BUSCANDO EL PALACIO DE LIRIA. Parte 3.

DEDICADO A MI AMIGO IMV, celebrando que el tema le haya interesado.

La Revolución inglesa es el periodo de la historia de Inglaterra, Irlanda y Escocia que abarca desde 1642 a 1688, comprendiendo en Inglaterra la parte final del reinado de Carlos I Estuardo -decapitado en 1649-, un Interregno con la República británica, que incluyó la Tercera Guerra Civil  (1649-1651) y el Protectorado inglés de los Cromwell (1653-1659), el restablecimiento de la Monarquía con Carlos II Estuardo de Inglaterra en 1660, y la Revolución Gloriosa, que en 1688 destituyó a su hermano Jacobo II Estuardo.Read More

BUSCANDO EL PALACIO DE LIRIA. Parte 2.

En 1778, heredó el ducado de Alba de Tormes la XIII duquesa doña María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo -la de Goya-, de su abuelo Fernando de Silva que sobrevivió a su hijo Francisco de Paula -padre de la XIII duquesa-, la cual murió en 1802 sin descendencia, pretendiendo dejar toda su herencia a María de la Luz -niña de raza negra adoptada- y a algunos criados. Naturalmente Carlos IV y Godoy invalidaron esta acción, repartiéndose algunas propiedades de la Casa de Alba.Read More

Frida Kahlo: la pintura ingenua y metafórica de la mejor artista mejicana del siglo XX. Parte 2.

La obra de Frida fue calificada de surrealista por los expertos, pero ella no estuvo de acuerdo: “creían que yo era surrealista, pero no lo era. Nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad. No sé si mis pinturas son o no surrealistas, pero lo que sí estoy segura es que son la expresión más franca de mi ser”. Y añadió “mis obras han sido siempre mis sensaciones, mis estados de ánimo y las reacciones profundas que la vida ha producido en mí, yo lo he llevado objetivamente y plasmado en las figuras que hago de mí misma, que es lo más sincero y real que he podido hacer para expresar lo que yo he sentido dentro y fuera de mí misma”.Read More

Frida Kahlo: la pintura ingenua y metafórica de la mejor artista mejicana del siglo XX. Parte 1.

En un viaje a Cuba que realicé hace cuatro años, y durante unos días de estancia en la capital, antes de partir hacia Santiago, y a la posterior y obligada estancia en los cayos, al margen de visitar con minuciosidad La Habana Vieja, sus preciosos y semiderruidos edificios coloniales y las fortificaciones de defensa que hablan de grandezas pretéritas, y de comer bien en los paladares habaneros, tuve noticias de la existencia de un muy interesante museo de arte.Read More

Vagos y antiguos recuerdos de parte de mi vida. Parte 3.

En diciembre de 1975, días después de la muerte del Jefe del Estado Francisco Franco, y como parte de la Operación Golondrina, embarcó la Bandera en el transporte Aragón que nos llevaría a Cádiz, en donde disfrutamos durante una noche de buenos placeres, los del yantar y beber en dos magníficos bares que había –quizá aún estén- en la Alameda Alpodaca, el Anteojo y el Telescopio -vino blanco frío de Barbadillo y ostras en demasía-, y los demás disfrutes por La Viña y El Mentidero, marchando al poco tiempo a Alcalá de Henares en ferrocarril.

Al llegar a Alcalá, fui reclamado por el jefe de la II BPAC para regresar a la 9ª compañía y volver al mando de la SADA –sección avanzada de desembarco aéreo-, es decir, regresar a mi destino, noticia a la que no podía dar asenso, y que me extrañó sobremanera, después de las lindezas con las que me hubo despedido ese mismo jefe de la BPAC -con  gran fatuidad- antes de mi marcha al Sáhara, al que dibujé en el momento de la presentación a mí regreso una sonrisa impostada, tremolando mi altivez. Tarde, comprendí, que el sofocón que me llevé en su día al despedirme para incorporarme al Sáhara, no tenía mucho sentido, por considerar que los militares somos proclives a la grandilocuencia, tanto en las lisonjas o felicitaciones como en las reconvenciones o llamadas al orden, la mayor parte de las cuales casi nunca llevan  ni llegan a nada, ni las unas, ni las otras, pero que pueden ser utilizadas con eficacia como estímulos o reconducción de actitudes.

Me reincorporé enseguida a mi querida sección, en la que continué unos meses hasta el ascenso a capitán. Encontré a sus componentes con un cierto grado de relajación operativa y para el cumplimiento de órdenes, y también con problemas de mala relación entre sus integrantes, cada uno por su lado, nada cohesionados -esa pequeña unidad pienso que necesita una especial unión entre sus componentes, al igual que en otras unidades de misiones especiales-, todo, probablemente derivado de la ausencia de mando durante unos meses.

Me pareció forma adecuada de unirlos, someterlos a profunda presión disciplinar, que les permitiera aunarse en el sentir común contra alguien molesto y difícil, que ellos interpretaron acertadamente que era yo.

