía no fuera otra cosa que la distancia de unos pocos metros cuidadosamente respetados.

Pensé entonces que la felicidad quizá no consistiera siempre en alcanzar aquello que se desea, sino en descubrir que el propio deseo es capaz de iluminar un camino que hasta ese instante había permanecido oculto bajo la costumbre.

En mi mente descubrí su nombre, que llegó no sé cómo: Manuela, que abandonó lentamente el Paseo del Prado y se dirigió hacia la glorieta de Carlos V. El edificio de la antigua estación de Atocha, con su fachada de ladrillo y piedra, aparecía envuelto por una luz indecisa que el sol arrancaba con esfuerzo a las nubes, mientras el ir y venir de viajeros componía ese espectáculo cotidiano en el que cada rostro parece contener una historia distinta. Durante unos minutos pensé que entraría en la estación y que todo concluiría allí, con un tren llevándosela hacia una ciudad desconocida y dejándome únicamente el recuerdo de una mañana absurda que, con el paso de los días, acabaría confundiendo con un sueño.

Sin embargo, no fue así. Llegó hasta la plaza, contempló durante unos instantes el movimiento de los viajeros y, sin vacilar un solo segundo, tomó el camino que discurría hacia el sur, como si la ciudad hubiera terminado para ella en aquel punto y el resto del trayecto debiera realizarse necesariamente a pie.

Aquello me sorprendió más de lo que estaba dispuesto a reconocer. En una época en la que las distancias parecen haberse convertido en un enemigo al que derrotar mediante la velocidad, aquella mujer elegía caminar. No un paseo de unos cientos de metros, sino un camino cuya longitud cualquiera habría considerado desproporcionada. Y, sin embargo, su determinación era tan natural que terminé aceptándola como se acepta la salida del sol o el regreso de las golondrinas en primavera.

Fue precisamente entonces cuando comprendí que llevaba casi una hora sin pensar en Egipto.

Me sorprendí sonriendo. Si alguno de mis amigos me hubiera visto en aquel instante, caminando hacia el sur de Madrid detrás de una mujer cuyo nombre todavía solo intuía, habría solicitado con toda probabilidad mi ingreso inmediato en la más cercana de las residencias para ancianos con vigilancia permanente. A mi edad, los hombres solemos preocuparnos por el colesterol, comparar presupuestos de viajes organizados o discutir apasionadamente sobre el fuera de juego del domingo anterior; yo, en cambio, acababa de aplazar un viaje a Egipto para seguir el perfume de una desconocida que parecía llevarse mejor con los árboles que con los hombres. Lo más extraordinario de todo era que jamás me había sentido tan razonablemente feliz haciendo algo tan manifiestamente irracional.

El país de los faraones, los templos que tanto deseaba volver a contemplar, la embajada, los visados y los preparativos del viaje habían desaparecido de mi pensamiento con una facilidad que habría considerado imposible apenas unos minutos antes. Aquello no me produjo remordimiento alguno; al contrario, experimenté la extraña sensación de que todos aquellos proyectos pertenecían ya a la vida del hombre que había resbalado en Velázquez, mientras que yo comenzaba a convertirme, paso a paso, en alguien distinto.

Abandonamos poco después las últimas calles del casco urbano. Madrid empezó a diluirse lentamente a nuestra espalda, no de forma brusca, sino con esa elegancia con que las grandes ciudades se despiden de quienes las aman, dejando que los edificios pierdan altura, que los árboles aparezcan más separados unos de otros y que el horizonte, hasta entonces aprisionado entre fachadas, recobre poco a poco su antigua libertad.

El aire cambió. Hasta ese momento había respirado el olor inconfundible de la ciudad: piedra húmeda, gasolina, café recién servido, periódicos, pan caliente y hojas mojadas. Ahora comenzaban a llegar otros aromas, más discretos, casi olvidados por quienes vivimos rodeados de asfalto: la tierra recién removida, los juncos de alguna cuneta escondida, la hierba húmeda y el perfume tenue de los almendros que crecían dispersos junto a algunos caminos. Nunca había sido consciente de que los olores también construyen paisajes.

Manuela parecía conocerlos todos. No caminaba mirando el suelo ni el horizonte; caminaba como si perteneciera a aquel territorio desde siempre, saludando apenas con una ligera inclinación de la cabeza a un viejo olmo que resistía junto a una tapia, deteniéndose un instante para contemplar una bandada de estorninos que giraba sobre un sembrado, reanudando después la marcha con la misma serenidad con que el agua continúa descendiendo por el cauce de un río.

Aquella naturalidad comenzó a despertar en mí una curiosidad nueva. Hasta entonces me había limitado a admirarla; ahora empezaba a preguntarme quién podía ser una mujer capaz de abandonar Madrid andando sin mostrar el menor signo de cansancio ni de duda.

Pensé en acelerar el paso y poner fin de una vez a aquel extraño juego de silencios. Bastaba con aproximarme, disculparme por seguirla desde hacía tanto tiempo y confesarle, con la torpeza inevitable de quien nunca ha hecho algo semejante, que había sentido la necesidad de conocerla desde el mismo instante en que nuestros ojos se cruzaron.

Llegué incluso a dar unos pasos más rápido.

Entonces ocurrió algo inesperado: una alondra levantó el vuelo desde el borde del camino y fue a posarse exactamente entre los dos. Permaneció allí apenas unos segundos inmóvil, observándome con esa mezcla de curiosidad y desconfianza propia de los animales salvajes, antes de alejarse describiendo un amplio círculo sobre nuestras cabezas.

No sé por qué razón, pero interpreté aquella escena como una advertencia. No debía romper todavía el silencio. Algunos encuentros necesitan madurar del mismo modo que los frutos necesitan permanecer un tiempo más en el árbol antes de desprenderse de la rama.

Reduje de nuevo la velocidad hasta recuperar la distancia inicial y, lejos de sentir frustración, experimenté un alivio difícil de explicar, porque comprendí que no deseaba conocer únicamente a aquella mujer y confirmar su nombre; deseaba comprender el misterio que la envolvía, y los misterios, como los viejos jardines, no se revelan a quienes entran en ellos corriendo.

El sol comenzaba ya a inclinarse lentamente hacia occidente cuando advertí que el campo entero parecía respirar al mismo compás que ella. Las espigas que aún permanecían en pie se balanceaban apenas un instante antes de su paso; los álamos dejaban caer alguna hoja aislada que descendía describiendo una espiral perfecta hasta posarse sobre el camino; incluso las nubes, deshilachadas por el viento de la tarde, parecían abrir discretamente un corredor de luz sobre el horizonte hacia el que ambos caminábamos.

Fue entonces cuando me asaltó un pensamiento tan inesperado como perturbador: quizá no era yo quien seguía a Manuela; quizá era ella quien, desde el mismo instante en que me preguntó si estaba bien, había comenzado a conducirme sin volver jamás la cabeza.

Y, por primera vez desde que abandonamos Madrid, dejé de preguntarme cuál era el destino de aquella mujer para empezar a preguntarme cuál era el mío.

El camino, que al abandonar Madrid todavía conservaba el aspecto de una carretera secundaria acompañada de algunas naves dispersas y de los inevitables talleres donde el hierro parece haber sustituido a los árboles, comenzó poco a poco a recuperar la dignidad antigua de las viejas sendas castellanas. El ruido del tráfico fue quedando atrás con una lentitud casi imperceptible, hasta convertirse en un rumor lejano que el viento traía y se llevaba como si no quisiera desprenderse del todo de la ciudad, mientras la tierra húmeda, recién lavada por la lluvia de la mañana, despedía ese olor profundo que sólo conocen bien  quienes han aprendido a examinar la naturaleza sin prisa.

Yo seguía sin experimentar cansancio. Aquello me sorprendía porque, aun siendo aficionado a los paseos largos, llevaba ya varias horas caminando sin haber sentido la necesidad de descansar, y, sin embargo, las piernas parecían obedecer a una voluntad distinta de la mía. Era como si el cuerpo hubiera comprendido antes que la razón que aquella jornada no admitía interrupciones.

Manuela mantenía exactamente el mismo paso, no aceleraba, no disminuía la marcha, no volvía la cabeza.

Era una cadencia tan regular que terminé utilizándola como medida del tiempo. Dejé de mirar el reloj. ¿Para qué? Las agujas pertenecían al mundo que habíamos dejado atrás. Allí, entre los caminos abiertos y el cielo inmenso de la campiña madrileña, el tiempo parecía medirse por la longitud de las sombras, por el vuelo de las aves o por la manera en que la luz iba cambiando lentamente el color de los sembrados.

Fue entonces cuando advertí algo que hasta ese momento había pasado inadvertido: los animales no le tenían miedo.

Un conejo salió de entre unos matorrales, cruzó el camino delante de ella y, lejos de huir precipitadamente, permaneció unos instantes inmóvil, observándola, antes de desaparecer tranquilamente entre los tomillos. Poco después fueron dos perdices las que levantaron un corto vuelo para posarse apenas unos metros más allá, sin el sobresalto que suele producir la presencia humana, y más tarde un zorro, de hermoso pelaje rojizo, apareció durante unos segundos sobre un pequeño altozano, contemplándola con una quietud casi reverencial antes de internarse de nuevo entre las retamas.

No era normal.

Había pasado demasiadas horas en el campo para saber que en general, los animales salvajes, distinguen enseguida al hombre y suelen alejarse mucho antes de que éste pueda acercarse.

Con Manuela ocurría exactamente lo contrario: parecía como si la reconocieran.

No encontré otra explicación y cuando la razón deja de ofrecer respuestas, la imaginación comienza a trabajar con una libertad extraordinaria.

El sol iniciaba ya su descenso cuando el camino se estrechó entre dos alineaciones de almendros. Sus troncos, todavía oscuros por la humedad, parecían custodiar aquel pequeño corredor vegetal con la solemnidad de quienes llevan mucho tiempo esperando el paso de alguien. Ella penetró bajo las ramas sin modificar el ritmo de la marcha y yo la seguí unos metros detrás, sintiendo que el silencio aumentaba de intensidad a cada paso.

Entonces ocurrió algo tan sencillo que aún hoy me sorprende al recordarlo: una almendra madura cayó al suelo delante de ella, rodando lentamente hasta detenerse junto a uno de sus zapatos.

Manuela se inclinó con una elegancia que ninguna escuela puede enseñar, recogió el fruto entre los dedos, lo observó unos instantes como si saludara a un viejo conocido y volvió a depositarlo cuidadosamente al pie del árbol.

Aquella delicadeza me conmovió profundamente. Comprendí que sólo quien ama de verdad la naturaleza, devuelve a la tierra aquello que la tierra le ofrece cuando no lo necesita. Y pensé, no sin cierta tristeza, que nosotros habíamos olvidado hacía mucho tiempo esa cortesía.

El camino desembocó finalmente en una pequeña venta de paredes encaladas. Debía de llevar allí muchas décadas, quizá más de un siglo, porque la hiedra cubría buena parte de la fachada y el emparrado que protegía la entrada parecía tan viejo como la propia casa. Dos bancos de madera descansaban junto a la puerta y un pozo, perfectamente conservado, ocupaba un lateral del pequeño patio.

Manuela se detuvo, pero no entró, contemplando durante unos segundos la vieja construcción.

Yo aproveché para acercarme hasta uno de los bancos, convencido de que, por fin, iba a reunir el valor suficiente para hablarle.

En ese instante se abrió la puerta de la venta. Saliendo un anciano muy alto, vestido con un chaleco de pana color avellana y una boina que debía de haber conocido inviernos mejores. Caminaba apoyándose en un bastón de acebuche, cuya madera, pulida por el uso, brillaba como el ámbar bajo la luz del atardecer y no miró a Manuela, me miró directamente a mí.

Y sonrió.

Una sonrisa de esas que no nacen en los labios, sino en los ojos.

-Llega usted con retraso.

Me sorprendió aquella afirmación.

-¿Perdone?

-Ella siempre pasa un poco antes de que el sol empiece a esconderse detrás de aquellos cerros.

Sentí que el corazón daba un vuelco.

-¿La conoce?

El anciano dirigió por fin la vista hacia el lugar donde se encontraba Manuela.

Ella seguía inmóvil, contemplando el camino que se abría hacia el sur. El anciano inclinó muy levemente la cabeza, como quien saluda a una persona querida.

Después volvió a mirarme.

-Mire… -dijo con una serenidad que todavía hoy resuena en mi memoria-. Hay personas a las que uno no conoce, simplemente las recuerda.

No entendí aquellas palabras. Ni siquiera estaba seguro de haberlas oído correctamente.

– ¿Cómo dice?

Pero el anciano ya no respondió. Entró de nuevo en la venta con la misma calma con la que había salido, cerró la puerta tras de sí y el silencio volvió a adueñarse del lugar.

Permanecí inmóvil unos segundos y después volví la vista hacia Manuela.

Ella había reanudado la marcha, como si hubiera sabido desde el principio, que aquella conversación tenía que producirse exactamente allí y terminar en aquel momento.

Y yo, sin comprender todavía por qué empezaba a sentir que caminaba no sólo detrás de una mujer, sino también detrás de una historia mucho más antigua que ambos, eché nuevamente a andar.

…Y, volví a dejar de preguntarme cuál era el destino de aquella mujer, para hacerlo por el mío.

Aquel pensamiento, lejos de inquietarme, me produjo una paz inesperada, semejante a la que experimenta quien, después de haber intentado durante años gobernar el curso de un río, comprende al fin que toda resistencia ha sido inútil y decide dejarse llevar por la corriente, descubriendo con sorpresa que el agua conoce mucho mejor el camino que el propio navegante.

Siempre había creído que la libertad consistía en elegir cada uno de los pasos de nuestra existencia, pero mientras contemplaba la figura de Manuela alejándose con aquella cadencia que parecía no pertenecer al tiempo de los hombres, empecé a sospechar que tal vez la verdadera libertad consistiera en reconocer el instante en que el destino llama discretamente a nuestra puerta y tener el valor suficiente para abrirle sin exigirle explicaciones.

El sol continuaba descendiendo lentamente hacia las suaves ondulaciones del horizonte, dorando las tierras de labor con una luz tan delicada que los terrones recién volteados parecían haber sido espolvoreados con un polvo finísimo de cobre viejo, mientras las sombras de los árboles comenzaban a alargarse a un lado del camino, como si también ellas sintieran la necesidad de estar juntas antes de que llegara la noche.

Manuela seguía avanzando con la misma naturalidad con la que una golondrina atraviesa el aire o un arroyo encuentra el cauce que ha de conducirlo hasta el río, sin mostrar cansancio, impaciencia, ni esa leve alteración del paso que inevitablemente acaba delatando a quienes llevan demasiadas horas caminando; era como si la distancia no existiera para ella, o como si hubiera aprendido, mucho tiempo atrás, que las jornadas no deben medirse por los kilómetros recorridos sino por aquello que sucede en el interior de quien las emprende.

Fue entonces cuando advertí que el perfume que la acompañaba había comenzado a transformarse. Ya no predominaba aquella fragancia difícil de definir que había percibido en la esquina de Velázquez con Ayala, mezcla de flores, lluvia y recuerdos que jamás había vivido, sino que el aire traía ahora un aroma nuevo, apenas insinuado, que me recordó enseguida los castaños cuando empiezan a desprenderse de sus hojas en los primeros días de otoño. Aquello me hizo sonreír sin saber por qué, pues la memoria posee caminos propios y, aunque yo nunca había vivido junto a un bosque de castaños, aquel olor despertaba en mí una nostalgia antigua, la certeza de estar regresando a un lugar que, sin embargo, nunca había conocido.

Mientras trataba de comprender el origen de aquella emoción, un viento suave descendió desde poniente y comenzó a mover lentamente las copas de los árboles que bordeaban el camino. No era un viento frío ni impetuoso; tenía la dulzura de las tardes en que el verano acaba de despedirse y el otoño todavía no se ha decidido a ocupar su lugar, y traía consigo un rumor tan tenue que más parecía una conversación mantenida a gran distancia que el simple roce de las hojas; siempre he pensado que el viento habla un idioma anterior al de los hombres, una lengua que olvidamos en algún momento de la infancia y cuya música seguimos reconociendo aunque ya no seamos capaces de comprender sus palabras; quizá por eso, tuve la impresión de que aquel murmullo no nacía del azar, sino que acompañaba deliberadamente los pasos de la mujer que caminaba delante de mí, del mismo modo que una vieja melodía acompaña a quien regresa a su casa después de una larga ausencia.

Continuamos avanzando sin que ninguno de los dos pareciera sentir la necesidad de romper el silencio. Yo había dejado incluso de preguntarme si ella era consciente de mi presencia, porque empezaba a comprender que aquella duda carecía de importancia; si lo sabía, respetaba mi decisión de permanecer a cierta distancia, y si no lo sabía, resultaba aún más extraordinario que dos personas pudieran compartir un mismo camino durante tantas horas unidas únicamente por una especie de acuerdo silencioso, cuya existencia nadie habría sido capaz de demostrar. Aquella situación, que en cualquier otro momento de mi vida me habría parecido absurda, comenzaba a adquirir una naturalidad sorprendente, como si el mundo entero hubiera aceptado que las palabras no siempre constituyen el mejor puente entre dos seres humanos y que existen ocasiones, en las que basta caminar bajo el mismo cielo para empezar a conocerse.

