LA GRAN ARMADA ESPAÑOLA.

La armada española que partió de Lisboa en agosto de 1588 para desembarcar en Inglaterra, fue llamada peyorativamente La Invencible por los ingleses, por considerar éstos que Felipe II tuvo una actitud muy arrogante y un exceso de confianza no justificado en su seguro éxito. Lo cierto es, que el término fue acuñado por William Cecil, primer barón de Burghley, que buscó realzar la resistencia inglesa frente a una flota mayor -tampoco fue cierto-, y ese adjetivo, empleado con habitualidad por los historiadores, quedó así para siempre; la verdadera denominación española de esa flota fue la Gran y Felicísima Armada.

Haremos un rápido repaso de la situación de las casas reinantes de España, Inglaterra y Portugal por aquel entonces, y los motivos de la guerra hispano-inglesa de 1585-1604.

Enrique VII de Inglaterra, casado con Isabel de York tuvo cinco hijos: Arturo el heredero, Margarita –esposa de Jacobo IV de Escocia y por tanto abuela de María I Estuardo reina de Escocia que fue madre del rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia-, Enrique -luego sería VIII de Inglaterra-, María y Catalina.

Enrique VII de Inglaterra.

Arturo, hombre enfermizo, casó con Catalina de Aragón -la hija menor de los Reyes Católicos- pero el matrimonio no llegó a consumarse. A la muerte de Arturo y tras un intento inútil de Enrique VII, ya viudo, de casarse con su nuera, Catalina fue casada con el tercer hijo, Enrique, que ascendió posteriormente al trono inglés con el ordinal VIII; de este matrimonio nació María Tudor Aragón.

Enrique se divorció de Catalina, para lo que tuvo que separarse de la Iglesia Católica, fundando la Iglesia Anglicana, que luego sería protestante, contrayendo segundas nupcias con Ana Bolena, con la que tuvo otra hija, Isabel. A esta segunda mujer Ana, mandó decapitarla, ya que debió considerarlo más sencillo  y soportable que otro divorcio, casándose cuatro  veces más, naciendo de su tercer matrimonio con Juana Seymour, su único hijo varón Eduardo, que le sucedería con el ordinal VI, que reinó entre 1547 y 1553. A la muerte de Eduardo VI, la corona pasó a su hermanastra María I Tudor, prima hermana de Carlos I y segunda mujer y tía de Felipe II de España, que reinó desde 1553 a 1558; reina muy católica, que trató de deshacer lo que su padre había creado en relación con el protestantismo, persiguiendo a los seguidores de este movimiento a sangre  y fuego, siendo conocida con el sobrenombre de Bloody Mary.

Enrique VIII de Inglaterra y Ana Bolena observados por Catalina de Aragón. Marcus Stone. 1870.

A su muerte fue sucedida en el trono por su hermanastra bastarda Isabel I Tudor, la Reina Virgen –aunque eso fuera una paradoja, o por eso-, que reinó  hasta 1603.

Isabel I,  «La reina virgen».

Isabel I, celosa del poder que in crescendo iban acumulando los Habsburgo -especialmente Carlos I-, comenzó a atosigar a la Corona española desde todos los frentes posibles.

La herencia recibida por Felipe II de la corona de Portugal –por ser hijo de Isabel de Portugal-, el 16 de octubre de 1581 en el castillo de Tomar -anexo al Convento templario de  Cristo-, tras la batalla de Alcántara,  en la que el Duque de Alba derrotó a las fuerzas del otro aspirante Antonio Prior de Crato, apoyado por la Corona inglesa, incitó aún más a Isabel a intentar desgastar al imperio español, poseedor de las Américas, Portugal, España y los Países Bajos,  y como remate, la toma de Amberes por los Tercios españoles, poseyendo además los Habsburgo la corona del Sacro Imperio Romano Germánico en la persona de Maximiliano II de Habsburgo, primo hermano de Felipe II, hijo de su tío Fernando  -nacido en Alcalá de Henares-, primero Rey de Romanos, y después Emperador del Sacro Imperio y rey de Hungría y Bohemia, y archiduque de Austria.

Además de todo lo expuesto, Felipe II  había firmado en 1584 con Francia, representada por el Duque de Guisa, el tratado de Joinville con la Santa Liga de París, para combatir el protestantismo.

Por todo ello, Isabel hizo que su apoyo a los rebeldes holandeses fuera si cabía, más firme  –firmó el Tratado de Nonsuch en 1585, pactando una alianza militar anglo-holandesa contra España- enviando 7000 efectivos a la Unión de Utrecht, con armas y ayuda económica en la medida de sus posibilidades.

En 1585, y llevando ya Isabel 28 años de reinado y como consecuencia de los constantes ataques de los corsarios ingleses a la flota española,  especialmente a los barcos que venían cargados de riquezas de América, y del constante apoyo inglés a las revueltas  de las  Siete Provincias Unidas de la Unión de Utrecht –las siete provincias rebeldes de los Países Bajos españoles ya que las otras diez de la Unión de Arras permanecieron leales inicialmente a la Corona española-  enfrentadas a España en la guerra de los 80 años, se desataron las hostilidades entre Inglaterra y España, dando comienzo la guerra anglo-española en 1585, que duraría 19 años.

A partir de ahí, Isabel I le dio a Sir Francis Drake el mando de una flota, con la misión de atacar los territorios españoles en las Indias, sus rutas comerciales, y los objetivos inopinados que fueran surgiendo y viera factible su consecución, además de aumentar su apoyo con fuerzas y ayuda económica a los rebeldes de las Provincias Unidas de la Unión de Utrecht, intensificando la persecución sangrienta a los católicos en Inglaterra y Escocia.

Drake zarpó al mando de una flota de 21 naves y 2.000 hombres, para  hostigar las costas de España y Portugal, marchando luego a las Indias.  Saqueó Bayona de Galicia y atacó sin éxito a puertos de las islas Canarias, desde donde tomó rumbo a las Indias, después de haber atacado barcos en La Palma, El Hierro e incendiado Santiago en Cabo Verde.

En los primeros días de 1586, llegó a  la isla de La Española, tomando con más de 1.000 hombres Santo Domingo, pidiendo por su liberación un rescate de 25.000 ducados, y tras recibirlos, abandonó la ciudad incendiándola  parcialmente. Lo mismo hizo con Cartagena de Indias a cambio de 107.000 ducados.

Tras declararse en su flota una epidemia de fiebre amarilla, regresó a Portsmouth, no sin antes incendiar varias ciudades que le pillaron de paso.

Mientras  Inglaterra luchaba sólo contra España, los españoles  tuvieron que pelear en muchos frentes, teniendo que mantener el Imperio hispano-portugués, combatiendo simultáneamente contra Francia, Inglaterra, las Provincias Unidas de la Unión de Utrecht y el Islam.

A pesar de tantos frentes, estas constantes acciones inglesas, fueron los motivos básicos que impulsaron a Felipe II  a ordenar la constitución, organización y expedición de una Gran Armada, que con su actuación contra los territorios insulares del reino inglés,  trasladaran los problemas a esas tierras, para que una vez con ellos en casa, dejaran de molestar en los mares a las flotas comerciales, y a las posesiones europeas, peninsulares y de ultramar españolas, que dada su extensión en los cinco continentes, tenía grandes dificultades para defender. Era necesario pasar de una posición pasiva a otra activa/ofensiva..

Al año siguiente de su vuelta del Caribe -1587-, recuperados sus hombres de la fiebre amarilla, Drake volvió a formar una flota constituida por cuatro barcos de la Marina Real inglesa: el Elizabeth Bonaventure, con Drake al mando, el Golden Lyon, capitaneado por William Burroughs, el Rainbow por el capitán Bellingham y el Dreadnought por el capitán Fenner, y veinte barcos más. Los costes de esta expedición fueron financiados por un grupo de comerciantes londinenses, que participarían de los beneficios, en la misma proporción en la que hicieron sus aportaciones, y la reina Isabel, como dueña de las cuatro naves de la Marina Real, recibiría el 50 % de los beneficios.