Como en general no me ha preocupado demasiado en ninguna de mis dos profesiones la complacencia ni la adoración de mis subordinados, preferí que me temieran a que me adoraran, si el temor hacia mí, pudiera facilitar la buena cohesión y operatividad, y la adoración pudiera conducir al desorden. En esa joven fase de mi vida, decidí como técnica de mando, que primero es vencer y luego convencer, que para lo segundo ya habrá tiempo. Todo funcionó como lo planeado y la SADA volvió al carril.

Ascendí a capitán a principios de 1976, quedando agregado a la II Bandera,  pudiendo en ese período realizar mi primer HALO -acronym for high altitude, low opening-, curso, del que además de la irrepetibles veintena de saltos de más de 8.000 o 9.000 metros de caída libre, guardo un gratísimo recuerdo de otro de la saga de los Álvarez Veloso, José María –q.e.p.d.-, capitán de artillería, que hizo –como todo en lo que intervenía- que tanto los saltos como las actividades lúdicas posteriores de los saltadores españoles y de los americanos, fueran una gloria.

También durante el tiempo de agregación tuve la oportunidad de mandar el grupo de manualistas franceses y españoles –más de 90- que operamos durante una Galia –maniobra conjunta hispano francesa que se realiza cada dos años en España, y en los años de vano de maniobra en España, se realiza en Francia, con la denominación de Iberia.

Del salto de esa Galia, recuerdo una anécdota, que contada desde la silla y el aire acondicionado, puede provocar una sonrisa, pero me lo hizo pasar regular. Llevábamos una mochila con 30 kgs de peso con medios de subsistencia y combate para 7 días. El salto se realizó en caída libre, claro, a 11.000 pies AGL –above ground level-, de noche, y visibilidad 00, siendo aún los tiempos de exclusividad de los paracaídas EFA 656 11 y algún Papillón suelto. Organizamos el lanzamiento en 7 Caribous y 6 D/Zs distintas, saltando en cada D/Z un pequeño grupo de cada avión, distribuidos de manera tal, que tras el reagrupamiento en el suelo quedaran las unidades organizadas como se estimaba necesario para la operación. Yo me quedé para la última D/Z por ser la más próxima al centro de la zona de acción.

La primera misión era la de revisar la zona para intentar localizar a los que actuaban como enemigos, y con esa información, trasladada al mando propio, se prepararía al amanecer de tres días después, la defensa y señalización de 3 D/Zs en las que se realizaría el desembarco aéreo de la GU.

Tras  salir  yo del avión y bajar unos segundos en caída libre, noté un tirón rotundo y a continuación un contrapeso que tiraba de mí, sin saber hacia, ni desde dónde lo hacía. Intenté ver el altímetro, pero con los desplazamientos a toda velocidad para todos lados, me fue imposible ver la altura, así que tras unos segundos de sufrimiento decidí tirar de la anilla. A los pocos segundos noté aliviado que caía verticalmente y sujeto por el paracaídas, y pude comprobar como el mochilón colgaba unos metros debajo de mí, atado a la cuerda que utilizábamos para la suelta de la carga antes de llegar al suelo. Miré el altímetro y estaba a 2.200 metros, notando que me daba algo de brisa en la cara, lo que me hacía suponer que el paracaídas se había colocado a favor de viento. De tanto en cuanto, giraba 180 grados para ir en contra de la dirección del mismo, descendiendo así un buen rato.

De repente y ya intuyendo el suelo, oí como la mochila -unos metros debajo de mí- impactó con algo que me sonó a agua. Efectivamente y horrorizado, vi que mis pies entraban en agua. La campana me cayó encima y el agua me cubría, pero entonces me impulsé con los pies en el suelo y al impulsarme hacia arriba –y entre manojos de nervios totales- vi cómo lograba que el casco, los ojos y la nariz sobresalieran un poco del agua, debajo de la campana. Tomé aire, me hundí, liberé el paracaídas y  bucee 6 o 7 metros lateralmente, consiguiendo eludir el paño de la campana. Noté que el agua me llegaba entonces a la altura de los hombros y ya más tranquilo, comencé a intentar salir del agua, para más tarde recoger el paracaídas, sacar la ya pesadísima mochila, quitarme el casco y el armamento que me ahogaban y despelotarme, dando gracias a la diosa Fortuna. En esas estaba, cuando oí en plena noche y en la provincia de Segovia, unas lejanas voces que parecían venir del mundo de Leviatán: Amaro, Amaro…, entonces pensé que quizá no todo había salido tan bien como me parecía y era Mefistófeles o alguno de sus amiguetes reclamándome. Tras un buen rato, encontré al que gritaba, que era el pater de servicio en la D/Z, el capitán cura Linares, que era además el capellán de mi Bandera, y agradecí a la Divina Providencia su bondad para conmigo, y al pater la resulta de su buen servicio, que permitió recuperar mi cuerpo, aunque él hubiera preferido recuperar -supongo- además mi alma.

Un par de meses más tarde fui destinado a la IMEC de Barcelona. Entonces Cataluña era una región de España –-ún no existían las Comunidades Autónomas- en la que la vida de los foráneos era muy agradable, los militares muy bien considerados y sus habitantes llenos de seny de la cabeza a los pies. Me casé, nació mi primogénito, al que le puse de nombre Jaime –tal era nuestro bienestar en aquella tierra- y tuve que esperar con anhelo año y medio, conteniendo la melancolía y la nostalgia, hasta volver a la I BPAC, en donde se me dio el mando de la 1ª compañía en 1978.