Al volver ligeramente la vista hacia el norte, distinguí, ya muy lejana, la silueta de Madrid recortándose sobre una bruma oscura que la distancia comenzaba a difuminar: las torres, las cúpulas y los edificios más altos parecían flotar sobre el horizonte como el recuerdo de una ciudad soñada, y experimenté una emoción extraña al comprender que apenas habían transcurrido unas horas desde que abandoné aquella esquina del barrio de Salamanca convencido de que iba a realizar una sencilla gestión administrativa. Pensé entonces que la vida posee un refinamiento extraordinario para esconder los grandes acontecimientos bajo la apariencia de los más insignificantes, y que quizá todos los hombres, al volver la vista hacia su pasado, podrían señalar un instante aparentemente trivial -una conversación, una carta, una lluvia inesperada o un simple resbalón sobre una acera mojada-, a partir del cual comenzaron, sin advertirlo, a convertirse en personas distintas de las que habían sido hasta entonces.

Y mientras esa reflexión iba tomando forma en mi pensamiento, vi cómo Manuela se detenía, no porque dudara del camino ni porque necesitara descansar, sino porque, a unos metros de nosotros, el sendero se dividía en dos direcciones distintas: una continuaba paralela a la carretera, amplia y bien marcada por el paso de vehículos agrícolas, mientras la otra, mucho más estrecha, apenas era una vereda de tierra que se internaba entre un pequeño soto de álamos cuya sombra comenzaba a fundirse con la del anochecer. Permaneció inmóvil unos segundos contemplando ambos caminos con una serenidad que excluía cualquier vacilación y, cuando un rayo de sol iluminó fugazmente su rostro, comprendí que no estaba eligiendo entre dos sendas, sino recordando una decisión tomada mucho tiempo atrás, porque hay lugares a los que no se llega por casualidad, del mismo modo que hay personas cuyo encuentro comienza mucho antes de que sus miradas se crucen por primera vez.

Sin mostrar la menor vacilación, Manuela abandonó el camino principal y tomó la vereda que se internaba bajo los álamos, cuyos troncos, rectos y blanquecinos, parecían sostener el cielo de la caída de la tarde con dignidad silenciosa, mientras sus hojas, agitadas por una brisa apenas perceptible, producían ese rumor inconfundible que recuerda al de un río lejano cuando discurre oculto entre la vegetación. La curva que describía la vereda entre los álamos me la ocultó durante apenas unos segundos, pero fueron suficientes para que mi corazón olvidara toda la serenidad que había aprendido a fingir desde que abandonamos Madrid. Por primera vez desde aquella mañana sentí miedo. No miedo a haberme perdido, sino a haber llegado demasiado tarde. Pensé, con una tristeza tan inesperada como intensa, que quizá algunas personas pasan una sola vez por nuestra vida y que basta detenerse un instante para perderlas para siempre. Apreté el paso con una urgencia impropia de quien había pasado toda la jornada aprendiendo a caminar sin prisa y, justo cuando comenzaba a reprocharme mi absurda confianza, una ligera ráfaga de viento me devolvió el perfume de Manuela. Entonces sonreí. Comprendí que aún seguía allí, algunos pasos por delante, esperándome quizá no a mí, sino al hombre en que lentamente me estaba convirtiendo.

Yo la seguí con el mismo respeto con que un peregrino entra en un templo desconocido, procurando que mis pasos no alterasen aquella paz que comenzaba a envolverlo todo, porque tenía la impresión de que incluso el menor ruido podría romper el delicado equilibrio que adornaba nuestra llegada.

La escasa luz se filtraba entre las ramas, formando sobre el suelo un mosaico cambiante de sombras y reflejos dorados, y pensé que el bosque posee una forma de iluminar distinta a la de las ciudades. En Madrid la luz rebota sobre las fachadas, se multiplica en los escaparates y termina por confundirse con el movimiento incesante de las personas; allí, en cambio, descendía lentamente desde las copas de los árboles hasta la tierra, como si quisiera detenerse en cada hoja antes de continuar su viaje, y esa lentitud obligaba también a la mirada, a demorarse en los pequeños detalles que la prisa suele condenar al olvido: una telaraña suspendida entre dos ramas que retenía aún diminutas gotas de lluvia semejantes a cuentas de cristal; un tronco cubierto de líquenes cuyo dibujo recordaba el perfil de antiguos mapas; el vuelo vacilante de una mariposa blanca que parecía incapaz de decidir cuál de las innumerables flores silvestres merecería su atención…

Nunca había comprendido hasta aquel momento, cuánto empobrece al hombre la costumbre. Había atravesado en mi vida bosques, montes, cordilleras, jardines y caminos innumerables, pero casi siempre con un destino demasiado preciso como para conceder importancia a lo que quedaba a uno y otro lado del sendero.

Aquella tarde sucedía exactamente lo contrario: el camino importaba más que el lugar al que pudiera conducirnos, y esa sencilla inversión de los términos comenzaba a modificar lentamente mi manera de contemplar el mundo, porque descubrí que la verdadera riqueza de un viaje no reside únicamente en el punto de llegada, sino en la capacidad de dejarse transformar por aquello que encontramos mientras avanzamos.

Fue entonces cuando advertí que Manuela había levantado ligeramente la mano izquierda y permitía que las yemas de sus dedos rozasen apenas las hojas más bajas de los álamos, no con el gesto distraído de quien juega mientras camina, sino con la delicadeza de quien saluda a viejos amigos cuya presencia le resulta tan necesaria como el aire que respira. Ninguna rama se quebró bajo aquel roce; antes bien, me pareció que las hojas prolongaban un instante su contacto con aquella mano antes de regresar suavemente a su lugar, y comprendí que no era posible contemplar aquella escena, sin sentir que existía entre la mujer y la naturaleza una intimidad tan antigua que las palabras resultan insuficientes para describirla.

No pude evitar recordar entonces a mi madre, que solía decir cuando yo era niño, que los árboles conocen el nombre de quienes los aman de verdad y que, aunque los hombres hayamos olvidado escucharlos, ellos continúan reconociéndonos por la forma de acercarnos a su sombra; durante muchos años sonreí cada vez que evocaba aquella afirmación, atribuyéndola a una de esas hermosas exageraciones con que las madres intentan despertar la sensibilidad de sus hijos; sin embargo, mientras contemplaba a Manuela caminar entre los álamos con aquella naturalidad, que le hacía parecer formar parte del bosque, comprendí que quizá mi madre no había exagerado en absoluto, y que únicamente había expresado mediante una sencilla imagen, una verdad para la que nosotros, tan orgullosos de nuestra razón, habíamos dejado de encontrar lenguaje.

La vereda describía ahora una suave curva hacia poniente y, al salir del pequeño soto, el paisaje volvió a abrirse de improviso ante nuestros ojos. A lo lejos se extendían las tierras de labor, interrumpidas aquí y allá por pequeñas manchas de encinas y olivares, que el sol poniente envolvía con una claridad ámbar, mientras una bandada de grullas cruzaba lentamente el cielo, formando esa figura cambiante que siempre hace pensar en un códice escrito sobre el aire por una mano paciente y antigua. Manuela se detuvo apenas un instante para contemplarlas: no levantó completamente la cabeza; bastó un leve movimiento de sus ojos para seguir su vuelo hasta que desaparecieron hacia el sur, y una sonrisa tan leve que apenas alcanzó a dibujarse en la comisura de sus labios iluminó fugazmente su rostro con una expresión que no era de alegría ni de nostalgia, sino de reconocimiento, como si aquellas aves hubieran cumplido puntualmente una cita que ambas llevaban esperando desde hacía muchos años.

Yo también miré al cielo, aunque, para mi sorpresa, ya no seguía el vuelo de las grullas. Seguía la dirección de su mirada: empezaba a comprender, que cuanto más intentaba conocer a Manuela, menos necesitaba formular preguntas, porque existía una forma de conocimiento mucho más profunda que la de las respuestas: bastaba observar aquello que ella contemplaba, escuchar los silencios que elegía y aceptar que ciertas personas explican su vida con la manera en que se detienen ante un árbol, una flor o un horizonte, sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Y fue precisamente en aquel instante, mientras el último resplandor de la tarde parecía demorarse sobre la llanura como si se resistiera a abandonar aquel lugar, cuando el aire volvió a traer hasta mí el perfume de Manuela, sólo que esta vez ya no me habló de lluvia, ni de castaños ni de jardines olvidados, sino de algo mucho más difícil de nombrar: olía al hogar. No al hogar concreto de una casa, de una habitación o de una ciudad, sino a ese lugar invisible donde el alma deja de sentirse extranjera y comprende, sin necesidad de razonarlo, que ha llegado al sitio donde siempre estuvo destinada a estar. En ese mismo instante dejé de preguntarme si había sido una imprudencia abandonar la Embajada de Egipto para seguir a una desconocida, porque comprendí que existen viajes cuya importancia no depende de los kilómetros recorridos, sino de la persona en cuya compañía descubrimos, por primera vez, el verdadero camino de regreso hacia nosotros mismos.

…Sentí que su pretensión nunca fue enamorarme, sino transformarme.

No creo que exista misión más hermosa. El amor que únicamente busca ser correspondido termina casi siempre mirando hacia sí mismo, mientras que el verdadero amor, el que apenas se atreve a pronunciar su nombre, sólo desea que la otra persona llegue a ser aquello para lo que estaba destinada desde el principio, aunque ese camino termine alejándola de nosotros.

Manuela parecía pertenecer a esa extraña estirpe de seres cuya presencia ilumina una vida durante un breve instante para desaparecer después sin pedir gratitud ni memoria, del mismo modo que la aurora no reclama agradecimiento alguno por anunciar la llegada del día.

Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que ella conocía el camino mucho antes de poner el primer pie sobre la acera de la calle Velázquez y de que mi presencia no había alterado en absoluto sus planes; al contrario, comenzaba a sospechar que era yo quien había sido incorporado discretamente a un itinerario que llevaba largo tiempo esperándome. Aquella idea, que en cualquier otro momento habría rechazado por absurda, me parecía ahora de una sencillez racional, porque hay verdades que sólo resultan incomprensibles mientras intentamos explicarlas y que, sin embargo, adquieren una claridad absoluta en cuanto dejamos de exigirles razones.

Pensé entonces en todos los encuentros que habían ido construyendo mi existencia y comprendí, no sin cierta melancolía, que casi siempre había atribuido al azar lo que quizá pertenecía al territorio mucho más delicado de la Providencia. Había conocido personas que permanecieron junto a mí durante años sin dejar apenas huella y otras cuya compañía apenas ocupó un tiempo menor, pero cuya influencia seguía creciendo silenciosamente con el paso del tiempo, como esas semillas que permanecen ocultas bajo la tierra durante todo un invierno hasta que una mañana de primavera deciden abrirse paso hacia la luz.

Tal vez, la duración nunca haya sido la verdadera medida de la importancia de un encuentro, y quizá por eso algunos seres consiguen cambiar una vida con una sola mirada, mientras otros son incapaces de hacerlo después de compartir toda una existencia.

Fue en ese momento cuando recordé una vieja inscripción latina que había leído muchos años atrás en un monasterio castellano y cuyo significado apenas comprendí entonces: Non quia diu, sed quia satis. No importa cuánto dure, sino que haya sido suficiente. Durante mucho tiempo, pensé que aquellas palabras hablaban de la muerte; ahora comenzaba a comprender que hablaban también del amor, de la amistad y de todos los dones que la vida deposita en nuestras manos sin prometer jamás que vayan a permanecer en ellas.

De repente advertí que el verdadero temor que me había acompañado desde que salí de Madrid, no era perder de vista a Manuela. Ese miedo, era apenas la superficie de otro mucho más profundo y antiguo, el de regresar a mi vida anterior sin haber entendido por qué había tenido el privilegio de encontrarla. Porque todos los hombres, incluso los más satisfechos con su existencia, guardamos en algún rincón del corazón la secreta esperanza de que un día suceda algo capaz de demostrar que nuestros pasos no han sido una simple sucesión de casualidades, sino las estaciones de un camino cuyo sentido sólo se revela cuando se contempla desde el final.

Y fue precisamente entonces cuando comprendí cuál debía ser la última frase de esta historia, aunque todavía faltaran muchos kilómetros para alcanzarla y muchas páginas por escribir. No la anoté ni la pronuncié en voz alta; bastó con sentir que había encontrado la brújula que necesitaba para continuar caminando, porque desde aquel instante dejé de seguir a Manuela con el deseo de alcanzarla y empecé a hacerlo con la humilde gratitud de quien ha comprendido que existen personas cuya mayor generosidad consiste, precisamente, en no detener nunca el paso, obligándonos así a descubrir que el verdadero viaje no termina cuando llegamos junto a ellas, sino cuando aprendemos a caminar con la misma serenidad con que ellas lo hicieron siempre.

Entendí entonces que llevaba horas formulándome la pregunta equivocada. Había creído que el sentido de aquel viaje consistía en alcanzar a Manuela, en descubrir quién era, de dónde venía o por qué había aparecido en una esquina cualquiera de Madrid precisamente el día en que yo resbalé sobre una acera mojada; sin embargo, mientras el crepúsculo iba apagando lentamente los colores del campo y la silueta de aquella mujer continuaba alejándose con la misma serenidad con que una estrella recorre el cielo sin preocuparse de quién la contempla, advertí que todas aquellas preguntas pertenecían al hombre que había salido de su casa aquella mañana, no al que ahora caminaba detrás de ella.

Pensé que hay encuentros cuyo verdadero significado sólo se revela cuando dejamos de interrogarlos y aceptamos, con la humildad de quien recibe un regalo inmerecido, que algunas respuestas únicamente se conceden a quienes han tenido la paciencia de recorrer todo el camino.

Manuela nunca había apresurado el paso ni había vuelto la cabeza para comprobar si continuaba siguiéndola, porque no era necesario. Desde el primer instante, había sabido que no caminábamos hacia el mismo lugar, aunque nuestros pasos coincidieran sobre la misma tierra. Ella avanzaba con la serenidad de quien conoce el final del sendero; yo lo hacía con la incertidumbre de quien empieza a sospechar que el verdadero destino no se encuentra al término del viaje, sino en la transformación silenciosa que el propio viaje va obrando dentro de nosotros.

Y mientras esa certeza iba ocupando lentamente el lugar donde hasta entonces estaban mis dudas: nació en mí, un pensamiento que ya nunca habría de abandonarme, una de esas pocas verdades que llegan sin hacer ruido y que, precisamente por ello, permanecen para siempre.

Hay personas cuya misión no consiste en acompañarnos durante toda la vida, sino en conducirnos, con infinita delicadeza, hasta el umbral de la nuestra.

Mucho tiempo después, comprendería que Manuela jamás pretendió que la alcanzara, porque algunas presencias no llegan para ser poseídas, ni siquiera para ser comprendidas del todo; llegan únicamente para abrir una puerta invisible, retirarse en silencio y dejarnos frente a ella con la libertad suficiente para decidir si tenemos el valor de cruzarla. Aquel umbral no conducía a la casa que todavía ignoraba, ni al secreto que aún me aguardaba entre los viejos rosales de la casa de Titulcia, sino a una región mucho más difícil de alcanzar: esa en la que un hombre deja de preguntarse qué espera de la vida, para empezar, por fin, a preguntarse, qué espera la vida de él.

Sólo cuando dejé de ver a Manuela comprendí que nunca había perdido su compañía, porque hay seres cuya forma de permanecer, consiste precisamente en enseñarnos a caminar sin ellos.  Manuela nunca había desaparecido, sencillamente había terminado de enseñarme el camino

Y, mientras regresaba lentamente hacia Madrid, tuve la certeza de que algunos caminos sólo terminan cuando uno deja de necesitarlos, porque continúan para siempre dentro de quien ha aprendido a recorrerlos.

Desde aquel día, cada vez que atravieso el Paseo del Prado y el viento trae consigo el olor de la lluvia sobre la piedra antigua, no levanto la vista esperando encontrarla. Camino serenamente, con la íntima certeza de que algunas personas no vuelven porque, en realidad, nunca llegaron a marcharse.

Y entonces sonrío.

Porque sé que ya he cruzado el umbral.

Hoy el optimismo pidió un descanso.

Son las 05,00 de la mañana, y hoy he dormido regular, rebozado por terremotos, incendios, corrupciones y tontos: así que me levanto, y aun medio dormido, me pongo a escribir las ensoñaciones, que recomiendo no leer porque estoy negativo.

La humanidad ha sobrevivido a glaciaciones, pestes, guerras mundiales, inquisiciones, imperios, dictadores, salones empapelados y hasta al gotelé. Sin embargo, nada parece haber preparado del todo al ser humano contemporáneo, para la experiencia verdaderamente devastadora de recibir un correo electrónico un domingo a las once de la noche con el asunto: “Pequeños cambios”.

Vivimos tiempos extraordinarios, tan extraordinarios, que uno ya no sabe si está participando en la Historia o en una prueba piloto defectuosa de alguna civilización extraterrestre. Todo sucede a la vez y todo exige atención inmediata: el planeta se recalienta, la economía se enfría, la política se pudre, los teléfonos nos escuchan y, aun así, el mayor drama cotidiano consiste en recordar una contraseña que necesariamente debe incluir una mayúscula, algún número, un símbolo del jeroglífico hitita y el nombre de un animal mitológico.