A la altura de Galicia y tras una gran tormenta fueron informados por dos naves holandesas, que en Cádiz se estaba preparando una gran flota española de guerra, lista para partir primero a Lisboa y luego a Inglaterra.

Comenzaron a navegar hacia el sur, atacando Cádiz, destruyendo gran parte de la flota española allí amarrada, devastando varias fortalezas del Algarve portugués, bordeando Lisboa para poner en serios aprietos a la flota de Álvaro de Bazán, que estaba en Lisboa,  y que el marqués de Santa Cruz pudo rechazar, capturando varios barcos de la flota de Indias cargados de riquezas, entre ellos el San Felipe, con más de 110.000 ducados en oro y especias. Los daños causados por la flota inglesa a la armada española de Cádiz, causaron una demora de más de un año en los planes españoles de invasión de Inglaterra.

Sir Francis Drake.

Al margen de lo expuesto y una vez excomulgada Isabel I por Pío VII en 1570, por protestante y por perseguir a los católicos, siendo además hija bastarda  de Enrique VIII y Ana Bolena, y por tanto sin derechos a la corona inglesa -según la Iglesia-, y habiéndose casado Felipe II con la anterior soberana de Inglaterra María I Tudor -su tía segunda-, el rey español vio una ventana abierta, para además de lograr acabar con las acciones ofensivas inglesas, intentar de paso revindicar sus derechos, y arrebatar el trono de la pérfida albión a Isabel, logrando además de este modo, el cese del asedio de Isabel sobre María I Estuardo, reina de Escocia -con anterioridad reina consorte de Francia por matrimonio con Francisco II de Francia-, por ser católica,  y también porque  era una seria aspirante al trono de Inglaterra, al ser nieta de Margarita Tudor, hermana de Enrique VIII, que al fin terminó con la cabeza cortada,  a instancia de Isabel I y entre sus  lágrimas de pena, el 8 de febrero de 1587, lo cual tensó aún más la situación.

Felipe II.

En 1587, Felipe II tomó la decisión definitiva, y pidió la elaboración de planes para la invasión de Inglaterra, a  D. Álvaro de Bazán, I marqués de Santa Cruz, uno de los grandes vencedores de Lepanto. Los planes fueron presentados y aprobados: la preparación y conducción de la flota le fue encomendada a D. Álvaro de Bazán, aunque el mando efectivo del desembarco y de la operación, se la dio el rey a su sobrino Alejandro Farnesio, III duque de Parma y Gobernador de los Países Bajos, hijo de Octavio Farnesio y  Margarita de Parma -hija ilegítima de Carlos I-, cosa que al marqués le dolió sobremanera, aunque debería haber sabido a esa edad de su vida, que es necesaria la sencillez para el triunfo y el valor para el fracaso, y más en los ambientes políticos y de familia de ese rango.

Alejandro Farnesio, III duque de Parma.

El duque de Parma debería llevar los Tercios españoles desde Dunkerque a  Inglaterra a través de Calais. El rey fue convencido de esta opción, al ser mucho más económico llevar fuerzas a Inglaterra desde Dunkerque que desde España, además de que el más largo transporte, podría estar sujeto a bastantes más incidentes e imprevistos.

La decisión fue pues la constitución de una Gran Armada que partiría de Lisboa y se reuniría en Dunkerque con el duque de Parma. Los tercios españoles serían desembarcados en las costas inglesas, debiendo seguir hasta tomar Londres.

La Gran y Felicísima Armada comenzó a  prepararse: serían un total de 130 barcos, debiendo zarpar de Lisboa en mayo de 1588, rumbo primero a Dunkerque y luego a Inglaterra para derrocar a la reina  Isabel I.

Hubo un error de planeamiento básico: cuando fuera avistada la Gran Armada española desde la costa inglesa, se alertarían todas las fuerzas marítimas y terrestres del reino de Isabel, por lo que el desembarco por sorpresa, que debería ser realizado en barcazas que pudieran llegar a las playas –los navíos no podían hacerlo y por tanto no servían para ese transporte-, no podrían conseguir ese decisivo factor.

Don Álvaro comenzó los preparativos en Lisboa, pero le sorprendió la muerte por tifus en febrero de 1588, siendo nombrado para sustituirle al mando de la flota D. Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor, VII duque de Medina Sidonia, que expuso al rey su desconocimiento de asuntos de la mar, e incluso sus mareos a consecuencia de la navegación,  pero Felipe II insistió, nombrándole Capitán General del Mar Océano, y segundo suyo,  a D. Antonio Martínez de Leyva hijo del virrey de Nápoles y componente del Consejo de Guerra de esa Armada,  naturalmente.

Alonso Pérez de Guzmán El Bueno, VII  duque de Medina Sidonia.

Un día de invierno -es más típico en primavera y otoño-, tuve la oportunidad de observar una galerna del Cantábrico en Santander, durante la noche, y me pude imaginar a los barcos de esa época, pequeños, medios o grandes, de madera, sin ayudas a la navegación, siendo volteados, triturados y descuadernados por las brutales olas y vientos, con un oleaje tal, que las embarcaciones podrían ser elevadas al cielo para luego caer al abismo, sin más consuelo que Dios y algún fanal, propio o ajeno, que en algún sube y baja, se podría conseguir avistar: la historia suele ser un camino lleno de héroes que nunca serán conocidos, siendo cosa rara que esos héroes marinos fueran valientes y mayores, porque los valientes solían morir antes de la edad madura. Al terminar una brutal tempestad, habiendo liberado gran cantidad de adrenalina, los marinos se tornaban y lo siguen  haciendo en general locuaces, contándose una y otra vez sus aventuras llenas de exageraciones, fantasías, y aquello de que los tiempos pasados fueron mejores y más duros: “esto ya no es lo que era”…

El 30 de mayo de 1588 partieron de Lisboa los 130 barcos: grandes galeones portugueses, urcas de construcción inglesa y holandesa, galeras y galeazas mediterráneas, pataches, zabras…es decir una flota muy heterogénea que se constituyó en siete escuadras.

Al poco tiempo de abandonar el puerto de Lisboa -el oficial de la Corona en Portugal-, el viento roló al NW, con marejada en superficie, y más tarde al N, con una tormenta de grandes proporciones. La navegación de bolina –navegar de bolinanavegar de ceñidaceñirbolinear o barloventear,  es la acción de navegar a vela contra la dirección del viento (hacia barlovento)-  era imposible por ser el viento huracanado y  hasta los galeones eran zarandeados como juguetes  en manos de la tempestad.  A los pocos días, la flota desorientada y desperdigada. se encontraba a 70 millas al sur de Lisboa, es decir había retrocedido. La tempestad continuó y tras dos semanas de vientos cambiantes, se encontró a la altura de la Coruña, pero sin víveres ni agua, con algún barco naufragado y todos necesitando reparaciones.

El 19 de junio entraron en el puerto de La Coruña, donde permanecieron hasta el 22 de julio, fecha en la que partieron del puerto gallego 127 buques.

Al partir de La Coruña, la Gran Armada contaba a bordo con los siguientes efectivos: 19.000  soldados, 8.000 marinos, 4.000 galeotes -los condenados a remar-, algo más de 1,5 sacerdotes por barco, algo más de 1 médico cada dos barcos y 2.430 cañones.

La Armada se dividió en escuadras, con el nombre de la región, zona propietaria o reino en donde fueron construidas las naves:

Escuadra de Portugal, al mando del Duque de Medina-Sidonia: la nave capitana era el San Martín, de 1.000 toneladas y 98 cañones.

Escuadra de Vizcaya, al mando del almirante general Juan Martínez de Recalde.

Escuadra de Guipúzcoa, al mando de Miguel de Oquendo.

Escuadra de Castilla, al mando de Diego Flores de Valdés.

Escuadra de Andalucía, al mando de Pedro de Valdés.

Escuadra Levantisca, al mando de Martín de Bertendona, formada por naves de Italia, Venecia y Ragusa (Sicilia).

Escuadra de las urcas y las naves del Mediterráneo,  al mando de Juan López de Medina.

Sin formar Escuadra:

Las galeras de Portugal, al mando de Diego Medrano.