Ya cansado de tanto recuerdo mío, paro, y algún día cuando descanse, quizá reanude la recuperación de más vagas remembranzas.

Música: tema principal de la película La Misión. Ennio Morricone.

Vagos y antiguos recuerdos de parte de mi vida. Parte 2.

Así pues, me quedé otro período de 8 meses con la 8ª compañía en el Sáhara. Pasé feliz casi dos años, realizando más de una docena de patrullas de nivel sección por el desierto, algunas con sus lanzamientos correspondientes, en diferentes partes del territorio, de más de diez días cada una, en unos momentos en que el Polisario un día y Marruecos el siguiente, la liaban o podían hacerlo, o cambiaban de actitud y de bando, liándola igualmente.

Al salir de la Academia pensé que siempre sería, y casi exclusivamente, esportillero de las órdenes de mis mandos, aunque a veces pudiera conseguir “engañarles” con algo que me pareciera interesante enseñar, practicar, o ejecutar, aunque no estuviera contemplado en el plan de instrucción, cosa que en los reglamentos pudiera ser definido como iniciativa, que generalmente no gusta al mando por parecerle cosa fútil o poco adecuada, y que sólo es reclamada su aparición, cuando algo sale no demasiado bien, quizá por no ser las órdenes extenuantemente precisas –yo creo que no deben serlo-, y entonces el mochuelo es para el de la falta de iniciativa. De teniente en el Sáhara, me liberaron de la esportilla, dándome siempre una orden de operaciones que cabía en medio bolsillo, y una gran mochila de iniciativa y responsabilidad. Fue una buena escuela para todos, desde luego para mí, sí, debiendo agradecer a los capitanes que tuve, su confianza en la tenientada.

Al terminar este segundo ciclo sahariano, me destinaron a la 9ª compañía, al mando de la cual estaba el capitán Francisco Aguilar Muñoz, y entre cuyos tenientes, estaban tres que llegaron a lograr el empleo de teniente general -Emilio Alamán, Virgilio Sañudo y José Muñoz- enviándome como comprometido, a realizar el curso de APM a Alcantarilla.

Era entonces los cursos de APM de muy pocos saltos, creo que no llegaron a 16. A mí, se me pasó en un pispas, entre las historias -siempre anecdóticas y poco didácticas- contadas por los instructores en un tipo de enseñanza militar a la antigua manera, que gracias a Dios nada tiene que ver con la actual, y las vueltas que sin parar dábamos todos desde la salida del avión hasta la apertura del paracaídas; a veces fueron pocas, en los días que tocaba la apertura inmediata al abandono del avión. Vi el suelo por primera vez en el salto 10º y ya no lo solté. La conclusión a la que he llegado, es que la enseñanza de entonces de APM, es como la eterna del golf: el profesor no sabía, o no quería, o no podía, trasladar a la mente del alumno la esencia del asunto, para que el cerebro de éste pudiera asimilarlo e intentara trasladarlo a su cuerpo,, por lo que de todos los mandos que realizaron el curso de APM en esas épocas, solo continuamos saltando unos contadísimos afortunados, o porque se nos dio más o menos bien, o porque eran héroes. Ambos grupos suenan atractivos.

Lo mejor de ese curso fue el avión. El Douglas DC3, marinero, paracaidista, sencillo, seguro y con un portón lateral por la que podría salir sin doblarse la Torre de Madrid, a pesar de las continuas y desmedidas advertencias de algún instructor que advertía de los males que podrían ocurrirnos al salir de ese magnífico avión. Los saltos de automático del Sáhara los realizamos desde este avión también, al igual que el nocturno del curso básico, ya que el Junker JU 52 no contaba con elementos seguros de navegación nocturna, o eso decían.

Siendo alférez y en el verano del 70, hice el curso de vuelo sin motor en Ocaña, volviendo al año siguiente para un perfeccionamiento. El curso básico lo hice en un velero de doble mando de la casa Blanik, avión marinero, seguro y que perdonaba los errores de los alumnos hasta lo imposible. También entonces había un instructor que gustaba  asustar al alumnado narrando los peligros horrorosos que podía conllevar el pilotaje de ese velero. Era la antigua maniera, y supongo que lo haría para dar más importancia a lo que hacía, aunque su criterio lo estimo errado, claro.

Al terminar el curso, me incorporé a la SADA -sección avanzada de desembarco aéreo- de la II BPAC. Los de la SADA fueron magníficos tiempos de mando de unidad pequeña e independiente. Cada día todos aprendíamos, a medida que nos íbamos marcando objetivos nuevos, y algunos, además de los nuevos objetivos, adquirían saberes ancestrales que deberían haber poseído y aún no conocían –por ejemplo, nadar-. Recuerdo una anécdota de salto, a partir de la cual me grabé de forma indeleble debajo de la piel de la frente el lema: no saltaré nunca del avión con alguien que me dé la pasada, sin ver yo lo que hay abajo. Bien es verdad que cuando comencé a saltar con paracaídas tipo ala,  traté con láser el tatuaje para disimularlo, por no ser ya tan necesario.