El ser humano actual vive en un estado de tensión tan permanente que ya ni siquiera se considera nervioso: se considera funcional. Se levanta cansado, desayuna mirando titulares catastróficos y sale a trabajar con esa mezcla de resignación y heroísmo que antes solo tenían los grandes exploradores. Lo admirable es que, todavía haya personas capaces de silbar por la calle o de cuidar geranios en un balcón, demostración de que la especie conserva un pequeño núcleo de dignidad biológica.

Mientras tanto, arriba, en las alturas solemnes donde se gobierna el mundo, la clase política ofrece cada día un espectáculo tan desconcertante, que uno empieza a sospechar que las oposiciones para dirigir países consisten en superar pruebas psicológicas inversas, porque hay que reconocer que nuestros dirigentes poseen un talento singular: jamás decepcionan en su capacidad de empeorar una situación sencilla.

Antes, los líderes mundiales daban miedo, pero ahora producen algo mucho más inquietante que es la fatiga administrativa. Uno los escucha hablar y siente que el planeta entero ha quedado en manos de una comunidad de propietarios mal avenida. Comparecen ante las cámaras con gráficos incomprensibles, expresiones de preocupación institucional y frases cuidadosamente diseñadas para no significar absolutamente nada: “Estamos trabajando intensamente”, “Se están evaluando escenarios”, “La situación requiere prudencia.”

El problema de la política moderna no es ya la corrupción, el cinismo o la incompetencia -que son tradiciones antiguas y casi folclóricas-, sino la teatralidad agotadora. Todo se ha convertido en representación. Los parlamentos parecen programas de entretenimiento agresivo donde adultos perfectamente vestidos se insultan como concursantes encerrados en una casa, faltando solamente que el presidente de una Cámara, anuncie expulsiones por whatsapp o sms.

Las ideologías, por otra parte, han degenerado en departamentos de marketing emocional. Ya nadie quiere convencer al ciudadano; basta con enfadarlo correctamente. La política actual consiste en administrar indignaciones como quien distribuye pienso en una granja industrial. Cada partido posee su catálogo específico de enemigos: los ricos, los pobres, los empresarios, los inmigrantes, los funcionarios, los ciclistas, los que comen gluten, los que no reciclan bien el cartón, los jubilados…

Y el ciudadano, naturalmente, colabora, porque el ciudadano moderno tiene una extraña necesidad de opinar sobre absolutamente todo. Antes una persona podía morirse sin haber emitido jamás un juicio sobre geopolítica internacional, pero hoy cualquiera desayuna explicando en redes sociales cómo resolver el conflicto de Oriente Medio, reformar el sistema monetario o entrenar adecuadamente a la selección nacional.

Internet ha democratizado algo palmario: la ignorancia.

Nunca fue tan sencillo parecer experto: basta con hablar muy seguro y utilizar palabras como “narrativa”, “contexto” o “resiliencia”. Si además, uno frunce ligeramente el ceño y menciona algoritmos, ya puede dirigir un foro importante.

El sistema económico contemporáneo por su parte, merece un estudio psiquiátrico. El capitalismo ha alcanzado tal grado de sofisticación que ha conseguido transformar la ansiedad en motor productivo, no explotando solamente el tiempo del trabajador sino también su atención, su descanso y hasta sus inseguridades.

Uno abre el teléfono para consultar la hora, y veinte minutos después sigue viendo vídeos de un millonario californiano explicando que la clave del éxito consiste en levantarse a las cuatro de la mañana, ducharse con agua helada y agradecerle al universo la oportunidad de contestar ciento cuarenta correos diarios.

La humanidad pasó siglos soñando con liberarse del trabajo gracias a la tecnología, y ahora la tecnología permite trabajar a todas horas, siendo difícil no admirar la genialidad del sistema. El esclavo antiguo, al menos, sabía que era esclavo, sin embargo, el trabajador de hoy se llama a sí mismo “colaborador”, “freelance” o “emprendedor independiente”, términos elegantísimos que significan básicamente “persona que contesta mensajes mientras cena”.

El teléfono móvil merece un capítulo aparte en la historia de la decadencia humana. Nos prometieron un instrumento de libertad y hemos terminado desarrollando con él una relación afectiva parecida a la dependencia emocional. El ciudadano actual toca más veces su teléfono que a otros seres humanos, experimentando algunos individuos angustia, si el aparato desaparece durante más de pocos minutos, lo cual convierte a una mala cobertura en experiencia mística.

Hay gente que duerme con el móvil bajo la almohada, como si esperara recibir instrucciones estratégicas de la OTAN durante la madrugada y quizá las espere, porque el mundo contemporáneo vive dominado por una sensación permanente de emergencia. Todo es urgente, histórico y decisivo. Cada semana ocurre algo “sin precedentes”. El resultado es que la población ha desarrollado una fatiga catastrófica muy peculiar; si mañana un volcán apareciera en mitad de Bruselas, media Europa preguntaría primero si dificultará el tráfico.

El resumen, es que el ciudadano moderno ya no aspira a la felicidad, necesita solamente que no le compliquen más la semana.

Los gobiernos anuncian reformas económicas con el mismo tono que los dentistas anuncian extracciones. Siempre “por el bien común”. El bien común es una entidad abstracta que curiosamente jamás aparece para agradecer el sacrificio. Uno paga más impuestos, más alquiler, más electricidad y más suscripciones digitales mientras escucha que la economía “crece sólidamente”. Debe de crecer en otra casa, porque en la del ciudadano solo crece el precio del aceite.

En otro tiempo -en el mundo clásico-, el bien común –eudaimonía o bonum commune-, no se entendía como la suma de intereses individuales, sino como el marco ético y político indispensable para la autorrealización del ciudadano. Para griegos y romanos, el individuo solo alcanzaba la plenitud subordinándose al bienestar colectivo.

Comprar una vivienda se ha convertido en una actividad quimérica y las nuevas generaciones hablan de la propiedad inmobiliaria como los medievales hablaban del Santo Grial: algo legendario que quizá existió realmente, pero que nadie cercano ha poseído jamás.

Y, aun así, el sistema insiste en llamar “jóvenes” a personas de cuarenta años que comparten piso, tienen lumbalgia y calculan si pueden permitirse un aguacate sin poner en peligro la jubilación.

La jubilación: ¡Qué concepto tan conmovedoramente optimista¡; antiguamente, uno imaginaba y más o menos se cumplía, que la vejez podía ser una etapa tranquila dedicada a cuidar nietos, jugar a las cartas o hacer como que se juega al golf y regar plantas. Hoy el ciudadano sospecha que se jubilará aproximadamente tres días antes del colapso vital.

Pero lo verdaderamente extraordinario es la capacidad humana para adaptarse al absurdo; el hombre soporta condiciones ridículas con una serenidad admirable: hace cola para pagar por ver anuncios en plataformas digitales, acepta términos legales más largos y naturalmente menos buenos literariamente que alguna novela de Tolstoi, para utilizar aplicaciones cuya finalidad principal consiste en añadir orejas de conejo a las fotografías, e incluso el lenguaje se ha contaminado de economía corporativa. Ya nadie tiene problemas: tiene áreas de mejora, nadie despide empleados: redimensiona recursos, nadie fracasa: reinventa su trayectoria; el capitalismo moderno no solo administra salarios, también administra vocabulario.

Y mientras tanto proliferan los gurús ¡Ah, los gurús!, esa fauna espiritual del siglo XXI constituida por individuos sonrientes que parecen recién hidratados y aseguran poseer la fórmula definitiva para alcanzar la plenitud interior mediante cursos online de cuatrocientos noventa y nueve euros.

Lo fascinante, es que todos recomiendan exactamente lo mismo: respirar, beber agua y dormir ocho horas. Es decir, consejos ya conocidos por los agricultores del Paleolítico inferior, radicando la diferencia en que en el Paleolítico no había podcast.

También la rebeldía se ha vuelto cómoda, ya que las revoluciones actuales se realizan desde el sofá y preferiblemente con buena conexión Wi-Fi. El revolucionario contemporáneo protesta intensamente durante once minutos en redes sociales y después pide sushi a domicilio: la épica ha sido sustituida por hashtags.

Incluso los multimillonarios parecen cansados, pudiéndose observar a ciertos magnates tecnológicos, percibiendo en ellos la expresión melancólica de quien posee cohetes espaciales, pero sin conseguir dormir bien: han conquistado mercados, manipulado algoritmos y acumulado fortunas inimaginables, pero siguen subiendo frases motivacionales a internet como adolescentes filosóficos.

Tal vez porque en el fondo sospechan algo terrible: que el dinero sirve para casi todo excepto para escapar del tedio humano.

Y ahí aparece la gran ironía de nuestra época: nunca hubo tanta comodidad material y nunca existió tanta ansiedad colectiva, ya que teniendo comida abundante, calefacción, antibióticos, entretenimiento instantáneo y capacidad para hablar con cualquier persona del planeta y aun así, vivimos agotados, irritables y perpetuamente preocupados, y puede que sea porque el ser humano no está diseñado para recibir doscientas malas noticias diarias antes del desayuno.

Nuestros abuelos ignoraban lo que ocurría en Singapur y dormían estupendamente, pero nosotros que conocemos en tiempo real cada crisis bursátil, cada terremoto y cada declaración incendiaria de algún político escandinavo, hemos desarrollado bruxismo.

Aun así, conviene no perder la perspectiva ya que la humanidad siempre fue un espectáculo grotesco y encantador: ya los romanos se quejaban de los impuestos y probablemente algún filósofo griego aseguró en una taberna, que la juventud estaba perdida y que los gobernantes eran unos inútiles, pero ellos no tenían reuniones por Zoom.

Quizá la salvación humana consista precisamente en esa capacidad absurda de conservar el humor mientras todo parece desmoronarse lentamente, porque el ciudadano continúa enamorándose, invitando a cerveza a los amigos, haciendo chistes en funerales y celebrando cumpleaños, aunque el planeta entero parezca administrado por personas absolutamente incapaces.

Y eso tiene mucho mérito: cada mañana millones de seres humanos se levantan, pagan facturas delirantes, soportan discursos políticos insufribles, sobreviven a plataformas digitales infernales y, aun así, encuentran energía para preguntar al camarero si queda tortilla. Eso es heroísmo civil.

El ser humano contemporáneo se despierta cada mañana con la desagradable sensación de que el mundo podría venirse abajo en cualquier momento, pero de que aun así, debe responder antes de las nueve a un correo marcado como “urgente”. Ese es quizá el verdadero símbolo de nuestra civilización: no la bandera de ningún país, ni un himno patriótico, ni siquiera una moneda poderosa. El símbolo auténtico de nuestra época es un individuo medio, despeinado, mirando el móvil en pijama mientras calcula si le alcanza la dignidad para afrontar otro lunes.

La humanidad soñó durante siglos con el progreso, imaginándolo luminoso, elegante, casi musical: los escritores de la Ilustración creían que el futuro estaría lleno de ciudadanos refinados, máquinas maravillosas y ciudades organizadas racionalmente. ¡Qué conmovedora ingenuidad! El futuro llegó, sí, pero convertido en una mezcla entre oficina infinita, supermercado emocional y sala de espera administrativa.

Nos prometieron coches voladores y hemos terminado discutiendo con una aplicación bancaria porque no reconoce nuestra firma y aquí seguimos, avanzando con la resignación humorística de quien sospecha que todo el sistema global ha sido diseñado por un comité de burócratas deprimidos y consultores hiperactivos, porque parece obvio que el planeta nunca había estado tan extraordinariamente organizado para producir ansiedad: años ha, el ser humano temía a las sequías, las invasiones bárbaras o las pestes y hoy teme abrir la factura de la luz, equivocarse de contraseña o escuchar la frase “tenemos que hablar un momento” pronunciada por un superior jerárquico: el miedo moderno es administrativo y la tragedia ya no llega montada a caballo, ahora aparece mediante notificaciones.

Lo verdaderamente admirable del sistema económico contemporáneo es la capacidad para convertir cualquier actividad humana en una experiencia ligeramente humillante: comprar un piso, pedir una hipoteca o incluso alquilar una vivienda, exige tal cantidad de documentos, verificaciones y certificados que uno termina sintiéndose sospechoso de existir.

La vivienda, por ejemplo, ha dejado de ser un derecho, una necesidad o un refugio convirtiéndose en una disciplina olímpica, siendo necesario para alquilar cuarenta metros cuadrados con humedad decorativa y vistas privilegiadas a un patio de ventiladores industriales, demostrar ingresos estables, solvencia emocional y probablemente pureza de sangre.

Los propietarios que quieren alquilar o vender, hablan de los apartamentos con la solemnidad con que los faraones hablaban de sus tumbas: “es una oportunidad única”, dicen mostrando cocinas donde apenas cabe una aceituna, y los jóvenes, convertidos ya en una especie zoológica de alta resistencia, aceptan compartir piso hasta edades en las que antiguamente uno ya tenía tres hijos, un huerto y opiniones firmes sobre las alcachofas.

Lo fascinante es que la economía contemporánea ha conseguido algo prodigioso: que trabajar mucho no garantice absolutamente nada. Esa era antes la parte tranquilizadora del capitalismo, aceptándose el esfuerzo porque se imaginaba cierta estabilidad futura, pero hoy la recompensa máxima del trabajador medio consiste en llegar vivo a final de mes y permitirse una cena mediocre sin consultar compulsivamente la cuenta bancaria.

Mientras tanto, los grandes expertos económicos comparecen en televisión para explicar que “el consumo interno mantiene signos positivos”: naturalmente, el ciudadano consume ansiolíticos, café y paciencia industrial.

Y arriba, siempre arriba, la clase política. Si los antiguos griegos levantaran la cabeza y vieran en qué se ha convertido la democracia, regresarían inmediatamente a la tumba por voluntad propia y por vergüenza torera; la política actual ya no consiste en gobernar sino en administrar percepciones: el dirigente contemporáneo no necesita resolver problemas, necesita parecer preocupado delante de una cámara.

Los gobiernos anuncian planes estratégicos con nombres tan grandilocuentes que parecen títulos de películas de ciencia ficción: “Agenda Integral de Transformación Resiliente para la Sostenibilidad Inclusiva”. Después uno investiga un poco y descubre que lo dicho consiste básicamente en cambiar el color de unos formularios digitales y construir un agujero para que varios más vivan de la mamandurria.

La burocracia merece también un monumento internacional: la burocracia es el verdadero sistema de gobierno planetario ya que los presidentes cambian -Pedro no-, los ministros dimiten, los partidos se destruyen mutuamente, pero siempre permanece intacta esa maquinaria administrativa capaz de exigirle a un ciudadano el mismo documento en tres ventanillas distintas.

En otros tiempos el héroe atravesaba océanos, luchaba contra monstruos o escalaba montañas, pero el héroe moderno intenta renovar el DNI antes del verano, existiendo personas que han envejecido intentando obtener una cita previa.

Y qué decir de las comparecencias públicas, con ese talento extraordinario que poseen los dirigentes para hablar durante cuarenta minutos sin transmitir nada, habiendo discursos políticos que deberían estudiarse en las facultades de ilusionismo, ya que se escucha atentamente y al terminar, no se recuerda ninguna frase ni idea, pero se experimenta una vaga sensación de haber sido regañado.

Los líderes actuales hablan utilizando expresiones como “marco transversal”, “sinergias operativas”, “hoja de ruta” o “cohesión territorial”. Nadie sabe exactamente qué significan, pero producen tranquilidad institucional, que es una forma sofisticada de sedación colectiva, siendo tan complejo de entender como leer un manual de instrucciones mal traducido, en el papel que viene con el artilugio.

Y luego están las cumbres internacionales, esos encuentros planetarios donde centenares de personas viajan en aviones privados para debatir la urgencia de reducir emisiones contaminantes, habiendo alcanzado la humanidad un nivel tan refinado de ironía involuntaria que ya ni siquiera se molesta en disimularla.

Los mandatarios aparecen sonrientes, se estrechan las manos, posan delante de banderas y prometen construir “un mundo mejor para las futuras generaciones”. Acto seguido aprueban medidas económicas que harían llorar a una calculadora.

Pero sería injusto culpar únicamente a los políticos ya que el ciudadano contemporáneo también ha desarrollado una personalidad peculiar, viviendo hiper estimulado, permanentemente indignado y convencido de que cualquier problema complejo puede resolverse mediante un comentario en redes sociales escrito mientras espera el ascensor.

Internet ha democratizado la opinión con resultados extraordinariamente preocupantes: hoy cualquier persona posee información suficiente para sentirse experta, y con la ignorancia suficiente para ser peligrosa; un individuo puede pasar de ver vídeos de recetas italianas a elaborar teorías geopolíticas sobre Asia Central en menos que canta un gallo.

Nunca antes la humanidad había hablado tanto y pensado tan poco, transformando las redes sociales incluso las emociones, necesitando la tristeza validación pública y la felicidad fotografías, la indignación hashtags, convirtiéndose la intimidad en un artículo vintage, como los pick up o la educación vial.

La gente ya no come: documenta que come.  No viaja: certifica digitalmente que ha viajado. No vive: actualiza estados.