Las galeazas de Nápoles, al mando de Hugo de Moncada.

Escuadrilla de zabras y pataches, al mando de Antonio Hurtado de Mendoza.

Los 127 barcos que constituían la Armada a su salida de La Coruña,  eran de los siguientes tipos:

20 Galeones: barcos de guerra, con dos cubiertas, el casco reforzado y cuatro o cinco palos.

4 Galeras: naves con una sola cubierta, propulsadas con remos, y a veces a vela, con dos o tres mástiles.

4 Galeazas: barcos de guerra grandes, lentos y pesados, a remo. No era una clase de barco adecuado para el océano Atlántico.

35 Naos: barcos con tres, cuatro o cinco palos, mercantes, y de aspecto y distribución similares a los galeones, aunque algo más anchos, con puente de proa y popa.

10 Carabelas: embarcaciones ligeras destinadas al avituallamiento de la flota.

20 Pataches: barcos de diversos tipos empleados como buques auxiliares.

25 Urcas: tipos de barcos de carga utilizados en los  mares del Norte y Báltico, de desplazamiento lento y con casco barrigudo.

9 Zabras y pinazas: embarcaciones destinadas a funciones de remolque y comunicaciones: eran naves largas y ligeras que se desplazaban a remo y vela.

El 25 de julio, Medina Sidonia mandó un patache con  mensaje a Alejandro Farnesio, para comunicarle que ya se dirigía hacia Dunkerque. De nuevo, la mar gruesa, el viento del norte y una gran marejada, impidieron el avance de la flota.

En este nuevo caos marítimo, desaparecieron las 40 naves de la escuadra de Andalucía mandadas por D. Pedro de Valdés. Eran los primeros días de agosto, mejorando el tiempo poco a poco, llegando una semana después el grueso de la Armada, a las islas SORLINGAS, al SW de Inglaterra. Las 40 naves perdidas seguían sin aparecer, aunque dos días después, un patache de los destacados a vanguardia, las avistó cerca de cabo Lizard en Cornualles, y la flota a pesar de lo sufrido, recuperó la moral y la fuerza.

Estaba la flota al SW de Inglaterra, navegando en despliegue de combate en dirección NE, con medidas de vigilancia extremas para evitar sorpresas, pero utilizando fanales para no perder la formación de noche, ya que la sorpresa fue dada por perdida, al observar una cadena de grandes fuegos de leña y brea, que se encendían en puntos altos sucesivos de la costa inglesa, para informar de la presencia de la flota española.

De este modo, fue avistada la bahía de PLYMOUTH, donde la flota inglesa se resguardaba, siendo por tanto muy vulnerable en ese momento y situación. El Consejo de Guerra de la Armada pidió a Medina Sidonia el ataque inmediato, dada la vulnerabilidad inglesa, pero el duque a pesar de la insistencia de todos los componentes del Consejo, se negó, exhibiendo la orden del rey, diciendo que la operación debía ser dirigida por Alejandro Farnesio, haciendo firmar a todos los componentes del Consejo, el acuerdo de desestimación del ataque. Otro gran error de esta Gran Armada: en lo militar -y también en lo civil-. La iniciativa, asumiendo responsabilidades para lo bueno y malo, aunque a veces no se ajuste EXACTAMENTE a la orden inicial  -que constituye básicamente una idea general de la previsión de la maniobra-, es virtud que debe adornar al mando, para poder aprovechar al máximo las vulnerabilidades del contrario y poder protegerse de las propias, proporcionándole ventajas mayores o desventajas menores en el cambiante desarrollo de una operación.

Se volvieron a enviar mensajes a Alejandro Farnesio, que seguía sin ser localizado y por tanto sin contestar, y se dieron órdenes para pasar  de largo Plymouth sin intervenir en modo alguno, continuando hasta entrar en contacto con el duque de Parma.

El 31 de julio con viento del W NW, fue avisado el almirante, de que una escuadra de unos 80 navíos ingleses -el cuerpo principal de la flota inglesa- navegaba a barlovento siguiendo la estela de los españoles. La flota inglesa en conjunto, era superior en número de barcos a la española, con 150, siendo mandada por el lord almirante  Charles HOWARD, primer conde de Nottingham.

Sir Charles Howard, I conde de Nottingham.

Medina Sidonia dio la orden de ponerse en orden batalla, desplegando en el trinquete del San Martín, el estandarte real. De los tres bloques del despliegue de  combate anterior, vanguardia, centro y retaguardia, se pasó  a la formación de combate de media luna.

Se realizaron varias descargas de fuego por ambas partes, buscando los españoles la aproximación para el abordaje –suerte en la  que eran insuperables- pero los ingleses conociendo este extremo, rehuían cualquier acercamiento, hostigando a la Gran Armada  con fuego de largo alcance –superior al de los españoles-, alejándose inmediatamente.

Esa fue la estrategia inglesa: hacer daño por el fuego lejano y rehuir la proximidad que pudiera terminar en abordaje, sabiendo que una permanencia  prolongada en un teatro de operaciones extraño y lejano, podría agotar logísticamente mucho antes la capacidad española  que la inglesa, que tenía su abastecimiento a tiro de piedra, y al mismo tiempo y siempre, intentando buscar  el barlovento a los españoles con sus barcos más pequeños y por tanto, más maniobrables.

Las pequeñas bajas causadas por el fuego y la lentitud de maniobra de  los buques de la Gran Armada, elevó la moral inglesa, desesperando a los españoles, que encontraban a los ingleses siempre a barlovento y rehuyendo el contacto: es decir, aplicando la táctica del desgaste prevista.

A Farnesio le seguían mandado pataches con mensajeros que seguían sin encontrarlo y Medina Sidonia seguía cumpliendo a toda costa las órdenes de S.M. a cientos de kilómetros…, dejando de lado toda posible  iniciativa…

La Gran Armada navegó hacia las costas de Calais y Dunkerque, donde fondeó. El alcalde y la ciudad de Calais, proveyeron de comida y agua a la flota española, poniendo a disposición del almirante español, los cañones de la ciudad, mientras, la flota inglesa recibía refuerzos de Dover -en el SE de Inglaterra- con número de barcos no inferior a 40, mandados por Henry Seymour, y una escuadra de rebeldes holandeses, mandados por Justino de Nassau,  que se estableció en la zona de Dunkerque para cortar la salida española hacia el N.

Por fin encontraron al Duque de Parma en Brujas, no en Dunkerque como era lo acordado, y expresó la necesidad de  aún 15 días más -con gran desesperación de la flota española-, para terminar de preparar los Tercios, que iban a ser trasladados en barcazas desde Dunkerque a las costas inglesas, protegidas por los barcos de la Gran Armada.

A los dos días, la noche del 7 al 8 de agosto, los españoles observaron como 8 brulotes ingleses, aprovechando el viento del W, eran lanzados como barcos incendiarios y con explosivos contra la flota española atracada. Los españoles sin tiempo para levar anclas, picaron los cables de las mismas para intentar quitarse de en medio, pero temiendo ser arrastrados a los bajíos de GRAVELINAS se dispersaron sin orden alguno; aprovechando la circunstancia, los ingleses se lanzaron al ataque, comenzando la que se bautizó como batalla de Gravelinas.

Los combates se sucedieron sin cesar: el mayor alcance de fuego y la mayor velocidad en la maniobra de los buques ingleses chocó con la robustez y fuerza moral en el combate de los españoles. El San Martín de Medina Sidonia, inicialmente solo, y posteriormente auxiliado por 40 buques más, fueron capaces de soportar los embates de más de un centenar de barcos ingleses. Sin vencedor definitivo, y aprovechando que el viento roló favorablemente para los españoles, finalizó la batalla con sólo un barco español hundido y otro apresado en los bajíos de Gravelinas.

La batalla de Gravelinas -la más violenta de la campaña- permitió a los ingleses, impedir el cumplimiento del objetivo español de desembarcar a los Tercios en Inglaterra, aunque   la flota española no hubiera sido realmente derrotada.