Era mi primer salto de teniente con la SADA en la zona de Maspalomas, al sur de la isla de Gran Canaria. Se saltaba temprano ya que generalmente subía el viento con el sol. Llegué a las 05,00 al cuartel de las Rehoyas, dándome novedades uno de los cabos primeros -todos muy veteranos- con la notificación de la ausencia de los dos sargentos, que por cierto habían ascendido a ese empleo hacía un par de días. Como mi sección saltaba independiente, a nadie debía novedad concreta, pero pensé, que hubiera sido además de obligada, conveniente, la presencia de los dos suboficiales, especialmente por desconocer yo la zona.

El avión un Douglas DC 3, y el piloto, amigo mío de copas y cacerías picafloreras y experto volador. La patrulla formada por 3 capitanes veteranos -veterano en caída libre no significa experto-, 1 suboficial y la SADA con 13 hombres, yo incluido. Maspalomas es una zona triangular, en la que la pasada se da paralelamente a la base del triángulo, cortando los otros dos lados aproximadamente por la mitad. Agua por donde se entra y por donde se sale: la mar océana y los paracaídas 656-11. El capitán más antiguo –q.e.p.d.- decidió que él daría la pasada, saltando a continuación los otros capitanes y el suboficial, y en la misma pasada y a continuación, la SADA. Se lanzó el derivómetro y compensando el viento entramos en pasada. Yo sabiendo entonces poco de estas cosas, pero maliciando lo que podía pasar si el primero saltaba en el centro de la D/Z, me puse el último de la patrulla y los tres cabos primeros, mejores saltadores y nadadores, inmediatamente antes que yo. Comenzamos a largar, y nada más abandonar el avión vi la mar océana por todas partes; mi cabeza se fue hacia los dos que no sabían nadar. Yo flechaba hacia la tierra -apenas sabía- rogando a Dios y esperando, que los que no sabían nadar, supieran flechar, repitiendo ¡flechad, flechad!  como si alguien pudiera oírme durante la caída libre…Al final un hombre en el agua a 50 metros de la orilla y todo sin novedad.  ¡Qué sin vivir, Dios!

El 4 de julio de 1975 falleció mi hermano Javier -el más joven de los cuatro varones de seis hermanos- con 23 años en un accidente de coche cerca de Valladolid, al dormirse el que venía en dirección contraria, invadiendo  su carril y embistiendo su coche de frente. Descansa en paz. Nos acordamos a menudo de ti.

Así fue pasando el tiempo, hasta que me nombraron para formar parte de la comisión aposentadora de la II BPAC en Alcalá de Henares, que sería relevada por la III Ortiz de Zárate en Las Palmas, que a su vez mantendría destacada una compañía en El Aaiún.

La comisión estaba compuesta por el que fue mi capitán de la 7ª compañía, tres tenientes y algunos suboficiales. Llegamos a Alcalá de Henares desde Las Palmas, saliendo a los pocos días en la prensa la posible ejecución de la maniobra política del rey Hassan II con la Marcha Verde, marcha de civiles que se dirigirían a la frontera del territorio español, para penetrar en el mismo, utilizando como parapeto, la inmunidad que les proporcionaba su estatus civil y el estar desarmados, maniobra con la que llevaba tonteando desde el mes de abril de ese año.

El general que mandaba la BRIPAC entonces, era de la promoción y amigo de mi padre y de casa, así que tras pedir licencia a mi capitán, y concedérmela, me dirigí al despacho del general para pedirle marchar al Sáhara de nuevo  ya que no quería perderme -tras haber vivido allí un buen tiempo- lo que iba a ocurrir, creyendo que lo que ocurriría sería algo con lo que pudiera soñar un joven teniente con vocación por la carrera de las armas. Pedí ser agregado a alguna Unidad de las que ya allí estaban. En ese momento estaba la I BPAC en cabeza de playa de El Aaiún, además de la compañía de la III BPAC destacada en la capital del territorio: El jefe de la BRIPAC dio las órdenes para que yo fuera agregado a la I BPAC.

Le pedí permiso al capitán jefe de la comisión aposentadora para volar –pagado de mi bolsillo, claro- a Las Palmas, para comunicar personalmente al jefe de la Bandera -me pareció inicialmente más correcto hacerlo en persona que por teléfono porque además no lo conocía demasiado-, mi agregación a la I BPAC, y su respuesta fue contundente, emotiva y poco motivadora para mí: eres uno de los peores oficiales que he conocido por no decir el peor y ahora vete a la I BPAC, adiós. No parecía proceder la pregunta de despedida formal habitual a un jefe, ordena alguna cosa más?  especialmente cuando la conversación se movía por derroteros tan sencillos de comprender, así que me di media vuelta y me fui, pensando que si nos han sido dadas una boca y dos orejas, será para escuchar más y hablar menos, produciéndose en mí la anagnórisis que me permitió poder valorar a ese jefe, al que no había tenido la oportunidad de conocer en toda su amplitud, generándose en mí cerebro, un grado de entropía más que notable, aunque es útil reflexionar en estas ocasiones, y recordar que las certezas son el paraíso de los necios y las dudas el infierno de los sabios.