Y en medio de ese carnaval tecnológico aparece el ciudadano común, agotado, intentando recordar quién era antes de convertirse en contraseña ambulante, ya que esa es otra maravilla de nuestro tiempo: hemos delegado la memoria en dispositivos electrónicos hasta extremos conmovedores. El ser humano moderno recuerda perfectamente el PIN de tres tarjetas bancarias, cuatro plataformas de streaming y dos códigos de verificación, pero olvida por qué entró en la cocina.

Las máquinas avanzan rápidamente y nosotros retrocedemos. La inteligencia artificial redacta textos, compone música y responde a preguntas complejas, mientras millones de personas siguen siendo incapaces de utilizar correctamente el botón “responder a todos”.

Quizá el futuro no esté dominado por robots asesinos, sino por algoritmos profundamente decepcionados con nosotros, sin embargo, la tecnología no es el verdadero problema. El verdadero problema es la velocidad, sucediendo todo demasiado deprisa: las noticias duran unos minutos, las polémicas envejecen antes del almuerzo, las amistades requieren mantenimiento digital continuo, y hasta el amor parece gestionado por departamentos de recursos humanos.

Las aplicaciones de citas son particularmente reveladoras: la humanidad tardó milenios en maravillar con la poesía amorosa, y ha terminado decidiendo relaciones sentimentales deslizando fotografías con el pulgar mientras ve series.

El romanticismo sobrevive apenas como una enfermedad leve y pese a todo, la gente continúa enamorándose, lo que demuestra que la especie humana conserva cierto espíritu olímpico, ya que amar hoy exige una resistencia psicológica notable para atravesar la precariedad económica, las agendas imposibles, la ansiedad generalizada y las tarifas dinámicas de restaurantes y aun así, dos personas consiguen sentarse frente a frente, compartir una botella de vino mediocre y hablar durante horas como si el mundo no fuera una gigantesca oficina en llamas: eso merece un respeto inefable.

También merece respeto el pequeño heroísmo cotidiano de la gente corriente que sostiene el mundo silenciosamente, de la mujer que toma dos autobuses para cuidar ancianos, el camarero que sonríe después de diez horas de pie, el profesor agotado que todavía intenta explicar literatura a adolescentes hipnotizados por TikTok, el autónomo que calcula impuestos como quien desactiva explosivos; ellos mantienen viva la civilización mientras arriba, en los palacios gubernamentales y consejos de administración, continúan produciéndose discursos motivacionales, estrategias resilientes y reuniones sobre sostenibilidad servidas en bandejas de plata.

Porque el sistema posee una capacidad extraordinaria para generar solemnidad inútil. Todo debe parecer trascendental: las empresas ya no venden productos, venden experiencias emocionales transformadoras, un café ya no es un café, es “una pausa consciente de conexión humana”, un yogur no alimenta, “acompaña tu bienestar integral”.

Uno termina echando de menos la sinceridad brutal del tendero antiguo: aquí tiene su queso, cómaselo y deje hueco.

Pero no, ahora todo necesita narrativa corporativa, identidad visual y propósito existencial: hasta las hamburgueserías parecen sectas espirituales.

El capitalismo moderno no quiere clientes: quiere creyentes.

Y quizá por eso el agotamiento colectivo resulta tan profundo, porque ya no basta con trabajar, consumir y obedecer; además debemos sonreír, reinventarnos continuamente y mostrar entusiasmo, habiéndose convertido la felicidad en obligación moral.

Si alguien está cansado, frustrado o triste, inmediatamente aparece un experto explicando que debe practicar mindfulness, respirar mejor o levantarse a las cinco de la mañana para correr descalzo sobre hierba húmeda.

La industria del bienestar produce más ansiedad que bienestar y los gurús contemporáneos hablan de equilibrio interior con una agresividad verdaderamente alarmante. Algunos parecen capaces de estrangular a una persona con energía positiva, y sin embargo, pese a toda esta maquinaria delirante, la humanidad continúa ofreciendo destellos inesperados de belleza. En mitad del caos económico y político todavía existen cenas largas, bromas absurdas, librerías silenciosas y gente veterana jugando al dominó, y de menos edad, jugando al padel, que ha sacado de los juegos de mesa de 4 como el mus o el dominó, a los no muy mayores.

Posiblemente la verdadera resistencia humana resida en la solidaridad que subyace en las sociedades, no en los grandes discursos políticos ni en las cumbres internacionales llenas de corbatas sostenibles, ni tampoco en las revoluciones digitales, ni en las doctrinas económicas: la esperanza del mundo probablemente descansa en cosas mucho más pequeñas y mucho más tercas.

La civilización, a pesar de los ministros, los mercados financieros y los analistas geoestratégicos, continúa funcionando gracias a millones de personas normales que todavía conservan cierta bondad elemental y eso resulta milagroso, sobre todo teniendo en cuenta que llevamos décadas siendo dirigidos por individuos que no lograrían organizar correctamente una barbacoa sin crear una comisión parlamentaria para estudiar el carbón.

Quizá el ser humano sea precisamente eso: una criatura absurda gobernada por incompetentes elegantes, explotada por sistemas incomprensibles y, aun así, obstinadamente capaz de brindar, enamorarse y hacer chistes mientras el edificio arde lentamente alrededor.

Y bien mirado, quizá tampoco exista una definición mejor de dignidad.

Mientras tanto, nuestro SÁNCHEZ, psicópata total y estructuralmente anamórfico, sigue con nosotros porque considera que sin él, todo se iría al garete.

Mis deidades veraniegas: Tanit y Patricia.

Nuestros anhelos amorosos se desbocaban cada noche hasta la extenuación, sintiendo que la vida se nos iba, regresando con una nueva caricia, volando al fin hacia un sueño que llegaba sin darnos cuenta, y que recibíamos cubriéndonos con una fina sábana hecha de sentimientos imposibles de tejer con palabras. Éramos como las olas del mar, que cuando llegan a la orilla parece que lo van a abandonar, pero luego siempre vuelven y son recogidas, aunque sin regularidad ni puntualidad, y de forma desordenada.

Me desperté a hora temprana, como viene siendo habitual en mí a estas alturas de la vida, abrazado a ti, en nuestra cama del hotel Al Mandari de Tetuán, en donde nos alojamos en nuestro viaje para visitar Río Martil, procurando no removerme, ni hacer ruido, para que pudieras continuar durmiendo, y yo poder seguir observando tu cuerpo desnudo libremente. El talle estrecho, tus pechos pequeños y erguidos de adolescente, tus largas piernas y tu piel brillante, inmarcesibles, pensando que me faltaría el aire cuando no te tuviera, doliéndome las manos al contenerlas para no acariciarte y perturbar tu sueño, y provocar de este modo el fin de mi grata contemplación, que me hacía sentir ganas de tenerte de nuevo.

Acariciaba la piel de tu vientre con suavidad, mientras observaba las imperceptibles arrugas que la vida había ido dibujando allí donde terminan los ojos, que te proporcionaban una belleza singular, que me emocionaba, al combinarla con el constante dibujo de la sonrisa que siempre tienes en tu boca, hasta dormida.

Aunque ya lo dijo Ptahotep  hace más de 4.000 años (siglo XXIV a.C. Ptah está en plenitud-, escriba y chatyvisir- del faraón Dyedkara-Isesi de la V dinastía), en sus Máximas: la vejez es mala para casi todo, excepto para las cualidades humanas que más necesitan de la reflexión y de la serenidad. Y yo creo, que debemos intentar adornar la nuestra, para intentar minimizar esa maldad, con la mayor clarividencia posible, que nos irá proveyendo de lo necesario, para que con seguridad, podamos conducir estas últimas etapas de la vida del modo mejor, incluso en lo que pudiera parecer difícil.

Al cabo, comenzaste a estirarte y bostezar, atrayéndome hacia ti, haciéndome sentir con tus labios y tu cuerpo, tu deseo, que me llevó nuevamente al cielo, a lomos de un viento exento de egoísmo y lleno de amor, para entregarme a ti como el más devoto de tus idólatras.

Después, decidimos levantarnos y desayunar en la habitación, y yo que hace tiempo he dejado los despertares rápidos y tempranos, los de lazada de cordones apresurados y salida casi en pijama, despendolado, para llegar con puntualidad al trabajo, sin besos de despedida, ni tiempo para el recuerdo de la última noche, ahora lo hice remoloneando y abrazándote por la habitación, hasta la llegada del desayuno.

Tras estar listos con ropa ligera, gafas de sol y prenda de cabeza, pedimos un coche con chófer para trasladarnos a Martil, a donde volveríamos al día siguiente, para ver el amanecer en su playa.

Martil es conocida básicamente por ser la playa deTetuán en Marruecos. Es una ciudad situada en la desembocadura del río del mismo nombre, en una amplia playa que va desde cabo Negro al norte, hasta Azla, cerca del cabo Nazari, al sur. Está incluida en una nueva provincia junto a las ciudades de Fnideq y Mediq.

Situada a unos 40 kilómetros al sur de Ceuta y a 10 Km. al nordeste de Tetuán y a la misma distancia al sur de Mdiq, se llega por la carretera de Ceuta-Tetuán, tras tomar un desvío en el cruce de cabo Negro, o directamente desde esta última, por la carretera de Tetuán-Martil.

En la antigüedad el río Martil fue navegable hasta Tamuda, una ciudad romana frente a Tetuán; el asentamiento de Martil fue destruido en el siglo XV y refundado por Alí al Mandari gobernador de la ciudad marroquí de Tetuán y previamente jefe militar de Granada, muerto en la primera mitad del siglo XVI-, convirtiéndose en el puerto comercial y militar de Tetuán y único puerto de cierta importancia de Marruecos en el Mediterráneo, con actividad comercial, y base de las diferentes flotas corsarias entre los siglos XVI y XVIII.

Con la apertura del puerto de Tánger, disminuyó su actividad como puerto comercial, comenzando a ser lugar de descanso y solaz de los tetuanís y puerto pesquero. La actual ciudad de Martil fue fundada en el año 1914, tras la constitución del Protectorado español en 1913, y construida por ingenieros militares españoles.

Tras la independencia de Marruecos, el crecimiento fue notable, contando en la actualidad con alrededor de 70.000 habitantes. Hoy, Martil es administrativamente una comuna urbana perteneciente a la provincia de Tetuán, rodeada por las comunas rurales de Mallalien al norte, Tetuán Sidi Al Mandri al oeste y Azla al sur.

Recordé mi viaje del año 1967, y por mucho esfuerzo que hice para recordar aquellos parajes vacíos, pude sentir que el turismo había llegado a la zona con el viento del desarrollo de las últimas décadas, habiéndose producido un crecimiento espectacular y probablemente -por el aspecto- desordenado, y es que en estos últimos años, las inversiones en turismo han aumentado de forma exponencial, realizándose importantes promociones inmobiliarias para el desarrollo turístico.

La playa, es de arena fina y blanca, y en la zona al norte de la desembocadura del río Martil, llamada Beni Zalem, proliferan las urbanizaciones, hay campos de golf, campings, etc…, y es en donde se encuentran las mejores zonas de baño. El río Martil desemboca en la zona sur de la ciudad, llamada Beni Maden, que es pantanosa, siendo las playas de esta área de peor calidad.

Visitamos la zona de Beni Zalem y sus playas, surgiéndonos la duda de si volver a dormir a Tetuán, o comprar un kit de reposición de ropa y limpieza de dientes, y quedarnos a dormir en Martil, ya que planeábamos estar en la playa no después de las 05,30, porque amanecía a las 06,14.

Buscamos alojamiento y una vez conseguido, despedimos al conductor, dándole instrucciones para recogernos a las 09,30 del día siguiente.

En el hotel, pedimos información sobre qué lugares eran interesantes para visitar, para comer –pescado-, tomar algo, y poder descansar a lo largo del día.

Iniciamos la visita turística por El Fuerte Martil, torreón artillado de estilo marroquí, sin puertas, en el que sólo se puede entrar por alguna ventana con escala; lo coronan varios pequeños torreones, y en sus alrededores se han construido algunos edificios que restan vistosidad al monumento. El Fuerte sirvió para proteger y controlar la entrada al río Martil, siendo tomado por fuerzas españolas en la GUERRA DE ÁFRICA en  1859/1860.

A continuación, nos dirigimos a la iglesia católica de Nuestra Señora de la Concepción, de estilo barroco hispanoamericano con una hermosa cúpula central, convertida en biblioteca universitaria y centro cultural. Frente a ella hay una plaza de estilo andaluz rodeada de casas blancas, bancos, jardines y un bonito empedrado, a semejanza de los pueblos costeros andaluces. Junto a la iglesia está el Centro Cultural Lerchundi, obra cultural de la Iglesia católica en Marruecos.

Con un calor más que bastante, decidimos refugiarnos en algún sitio para tomar unas cervezas bien frías que pudiéramos enlazar con una comida ligera a base de pescado, por lo que siguiendo las indicaciones del hotel, nos dirigimos al Restaurant Achourafae, en donde ya nos habían realizado la reserva. Tras una buena, escueta y limpia comida, tuvimos que vencer nuestra pereza, haciendo gala de una diligencia simpar, para continuar la visita turística.

Visitamos sin minuciosidad el barrio español -bastante deteriorado-, en donde quedan restos de casas españolas de estilo andaluz, con una calle peatonal y una gran plaza circular. Nos llamó la atención, la gran cantidad de gente joven con pinta aceptable -para nuestros cánones-, que hablaban árabe y se desenvolvían como nativos, hasta que nos enteramos de que Martil, es una ciudad en cuyas proximidades se encuentra la sede de la Universidad Abd al-Malik al-Saadi, de letras y ciencias humanísticas, y una facultad de derecho que se inauguró en los primeros años del siglo XXI.

Paseando por la calle Mohamed V, peatonal y zona comercial por excelencia, decidimos coger un taxi para ir a Cabo Negro, la zona turística más conocida de la comarca, subiendo hacia el norte en dirección a Ceuta, unos 10 kms. Las urbanizaciones desde Martil se suceden sin solución de continuidad frente al mar, rematando en una de lujo, junto a Cabo Negro, con una paradisíaca playa y un bonito campo de golf, que nos proporcionó algunos momentos de risas felices, al recordar cuando nos conocimos en un campo de prácticas, mandando juntos la bola a las nubes…

Tras un buen paseo y tomar algo –ya casi anocheciendo- volvimos a Martil, en donde nos acercamos para echar un ojo a la Mezquita de Mohamed V, con su minarete de color ladrillo, aristas enyesadas y las puertas adornadas de azulejos finamente decorados, cenando más tarde en el hotel, recogiéndonos no demasiado tarde, para salir del hotel a las 05,00 de la mañana siguiente, tras desayunar en la habitación algo que nos subimos del bar.

Antes de levantarnos a las 04,00, unos besos nos recordaron los colores de la noche pasada, y aunque debíamos levantarnos, no podíamos desceñirnos, con la pretensión de poder llegar al amanecer a la playa abrazados, sin habernos desatado. No podía ser, así que con un último beso, con los labios testarudos sin quererse despegar de sus anhelos, saltamos de la cama cada uno por un lado, estableciendo un turno de ducha, ya que en caso de no haberlo hecho, no hubiéramos llegado de ninguna manera a nuestro objetivo a la hora prevista.

La playa de Martil está considerada como una de las más bellas de todo el norte de Marruecos; su arena es muy clara -entre dorada y blanca- y fina, sin embargo, las aguas no son tan claras porque la fina arena da una apariencia más oscura al agua que llega casi siempre a la orilla de forma muy suave, habitualmente sin olas de entidad.

Desde el hotel situado en el centro de la ciudad, nos dirigimos al cuidado paseo marítimo, y al alcanzarlo, anduvimos unos 10 minutos hacia el norte, por la zona de Beni Zalem. Era totalmente de noche, la humedad daba sensación de fresco y no había un alma en la calle; al llegar a donde queríamos  eran las 05,40, así que nos sentamos en la arena, abrazados, cerca de donde las suaves olas morían en la arena, oyendo su suave susurro.

Al instante, un punto luminoso de gran potencia comenzó a aparecer en el horizonte, pero para nuestra sorpresa, no subía desde el horizonte, primero se convirtió en segmento circular y luego en un círculo, como hace el dios solar que cuando nace, hasta mostrarse soberbio cuando se ve completo. La fuente de luz en la que se había convertido el punto se acercaba a gran velocidad a ras de mar por la capa de Neuston hacia nosotros, cuando la noche era  aún dueña del cielo, en una oscuridad en la que las estrellas titilaban mirándonos temblorosas.

Al instante, una figura hierática rodeada por un halo de gran luminosidad y un gran flabelo en su lado derechoquizá sostenido por alguien negro como la noche o invisible para mí, se plantó en la playa a pocos metros de nosotros, cantando a mezza vocce una música que nos provocaba cierto misticismo, estando la figura suspendida en el aire. Dejó caer por los hombros hacia el suelo una túnica que parecía liviana, vaporosa y sutil, aunque no frágil, y que constituía toda su vestimenta. Era ella, la que vi cuando tenía con 18 años en esta misma playa. No era posible, pero al igual que entonces, se había deshecho de su ropa y era -como antaño- el más hermoso cuerpo de mujer que pensé nunca volvería a ver, esculpido en color bronce, con un rostro perfecto, sus pechos desafiantes, apenas vencida la adolescencia, y unos ojos glaucos grandes, del color del mar de los cayos cubanos, oliendo igual que entonces, a incienso de olíbano.