Los españoles, con viento desfavorable más tarde, se vieron obligados a salir al mar del Norte, sin agua, alimentos ni municiones, y totalmente desorganizados, aunque no rehuyeron ni en esos momentos, el combate con el inglés.

Después de lo acontecido a la Gran Armada, el trayecto de vuelta a España, se realizó bordeando la costa norte de las islas británicas, que resultaría más «fácil» para los galeones y las naos, y mucho más difícil para el resto de las naves, que estaban diseñadas para mares interiores, como el Mediterráneo.

Llegaron a los puertos españoles 102 barcos de los 127 que partieron de La Coruña, la mayor parte muy dañados, extrayendo la conclusión técnica de que eran más eficaces los barcos rápidos y maniobreros con fuego de largo alcance, que los barcos grandes y lentos en la maniobra.

El fracaso de la Gran Armada, permitió a Inglaterra momentáneamente, continuar sus ataques piratas a los territorios españoles, y a las flotas comerciales, a la vez que continuaron dando apoyo económico y militar a los holandeses contra España.

La Gran Armada  no fue nunca derrotada y jamás rehusó el combate, aunque la historia fue falseada por los ingleses, especialistas en este tipo de libelo, siendo publicitada su historia por Anthony Wingfield en 1589, en un panfleto impreso en el taller de Thomas Woodcok,  A true coppie of a discourse written by a gentleman employed in the late voyage of Spaine and Portingale.

De forma inmediata Isabel I dio la orden de constituir una Contra Armada  -Contraarmada- comandada por Sir Francis Drake sobre la parte naval de la  flota y Sir John Norris sobre las tropas de desembarco, para atacar los puertos donde la flota española  reconstruía sus barcos y se lamía las heridas, tratando de lograr las riquezas posibles en esos ataques.

Tuvieron ciertos problemas para conseguir las tripulaciones y las tropas de desembarco, debido al mal trato que recibieron los que combatieron a la Gran Armada española a su regreso; los ingleses padecieron miles de bajas en contra de lo que dijo su aparato propagandístico y NO fueron ayudados a su regreso, ni aun los enfermos. En palabras del almirante HOWARD al aire y a la reina: es penoso ver como padecen después de haber prestado tal servicio. Valdría más que Su Majestad la Reina hiciera algo por ellos, aún a costa de gastar un dinero y no los dejara llegar a tales extremos. Si estos hombres no son mejor tratados y se les deja morir de hambre y miseria, difícilmente volverán a ayudarnos.

Sin embargo en España, al regresar la flota, habían sido movilizados innumerables recursos en muchos puertos españoles, con alimentos, hospitales, y materiales de reconstrucción de barcos.

En 1589, por fin pudieron poner en marcha la Contra Armada inglesa, partiendo de Plymouth con 150 barcos y 23.000 hombres, recibiendo Drake órdenes de la reina  de atacar los puertos de Santander y San Sebastián en el Cantábrico, puertos en donde se reparaban numerosos buques de la Gran Armada, antes de continuar hacia Lisboa, ciudad que debería ser tomada, nombrando a D. Antonio, Prior de Crato, hijo del infante Luís de Portugal y nieto de Manuel I el Afortunado –casado sucesivamente con las infantas españolas Isabel, María (hijas de los Reyes Católicos) y  Leonor (hija de Juana la Loca)-, rey de Portugal , para sustituir a  Felipe II -que lo era desde 1581, por ser hijo de Isabel de Portugal, hija de Manuel I el Afortunado y María, hija de los Reyes Católicos-, y en caso de no poder quitar la corona a Felipe, destruir la ciudad  y expoliarla.

Antonio, Prior de Crato, autoproclamado rey de Portugal.

A Drake le interesaban básicamente los botines, especialmente el que pudiera lograr en Lisboa, por tanto consideró que San Sebastián y Santander se desviaba mucho de su objetivo, y para disimular, sin ser acusado de incumplimiento de órdenes,  decidió atacar el puerto y la ciudad de La Coruña, pensando que serían presas fáciles y rápidas de conseguir.

Estuvieron atacando La Coruña desde el 4 al 18 de mayo de 1589 con todos los efectivos disponibles, que cuadruplicaban la población de la ciudad. No pudieron tomarla, destacando en el mando de la defensa el marqués de Cerralbo y el capitán Juan Padilla, jugando un papel muy importante en la aportación defensiva del Castillo de San Antón. Al ver la imposibilidad de conquistar la ciudad, intentaron quemarla en sucesivas ocasiones, consiguiéndolo parcialmente en algunos barrios como el de la Pescadería,  profanando por último, antes de retirarse, con disparos las imágenes sagradas, e incendiando  el convento de Santo Domingo como forma de manifestar  su enfado e impotencia.

Estatua de María Pita en la plaza de su nombre en La Coruña.

Puerta del Fuerte de san Antón en La Coruña.

En una de las últimos ataques de los ingleses, rechazados nuevamente, destacó la acción de María Fernández de la Cámara y PitaMaría Pita- que en lucha cuerpo a cuerpo con un alférez abanderado inglés -dicen que hermano del almirante-, le clavó una pica en el pecho, dejándolo colgado de la muralla, sirviendo esta acción de gran ánimo a los defensores y horror a los de Drake, que decidieron retirarse.

La flota inglesa –La Contra Armada o Invencible inglesa- siguió hacia Lisboa donde fracasó también en su intento de provocar un levantamiento del pueblo portugués a favor de don Antonio Prior de Crato, autoproclamado rey de Portugal, en un intento de arrebatar la corona a Felipe II.

Al no existir un mando único de la flota, las diferencias entre Sir Francis Drake y Sir Jhon NorreysNorris para los españoles, uno jefe naval y el otro jefe de la fuerza de desembarco, sobre cómo realizar la operación, se acentuaron: el primero era partidario de atacar Lisboa desde el mar, entrando en el estuario del Tajo, y el segundo, partidario de desembarcar en la fortaleza de Peniche, leal a Antonio de Crato y avanzar por tierra hacia Lisboa. La opinión de Crato, creyendo que Portugal estaba con él,  influyó en la decisión de desembarcar en Peniche. Fue un fracaso con grandes pérdidas inglesas, conducido por Norris, mientras Drake, sin mover un dedo, permanecía expectante a varias millas de la costa lisboeta.

El fracaso de la Contra Armada, que desplegó más de 150 naves de distintos tipos y perdió más de 40 navíos entre hundimientos y capturas durante el desarrollo de sus operaciones, obligó al regreso de la misma, causando grave quebranto financiero al tesoro isabelino,  permitiendo a España reconstruir la flota española del Atlántico, logrando rápidamente la supremacía marítima.

El desastre de la Contra Armada inglesa fue ocultado, con  pérdidas dobles que las de la Gran Armada española, siendo Drake relegado a mandar las defensas de Plymouth, siéndole retirada la licencia para navegar por la reina, hasta 1595…, recuperando el permiso real para morir a manos españolas en un ataque a Panamá en 1596, sirviendo además esta circunstancia, para que no fuera posible llevar inmediatas expediciones inglesas a América del norte, lo que pudo  contribuir a la ruina de Virginia.

La marina española fue triplicada, y a partir de 1590 consiguió transportar tres veces más mercancías entre América y Europa,  que en la mejor década de cualquier otra época anterior.

No obstante, los ingleses, que habían encontrado en la vía corsaria, una fuente de financiación relativamente sencilla, lo siguieron intentando. España aplicó un sistema de escolta y de información a sus buques, que frustraron la mayoría de los ataques corsarios a la Flota de Indias a partir de 1590: las expediciones bucaneras de John Hawkins y  de Martin Frobisher fueron derrotadas en la batalla de Las Flores, en las Azores, siendo capturado el navío  Revenge –el más importante de la flota inglesa-.

Así siguieron algunos años, con acciones ofensivas bucaneras, filibusteras o piratas, gestionadas o realizadas por los ingleses, resueltas siempre a favor de los españoles: Pedro de Zubiaur dispersó  una flota de 40 buques ingleses en 1592, incendiando la capitana y apresando 3 barcos y en 1593, en la batalla de Blaye, derrotó a una pequeña flota inglesa, hundiendo a la capitana y a la segunda.