Así, aquella noche en Las Palmas me bebí bastantes más güisquis de los recomendables, volviendo el día siguiente a Madrid, partiendo de forma inmediata para El Aaiún, siendo agregado a la 2ª compañía de la I BPAC, en donde, por el tipo de instrucción que se realizaba a diario, se barruntaba que pronto se produciría la cacareada Marcha Verde, anunciada por Hasán II. Así fue, y en no mucho tiempo -primeros de octubre- desplegamos en la segunda línea de defensa de las establecidas dentro de la Operación Marabunta, para intentar detener pasivamente a las decenas de miles de civiles marroquíes que se establecieron en territorio español, aunque más tarde se retiraran.

Recomiendo leer la historia del abandono del Sáhara por España, escrita con sentimiento y detalle por el general Coloma en el blog del general Dávila:

https://generaldavila.com/el-proceso-de-descolonizacion-del-sahara-espanol-y-la-marcha-verde/

Música: KATICA-ILLÉNYI. Ennio-Morricone. Once Upon a Time in the West. Ejecutado con Theremin.

To be continued in part 3.

Vagos y antiguos recuerdos de parte de mi vida. Parte 1.

Hace tiempo, leyendo una novela tipo thriller ambientada en el Vaticano y cuyo protagonista era Freud, leí unas palabras que el autor ponía en boca del descubridor del psicoanálisis: un sabio no es más que un viejo que no recuerda lo que ha hecho de joven. Pensé que yo sería sabio ¡ja! Otra opción para no recordar con precisión -ni ganas de hacerlo-, podría ser la disolución con la edad, poco a poco, de las tres potencias del alma, memoria, inteligencia  y voluntad. Ahí ya me tranquilicé…y comencé a escribir algunos vagos y antiguos recuerdos, para lo que no me he molestado en buscar fechas ni datos precisos, por no considerarlos interesantes, y cuando estimo necesario referir algún acontecimiento importante con detalle –no mío, claro-, remito a alguien que haya escrito de ese suceso o hecho con precisión.

Escribo esta corta historia real, de viejos recuerdos de mi vida militar, mojando la pluma en el afecto, el cariño y los buenos recuerdos, ya que, buscando en donde mojar, no encuentro en mi vida sino charcos de tinta que me ayudan siempre a traer al papel remembranzas que me producen bonitos sentimientos, porque quizá se hayan borrado, y sin esfuerzo, los recuerdos de las pocas cosas malas que me hubieran podido ocurrir.

Después de varios años en las Academias General y de Infantería, mal usando la palabra alferecía –se empleaba como adorno-, aunque sin conocimiento de su terrible y real significado, salí teniente, realizando las prácticas en el C.I.R de Colmenar Viejo. Allí pude asistir a una visita de “captación” de los paracaidistas, para reclutar soldados que se pudieran convertir en Caballeros Legionarios Paracaidistas, y pronto comprendí que habían captado a este teniente, aunque nunca supe el porqué; en alguna ocasión culpé a las botas distintas, a la boina o al águila más que a lo que representaban, ya que siempre fui voluble a las influencias de la estética.

Terminé el año de C.I.R., y tuve que esperar agregado a la I Bandera, en el cuartel de Mendigorría, un corto espacio de tiempo a que empezara el curso de mandos paracaidistas en Alcantarilla, Murcia. En la I BPAC tuve el honor de conocer entre otros, al comandante Pedrosa, al capitán Rafael Álvarez Veloso y al también capitán Manuel Marquina, que luego sería mi comandante, estando yo ya destinado de capitán en la I Bandera. La experiencia de mi primer contacto con un cuartel de paracaidistas fue inenarrable: cada día se caía un pequeño trozo de techo, escalera, pared o cualquier otra parte del edificio, y el capitán Marquina –de gesto siempre sublime-, el día de nuestra presentación, le puso su punto de gracia a la frialdad y desajuste de días tan extraños, como me resultan a mí los de la incorporación y presentación en una unidad desconocida. Llegamos otro teniente de mi promoción y yo –descansen en paz todos los nombrados hasta ahora, incluso mis acompañantes de esta anécdota- uniformados de presentación, y al ir a entrar en la zona de la Plana Mayor de la Bandera, a ejecutar una parte del negocio para el que habíamos acudido, empujamos las puertas de batientes salooneras de Mendigorría, con la fortuna de que en ese momento y en sentido contrario salía el capitán Marquina: perdón mi capitán, dijimos al unísono mi compañero de presentación y yo, no le habíamos visto añadimos presurosos. Marquina, altivo él, sin mirarnos, nos respondió: a mí, hay que intuirme. De forma inmediata y en consecuencia, me di cuenta de que mi elección de unidad para desarrollar mi vida profesional, había sido acertada.