Esa fragancia, mi mente la ha mantenido guardada desde entonces, y en mi alma se ha sostenido el imaginario de ese aroma intacto durante mucho tiempo, pareciendo no conocer el olvido, ayudando a la memoria a trasladarme a aquel momento con rapidez y precisión.

Se dirigió a mí, y sin mover los labios, ni abrir la boca, trasmitiendo sensaciones de su omnisciencia me dijo con claridad: “llevo esperándote 53 años. Es abstruso para ti entender lo que está pasando, pero permanece tranquilo, ya que no debéis temer nada. De Patricia no te preocupes, que ella está oyendo lo que yo quiero que oiga”.

¿Pero quién eres?, acerté a balbucear. Por un momento pensé que en el desayuno alguien nos podría haber puesto algún alucinógeno.

Soy Tanit, diosa fenicia y cartaginesa, que fui principal en Cartago –actual Túnez-, junto a mí esposo Baal Hammon. El culto a mí divinidad fue adoptado por los bereberes púnicos. Resido en un gran palafito en la constelación Apis –actual Musca-, y me fueron construidos por dioses menores subordinados innumerables cenotafios por todo el Universo.

Mi divinidad es la equivalente a la diosa fenicia Astarté, que fue la asimilación fenicia-cananea de una diosa mesopotámica, idolatrada por los sumerios, los arcadios, los babilonios y los asirios, bajo los nombres de Inanna, Ishtar y por los israelíes como Astarot, representando a la madre naturaleza, la fertilidad, la vida, la exaltación del amor, y los placeres carnales, siendo adorada posteriormente como diosa de la guerra.

Fui divinidad paredra de mi esposo Baal inicialmente, y desde hace más de 26 siglos, y ya en solitario, estoy asociada como divinidad de la Luna y de la fertilidad, extendiéndose mi manto protector por todo el Mediterráneo y algunos lugares de África y Canarias –diosa guanche tinerfeña Chaxiraxi-. Posteriormente fui divinizada como Diosa Madre de los placeres carnales y tutora de los actos buenos, además de diosa de la fertilidad y  de la Luna.

Estoy aquí para responder a tus invocaciones, que aunque creas que no han existido y hayan sido sólo sueños y no realidades, fueron ciertas, y además de para atender a tu llamada, estoy fundamentalmente aquí para premiarte por tus buenos actos, señalándote que eres un ente de mi gusto.

Dicho esto, que se antoja complejo, pero que lo entendí perfecta y fácilmente, pensé que quizá quisiera utilizarme para una teogamia con ella. Me sorprendió con un gesto iracundo y altivo/espléndido, haciéndome llegar la respuesta a mi mente, “insignificante ser, jamás podrás lograr el amor de una diosa”, –no sé si pudo ser un acto de misandria, o quizá una actitud soberbia propia  de una diosa-, y sin mediar más palabras, pero haciéndome sentir exhortado, extendió dos cuerdas doradas o de oro, que salían de sus ojos glaucos, y con ellas nos cogió a los dos -a uno con cada cuerda- e inició una procelosa -para mí- y vertiginosa ascensión, que en brevísimo espacio de tiempo, dejó abajo y arriba la noche, colocándonos en posición sedente y a una altura tal, que veíamos la tierra del mismo tamaño que vemos la luna habitualmente. Arriba, el cielo negro con miríadas de estrellas que titilaban saludándonos, y abajo el continente africano y Europa que eran de juguete, pero que pude identificar en seguida, pues siendo  aún de noche, las áreas iluminadas permitían reconocerlos. Un instante después, vi también las Américas.

Mis preces aprendidas en los jesuitas en ese momento de tanto nervio, salieron de mi boca en el latín de mis recuerdos, tal como fueron aprendidas, esperando la contestación necesaria de alguien, que no llegó, como antaño…, debiendo contestarme a mí mismo: mater amabilis, ora pronobis; mater admirabilis, ora pronobis: mater boni consili, ora pronobis;…Foederis arca, ora pronobis; lánua cæli, ora pronobis; stella matutína, ora pronobis; salus infirmórum, ora pronobis; refúgium peccatórum, ora pronobis…

Fui interrumpido con firmeza por las palabras de la diosa –que fluían en mi mente sin que moviera su boca-, “quiero que cuentes aquí, bajo los dominios de Neith, que antes de ser divinidad egipcia, lo fue de estas tierras bereberes, un acto bueno que hayas realizado en tu vida, en el que tuvieras que luchar contigo mismo, para obrar bien.

Dios mío, lo que debe estar pensando Patricia de toda esta aventura. Como yo no sabía que decir y por tanto no arrancaba, Tanit me sugirió algo que aconteció en Barcelona hace 43 años -allí nació mi primogénito, Jaime-, pero yo, que soy de los que no me gusta pasar la vida abrazado a los recuerdos, y aún menos a los de hace tantos años, ya que debió ser cuando viví  sobre el 76 en esa ciudad algo menos de un par de años, no supe que decir, aunque a poco que me hubiera esforzado, podría haberlo recordado, ya que no soy demasiado pródigo en actos buenos….

La diosa cortó mis pensamientos de cuajo, refiriéndose a un acto mío de munificencia incontestable -según dijo ella-, relatándonoslo a los dos por su sistema aparentemente telepático, aunque quizá pudiera ser trasmitido por los cables dorados que le salían de sus ojos verdes -tan bellos-, con los que nos abrazaba alrededor de la cintura.

Unos asaltantes en Barcelona, te atracaron  a ti y a tu amiga Eugenia Peña en la calle Muntaner esquina a Londres, con armas blancas en 1976…

Al instante me vinieron los recuerdos de la aventura y continué…

Prudente que generalmente suelo ser, nos llevaron sus amenazas a entregarles hasta el último tornillo sin oponer resistencia, ordenando de inmediato el cabecilla de la panda la retirada, pero uno de los secuaces, intentó tocarle el pecho a Eugenia, haciendo yo entonces un gesto instintivo de macho alfa para interponerme entre el asaltante y ella, encarándose entonces conmigo y espetándome; “no te jode el guaperas gilipollas”… y con la misma, me soltó un terrible golpe con un bate de béisbol en el cuello,  junto a un chorro de insultos,  que me dejó sin conocimiento.

Meses más tarde, proseguí, yendo con el coche por  Carlos III, a unos treinta metros de su cruce con la Diagonal, en donde entonces había una bonita rotonda ajardinada, me pasó como una exhalación un motorista, pensando yo de forma instantánea que no le iba a dar tiempo a frenar, y un segundo después, su rueda delantera al no poder hacerlo, chocó brutalmente con el bordillo de la rotonda central, saltando máquina y motorista por los aires, aterrizando el piloto, que iba sin protección en la cabeza –entonces no era obligatorio el casco– a más de 20 metros de distancia.

Lógicamente, paré el coche, puse los warnings de mi 127 y acudí a socorrerlo y al llegar a él y reconocerlo, me di cuenta de que era el jefe de la panda, que no hacía demasiado tiempo nos había asaltado. Mi corazón se dividió en dos, una parte buena y otra mala; la mala me susurró embaucadora que lo dejara donde estaba, y además, que le pateara, le escupiera, y que acompañara ambas acciones de un gesto de desprecio que fuera inconfundible, aunque él no pudiera verlo (estaba sin conocimiento), mientras que la buena, me recomendó ponerlo en el coche y llevarlo al hospital –hoy hubiera sido demandado por trato indebido a cuerpo lesionado-. Alguien me chilló desde dentro, diciéndome que nuestro corazón no tiene partes buenas y malas, sólo hay uno, y hay que dejarle hacer, pero sin preguntarle y sin que opine. Así que cogí al joven, y lo llevé al hospital.

Interrumpí el relato para intentar resumirlo, ya que los detalles no me gustan en general, y porque casi siempre muestran lo que no se quiere que se vea o ver: lo feo, lo malo, lo zafio…, que generalmente se intenta ocultar; lo lamentable,…la confusión, el temor, la soledad, la calvicie cuando no nos gusta, las arrugas… de la cara y del alma…, por eso no deseo poseer una lupa, para no poder mirar los detalles -ni los míos, claro-, y acepto con benevolencia el regate del que esconde lo que no quiere que se vea.

Lo no demasiado interesante puede verse enseguida, a primera vista, después y a segunda vista o con lupa, se podrá ver lo que debe ser visto con detalle para apreciarlo, siendo generalmente lo que no se desea mostrar; y por último lo más profundo, y que desde luego se oculta con la terquedad posible, es lo que no puede verse ni a primera ni a segunda vista, y para verlo, con toda probabilidad, sería necesario aguzar todos los sentidos intentando analizar con profundidad las sensaciones percibidas para lograrlo.

Continúa y no divagues más, exigió la diosa con determinación y autoridad, orden que me llegó al cerebro como mandato categórico que no admitía réplica.

Tardó mucho en recuperarse, proseguí, ya que el accidente fue muy grave –más de dos meses en coma con siete fracturas de hueso entre ellas el cráneo-, y cuando lo hizo, me localizó y vino a darme las gracias; la cara que puso cuando me vio fue inenarrable, ya que no sabía que su salvador había sido previamente su víctima. Lloró como un niño, y entre sollozos, manifestó su intención inquebrantable de no volver a hacer jamás ese tipo de cosas; me escribe por mail cada par de años, contándome las novedades de su vida: estudió, se puso a trabajar, se enamoró, se casó y tiene cuatro hijos y seis nietos…

Lo que no le confesé, es que lo llevé al hospital por prudencia, para no ser acusado de omisión de socorro…jajaja (tampoco se lo dije a Tanit, aunque por la sonrisa que esbozó, supuse que podía leer mi mente).

De repente y sin saber porqué, pero tan absurdo como lo que estaba ocurriendo, apareció ante mí un mosaico en teselas de mi vida, y pude ver a mis hijos muy mayores, abuelos ya, mis nietos con hijos, y todos aparentemente felices y vivos; pensé que en un instante habían volado las hojas del calendario, y que los años se habían solapado con una rapidez incognoscible, y que el remolino del tiempo nos había engullido, manoteando entonces yo con las manos y con ansiedad el aire, para buscar un áncora al que atarme al espacio y al tiempo, olvidar esta locura, y sentirnos vivos y seguros…

Angustiado, sentí un cruel dolor por las imágenes anteriores de mi familia, dolor por no volver a tener a esos hijos jóvenes y nietos niños; de las varias clases de dolor que conocemos en la vida, éste no era un dolor de los que duelen, era de los que alteran. Recordé en un flash, de no recuerdo quien, que dijo:  el dolor nos enseña quienes somos, y a veces es tan fuerte que quisiéramos morir, pero en realidad, no se ha vivido de verdad, hasta que no se haya muerto un poco: me moría de aflicción….

Prosiguió la diosa sin importarle mi pesar, mi regalo por todo ello será mi divina presencia tras el aparentemente luctuoso momento de tu fallecimiento, para llevar a cabo en ti la ceremonia de apertura de la boca, que te devolverá todos tus sentidos tras tu muerte.

Me sonó su regalo a cosas del reino de las dos coronas y a 20 o 30 siglos a.C., pero naturalmente no dije nada, que los regalos nunca deben ser rechazados, -menos ZP- nos gusten o no, aunque debo agradecerle que al menos no me hurtara la forma de morir que me fuera a imponer la naturaleza; hubiera sido algo imperdonable.

Todo aquello me resultaba tan disparatado, pensé, como las cosas que de tanto en cuanto hace la comunidad británica, viniéndome a la mente el recuerdo de la noticia de que hace poco se ha permitido inscribir en el registro mercantil, una sociedad Para la defensa del decoro, incluso de los animales, S.L., que propugna que los caballos usen pantalones, cuando salgan de las cuadras. Ese pensamiento llegó como algo más de la sinrazón que ocupaba mi mente en ese momento. ¡Qué tonterías, por Dios!

Sin dejarme responder, ni para agradecerle el regalo, volvimos al proceloso movimiento de bajada, que duró algo menos de un instante y me dio la impresión de irnos a estrellar contra el suelo.

Al poco, te agitaste a mi lado, apretando el abrazo que nos unía y me miraste preguntando ¿estás dormido? ¿te preocupa algo?, pareces inquieto, dijiste; sólo estaría preocupado si dejaras de amarme, respondí con dulzura. Eso no ocurrirá nunca, contestaste mientras te acurrucabas aún más a mí lado.  Pronto amanecerá y tengo algo de frío…

Utilicé la frazada de mi amor para envolverte, y mientras te abrazaba de nuevo, pensé que contigo, las lágrimas se me convierten en risas, las palabras en melodías musicales, los olores en el mejor perfume, los colores de la vida en los del Paraíso, y la crema más vulgar en la mejor vichyssoise de La Tour d’Argent.

Repentinamente, apareció en el horizonte la luz aún sin forma, que poco a poco se fue convirtiendo en la esfera ardiente del sol, que calentó nuestros corazones hasta convertirlos en férvidos amantes del otro, deseando ambos repetir del mismo modo eternos amaneceres, pero sin diosas…

El comediante que hay en mí,  puede y podría pelear contra todo, excepto con las emociones: ellas me pueden siempre.

La Utopía Realista como posible recurso de los jóvenes actuales

La Utopía como Último Recurso Intelectual para los jóvenes actuales.

En el contexto contemporáneo, los jóvenes se enfrentan a desafíos significativos que afectan su camino hacia la independencia y la inclusión social. Las crisis económicas, el desempleo, la precariedad laboral y la desigualdad social, son solo algunos de los obstáculos que dificultan su desarrollo. En este escenario, la utopía puede emerger como un concepto relevante de recurso intelectual, que permita a los jóvenes imaginar un futuro mejor, y quizá, si nada cambia, pudiera constituir el último recurso -intelectual- para la juventud de hoy.

Los jóvenes actuales se enfrentan a un panorama económico que, en muchos aspectos, es desalentador. Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la tasa de desempleo juvenil se sitúa en un promedio global de alrededor del 14%, lo que significa que uno de cada seis jóvenes está sin trabajo. Este fenómeno se ve agravado por la precariedad laboral, donde muchos jóvenes son empleados en trabajos de salarios muy por debajo de sus posibilidades y rendimientos, o temporales o de tiempo parcial, que no les permiten la estabilidad necesaria para alcanzar la independencia financiera. El informe también destaca que el acceso a empleos de calidad se ha vuelto más difícil, lo que afecta las oportunidades de desarrollo personal y profesional.

Además, el aumento del costo de la vida ha hecho que la independencia económica sea un objetivo inalcanzable para muchos, aun cuando tengan buenos trabajos. En ciudades de todo el mundo, los precios de la vivienda han aumentado disparatadamente, haciendo que los jóvenes y no tanto, se vean obligados a compartir habitaciones, apartamentos o a vivir con sus padres, debido a la imposibilidad de pagar el alquiler, ni por supuesto, optar a una compra.

La educación, que tradicionalmente ha sido vista como un posible camino en la movilidad social, también presenta obstáculos significativos. El costo de la educación superior ha aumentado drásticamente en las últimas décadas, y muchos jóvenes deben trabajar para estudiar simultáneamente, o en otros lugares donde la educación superior funciona bajo el paraguas de préstamos del Estado, se enfrentan a deudas estudiantiles abrumadoras. En Estados Unidos, por ejemplo, la deuda estudiantil total ha superado los 1.7 billones de dólares, lo que ha llevado a muchos licenciados que deben devolver lo prestado, a postergar su independencia y a aceptar empleos que no requieran un título universitario.

El creciente coste de la educación y la competencia feroz por los puestos de trabajo, han llevado a una generación de jóvenes que, a pesar de estar más educados que nunca, se sientan desilusionados y atrapados en un ciclo de inseguridad económica.

La inclusión social es otro aspecto crítico que afecta a los jóvenes. Las disparidades económicas han llevado a la marginación de ciertos grupos, incluidos aquellos de minorías étnicas, inmigrantes y personas de bajos ingresos. Según un informe de Eurofound, los jóvenes de grupos desfavorecidos se enfrentan a barreras adicionales que dificultan su integración en la sociedad y su acceso a oportunidades. Esto se traduce en una menor participación en el mercado laboral y en la vida cívica, lo que perpetúa el ciclo de pobreza y exclusión.

 La Utopía como Recurso Intelectual

La utopía, en su sentido clásico, se refiere a la creación de una sociedad ideal, un lugar donde las condiciones son perfectas y todos los individuos pueden prosperar. En el contexto de los jóvenes, la utopía puede verse como un refugio ante la adversidad y como un motor de cambio, de esperanza.

Ya Tomás Moro en su obra Utopía -1516-, presentaba una sociedad ideal que contrastaba con las injusticias de su tiempo. La idea de una sociedad justa y equitativa puede servir de inspiración para que los jóvenes imaginen un futuro diferente, promoviendo la esperanza y la acción social. Describe una sociedad donde la propiedad es compartida y los conflictos son resueltos de manera pacífica, lo que invita a los lectores a reflexionar sobre las posibilidades de un mundo mejor.