En 1595, Drake y John Hawkins –pirata, corsario y traficante de esclavos- organizaron una expedición contra los asentamientos españoles en las Indias. Al pasar por Las Palmas de Gran Canaria fueron derrotados y más tarde en diferentes lugares del Caribe, en donde los dos marinos/piratas perdieron la flota y la vida en 1596.

Siguieron las dos Armadas hostigándose permanentemente. Murió Felipe II en 1598 y Felipe III continuó con la guerra; en 1600 se iniciaron conversaciones de paz en Boulogne-sur-Mer sin éxito; en 1603 murió Isabel I y se iniciaron entonces entre Felipe III y Jacobo I de Inglaterra -y VI de Escocia- conversaciones de paz serias, que culminaron en el Tratado de Londres el 28 de agosto de 1604, de resultado ventajoso para los españoles, que continuaron siendo de momento, la primera potencia europea; más tarde, tras la derrota ante Francia en la guerra de los 30 años y el crecimiento de la flota holandesa, España pasó a ser una potencia más en Europa.

The Somerset House Conference, en 1604 pintado en óleo sobre lienzo, mantenida  para negociar el final de la guerra anglo-española. Es un grupo con 11 representantes de los gobiernos de España, Inglaterra  y de los Países Bajos españoles.

En el Tratado de Londres, Jacobo I se comprometía a no intervenir en los asuntos continentales, renunciaba a prestar algún tipo de ayuda a los Países Bajos, abría el canal de la Mancha al transporte marítimo español, prohibía a sus súbditos llevar mercancías de España a Holanda o viceversa, y suspendía las actividades de los piratas en el Atlántico, mientras España renunciaba a nombrar un rey católico para la corona de Inglaterra, garantizando la tolerancia religiosa a los ingleses, comprometiéndose a no contribuir al sostenimiento de la formación del sacerdocio católico irlandés, concediendo facilidades al comercio inglés en las Indias españolas.

La expedición de la Gran y Felicísima Armada en 1588, se encuadra en los primeros años de una guerra entre España e Inglaterra que duró 19 años, comenzando en 1585 y terminando en 1604, y que si bien fue un éxito inglés, al impedir el objetivo español de desembarco en Inglaterra, no fue una derrota para España. A lo largo de la guerra, España obtuvo la mayor parte de los triunfos, hasta llegar a la victoria final, por la que consiguió reforzar su control sobre los mares, obligando a Jacobo I Estuardo, rey de Inglaterra a firmar la paz de Londres con Felipe III en 1604, tratado favorable para los intereses españoles.

SON LAA COSAA DE LA VÍAA…

Desesperado por la escasa calidad de mi juego golfístico, una mañana decidí -por fin- ir a entrenar a un bonito campo de prácticas que hay en las instalaciones del madrileño Club de Campo, que tiene la particularidad, que desde uno de los extremos se tira sin alfombrillas, en la hierba, lo cual parece que pudiera acercarse más a la realidad de los golpes del juego en el campo, no permitiendo el común comentario  de…«yo en el campo de  prácticas sobre la alfombrilla doy unos golpes increibles y luego bajo al campo y un desastre»…Fui a la máquina de bolas, y dudé entre sacar un  par de euros o empeñar 100, para obtener el número de bolas que yo consideraba necesario para corregir mi desastroso juego: decidí invertir momentáneamente sólo tres euros.

Con la cesta en la mano y la bolsa en el carro, miré la fila de entrenandos, decidiéndome por un hueco que había detrás de una chica vestida de negro y azul ajustado y desde la lejanía, de magnífico tipo. Al llegar saludé con un ligero buenos días -para no molestar- a ella, y con menos énfasis a un chico que quedaba detrás de mi posición.

Hice unos cuantos impresentables swings de prácticas y algún estiramiento, mientras me fijaba en el delicioso movimiento que hacía la  de negro  y azul ajustado, sacando el palo hacia el cielo, y la bola, la mayor parte de las veces, recorriendo una distancia regular,  galopando por el suelo.

Intenté concentrarme en lo mío, y ¡Dios Santo!, sacaba unos golpes que no recordaba haber dado jamás, haciendo un movimiento increíble, que mi memoria muscular no recordaba como mío; mis bolas sonaban tan bien que descubrí a negro  y azul ajustado mirando hacia  atrás de reojo, y en una de sus observaciones me dijo «tendrás un hándicap bajísimo, no?»; no me lo podía creer, ya que tras el tipazo tremendo observado desde detrás y ya descubierto, se escondía una delantera mejor, y una belleza madura de unos cuarenta años, que hizo que mi 5  se apoyara en el suelo, quedándome embobado ante lo que veía;  «bueno, tengo un hándicap no demasiado bueno; la mejor madera de mi bolsa es el lápiz…jeje, y supongo que el tuyo con ese swing, sí que será estupendo, no?»…Ahí empezó una conversación típica de los golfistas que no transcribo por carecer de interés: es que me levanto…adelanto la cadera a los brazos y se abre…entro de fuera hacia dentro….en fin…

Consumimos nuestros cubos de bolas, dándole un par de consejos -a los que tan aficionado soy y tan poco pongo en práctica-: «mantén la cabeza baja y haz el follow through…» dije; sigo igual…eso no me funciona»  contestó, «entonces mueve la cabeza y no hagas el follow through»,  le dije, jaja…, aunque al final logramos que se levantara menos, y golpeara mejor la bola, subiéndola a los cielos y bajándola a los valles, para aterrizar dentro de cualquier parte del Club de Campo, quedando encantada. Me contó entre bola y bola, que tenía un hijo de 12 años, con un swing muy bueno -aquí el mensaje era el hijo y no el swing, entendí- y yo le advertí que cuando tenía 65 años hacía mucha más distancia -para que se hiciera idea de mi edad- a lo cual respondió que ni de coña, que parecía que tenía cincuenta y tantos; el arrobo me inundó, y sentí la obligación y necesidad de invitarla a tomar algo.

Recogimos los bártulos y nos fuimos charlando a la zona donde habíamos dejado los coches; deje mi bolsa al lado del mío y la acompañé, para intentar ayudarla al embarque de sus bártulos en el maletero del suyo. Se lo comenté, y me dijo que su coche apenas tenía maletero, dirigiéndose a un  Ferrari Testarossa amarillo, que para meter la bolsa necesitaba bajar el asiento del acompañante.

Pensaba a toda velocidad y dibujé en mi mente la situación: chica de cuarenta y pico, casada con tío riquísimo -o pudiente per se–  y con hijo de 12 años…so nothing to do…; como si leyera mi pensamiento me dijo «estoy divorciada desde hace varios años y vivo en Juan Bravo, y la custodia de mi hijo es compartida» . Como si no diera importancia a lo que me había dicho, o no la hubiera oído, le respondí ¿te apetece tomar algo?, respondiéndome con un seguro y rotundo...»sí claro»…

«Mi cama sin ti, es demasiado ancha, y mi corazón contigo, demasiado estrecho», le confesaría más adelante, pasado un tiempo prudencial…el swing  puede ser de lo de más recurrente…

Así nos fuimos conociendo, llamándola de vez en cuando como para no agobiar, hasta que un día, tiramos los teléfonos al estanque del Retiro, para no tenernos que llamar más y estar juntos casi siempre.

Los días transcurrían plácidamente, encontrándome especialmente bien a tu lado, sintiendo menos numerosos mis vanos de soledad -que por otra parte me son tan necesarios-, y con permanente inquietud  juvenil, esperando que llegaran los momentos del día o de la noche en que pudiéramos dar rienda suelta a nuestros deseos más íntimos, aunque fuera al ritmo de lo que somos y no de lo que nos gustaría ser, ritmo que empecé a notar impuesto, cuando el pecho y los michelines comenzaron a llenarse de grasa incombustible, hace ya bastantes años.