Al poco, marché con ganas a Alcantarilla –con el anhelo de dejar de ser un teniente pistolo, que así éramos denominados por todos, los que no éramos paracaidistas aún, y aun los que lo eran, si la tropa intuía escasez de experiencia o poca soltura en estas lides, también así eran denominados-, para realizar el curso básico de mandos paracaidistas, curso que realizamos en aquellos viejos Junkers JU 52, en los que se unían casi siempre los latidos acelerados de los corazones de los jóvenes oficiales y suboficiales con los habituales percances de aquellos aviones, que sufrían frecuentes averías en vuelo, pobres…

Del curso, sólo recuerdo con desazón y tristeza, la negativa a saltar de un teniente amigo, mucho más antiguo que yo, que se quedó clavado en la puerta del avión y no hubo manera. Yo iba de segundo en la patrulla, y entre cascos, paracaídas, primer salto, ruido del avión, nervios ambientales y alguna cosa más que prefiero olvidar, pude ver en ese momento el rostro de mi amigo, compañero de habitación en el pabellón de oficiales, con el que iba y venía de Madrid los fines de semana en el coche, y nunca olvidaré esa expresión de angustia. Lo apartaron de la puerta, repitieron la pasada, ya situado  yo de primero en la patrulla, dejándome ir al sonar la chicharra de manera lábil pero con firmeza, por aquella escasa puerta, deseando olvidar lo acontecido. Al llegar al pabellón, en la habitación, este hombre casado y con hijos, lloraba desconsoladamente, preguntando al aire que podría hacer ahora. Nunca me he atrevido en la vida a partir de ese momento a juzgar ningún miedo insuperable, ya que el sufrimiento del que lo padece es algo imposible de medir y mucho menos de enjuiciar por los que no tienen esa limitación cerebral.

Terminado el período de formación y ya con el rokiski en el pecho -curiosamente se rompían con este logro las leyes de la física, ya que en vez de mensurar menos de alto por el peso del emblema, medía uno quizá medio centímetro más; pudiera ser altanería o soberbia, o que quizá se crecía con los golpes contra el suelo?-. En seguida, marché a Las Palmas para incorporarme a la II Bandera, Roger de Lauria, a la cual había sido destinado.

Fuimos destinados 4 tenientes de la promoción a esa Bandera, y uno de ellos, estudioso y singular, que se había incorporado algún mes antes a la unidad por haber realizado el período de C.I.R en el B.I.P., licencia que se pudo permitir por ser de los primeros de la promoción, nos seguía dando a menudo instrucción de las cosas paracaidistas; en la calle, en el bar o donde nos pillara, ya que tenía 6 o 7 saltos más que nosotros, por lo que nuestros conocimientos técnicos aumentaron sin mesura, quizá hasta deslumbrar. Cuando alargaba esas teóricas a duraciones difíciles de soportar, cortaba yo la explicación, señalando algún pájaro que veía por la ventana, alabando su trinar, músicas que también eran disciplina dominada por nuestro amigo, que así, cambiando de tema, podía buscar audiencia en otros oyentes interesados en la ornitología.

Sólo permanecí en Las Palmas algunos días ya que había sido destinado a la  7ª compañía destacada en el Sáhara, con sede en El Aaiún. Así que lamentando no poder recibir más enseñanzas paracaidistas de nuestro experto compañero, me incorporé a la compañía a mediados de otoño. Los otros tres tenientes de la compañía eran cinco años en el empleo más antiguos que yo, o sea que fui teniente lamparilla y pistolo algunos meses más, pero disfrutando mucho.

Las compañías hacían relevos desde la Bandera en Las Palmas cada ocho meses, y cuando se aproximaba el relevo por la siguiente  -la 8ª-, nuestro capitán comentó a los tenientes -sin mucho énfasis-, si alguno querría quedarse con la 8ª compañía los siguientes ocho meses. Esperé prudentemente a oír las respuestas de mis antiguos, pero nadie contestó. Malicié, que dada la obvia falta de tenientes en la compañía que iba a venir en breve plazo, antes de trasladar la pregunta a la compañía que iba a ser relevada, probablemente la  pregunta habría sido realizada a todos los tenientes de la Bandera que estaban en Las Palmas, sin haber obtenido respuesta positiva a la voluntariedad.

Yo por entonces, había logrado un aceptable grado de confianza con mi capitán -q.e.p.d.-, por lo que le solicité que si no le parecía mal, trasladara una petición -quizá asaz viciosa- al jefe de BPAC, a lo que me respondió: menos rollos y al asunto. Así pues, le expuse mi voluntariedad para permanecer un relevo más -o los que fueran necesarios- aunque a cambio, solicitaba la confirmación del jefe de la BPAC, de ser el primer teniente de la Bandera que se enviaría al primer curso de apertura manual que se realizase transcurridos esos meses. A los dos días me confirmaron ambos extremos –mi agregación a la 8º compañía y el sí a mi petición-.

Música: Frederic Chopin, Nocturne in major no 20 D.

To be continued in part 2.

EL ARTE AUSTRIACO DEL S. XX: KLIMT y la Sezession. El ANSCHLUSS y paso de Österreich a Ostmark; el expolio alemán.