Ernst Bloch en El Principio Esperanza -1954-, sostiene que la esperanza y la imaginación son esenciales para el progreso humano. Para él, la utopía no es solo un destino, sino un impulso vital que motiva a las personas a luchar por un futuro mejor. La utopía proporciona un marco para cuestionar el statu quo y aspirar a un mundo mejor. Bloch argumenta que la esperanza -además de virtud teologal- es un componente fundamental del ser humano, y que imaginar un futuro ideal, es lo que impulsa a la humanidad a seguir adelante.

La utopía puede ser considerada como un motor para la transformación social. Inspirados por visiones utópicas, muchos movimientos sociales han surgido a lo largo de la historia, buscando cambiar realidades injustas. La utopía puede motivar a los jóvenes a participar activamente en la lucha por la justicia social y la igualdad.

Ejemplos de movimientos inspirados por ideales utópicos incluyen entre otros el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, el feminismo y los movimientos ambientalistas. Estos movimientos, utilizaron y utilizan, visiones de una sociedad más justa y equitativa para movilizar a las personas y generar cambios significativos en la política y la sociedad.

También los jóvenes están cada vez más preocupados por el cambio climático y la degradación ambiental, lo que puede inspirar visiones utópicas centradas en la sostenibilidad de nuestro mundo y la justicia ambiental.

También hay filósofos críticos con la utopía:

Friedrich Nietzsche critica a las ideologías utópicas, argumentando que estas pueden llevar a la frustración y al desencanto. La búsqueda de una sociedad ideal, puede desviar la atención de las luchas reales y cotidianas que enfrentan los jóvenes. Nietzsche sugiere que la obsesión con lo ideal puede llevar a la negación de la vida y sus desafíos, creando una desconexión entre la aspiración y la realidad. La utopía puede ser vista como un mecanismo de escape que evita enfrentar los problemas reales.

Evidentemente, puede ocurrir que, en lugar de trabajar para mejorar su situación, los jóvenes puedan quedar atrapados en un mundo de fantasía que no aborda los problemas estructurales a los que se enfrentan en la realidad. Esto puede llevar a la inacción y a una falta de compromiso con el cambio real.

En el análisis de las críticas modernas a la utopía, se deben incluir las de Karl Popper, quien argumenta que las utopías pueden llevar a regímenes totalitarios, y cómo esto puede afectar la percepción de los jóvenes sobre la posibilidad de alcanzar una sociedad ideal.

Ante todo esto, surge la necesidad de propuestas alternativas:

El Realismo Crítico con un enfoque pragmático: en lugar de aferrarse a una utopía ideal, los jóvenes pueden beneficiarse de un enfoque más realista y crítico. Esto implica reconocer las limitaciones del mundo actual y trabajar hacia cambios sostenibles y alcanzables. La filosofía del realismo crítico, promovida por pensadores como Raymond Williams, sugiere que es posible imaginar un futuro mejor mientras se enfrentan y se abordan los problemas existentes.

También los Movimientos Sociales, como el activismo ambiental y los derechos humanos, u otros, ofrecen un espacio para que los jóvenes participen activamente en la mejora de su entorno. Estos movimientos pueden inspirar a los jóvenes a actuar en lugar de soñar sin acción. La historia ha demostrado que la acción colectiva puede generar cambios significativos.

Por ejemplo, los movimientos ambientales, como el movimiento Fridays for Future liderado por jóvenes, están utilizando visiones utópicas para abogar por un futuro más sostenible

La Educación en su sentido amplio es, sin duda, también un poderoso recurso para hacer fuertes a los jóvenes. Fomentar el pensamiento crítico y la capacidad de análisis puede ayudar a la juventud a comprender mejor su realidad y a buscar soluciones efectivas. La pedagogía crítica de Paulo Freire se centra en la educación como un medio para la liberación y el empoderamiento, animando a los estudiantes a cuestionar su contexto y a participar activamente en el cambio social. La educación no solo debe centrarse en la adquisición de conocimientos, sino también en fomentar la creatividad y la capacidad de imaginar futuros alternativos.

Promover la creación de redes y comunidades entre jóvenes pudiera ser clave para abordar problemas comunes y generar un cambio social significativo. Estas redes pueden facilitar el intercambio de ideas, la colaboración y el apoyo mutuo en la búsqueda de soluciones a los desafíos a los que se enfrentan, cogiendo entre pinzas el concepto de Ciberutopías que pudiera surgir de estos contactos más o menos amplios, donde los jóvenes imaginan un mundo mejor a través de la tecnología y las redes sociales, aunque a contrario sensu, también se podría discutir el potencial de la tecnología para crear divisiones y desigualdades.

La cultura visual y los movimientos artísticos pueden inspirar visiones utópicas y servir como plataformas para la crítica social, así como el arte y la literatura, que reflejan y construyen visiones utópicas. Las obras de ficción especulativa, por ejemplo, pueden ofrecer a los jóvenes un espacio para imaginar futuros alternativos y explorar las implicaciones de sus aspiraciones.

También la interseccionalidad -intersección de diferentes identidades sociales- debiera utilizarse para influir en las visiones utópicas de los jóvenes, creando un enfoque más inclusivo y representativo.

 Lo ideal podría ser una Utopía Realista:

En lugar de ver la utopía como una fantasía inalcanzable, puede ser útil conceptualizarla como un objetivo a largo plazo. La utopía puede servir como una guía que inspire a los jóvenes a trabajar hacia un futuro mejor, mientras que se enfrentan a los desafíos presentes con realismo y pragmatismo.

La idea de un futuro ideal puede ser un poderoso motivador para la acción colectiva. Al unir fuerzas, los jóvenes pueden desafiar las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad y la injusticia. La utopía, en este sentido, se convierte en una herramienta que guía la acción y el compromiso social, naturalmente excluyendo siempre la violencia.

La conclusión de que la idea de la utopía pueda ser el último recurso intelectual para los jóvenes de hoy, es compleja y multifacética. Por un lado, la utopía puede servir como fuente de inspiración y esperanza, motivando a los jóvenes a imaginar un futuro mejor y a luchar por él. Por otro lado, su idealismo puede llevar a la desconexión de la realidad, haciendo que los jóvenes eviten enfrentar los problemas críticos que afectan sus vidas.

Es esencial encontrar un equilibrio entre la aspiración a una sociedad ideal y el trabajo práctico para abordar los desafíos actuales. La búsqueda de soluciones realistas, el empoderamiento a través de la educación, la creación de redes, el arte y la literatura y la interseccionalidad entre diferentes tipos sociales, pueden ser estrategias efectivas para enfrentar la situación de los jóvenes en el mundo contemporáneo. Con estas ideas, se puede enriquecer el análisis sobre la utopía como recurso intelectual, proporcionando un enfoque más amplio y multidimensional. Esto no solo permitiría una comprensión más profunda de la situación actual en los jóvenes, sino que también podría inspirar nuevas formas de acción y compromiso en la búsqueda de un futuro mejor.

Música: 3  Doors Down: Here without you. 

¡DEMOCRATIA DELENDA EST!

 

Hace tres años escribí algo sobre ¡Carthago Delenda est! Hoy, tras la actuación de Donald Trump,  lo traigo a la memoria…

Marco Po Catón el Censor, también llamado Catón el Viejo, nació en Tusculum -península itálica- en 232 a.C. muriendo en el 147 a.C.Read More

EL CONFLICTO PALESTINO-ÁRABE-ISRAELÍ.

Hace algún tiempo, en la sobremesa de una magnífica paella a la que fui invitado por unos amigos en su casa de Roquetas de Mar, surgió el tema de los judíos, su historia, sus expulsiones de todos los países incluso del suyo desde la Antigüedad hasta la Baja Edad Media y en la Edad Moderna, las persecuciones constantes a lo largo de su existencia hasta desembocar en el Holocausto, su asentamiento por la Resolución 181 de Naciones Unidas en lo que bíblicamente es denominado Tierra Prometida, y su sinvivir desde entonces en ese territorio debido a la inquina árabe.

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HEBREOS, israelitas, israelís, judíos. Terminología básica.

En breve, publicaré un punto de vista sobre el conflicto árabe israelí; antes, sería conveniente conocer bien la terminología.

Los hebreos son un antiguo pueblo semita -descendientes de Sem hijo de Noé- proveniente de Mesopotamia, establecido en el Levante Mediterráneo o Cercano Oriente.

Israelita es el gentilicio que corresponde a los habitantes del antiguo reino de Israel. Según la tradición, es todo miembro de las doce Tribus de israel, es decir, todos los descendientes de alguno de los doce hijos del segundo patriarca bíblico JACOB  -hijo de Isaac y nieto de Abraham-, a quien Yahvé renombró como Israel.

Israelita también suele emplearse como sinónimo de judío.

Israelita, con significado de habitante del antiguo reino de Israel o de judío, no tiene el mismo significado queisraelí, gentilicio de los habitantes del actual ESTADO DE ISRAEL, sin distinguir  etnias ni religiones.

Judío no es solo una forma de señalar a los que practican el judaísmo religión antigua y monoteísta, sino también, a los pertenecientes al antiguo Reino de Judá -parte sur del reino de Israel tras su escisión a la muerte de Salomón, 930 a. C.- y claro, a los que regresaron a Tierra Santa tras el Cautiverio de Babilonia -llevado a cabo por Nabucodonsor II a finales del siglo VI- gracias al decreto de Ciro el Grande en 538 a.C.

Por tanto, las 12 tribus de Israel no eran judías sino israelitas, gentilicio aplicable hasta el fin de la monarquía unida con los tres reyes Saúl, David y Salomón (circa 1020-930 a. C.).

Los términos hebreo, israelita y judío son a veces empleados de modo indistinto, como sinónimos, y no lo son.

Se puede considerar que los Patriarcas anteriores a Abraham fueron míticos, pudiéndose considerar el primer Patriarca histórico a Abraham.

Por tanto, hebreos son los descendientes de Abraham Avinu -nuestro padre- y de Isaac-padre de Esaú y de Jacob-.

Los judíos son hebreos israelitas de la región de Judea, que provienen de Abraham (un hebreo)  y Jacob (un israelita), a través de Judá ( judío).

Tras la muerte de Salomón (930 a. C.), una insurrección condujo a la división en dos reinos: el de Israel al norte con las tribus de Rubén, Simeón, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Efraín y Manasés (estos dos últimos hijos de José que había sido vendido por sus hermanos como esclavo, contando los demás a su padre que había muerto) y un reino al sur, Judá, con las tribus de Judá y Benjamín y parte de la de Leví.

Cuando la tierra de Israel fue repartida entre las tribus en el tiempo de Josué -durante estancia en Gosén, Egipto-, la Tribu de Levi, fue escogida para servir como clero de Israel, no recibiendo tierra, aunque le fueron asignadas varias ciudades.

Jacob concedió a los descendientes de José, Efraín y Manasés, el estatus de tribus con derecho propio, reemplazando a la Tribu de José.  Cada una recibió su propia tierra y más tarde tuvo su propio campamento durante los 40 años que se vagó por el desierto y naturalmente tras el Éxodo, al llegar a la Tierra Prometida.

En el Reino del Norte estaban las 10 tribus que eran hebreos –por su génesis etnográfica– e israelitas -por su gentilicio de reino- pero no judíos, y en el Reino del Sur estaban los hebreos, israelitas y judíos que vivían en el reino de Judá.

En los últimos días del reino de Israel -siglo VIII a. C.- en el norte, la situación había llegado a ser insostenible ya que pagaban un muy alto impuesto al Imperio Neo Asirio contando con unos recursos muy limitados.

El rey Oseas dejó de pagar tributo, confiando en el apoyo de Egipto. Salmanasar V de Asiria respondió sitiando Samaria y apresando a Oseas. Después de tres años de asedio, capituló la ciudad en el año 722 a. C.

Murió Salmanasar, y el usurpador Sargón II se atribuyó la victoria y deportó a la gran mayoría de israelitas a Nínive, produciéndose lo que se ha dado en llamar la desaparición de las diez tribus perdidas.

El reino de Israel del norte había dejado de existir. Sargón no solo deportó sus habitantes a Nínive, sino que además trajo gentes de otros pueblos igualmente sometidos para repoblarla, formando una nueva provincia asiria con su gobernador al frente.

El otro hijo de Isaac, Esaú, hermano de Jacob dio origen al pueblo de Edom o idumeo.

EN RESUMEN:

Los israelitas son quienes habitaron Canaán o la Tierra de Israel, es decir, el territorio donde se establecieron los hijos de Jacob, e incluye a los jueces, a los monarcas del reino de Israel unificado, y de Israel y Judá tras su separación.

Los judíos son los habitantes del reino de Judá y todos aquellos hebreos que regresaron del exilio de Babilonia, junto con sus descendientes.

Muchos grupos étnicos se han proclamado descendientes de las tribus perdidas en Nínive, y algunos adoptan la idea mesiánica de que las tribus regresarán.

También a partir de entonces -dado que no se conocen descendientes de los israelitas que habían sido deportados a Nínive-, el pueblo de Israel del Norte es también conocido como pueblo judío; en términos religiosos, judíos son también los que practican el judaísmo, reconocidos como tales por los rabinos.

Ninguno de los tres términos enumerados es sinónimo de israelí, vocablo que designa al habitante del moderno Estado de Israel. A dicho país se lo conoce a veces también como Estado Judío y Estado Hebreo sin emplearse en este caso particular el término israelita, que por lo general suele reservase para los hebreos de la Antigüedad y también para la autodenominación de algunas comunidades judías diaspóricas.

Desde el siglo XIX, hay judíos seculares y laicos, escépticos, agnósticos, y hasta ateos; es necesario señalar que Israel es un país fundamentalmente LAICO, de ahí los problemas que tiene el presidente del país, para seguir contando con el apoyo político de los ultraortodoxos, ante la posible militarización de algunos de sus componentes, cosa de la que estaban exentos desde el año 1948, gracias al acuerdo de Ben Gurión con la cúpula rabínica, todo ello debido a la presión actual de grupos políticos menos fundamentalistas, que exigen que los ultraortodoxos de las escuelas rabínicas cumplan con sus deberes militares como el resto de varones y mujeres.

Una yeshivá -plural yeshivot– es un centro de estudios de la Torá y el Talmud generalmente dirigida a varones del judaísmo ortodoxo, conocida también como escuela talmúdica.

Los ultraortodoxos, conocidos también como jaredíes, han mantenido y lo siguen haciendo, posturas cada vez más divergentes con las tendencias sociales y políticas actuales.

Los jaredíes llevaron a cabo con el resto de judíos repartidos por el mundo, hasta 1948, el mantenimiento del imaginario de la tierra que los judíos no habían tenido durante 2.000 años, al nutrir durante el exilio eterno y las diásporas infinitas, mediante el Talmud, la creación de comunidades de jaredíes y las yeshivot, de los mandatos religiosos que mantuvieron al pueblo unido en la religión, siendo ello un escudo en donde guarecerse, protegerse y sufrir todas las expulsiones, persecuciones y matanzas que solo cesaron con el nacimiento del Israel moderno.

El jaredí fue en su inicio un movimiento europeo que surgió contra las corrientes reformistas que nacieron en el seno del judaísmo en el siglo XVIII. Hoy, hay grandes comunidades jaredíes en Nueva York, Londres o California.

En Israel, los jaredíes son todos aquellos judíos que han construido un modo de vida centrado en el cumplimiento absoluto de todas las leyes y preceptos contenidos en el Talmud, lo que les hace estar inclusos en una yeshivá, estando por tanto sujetos a los criterios vinculantes, de los rabinos, viviendo aislados del resto de la sociedad.

En el año 1948, David Ben Gurión, el padre fundador del Estado de Israel, buscó el apoyo y el consenso de la comunidad jaredí, fundamentalmente para rendir un homenaje de siglos a la religión: Cuidamos al Libro y el Libro nos cuidó a nosotros.

Ben Gurión les otorgó a los rabinos fundamentalistas ciertas competencias y privilegios, aprobando algunas leyes que chocan con la esencia de la democracia occidental.

Les otorgó la potestad de decidir quién era judío y quién no, competencia absoluta sobre los matrimonios, regir sus conflictos y disputas mediante tribunales religiosos (prerrogativa que lógicamente no incluye los delitos y las faltas y todo lo concerniente al derecho penal) y se les concedió el privilegio más polémico de todos: la exención del servicio militar obligatorio si acreditaban estar inscritos en una yeshivá.

Eso hoy ha cambiado, ya que el Parlamento lo modificó, y la exigencia de los grupos políticos para que se efectúe el alistamiento de los ultraortodoxos de manera inmediata en el ejército, es un nuevo palo en la rueda para la gobernabilidad del país.

Música: ERNEST BLOCH. DREAM (Enfantines nº 10)

 

LA GRAN Y FELÍCISIMA ARMADA ESPAÑOLA.

La armada española que partió de Lisboa en agosto de 1588 para desembarcar en Inglaterra, fue llamada peyorativamente La Invencible por los ingleses, por considerar éstos, que Felipe II tuvo una actitud muy arrogante y un exceso de confianza no justificado en su seguro éxito. Lo cierto es, que el término fue acuñado por William Cecil, primer barón de Burghley, que buscó realzar la resistencia inglesa frente a una flota mayor -tampoco fue cierto-, y ese adjetivo, empleado con habitualidad por los historiadores, quedó así para siempre; la verdadera denominación española de esa flota fue la Gran y Felicísima Armada.