Sugeriste  al mes siguiente de conocernos,  tras el encuentro casual en el campo de prácticas del Club de Campo, que podríamos vivir juntos, pero a mí, aunque ya me habían penetrado dentro de la piel, tu belleza, tu forma de mirar, tu colorido, tus escorzos imposibles y tus formas de gestionar los silencios, y habiendo superado desde hace mucho tiempo la edad en la que necesitaba la aprobación de los demás para estar seguro de mí mismo, yo que desde hace tiempo vivo solo como buen cobarde, me cuesta ceder mis parcelas exclusivas de vida,  considerando además que convivir conmigo tampoco sería beneficioso para ti, ya que soy poco dado a las concesiones para el general contento y más bien hombre algo rústico en la convivencia: es decir, mejor para los dos, vivir unos ratos juntos cada día y/o cada noche o siempre, conservando nuestro espacio pero sin abandonarnos, ya que perderte, me haría sentir, como si las sombras de los cipreses me fueran alcanzando  ya, como proemio de las paladas de tierra o de las llamas.

Aquella mañana, arreglada de tarde/noche, con la línea de ojos perfectamente marcada por tu naturaleza,   con el maquillaje de un color  que realzaba tus pómulos y daba intensidad al color de tus ojos, y con  el perfume indomable que usas con frecuencia, yo me tranquilicé al observarte, pensando que sería imposible que no ocurriera algo estando cerca de ti, mientras tu mirada recorría mi horizonte, y yo pensaba en que el mundo parecía menos hostil a tu lado; hablamos de libros y de música y me preguntaste, engreída, que como te encontraba, refiriéndote a tu aspecto.

Yo, que no quería que la respuesta se muriera dentro de mí, te dije  que estabas bellísima como siempre, cosa que ya sabías de antemano, porque te conoces casi mejor que nadie  y nunca sales sin inspeccionarte previa y minuciosamente.

Nos sentamos en una terraza de Jorge Juan. Pedimos un café, y hablando, decidimos hacer un viaje relámpago de tres días a Río Martíl (Martín en español, Martil en bereber, por la zona de Tetuán), en donde yo te había relatado, que en la soledad del amanecer de sus playas y con mis dieciocho años recién cumplidos, había visto a una persona deshacerse de su chilaba y entrar en el mar; aproximándome yo curioso, vi salir del agua el más hermoso cuerpo de mujer que nunca volvería a ver, esculpido en color bronce, y acercándome ya sin cautela, pude observar su rostro perfecto, sus pechos desafiantes, apenas vencida  la adolescencia, y unos ojos grandes y verdes, del color del mar de los cayos cubanos; supongo que ahora, cincuenta y tantos años después, el sueño se habrá desvanecido, y no veré en esa playa  la misma escultura saliendo del agua, pero tú, tal vez, quieras  sustituir ese sueño por otro contigo de protagonista, y reproducir en mí, esa impresión del pasado, para el futuro.

Fijamos las fechas y la forma de realizar la escapada, ofreciéndote para encargar las reservas y la organización, que atacaste de inmediato desde el IPAD, tras pedir la contraseña del wifi al camarero y otro café para mí. Terminadas tus búsquedas y reservas, y tras comentar los resultados y hacer algunas observaciones acerca del viaje, y de las mejores vías para obtener buenos precios y óptimas calidades, pasaste al tema golf, proponiéndome esa mañana ir a entrenar un rato; ibas con un traje blanco, suelto, que contrastaba con el moreno de tu piel, y colgado del hombro un patchwork en el que se adivinaban bultos de cierto peso, antojándoseme que era indumentaria poco cómoda para ir a jugar, pero me dijiste que estaba todo bien y que en el coche llevabas  unas sneakers para cambiarte las sandalias.

Así que cogimos mi coche, donde teníamos cargados los bártulos del golf y nos fuimos al Club; cuando llevábamos tirada media fortuna en bolas de prácticas, me volviste a comentar que te eludía la sensación de dejar trabajar al palo y que las bolas seguían yéndose a la derecha, abriendo,  es decir que el problema de direccionar adecuadamente la bola con los hierros largos, continuaba.

Era un día nublado de agosto, con nubes que amenazaban tormenta y un cierto bochorno, que hacía que se dibujara en tu piel una imperceptible pátina brillante, haciéndola brillar como si de crema hidratante se tratara en brazos y piernas. Te pedí que cogieras el hierro 5 y cuando terminaste de ponerte en el stance, te abracé por detrás ayudándote a coger el hierro, haciendo los dos -mis manos sobre las tuyas- el grip, para intentar que pudieras apreciar por donde debería entrar el palo y por donde salir, iniciando entonces ambos un backswing. Nos movimos juntos, bajando con lentitud y ritmo, haciendo algunos swings de prácticas, y en una de esas pruebas, te dije que íbamos a golpear  a la bola que reposaba plácidamente delante nuestra,  y sin dejar de mirarla, la golpeamos con solidez, sacando los brazos, elevándose la bola derecha y recia como un cohete, arrastrándonos incomprensiblemente como si un hilo invisible nos mantuviera atados a la misma, subiéndonos hacia el cielo a gran velocidad  entrando en las primeras nubes; seguimos subiendo y al rato, pareció pararse el movimiento. Estábamos en una nube/casa y su espacio interior estaba ocupado por una niebla -era lo suyo- densa y homogénea parecida a la de un baño turco, aunque al poco, pareció disminuir la densidad, dando la sensación de ambiente más ligero.

El espacio donde nos encontrábamos dentro de la nube estaba lleno de juegos digitales, vidas en fotografía, música de hoy y de otro momento –no conseguí identificarla mucho, aunque al mirar cada carátula sonaba la música que contenía-, numerosísimas películas -también al mirarlas se proyectaban automáticamente en una pantalla que se elevaba de la nada-, series de TV, infinitos youtubes, libros casi ninguno; recordé  el pensamiento de Cicerón “Una habitación sin libros es como un cuerpo sin alma”, poesías sueltas aún menos, videos caseros innumerables…todo ello digitalizado…y perfectamente ordenado en pilas de paralelepípedos rectángulos que parecían edificios y que conformaban calles. Las carátulas de DVDs –cosa antigua en sitio tan futurista- y las fotografías digitales, estaban pegadas a las paredes a modo de frescos, como si les hubieran aplicado la técnica del marouflage. Los videos, películas y series, también estaban apilados en cilindros, unos sobre otros y a su vez en círculos, formando especie de rotondas,  todo en un ambiente blanco grisáceo de neblina fina, femenina y sutil. La documentación allí archivada me dio la sensación contraria a la cultura definida como lost in traslation por Valle Inclán, es decir, eran cosas consumibles, y eran comprensibles y con significado, para usuarios en cualquier lengua, cultura y lugar del mundo, especialmente –sospeché- para los jóvenes.

Entre la  mucha información acumulada, no percibía apenas arte, y al decir arte, pensé en literatura, teatro, pintura, canto…quizá cultura había, pero de la vida real,  no lo que hemos entendido por cultura de manera clásica. Recordé haber leído en algún sitio, que en su  obra  La decadencia de la mentira, el gran  escritor, poeta y dramaturgo Oscar Wilde,  decía que el arte -refiriéndose sobre todo a la literatura-, no debe parecerse a la vida, sino la vida es la que debe parecerse al arte; el escritor debe crear realismo imaginativo, no copiar realismo de la vida, y pensaba que los escritores deben inventar y crear, e incluso mentir con frecuencia.

El espacio libre de la nube/casa era grande, y el mobiliario inexistente; los muebles se iban conformando ergonómicamente con la necesidad: querías sentarte, y debajo de ti y a tu espalda, aparecía una especie de mini nube blanca que conformaba el sillón más cómodo que hubiéramos conocido jamás; queríamos tumbarnos, y aparecía debajo un lecho blanco también de una comodidad inefable y de plazas infinitas. Las pisadas al andar eran menos rotundas de lo que para nosotros es habitual, como si se pusiera un trozo de alfombra muy gorda con muelles debajo del pie cada vez que éste se apoyara, permitiendo dar grandes pasos, como si no existiera la gravedad acostumbrada, pero sin grandes saltos descontrolados. Nos hablábamos en susurros, sin saber  muy bien porqué, quizá por la impresión del silencio reinante  y la sorpresa de lo acontecido.