Que la luz del balcón ilumine tu lado izquierdo, ordenó Gustav a Ádele. Me desnudo, preguntó ella con el visible deseo de hacerlo reflejado en sus ojos bazos?. No, sólo te deseo sin ropa para mí; en este retrato intentaré plasmar tu belleza para que el mundo pueda apreciarla, y me envidie y te adore.

Corría el año 1903 y Ádele había convencido a su marido Ferdinand para que encargara algún cuadro, entre ellos algún retrato, a su adorado Gustav Klimt, al que veneraba además de por su arte, por la relación íntima iniciada tras conocerse hacía unos meses, en una de las frecuentes y célebres fiestas que organizaban los Bloch-Bauer en su magnífica mansión del número 18 de la selectiva Elithabethstrasse vienesa, enfrente de Schillerplatz, a la que asistían intelectuales, artistas y lo más selecto de la sociedad vienesa.

Adèle Bloch-Bauer.

La noche que Gustav fue invitado por primera vez  a la casa de los Bloch-Bauer en otoño de 1902 –tenía Adele 21 años y Klimt 40-, asistían a la velada, un joven de 20 años Stefan Zweig que acababa de publicar su primer libro de poemas Cuerdas de plata –Silberne Saiten-, Richard Strauss, que siendo ya un músico exitoso, acababa de estrenar su segunda ópera con un rotundo fracaso –Feuersnot– en 1901, Gustav Mahler y su mujer Alma, Richard Brahms, el dramaturgo Arthur Schnitzler y el arquitecto Otto Wagner entre otros.

Gustav Klimt con su habitual indumentaria.

Ádele desde niña había vivido junto a su hermana Therese y otros 5 hermanos en un ambiente de gran abundancia económica, gracias a los negocios financieros de su padre Moriz Bauer, casado felizmente con Jeanette. Nació en la primavera de 1881 y en cuanto tuvo 18 años, mujer inconformista y adelantada a su tiempo, buscó abandonar el ambiente conservador del hogar familiar, casándose sin estar enamorada con el industrial azucarero judío –su familia también lo era, claro- Ferdinand Boch 16 años más mayor que ella y ya muy rico, lo que le permitió poner en marcha sin trabas su talante progresista, haciendo frecuentes donaciones a asociaciones obreras dedicando gran parte de su tiempo a luchar por el sufragio femenino, lo que señalaba su carácter combativo, no sintiéndose nunca satisfecha por sus logros, conduciendo su desarrollo vital hacia objetivos que nunca sería capaz de alcanzar, lo que le producía una insatisfacción permanente, convirtiéndola en un alma frágil, angustiada, enfermiza y desdichada, manifestándose altiva  y engreída como escudo para proteger su debilidad, sintiendo además una fascinación incontenible por el arte, no siendo, a pesar de las frecuentes fiestas a las que asistía y organizaba alrededor del arte, una mujer festiva.

Tras la boda, su marido Ferdinand, presentó a la familia Bauer  a su hermano Gustav Bloch, abogado, financiero y hombre de grandes habilidades musicales, que desde el primer momento mostró gran atracción por Therese,  la hermana de Adele siete años mayor que ella, con la que se casó un año después, teniendo 5 hijos –dos niñas y 3 varones-, de los cuales el favorito de  Adele –nunca se le supieron hijos- fue Robert. Así pues, dos  hermanos casados con dos hermanas y los dos matrimonios cambiaron sus apellidos, pasando a llamarse Bloch-Bauer.

Adèle conoció a Gustav Klimt y se enamoró perdidamente de él. Pasaron algún año viéndose furtivamente con mucha ansiedad y pasión. Una de las formas menos llamativas de estar más tiempo junto al artista  sin alarmar  a su entorno, fue convencer a su marido Ferdinand de  que le encargara algunos cuadros, y entre ellos algún  retrato de ella, lo que le permitió pasar mucho tiempo en su estudio junto a él -en realizar La dama dorada (uno de sus retratos) tardó 5 años-, pero dedicando más tiempo al tálamo que al óleo, ya que cada día, con el primer beso, se perdía el primer trazo de carboncillo en el infinito… Así, Ferdinand su marido, pudo permanecer sin hacer preguntas comprometedoras,  que sin duda tampoco hubieran sido incontestables para ella, aunque las potenciales respuestas hubieran podido causarle melancolía a él, ya que la contestación sería obvia, aunque algo difícil de asumir, y sin posible réplica a esa sin duda dolorosa contestación.

Adèle sirvió a Klimt como modelo de mujer nueva, independiente, con criterio propio, luchadora, y al mismo tiempo mujer “fatal”. Aunque Gustav elegía a sus musas para crear con ellas un clima erótico -aunque sin publicidad-, a Adèle nunca llegó a pintarla desnuda ni con sugerencias eróticas, deseando su desnudez sólo para él.

Adèle no tuvo hijos al parecer, ni con Klimt, a pesar del natural creativo del artista  que tuvo más de 18 hijos ilegítimos, con mujeres tanto de la burguesía, como con chicas de la calle que pasaron por su taller, ya que siempre necesitó estar rodeado de mujeres. Durante los 30 años de su vida en que mantuvo una relación con Emile Flöge “de aquella manera”, tuvo 14 hijos con unas y otras.