Haremos un rápido repaso de la situación de las casas reinantes de España, Inglaterra y Portugal por aquel entonces, y los motivos de la guerra hispano-inglesa de 1585-1604.

Enrique VII de Inglaterra, casado con Isabel de York tuvo cinco hijos: Arturo el heredero, Margarita –esposa de Jacobo IV de Escocia y por tanto abuela de María I Estuardo, reina de Escocia y madre del rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia-, Enrique -Enrique VIII-, María y Catalina.

Enrique VII de Inglaterra.

Arturo, hombre enfermizo, casó con Catalina de Aragón -la hija menor de los Reyes Católicos- pero el matrimonio al parecer no llegó a consumarse. A la muerte de Arturo en accidente y tras un intento inútil de Enrique VII, ya viudo, de casarse con su nuera, Catalina fue casada con el tercer hijo, Enrique, que ascendió posteriormente al trono inglés con el ordinal VIII; de este matrimonio nació María Tudor Aragón.

Enrique se divorció de Catalina, para lo que tuvo que separarse de la Iglesia Católica, fundando la Iglesia Anglicana, que luego sería protestante, contrayendo segundas nupcias con Ana Bolena, con la que tuvo otra hija, Isabel. A esta segunda mujer, Ana, mandó decapitarla, ya que debió considerarlo más sencillo  y soportable que otro divorcio, casándose cuatro  veces más, naciendo de su tercer matrimonio con Juana Seymour, su único hijo varón Eduardo, que le sucedería con el ordinal VI, que reinó entre 1547 y 1553. A la muerte de Eduardo VI, la corona pasó a su hermanastra María I Tudor, prima hermana de Carlos I de España, y segunda mujer y tía de Felipe II de España, que reinó desde 1553 a 1558; reina muy católica, que trató de deshacer lo que su padre había creado en relación con el protestantismo, persiguiendo a los seguidores de este movimiento a sangre  y fuego, siendo conocida con el sobrenombre de Bloody Mary.

Enrique VIII de Inglaterra y Ana Bolena observados por Catalina de Aragón. Marcus Stone. 1870.

María Tudor fue sucedida en el trono por su hermanastra bastarda Isabel I Tudor, la Reina Virgen –aunque el knick name fue una paradoja, o por eso-, que reinó  hasta 1603.

Isabel I,  “La reina virgen”.

Isabel I, celosa del poder que in crescendo iban acumulando los Habsburgo -especialmente Carlos I-, comenzó a atosigar a la Corona española desde todos los frentes posibles.

La herencia recibida por Felipe II de la corona de Portugal –por ser hijo de Isabel de Portugal-, el 16 de octubre de 1581 en el castillo de Tomar -anexo al Convento templario de Cristo-, tras la batalla de Alcántara,  en la que el Duque de Alba derrotó a las fuerzas del otro aspirante Antonio Prior de Crato, apoyado por la Corona inglesa, incitó aún más a Isabel a intentar desgastar al imperio español, poseedor de las Américas, Portugal, España y los Países Bajos,  y como remate, Amberes tras la toma por los Tercios españoles, poseyendo además los Habsburgo la corona del Sacro Imperio Romano Germánico en la persona de Maximiliano II de Habsburgo, primo hermano de Felipe II, hijo de su tío Fernando -nacido en Alcalá de Henares-, primero Rey de Romanos, y después Emperador del Sacro Imperio y rey de Hungría y Bohemia, y archiduque de Austria.

Además de todo lo expuesto, Felipe II  había firmado en 1584 con Francia, representada por el Duque de Guisa, el tratado de Joinville con la Santa Liga de París, para combatir el protestantismo.

Por todo ello, Isabel hizo que su apoyo a los rebeldes holandeses fuera si cabía, más firme  –firmó el Tratado de Nonsuch en 1585, pactando una alianza militar anglo-holandesa contra España- enviando 7000 efectivos a la Unión de Utrecht , con armas y ayuda económica en la medida de sus posibilidades.

En 1585, y llevando ya Isabel 28 años de reinado y como consecuencia de los constantes ataques de los corsarios ingleses a la flota española,  especialmente a los barcos que venían cargados de riquezas de América, y del constante apoyo inglés a las revueltas  de las  Siete Provincias Unidas de la Unión de Utrecht –las siete provincias rebeldes de los Países Bajos españoles ya que las otras diez de la Unión de Arras permanecieron leales inicialmente a la Corona española-, que  se enfrentaron a España en la guerra de los 80 años, desatándose las hostilidades entre Inglaterra y España, dando comienzo la guerra anglo-española en 1585, que duraría 19 años.

A partir de ahí, Isabel I le dio a Sir Francis Drake el mando de una flota, con la misión de atacar los territorios españoles en las Indias, sus rutas comerciales, y los objetivos inopinados que fueran surgiendo y viera factible su consecución, además de aumentar su apoyo con fuerzas y ayuda económica a los rebeldes de las Provincias Unidas de la Unión de Utrecht, intensificando la persecución sangrienta a los católicos en Inglaterra y Escocia.

Drake zarpó al mando de una flota de 21 naves y 2.000 hombres, para  hostigar las costas de España y Portugal, marchando luego a las Indias.  Saqueó Bayona de Galicia e intentó entrar sin éxito a puertos de las islas Canarias, desde donde tomó rumbo a las Indias, después de haber atacado barcos en La Palma, El Hierro e incendiado Santiago, en Cabo Verde.

En los primeros días de 1586, llegó a  la isla de La Española, tomando con más de 1.000 hombres Santo Domingo, pidiendo por su liberación un rescate de 25.000 ducados, y tras recibirlos, abandonó la ciudad incendiándola  parcialmente. Lo mismo hizo con Cartagena de Indias a cambio de 107.000 ducados.

Tras declararse en su flota una epidemia de fiebre amarilla, regresó a Portsmouth, no sin antes incendiar varias ciudades que le pillaron de paso.

Mientras Inglaterra luchaba sólo contra España, los españoles  tuvieron que pelear en muchos frentes, teniendo que mantener el Imperio hispano-portugués, combatiendo simultáneamente contra Francia, Inglaterra, las Provincias Unidas de la Unión de Utrecht y el Islam.

A pesar de tantos frentes, estas constantes acciones inglesas, fueron los motivos básicos que impulsaron a Felipe II  a ordenar la constitución, organización y expedición de una Gran Armada, que con su actuación contra los territorios insulares del reino inglés, trasladaran los problemas a esas tierras, para que una vez con ellos en casa, dejaran de molestar en los mares a las flotas comerciales, y a las posesiones europeas, peninsulares y de ultramar españolas, que dada su extensión en los cinco continentes, tenía grandes dificultades para defender. Era necesario pasar de una posición pasiva a otra activa/ofensiva..

Al año siguiente de su vuelta del Caribe -1587-, recuperados sus hombres de la fiebre amarilla, Drake volvió a formar una flota constituida por cuatro barcos de la Marina Real inglesa: el Elizabeth Bonaventure, con Drake al mando, el Golden Lyon, capitaneado por William Burroughs, el Rainbow por el capitán Bellingham y el Dreadnought por el capitán Fenner, y veinte barcos más. Los costes de esta expedición fueron financiados por un grupo de comerciantes londinenses, que participarían de los beneficios, en la misma proporción en la que hicieron sus aportaciones, y la reina Isabel, como dueña de las cuatro naves de la Marina Real y por reina, recibiría el 50 % de los beneficios.

A la altura de Galicia y tras una gran tormenta fueron informados por dos naves holandesas, que en Cádiz se estaba preparando una gran flota española de guerra, lista para partir primero a Lisboa y luego a Inglaterra.

Comenzaron a navegar hacia el sur, atacando Cádiz, destruyendo gran parte de la flota española allí amarrada, devastando varias fortalezas del Algarve portugués, bordeando Lisboa para poner en serios aprietos a la flota de Álvaro de Bazán, que estaba en Lisboa, y que el marqués de Santa Cruz pudo rechazar, capturando varios barcos de la flota de Indias cargados de riquezas, entre ellos el San Felipe, con más de 110.000 ducados en oro y especias. Los daños causados por la flota inglesa a la Armada española de Cádiz, causaron una demora de más de un año en los planes españoles de invasión de Inglaterra.

Sir Francis Drake.

Al margen de lo expuesto y una vez excomulgada Isabel I por Pío VII en 1570, por protestante y por perseguir a los católicos, siendo además hija bastarda  de Enrique VIII y Ana Bolena, y por tanto sin derechos a la corona inglesa -según la Iglesia-, y habiéndose casado Felipe II con la anterior soberana de Inglaterra María I Tudor -su tía segunda-, el rey español vio una ventana abierta, para además de lograr acabar con las acciones ofensivas inglesas, intentar de paso revindicar sus derechos, y arrebatar el trono de la pérfida Albión a Isabel, logrando además de este modo, el cese del asedio de Isabel sobre María I Estuardo, reina de Escocia -con anterioridad reina consorte de Francia por matrimonio con Francisco II de Francia-, por ser católica, y también, porque  era una seria aspirante al trono de Inglaterra, al ser nieta de Margarita Tudor, hermana de Enrique VIII, que al fin terminó con la cabeza cortada,  a instancia de Isabel I y entre sus  lágrimas de pena, el 8 de febrero de 1587, lo cual tensó aún más la situación.

Felipe II.

En 1587, Felipe II tomó la decisión definitiva, y pidió la elaboración de planes para la invasión de Inglaterra, a D. Álvaro de Bazán, I marqués de Santa Cruz, uno de los grandes vencedores de Lepanto. Los planes fueron presentados y aprobados: la preparación y conducción de la flota le fue encomendada a D. Álvaro de Bazán, aunque el mando efectivo del desembarco y de la operación, se la dio el rey a su sobrino Alejandro Farnesio, III duque de Parma y Gobernador de los Países Bajos, hijo de Octavio Farnesio y  Margarita de Parma -hija ilegítima de Carlos I-, cosa que al marqués le dolió sobremanera, aunque debería haber sabido a esa edad de su vida, que es necesaria la sencillez para el triunfo y el valor para el fracaso, y más en los ambientes políticos y de familia de ese rango.

Alejandro Farnesio, III duque de Parma.

El duque de Parma debería llevar los Tercios españoles desde Dunkerque a  Inglaterra a través de Calais. El rey fue convencido de esta opción, al ser mucho más económico llevar fuerzas a Inglaterra desde Dunkerque que desde España, además de que el más largo transporte, podría estar sujeto a bastantes más incidentes e imprevistos.

La decisión fue pues la constitución de una Gran Armada que partiría de Lisboa y se reuniría en Dunkerque con el duque de Parma. Los tercios españoles embarcados en Dunkerque, serían desembarcados en las costas inglesas, debiendo seguir hasta tomar Londres.

La Gran y Felicísima Armada comenzó a  prepararse: serían un total de 130 barcos, debiendo zarpar de Lisboa en mayo de 1588, rumbo primero a Dunkerque y luego a Inglaterra, para derrocar a la reina  Isabel I.

Hubo un error de planeamiento básico: cuando fuera avistada la Gran Armada española desde la costa inglesa se alertarían todas las fuerzas marítimas y terrestres del reino de Isabel, por lo que el desembarco por sorpresa, que debería ser realizado en barcazas que pudieran llegar a las playas –los navíos no podían hacerlo y por tanto no servían para ese transporte-, no podrían conseguir ese decisivo factor.

Don Álvaro comenzó los preparativos en Lisboa, pero le sorprendió la muerte por tifus en febrero de 1588, siendo nombrado para sustituirle al mando de la flota D. Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor, VII duque de Medina Sidonia, que expuso al rey su desconocimiento de asuntos de la mar, e incluso sus mareos a consecuencia de la navegación,  pero Felipe II insistió, nombrándole Capitán General del Mar Océano, y segundo suyo,  a D. Antonio Martínez de Leyva hijo del virrey de Nápoles y componente del Consejo de Guerra de esa Armada,  naturalmente.

Alonso Pérez de Guzmán El Bueno, VII  duque de Medina Sidonia.

Un día de invierno -es más típico en primavera y otoño-, tuve la oportunidad de observar una galerna del Cantábrico en Santander, durante la noche, y pude ensoñar a los barcos de esa época, pequeños, medios o grandes, de madera, sin ayudas a la navegación, siendo volteados, triturados y descuadernados por las brutales olas y vientos, con un oleaje tal, que las embarcaciones podrían ser elevadas al cielo para luego caer al abismo, sin más consuelo que Dios y algún fanal, propio o ajeno, que en algún sube y baja, se podría conseguir avistar; la historia suele ser un camino lleno de estos héroes que nunca serán conocidos, siendo cosa extraña que a esos marinos, les diera tiempo a ser mayores, porque los valientes solían morir antes de la edad madura. Al terminar una brutal tempestad, habiendo liberado gran cantidad de adrenalina, los marinos se tornaban y lo siguen  haciendo, en general locuaces, contándose una y otra vez sus aventuras llenas de exageraciones, fantasías, y aquello de que los tiempos pasados fueron mejores y más duros: “esto ya no es lo que era”…

El 30 de mayo de 1588 partieron de Lisboa los 130 barcos: grandes galeones portugueses, urcas de construcción inglesa y holandesa, galeras y galeazas mediterráneas, pataches, zabras…es decir una flota muy heterogénea que se constituyó en siete escuadras.

Al poco tiempo de abandonar el puerto de Lisboa -el oficial de la Corona en Portugal-, el viento roló al NW, con marejada en superficie, y más tarde al N, con una tormenta de grandes proporciones. La navegación de bolina –navegar de bolinanavegar de ceñidaceñirbolinear o barloventear,  es la acción de navegar a vela contra la dirección del viento (hacia barlovento)-  era imposible por ser el viento huracanado y  hasta los galeones eran zarandeados como juguetes en manos de la tempestad. A los pocos días, la flota desorientada y desperdigada. se encontraba a 70 millas al sur de Lisboa, es decir había retrocedido. La tempestad continuó y tras dos semanas de vientos cambiantes, se encontró a la altura de la Coruña, pero sin víveres ni agua, con algún barco naufragado y todos necesitando reparaciones.

El 19 de junio entraron en el puerto de La Coruña, donde permanecieron hasta el 22 de julio, fecha en la que partieron del puerto gallego 127 buques.

Al partir de La Coruña, la Gran Armada contaba a bordo con los siguientes efectivos: 19.000  soldados, 8.000 marinos, 4.000 galeotes -los condenados a remar-, algo más de 1,5 sacerdotes por barco, algo más de 1 médico cada dos barcos y 2.430 cañones.

La Armada se dividió en escuadras, con el nombre de la región, zona propietaria o reino en donde fueron construidas las naves:

Escuadra de Portugal, al mando del Duque de Medina-Sidonia: la nave capitana era el San Martín, de 1.000 toneladas y 98 cañones.

Escuadra de Vizcaya, al mando del almirante general Juan Martínez de Recalde.

Escuadra de Guipúzcoa, al mando de Miguel de Oquendo.

Escuadra de Castilla, al mando de Diego Flores de Valdés.

Escuadra de Andalucía, al mando de Pedro de Valdés.

Escuadra Levantisca, al mando de Martín de Bertendona, formada por naves de Italia, Venecia y Ragusa (Sicilia).

Escuadra de las urcas y las naves del Mediterráneo,  al mando de Juan López de Medina.

Sin formar Escuadra:

Las galeras de Portugal, al mando de Diego Medrano.

Las galeazas de Nápoles, al mando de Hugo de Moncada.

Escuadrilla de zabras y pataches, al mando de Antonio Hurtado de Mendoza.

Los 127 barcos que constituían la Armada a su salida de La Coruña,  eran de los siguientes tipos:

20 Galeones: barcos de guerra, con dos cubiertas, el casco reforzado y cuatro o cinco palos.

4 Galeras: naves con una sola cubierta, propulsadas con remos, y a veces a vela, con dos o tres mástiles.

4 Galeazas: barcos de guerra grandes, lentos y pesados, a remo. No era una clase de barco adecuado para el océano Atlántico.

35 Naos: barcos con tres, cuatro o cinco palos, mercantes, y de aspecto y distribución similares a los galeones, aunque algo más anchos, con puente de proa y popa.

10 Carabelas: embarcaciones ligeras destinadas al avituallamiento de la flota.

20 Pataches: barcos de diversos tipos empleados como buques auxiliares.

25 Urcas: tipos de barcos de carga utilizados en los  mares del Norte y Báltico, de desplazamiento lento y con casco barrigudo.

9 Zabras y pinazas: embarcaciones destinadas a funciones de remolque y comunicaciones: eran naves largas y ligeras que se desplazaban a remo y vela.

El 25 de julio, Medina Sidonia mandó un patache con  mensaje a Alejandro Farnesio, para comunicarle que ya se dirigía hacia Dunkerque. De nuevo, la mar gruesa, el viento del norte y una gran marejada, impidieron el avance de la flota.

En este nuevo caos marítimo, desaparecieron las 40 naves de la escuadra de Andalucía mandadas por D. Pedro de Valdés. Eran los primeros días de agosto, mejorando el tiempo poco a poco, llegando una semana después el grueso de la Armada, a las islas SORLINGAS, al SW de Inglaterra. Las 40 naves perdidas seguían sin aparecer, aunque dos días después, un patache de los destacados a vanguardia, las avistó cerca de cabo Lizard en Cornualles, y la flota a pesar de lo sufrido, recuperó la moral y la fuerza.