Los dos nos mirábamos sorprendidos, sin entender lo que estaba ocurriendo, aunque subyacía en nuestro intercambio de miradas el sentimiento de estar en un sueño, aunque con demasiada nitidez para serlo, y yo, aparentando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir, para intentar evitar que tú, que mostrabas un nerviosismo en el límite de lo aceptable, te pusieras en modo histeria, te  abracé y te  besé en la cara primero, resbalando poco a poco hacia la boca, lo que me hizo olvidar momentáneamente lo extraño de lo acontecido, y quizá a ti también, por la forma de responder, o quizá por la necesidad que sentimos de buscar un refugio protector.

A medida que pasaba el tiempo, iban llegando más cantidad de archivos que empezaban a llenar la inmensa nube/casa, apretando nuestro amor -que ocupaba lo indecible-, haciendo la estancia más incómoda, y aunque el espacio cada vez menor, nos obligaba a acercarnos  el uno al otro, lo que podía mitigar el agobio, llegó el momento en que incluso respirar se hizo difícil, deseando poder encontrar una escalera de emergencia, o desde donde estábamos, una Escalera de Jacob, aunque no fuera para ángeles, sino para ciudadanos y ciudadanas. Repentinamente, comenzó a sonar una alarma y a lanzar destellos una luz intermitente roja, pasando ante nosotros a gran velocidad un skater sobre una tabla, que me llamó la atención porque iba sin ruedas, apoyada en el aire, vestido de rojo que contrastaba con el blanco/gris de la nube/casa,  con un mensaje en papel ondeante a modo de bandera estrecha, diciendo que debería ampliarse la capacidad de la nube de 15 Gb a 50 Gb mediante pago, o se perderían los archivos en 24 horas. La luz intermitente roja llegaba a cada rincón de la nube/casa.

Por un momento, pensé en la Ley de Amontons también mal llamada Segunda Ley de Gay-Lussac, que relaciona en un proceso isocórico la presión y la temperatura de un gas ideal, dictando que son directamente proporcionales, o la de Boyle y Mariotte, que determina que en un proceso isotérmico, el volumen y la temperatura de un gas ideal, son inversamente proporcionales: o sea que quizá llegaríamos a la explosión por temperatura, debido a la presión incesante de los archivos sobre las paredes del continente…aunque tú y yo nos íbamos hundiendo  cada uno en el otro, lo que no parecía importarnos…

Recordé esos sueños absurdos que de tanto en cuanto se tienen, y que la mente, con sus mecanismos tan extraños impide que nos acordemos al despertar de ellos con facilidad, debiendo hacer gran esfuerzo para recordar lo soñado, pareciéndome  éste, el más disparatado -y ya agobiante- de los almacenados en el recuerdo.

Intenté despertarme pellizcándome en el brazo, pero me dolió el fuerte apretón, reflexionando sobre el absurdo que vivíamos,  viendo de nuevo al abanderado skater pasar a nuestro lado a toda velocidad, sin mirarnos siquiera, como si nosotros dos fuéramos archivos digitales -no sé si es lo que más me molestó o lo que menos-; “no es posible todo esto” pensé, aunque empecé a pedir, que el usuario de la nube pagara la ampliación, y así tener tiempo para decidir lo que hacer, o simplemente y en caso contrario buscar lexatines en tu patchwork, para esperar final y pacientemente la Parusía –advenimiento glorioso del ser Supremo al final de los tiempos-.

Que hacemos, me preguntaste? Yo lejos de trasmitir mi desconsuelo y miedo, te tranquilicé diciendo que estaba todo bien y que la bola se suele ir a la derecha cuando la cara del palo se abre en exceso o se pasa la cadera antes que los brazos, o el pie izquierdo se retrasa jeje…

La mentira la utilizamos los  seres humanos y quizá también los inhumanos, con demasiada frecuencia, para parecer más poderosos o fuertes de lo que en realidad somos, para no ofender, o lo contrario, para protegernos a nosotros o a los nuestros, para declarar nuestro amor en algunas ocasiones… Mentimos y nos mienten desde que llegamos al mundo: nos van alargando el biberón por la noche, los Reyes Magos, el ratoncito Pérez, Papá Noel…somos como toretes ante el engaño del maestro… y todas son aceptadas como parte de la educación, en la parcela de lo intrascendente y dentro del imaginario humano infantil. Luego ya a otra edad, la mentira se refina, e incluso puede hacerse norma, aprendiendo a vivir con ella, tan bien, que sólo cuando se reitera de forma contumaz la misma historia falsa en un espacio de tiempo tan excesivamente corto que no haya permitido olvidar la vez anterior en que se expuso, o que la falsedad aparezca muy clara, desnuda o grave, entonces, pudiera provocar rechazo.

Te abracé, arrastrándote a un pequeño hueco hexagonal que dibujaban seis cariátides marmóreas, y al sentir los latidos de nuestros corazones desbocados, intenté tranquilizarte con caricias, observando como los galopes iban remitiendo  su enloquecido ritmo. Intenté pensar para entender que estaba pasando, y como resolverlo, pero la tensión y el agotamiento nos hizo entrar en un estado de cómoda somnolencia;  nunca en mi vida he sentido la necesidad de llevarme los problemas a la cama, ya que pienso que proporcionan mal sueño, aunque hay otras personas que sienten la necesidad de hacerlo,  por  tener la sensación de que su cerebro pondrá en orden las cosas, o los problemas e ideas conscientes durante el sueño, arreglando durante el sueño su caos. Yo siempre he tenido la costumbre de dejarlos en la puerta del dormitorio y recuperarlos para ordenarlos, e intentar resolverlos, al afeitarme -ahora ya no lo hago cada día- a la mañana siguiente: nunca, en ninguna revelación onírica, me fue enseñado de donde sacar el dinero, que al día siguiente me sirviera para pagar los impuestos empresariales…

Antes de dejar que nos venciera el sueño, me acordé de los móviles; palpé el mío en el bolsillo derecho del pantalón, sintiendo que  tenía el tacto húmedo, quizá por el aliento de la nube,  y te comenté la idea de llamar a alguien conocido, hijos, amigos, ex parejas…; nada más pensarlo, me pareció una estupidez, al imaginar lo absurdo que podría parecer lo que tendríamos que contar. A pesar de todo, y decididos a no contar nada  de lo acontecido, tratamos de ver si los móviles tenían conexión. Con el mío, marcamos el de unos amigos comunes, no fuera que nos ablandáramos al hablar con los hijos y nos largaran encima lo de la demencia senil. En vez de contestar con el mensaje habitual de voz femenina cuando no hay conexión, «está apagado o fuera de cobertura, deje su mensaje…,» aquí el mensaje era con voz masculina y decía “su terminal está fuera de toda posible cobertura”. Lo intenté con el tuyo y exactamente lo mismo. La luz roja intermitente del skater seguía sin cejar  en su constante parpadeo.

Así, en aquel hexágono rodeado de cariátides, te sentí abrazarme con fuerza y te oí susurrar vamos a morir…Te devolví el abrazo, besándote y sugiriendo que era una situación cuando menos interesante para hacer el amor: te desprendiste de tu ropa y pude ver la luz roja navegando sobre tu pubis, y mis manos invisibles, que comenzaron a acariciarte, iban tiñéndose de rojo a ratos mientras resbalaban por tu cuerpo, mientras besaba tu boca de labios gordezuelos y de natural morados, como los lirios, dejándonos envolver por una brisa templada que parecía salir de nuestros corazones, peinando nuestros cuerpos y haciendo que nuestras mentes olvidarán momentáneamente lo que estábamos viviendo. Hicimos el amor enredados en la niebla del hexágono, mientras yo intentaba susurrarte al oído un poema escrito por nadie…

Dormimos profundamente durante un tiempo que no supe calcular, y sin despertarnos, aunque te sentía revolverte inquieta entre mis brazos, concluí que estábamos en  una cloud, de las que tenemos en las cuentas de correo electrónico, de pequeña capacidad, de las que  normalmente tienen 15 gigas –lo había anunciado el skater-, las  Onedrive de la cuenta de correo electrónico gratuitas. Hay otras opciones, que premian con 500 megas de capacidad cada vez que  alguien es capaz de llevar un nuevo cliente o abre una nueva cuenta de parte de otro, como premio, como en Dropbox, pero en general, son 15 Gb la capacidad de una nube colgada de una cuenta de correo electrónico.