Estaba la flota al SW de Inglaterra, navegando en despliegue de combate -con vanguardia, grueso y retaguardia- en dirección NE, con medidas de vigilancia extremas para evitar sorpresas, pero utilizando fanales para no perder la formación de noche, ya que la sorpresa fue dada por perdida, al observar una cadena de grandes fuegos de leña y brea, que se encendían en puntos altos sucesivos de la costa inglesa, para informar de la presencia de la flota española.

De este modo, fue avistada la bahía de PLYMOUTH, donde la flota inglesa se resguardaba, siendo por tanto muy vulnerable en ese momento y situación. El Consejo de Guerra de la Armada pidió a Medina Sidonia el ataque inmediato, dada la vulnerabilidad inglesa, pero el duque a pesar de la insistencia de todos los componentes del Consejo, se negó, exhibiendo la orden del rey, diciendo que la operación debía ser dirigida por Alejandro Farnesio, haciendo firmar a todos los componentes del Consejo el acuerdo de desestimación del ataque. Otro gran error de esta Gran Armada en lo militar -y también en lo civil-: desechar la iniciativa, que obligaría a asumir responsabilidades, aunque a veces no se ajuste lo que se ejecute EXACTAMENTE a la orden inicial  -que constituye básicamente una idea general de la previsión de la maniobra-, y es virtud que debe adornar al mando, para poder aprovechar al máximo las vulnerabilidades del contrario y poder protegerse de las propias, proporcionándole ventajas mayores o desventajas menores en el cambiante desarrollo de una operación.

Se volvieron a enviar mensajes a Alejandro Farnesio, que seguía sin ser localizado, y por tanto sin contestar, y se dieron órdenes para pasar de largo Plymouth sin intervenir en modo alguno, continuando hasta entrar en contacto con el duque de Parma.

El 31 de julio con viento del W NW, fue avisado el almirante, de que una escuadra de unos 80 navíos ingleses -el cuerpo principal de la flota inglesa- navegaba a barlovento siguiendo la estela de los españoles. La flota inglesa en conjunto, era superior en número de barcos a la española, con 150, siendo mandada por el lord almirante Charles Howard, I primer conde de Nottingham.

Sir Charles Howard, I conde de Nottingham.

Medina Sidonia dio la orden de ponerse en orden batalla, desplegando en el trinquete del San Martín el estandarte real. De los tres bloques del despliegue de  combate que se llevaba, vanguardia, centro y retaguardia, se pasó  a la formación de combate de media luna.

Se realizaron varias descargas de fuego por ambas partes, buscando los españoles la aproximación para el abordaje –suerte en la  que eran insuperables- pero los ingleses conociendo este extremo, rehuían cualquier acercamiento, hostigando a la Gran Armada con fuego de largo alcance –superior al de los españoles-, alejándose inmediatamente.

Esa fue la estrategia inglesa: hacer daño por el fuego lejano y rehuir la proximidad que pudiera terminar en abordaje, sabiendo que una permanencia  prolongada en un teatro de operaciones extraño y lejano, podría agotar logísticamente mucho antes la capacidad española que la inglesa, que tenía posibilidades de abastecimiento a tiro de piedra, y al mismo tiempo y siempre, intentando buscar el barlovento a los españoles con sus barcos más pequeños y más rápidos y maniobrables.

Las pequeñas bajas causadas por el fuego y la lentitud de maniobra de  los buques de la Gran Armada, elevó la moral inglesa, desesperando a los españoles, que encontraban a los ingleses siempre a barlovento y rehuyendo el contacto; es decir, aplicando la táctica del desgaste prevista.

A Farnesio le seguían mandado pataches con mensajeros que seguían sin encontrarlo y Medina Sidonia seguía cumpliendo a toda costa las órdenes de S.M. a cientos de kilómetros…, dejando de lado toda posible  iniciativa…

La Gran Armada navegó hacia las costas de Calais y Dunkerque, donde fondeó. El alcalde y la ciudad de Calais, proveyeron de comida y agua a la flota española, poniendo a disposición del almirante español, los cañones de la ciudad, mientras, la flota inglesa recibía refuerzos de Dover -en el SE de Inglaterra- con número de barcos no inferior a 40, mandados por Henry Seymour, y una escuadra de rebeldes holandeses, mandados por Justino de Nassau,  que se estableció en la zona de Dunkerque para cortar la salida española hacia el N.

Por fin encontraron al Duque de Parma en Brujas, no en Dunkerque como era lo acordado, y expresó la necesidad de aún 15 días más -con gran desesperación de la flota española-, para terminar de preparar los Tercios que iban a ser trasladados en barcazas a las costas inglesas, protegidas por los barcos de la Gran Armada.

A los dos días, la noche del 7 al 8 de agosto, los españoles observaron como 8 brulotes ingleses, aprovechando el viento del W, eran lanzados como barcos incendiarios y con explosivos contra la flota española atracada. Los españoles sin tiempo para levar anclas, picaron los cables de las mismas para intentar quitarse de en medio, pero temiendo ser arrastrados a los bajíos de GRAVELINAS, se dispersaron sin orden alguno; aprovechando esta circunstancia, los ingleses se lanzaron al ataque, comenzando la que se bautizó como batalla de Gravelinas.

Los combates se sucedieron sin cesar: el mayor alcance de fuego y la mayor velocidad en la maniobra de los buques ingleses chocó con la robustez y fuerza moral en el combate de los españoles. El San Martín de Medina Sidonia, inicialmente solo, y posteriormente auxiliado por 40 buques más, fueron capaces de soportar los embates de más de un centenar de barcos ingleses. Sin vencedor definitivo, y aprovechando que el viento roló favorablemente para los españoles, finalizó la batalla con sólo un barco español hundido y otro apresado en los bajíos de Gravelinas.

La batalla de Gravelinas -la más violenta de la campaña- permitió a los ingleses, impedir el cumplimiento del objetivo español de desembarcar a los Tercios en Inglaterra, aunque  la flota española no hubiera sido realmente derrotada.

Los españoles, con viento desfavorable más tarde, se vieron obligados a salir al mar del Norte, sin agua, alimentos ni municiones, y totalmente desorganizados, aunque no rehuyeron ni en esos momentos, el combate con el inglés.

Después de lo acontecido a la Gran Armada, el trayecto de vuelta a España, se realizó bordeando la costa norte de las islas británicas, que resultaría más “fácil” para los galeones y las naos, y mucho más difícil para el resto de las naves, que estaban diseñadas para mares interiores, como el Mediterráneo.

Llegaron a los puertos españoles 102 barcos de los 127 que partieron de La Coruña, la mayor parte muy dañados, extrayendo la conclusión técnica de que eran más eficaces los barcos rápidos y maniobreros con fuego de largo alcance, que los barcos grandes y lentos en la maniobra.

El fracaso de la Gran Armada, permitió a Inglaterra momentáneamente, continuar sus ataques piratas a los territorios españoles, y a las flotas comerciales, a la vez que continuaron dando apoyo económico y militar a los holandeses contra España.

La Gran Armada no fue nunca derrotada y jamás rehusó el combate, aunque la historia fue falseada por los ingleses, especialistas en este tipo de libelo, siendo publicitada su historia por Anthony Wingfield en 1589, en un panfleto impreso en el taller de Thomas Woodcok,  A true coppie of a discourse written by a gentleman employed in the late voyage of Spaine and Portingale.

De forma inmediata, Isabel I dio la orden de constituir una Contra Armada  -Contraarmada- comandada por Sir Francis Drake en la parte naval de la  flota y Sir John Norris sobre las tropas de desembarco, para atacar los puertos donde la flota española  reconstruía sus barcos y se lamía las heridas, tratando de lograr las riquezas posibles en esos ataques.

Tuvieron ciertos problemas para conseguir las tripulaciones y las tropas de desembarco, debido al mal trato que recibieron los que combatieron a la Gran Armada española a su regreso; los ingleses padecieron miles de bajas en contra de lo que dijo su aparato propagandístico y NO fueron ayudados a su regreso, ni aun los enfermos. En palabras del almirante HOWARD al aire y a la reina: es penoso ver como padecen después de haber prestado tal servicio. Valdría más que Su Majestad la Reina hiciera algo por ellos, aún a costa de gastar un dinero y que no los dejara llegar a tales extremos. Si estos hombres no son mejor tratados y se les deja morir de hambre y miseria, difícilmente volverán a ayudarnos.

Sin embargo en España, al regresar la flota, habían sido movilizados innumerables recursos en muchos puertos españoles, con alimentos, hospitales, y materiales de reconstrucción de barcos.

En 1589, por fin pudieron poner en marcha l Contra Armada inglesa, partiendo de Plymouth con 150 barcos y 23.000 hombres, recibiendo Drake órdenes de la reina  de atacar los puertos de Santander y San Sebastián en el Cantábrico, puertos en donde se reparaban numerosos buques de la Gran Armada, antes de continuar hacia Lisboa, ciudad que debería ser tomada, nombrando a D. Antonio Prior de Crato, hijo del infante Luís de Portugal y nieto de Manuel I el Afortunado –que estuvo casado sucesivamente con las infantas españolas Isabel, María (hijas de los Reyes Católicos) y  Leonor (hija de Juana la Loca)-, rey de Portugal, para sustituir a  Felipe II -que lo era desde 1581, por ser hijo de Isabel de Portugal, hija de Manuel I el Afortunado y María, hija de los Reyes Católicos-, y en caso de no poder quitar la corona a Felipe, destruir la ciudad  y expoliarla.

Antonio, Prior de Crato, autoproclamado rey de Portugal.

A Drake le interesaban básicamente los botines, especialmente el que pudiera lograr en Lisboa, por tanto consideró que San Sebastián y Santander le desviaban mucho de su objetivo, y para disimular, sin ser acusado de incumplimiento de órdenes,  decidió atacar el puerto y la ciudad de La Coruña, pensando que serían presas fáciles y rápidas de conseguir.

Estuvieron atacando La Coruña desde el 4 al 18 de mayo de 1589 con todos los efectivos disponibles, que cuadruplicaban la población de la ciudad. No pudieron tomarla, destacando en el mando de la defensa el marqués de Cerralbo y el capitán Juan Padilla, jugando un papel muy importante en la aportación defensiva del Castillo de San Antón. Al ver la imposibilidad de conquistar la ciudad, intentaron quemarla en sucesivas ocasiones, consiguiéndolo parcialmente en algunos barrios como el de la Pescadería,  profanando por último, antes de retirarse, con disparos las imágenes sagradas, e incendiando  el convento de Santo Domingo como forma de manifestar  su enfado e impotencia.

Estatua de María Pita en la plaza de su nombre en La Coruña.

Puerta del Fuerte de san Antón en La Coruña.

En una de las últimos ataques de los ingleses, rechazados nuevamente, destacó la acción de María Fernández de la Cámara y Pita –María Pitaque en lucha cuerpo a cuerpo con un alférez abanderado inglés -dicen que hermano del almirante-, le clavó una pica en el pecho, dejándolo colgado de la muralla, sirviendo esta acción de gran ánimo a los defensores y horror a los de Drake, que decidieron retirarse.

La flota inglesa –La Contra Armada o Invencible inglesa- siguió hacia Lisboa en donde fracasó nuevamente, en su intento de provocar un levantamiento del pueblo portugués a favor de don Antonio Prior de Crato, autoproclamado rey de Portugal, en un intento de arrebatar la corona a Felipe II.

Al no existir un mando único de la flota, las diferencias entre Sir Francis Drake y Sir Jhon Norreys Norris para los españoles, uno jefe naval y el otro jefe de la fuerza de desembarco, sobre cómo realizar la operación, se acentuaron: el primero era partidario de atacar Lisboa desde el mar, entrando en el estuario del Tajo, y el segundo, partidario de un desembarco previo en la fortaleza de Peniche, leal a Antonio de Crato, y un avance por tierra hacia Lisboa. La opinión de Crato, creyendo que Portugal estaba con él,  influyó en la decisión de desembarcar en Peniche. Fue un fracaso con grandes pérdidas inglesas, conducido por Norris, mientras Drake, sin mover un dedo, permanecía expectante a varias millas de la costa lisboeta.

El fracaso de la Contra Armada, que desplegó más de 150 naves de distintos tipos y perdió más de 40 navíos entre hundimientos y capturas durante el desarrollo de sus operaciones, obligó al regreso de la misma, causando grave quebranto financiero al tesoro isabelino,  permitiendo a España reconstruir la flota española del Atlántico, logrando la salvaguarda marítima.

El desastre de la Contra Armada inglesa fue ocultado; hubo  pérdidas dobles que las de la Gran Armada española, y Drake fue relegado a mandar las defensas de Plymouth, siéndole retirada por la reina la licencia para navegar hasta 1595, recuperando el permiso real para morir a manos españolas en un ataque a Panamá en 1596, sirviendo además esta circunstancia, para que no fuera posible llevar inmediatas expediciones inglesas a América del norte, lo que pudo  contribuir a la ruina de Virginia.

La marina española fue triplicada, y a partir de 1590 consiguió transportar tres veces más mercancías entre América y Europa que en la mejor década de cualquier otra época anterior.

No obstante, los ingleses, que habían encontrado en la vía corsaria, una fuente de financiación relativamente sencilla, lo siguieron intentando. España aplicó un sistema de escolta y de información para sus buques, que frustraron la mayoría de los ataques corsarios a la Flota de Indias a partir de 1590: las expediciones bucaneras de John Hawkins y  de Martin Frobisher fueron derrotadas en la batalla de Las Flores, en las Azores, siendo capturado el navío  Revenge -el más importante de la flota inglesa-.

Así siguieron algunos años, con acciones ofensivas corsarias, bucaneras, filibusteras o piratas, gestionadas o realizadas por los ingleses, resueltas siempre a favor de los españoles: Pedro de Zubiaur dispersó  una flota de 40 buques ingleses en 1592, incendiando la capitana y apresando 3 barcos, y en 1593, en la batalla de Blaye, derrotó a una pequeña flota inglesa, hundiendo a la capitana y a la segunda.

En 1595, Drake y John Hawkins –piratas, corsarios y traficantes de esclavos- organizaron una expedición contra los asentamientos españoles en las Indias. Al pasar por Las Palmas de Gran Canaria fueron derrotados y más tarde lo fueron en diferentes lugares del Caribe, en donde los dos marinos/piratas perdieron la flota y la vida en 1596.

Siguieron las dos Armadas hostigándose permanentemente; murió Felipe II en 1598 y Felipe III continuó con la guerra. En 1600 se iniciaron conversaciones de paz en Boulogne-sur-Mer sin éxito; en 1603 murió Isabel I y se iniciaron entonces entre Felipe III y Jacobo I de Inglaterra -y VI de Escocia- conversaciones de paz serias, que culminaron en el Tratado de Londres el 28 de agosto de 1604, de resultado ventajoso para los españoles, que continuaron siendo de momento, la primera potencia europea; más tarde, tras la derrota ante Francia en la guerra de los 30 años y el crecimiento de la flota holandesa, España pasó a ser una potencia más en Europa.

The Somerset House Conference, en 1604 pintado en óleo sobre lienzo, mantenida  para negociar el final de la guerra anglo-española. Es un grupo con 11 representantes de los gobiernos de España, Inglaterra  y de los Países Bajos españoles.

En el Tratado de Londres, Jacobo I se comprometía a no intervenir en los asuntos continentales, renunciaba a prestar algún tipo de ayuda a los Países Bajos, abría el canal de la Mancha al transporte marítimo español, prohibía a sus súbditos llevar mercancías de España a Holanda o viceversa, y suspendía las actividades de los piratas en el Atlántico, mientras España renunciaba a apoyar un rey católico para la corona de Inglaterra, garantizando la tolerancia religiosa a los ingleses, comprometiéndose a no contribuir al sostenimiento de la formación del sacerdocio católico irlandés y concediendo facilidades al comercio inglés en las Indias españolas.

La expedición de la Gran y Felicísima Armada en 1588, se encuadra en los primeros años de una guerra entre España e Inglaterra que duró 19 años, comenzando en 1585 y terminando en 1604, y que si bien fue un éxito inglés, al impedir el objetivo español de desembarco en Inglaterra, no fue una derrota para España. A lo largo de la guerra, España obtuvo la mayor parte de los triunfos, hasta llegar a la victoria final, por la que consiguió reforzar su control sobre los mares, obligando a Jacobo I Estuardo, rey de Inglaterra a firmar la paz de Londres con Felipe III en 1604, tratado favorable para los intereses españoles.

El Paseo del Prado de Madrid y sus aledaños hace 3 siglos.

Se adjunta video de como fue el paseo del Prado de Madrid a finales del siglo XVII.

En unos días, podrá verse como se transformó, en lo que hoy son los Paseos del Prado y Recoletos.

La vulgaridad como derivada del estatismo o la involución.

Dedicado a mi amigo Jacobo Taboada Valdés.

Hace unos días, un buen amigo, comentando cómo veía la sociedad española en este momento, me decía:

A mí lo que más me puede, es el aliento vulgar que nos rodea; no lo puedo soportar…(sic)Read More