Las posibilidades del usuario en respuesta al anuncio podían ser: o sacar archivos de la cloud, que podrían ser eliminados definitivamente (¿a dónde va esa basura?), o eliminados de esa nube y guardados en otra de un correo diferente del mismo usuario, o en su ordenador, o pagar una cuota y ampliar la capacidad. Eso habría que analizarlo, para ver si se pudiera encontrar una puerta de retorno, pero la pregunta que ponía los pelos de punta era ¿cómo podíamos haber llegado allí? Pregunta básica para encontrar una vía de regreso.

En su forma más general, se puede definir una cloud como un entorno de ejecución flexible de recursos múltiples, siendo las principales plataformas que permiten la ejecución de diversos tipos de almacenamiento a través de múltiples vías. Existen diferentes tipos de clouds, todas las cuales tienen en común, que directa o indirectamente mejoran los recursos y servicios con capacidades adicionales, con independencia de la plataforma de gestión, la flexibilidad y el sistema.

¡Debíamos encontrar la vía para salir de forma inmediata de este incómodo y  atemorizante lío!

La nube es una red enorme de servidores que están diseñados para almacenar y administrar datos, ejecutar aplicaciones o entregar contenido o servicios, como streaming de vídeos, correo web, software de ofimática o medios sociales. En lugar de acceder a archivos y datos desde un equipo personal o local,  se accede a ellos en línea desde cualquier dispositivo conectado a Internet, es decir, la información está disponible desde cualquier terminal que se  pueda conectar a internet, existiendo nubes privadas, públicas e híbridas, con carácter general.

La cloud computing, conocida también como servicios en la nube o informática en la nube, es algo que permite ofrecer servicios de computación a través de una red convirtiendo nuestro aparato en una simple ventana a internet barata y eficiente. Debido a la escasa capacidad de la cloud en la que estábamos, no creí que en ella se pudiera realizar CLOUD COMPUTING; no era probable que esta actividad se realizara en nuestra nube…por tanto descarté esa vía de salida que naturalmente tampoco pudo ser de entrada.

Con sobresalto, nos despertamos alarmados, al observar como todos los edificios y los cilindros que conformaban rotondas, empezaban a deshacerse, ¡no!,  más bien salían lonchas enteras de pisos o conjuntos de varias alturas, como si se cortara una loncha de varias plantas, que se iban colocando en una hilera, con la cabeza de la misma asentada en una parte de la pared de la nube. Una vez desaparecidas las lonchas cortadas, los bloques geométricos volvían a configurarse perfectamente, aunque con menor volumen. Así mismo, algunas de las carátulas y fotos marouflageadas en la pared, se desprendían de la misma, como si  la técnica del strappo se aplicara, situándose en la cola de la ya larga hilera.

Pasado no demasiado tiempo, una longitud bastante apreciable de la cola formada, atravesó la pared a gran velocidad, desapareciendo: el usuario está llevándoselos a otro lugar o eliminando archivos, ya que no desea pagar ampliación, pensé.

La llegada a la nube era una incógnita que no podíamos entender; la única explicación, aunque naturalmente nos parecía una estupidez, era que nos hubiéramos desintegrado, y nuestras moléculas, cogidas al  vuelo por una corriente electromagnética, hubieran sido trasladadas a nuestra actual posición, y que al ser depositadas, recuperaran su posición relativa inicial, dándonos nuevamente nuestra forma de antes de la traslación. Era imposible imaginarlo, y desde luego no era un concepto exotérico, pero era factible técnicamente, porque ya se han realizado tele transportaciones cuánticas de fotones a grandes distancias. ¿Pero cómo iba  ocurrirnos eso a nosotros? ¿Por qué? Además con el swing tan malo que tenemos…Pensé, que desde luego, las partículas, moléculas o fotones de los sentimientos también eran trasladas con los cuerpos, por la pasión que habíamos sentido entre las cariátides…

¿Y habiendo llegado de esa manera u  otra, como podríamos volver a la normalidad de nuestra vida? ¿Quizá poniéndonos en la cola que se había organizado en el vomitorio? Era muy arriesgado, ya que no sabíamos en que basurero, lugar o nueva nube apareceríamos.

La otra opción era la esotérica: intentar contactar con algún daimón que pudiera interceder por nosotros ante La Autoridad Suprema y esperar una epifanía milagrosa, que nos aportara algún arcano desconocido por nosotros, que permitiera lograr una solución a esta situación que ya era insostenible por la oscuridad mental que nos producían el desánimo y la desesperación.

Como respuesta –supongo- a nuestra petición, apareció corriendo una especie de chamán alto y delgado, de mirada profunda, protegido con lentes de diseño, acompañado por un perro, un libro de tesis doctoral y otro que no pude apreciar, pero que cuando se realice la segunda edición lo leeré, o si no, ya mejor me esperaré a la película, y que entre carreras,  humos envolventes y movimientos imposibles, que le daban un carácter señaladamente intrascendente, y mostrando en exceso sus manos, que estimamos consideraba atractivas, nos informó que las únicas soluciones para recuperar nuestro antiguo status, eran la negociación y el diálogo. ¿Con quién?,  me apresuré a preguntar. Se paró, y dirigiéndonos  su profunda mirada, con una sonrisa espuria respondió: con Quim Torra y su equipo de gobiernoy con…

Descarté los eufemismos en los que nos suelen educar, y abalanzándome sobre el chamán, comencé a dirigirle toda serie de insultos e improperios, que hoy cuando lo cuento, ya más tranquilo, no me atrevo a repetir por cortesía, lanzándome sobre él para agredirle as much as I could.

Tú, mi amor, tan loca siempre, en ese momento sacaste de tu general locura la vena de la prudencia, que no deja de ser una forma de locura, y tiraste de mi brazo con una fuerza prodigiosa, prohibiéndome la agresión, ni verbal, y arrastrándome hasta la cola de espera de destrucción o traslación por evacuación, colándonos a todos los edificios, cilindros e imágenes que esperaban, situándonos en cabeza de la misma. En ese momento, se abrió la ventana, y como si de un gamer profesional se tratara en una partida de Super Smash Bros, tiraste de mí hacia el vacío de la ventana, siendo arrastrados abrazados, junto a un montón de elementos que esperaban pacientes su evacuación a un vacío infinito e ignoto, envueltos en niebla densa y caída libre, en la que nos manteníamos unidos, agarrándonos cada uno a un asa de tu patchwork de colores rotos y calientes, lo que nos hizo pensar que se aproximaba nuestro fin por no haber hecho caso al chamán. Caíamos, ya tú y yo solos –habían desaparecido los otros objetos- y nuestra llegada a un suelo, que aunque  se antojaba aún lejano, era sin duda  cierto,  pareciendo que el impacto  sería imposible de evitar.

Nervioso, abrí los ojos y me vi sudando a tu lado, que me tranquilizabas acariciándome la cabeza y susurrando “tranquilo, se debe tratar de una pesadilla. Todo está bien”. Me instaste a levantarme, ducharme y desayunar rápido, ya que íbamos con el tiempo justo para llegar al aeropuerto para coger el avión que nos llevaría a Tánger, para el viaje a  las playas de Río Martil.

En el taxi, me preguntaste por lo que había soñado en la pesadilla, y pensando en la locura del metasueño –sueño dentro de un sueño-, decidí decirte que soñaba con que me dejabas, y que era algo que no hubiera podido soportar.

Cuando el avión tomó tierra, el paso al edificio aeroportuario no fue por finger sino que tuvimos que bajar a la pista para coger un autobús que nos llevó al edificio terminal, y para protegernos de las vaharadas de calor que despedía el suelo,  nos escondimos completamente en la sombra de tu canotier,  y sentí que algo bueno nos envolvía para situarnos más cerca que siempre…

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