Emile Flöge y Gustav Klimt.

La eterna compañera del artista fue Emilie Flöge (1874-1952), hermana de la mujer viuda de su hermano Ernest Klimt. La vida de muchos artistas, casi de cualquier época, ha estado siempre rodeada de mujeres: musas, clientes, marchantes, compañeras, y quizá todas amantes. De entre todas las mujeres de Klimt, Emile sobresalió entre las demás por la duración de su relación/amistad, y quizá por el morbo de la falta de conocimiento sobre el contenido de la misma, estando hasta la muerte del pintor a su lado. Durante las relaciones intensas de Klimt con otras mujeres, especialmente con Adèle, permanecía Emilie  apartada de él, volviendo cuando era requerida.

Emilie Flöge fue una dama de la sociedad vienesa que comenzó como costurera, y  llegó a tener junto con su hermana Helene (viuda de Ernest Klimt) una tienda de moda que fue una de las mejores de Viena. Es posible que el conocido cuadro de Klimt, El beso, esté protagonizado por  Gustav y Emilie.

Gustav Klimt. El beso. 1907-1908. Óleo sobre lienzo. 180 x 180 cm. Österreichische Galerie Belvedere. Viena.

Tras algunos años de pasión desenfrenada con Adèle, la relación fue moderándose y siguieron viéndose cada vez con menos frecuencia y pasión hasta 1911, año en que fue galardonado el artista con el primer premio de la Exposición Universal de Roma. El 6 de febrero de 1918 murió en Alsergrund  de “gripe española”,  tras haber pasado amplios  períodos de mala salud. Adéle moriría ocho años después -en 1925-, parece ser que de meningitis.

El exitoso negocio de las hermanas Flöge empezó a ir mal con la llegada del Tercer Reich a Austria. Después de la anexión o Anschluss, en 1938, muchas de las clientas adineradas e importantes habían huido a Suiza, por lo que el negocio tuvo que ser cerrado. Durante algún un tiempo, siguieron trabajando en su piso  de la Ungargasse donde realizaban algún encargo puntual.

Durante los bombardeos aliados en la Viena nazi, su apartamento en la Ungargasse fue destruido. En él se guardaba una gran colección de ropa de Emilie y cuadros que había heredado de Klimt.

Emilie Flöge volvió a Viena después de la guerra. Allí pasó los últimos años de su vida. Murió el 26 de mayo de 1952 a los 77 años de edad.

Gustav Klimt nació en Baumgarten, un 14 de julio de1862 y fue un pintor simbolista, y el representante más notable del modernismo austríaco. Klimt, utilizando el desnudo femenino como una de sus fuentes de inspiración básicas, impregnó  sus obras  de una gran sensualidad, siguiendo la línea de Ingres y Rodin en sus dibujos eróticos.

Klimt fue el segundo de siete hermanos, heredando los tres varones las inclinaciones artísticas de su padre Ernst Klimt, grabador de oro y de su madre Anna Finster aficionada al belcanto. En una familia sin demasiadas posibilidades económicas, Gustave,  con catorce años, consiguió gracias a su talento, una beca para estudiar en la  la Escuela de Artes y Oficios de Viena, donde se formaría hasta los 21 como pintor y decorador de interiores. La educación artística recibida fue clásica, por eso, la primera parte de su obra puede considerarse académica. Junto a su hermano Ernst –también en la Escuela- y Franz Matsch, montaron la “Compañía de artistas”, colaborando como asistentes de su profesor en la decoración del Kunsthistorisches Museum de Viena,  en cuya escalera se pueden admirar 40 pinturas en las pechinas e intercolumnios, que decoran los estrechos espacios de pared que quedan entre los arcos y las columnas, 11 de las cuales son obra de Gustav Klimt, y el resto  son de su hermano Ernst y de Franz Matsch. Klimt. Comenzó su carrera individual pintando interiores de grandes edificios públicos de la Ringstrabe -avenida de circunvalación del centro de Viena-.

Kunsthistorisches  Museum   de Viena.

Con 26 años, Klimt recibió la Orden de Oro al Mérito Artístico de manos del Emperador Francisco José I de Austria por su trabajo en los murales del  Burgteather de Viena -su trabajo y el de la Compañía fue decorar el techo de las dos entradas principales al edificio con enormes pinturas, todas relacionadas de alguna manera con el teatro-, siendo nombrado miembro honorario de las universidades de Munich y Viena, estando a los 30 años, al morir su padre, en condiciones de poder mantener a su familia.

Burgteather de Viena. Los dos hombres del fondo son Gustav y Ernst Klimt en autorretratos.

A principios de la década de 1890, Klimt conoció a Emile Flöge, quien soportó estoicamente durante más de 27 años -hasta su muerte- las constantes aventuras amorosas del artista.

Comenzó en esa época a viajar con la familia Flöge al lago Attersee, donde realizó numerosos paisajes. Estas obras se convirtieron en una excepción para Klimt, dedicado desde siempre a la figura como casi único objetivo de su arte. Los paisajes realizados se caracterizaron por una gran ornamentación y un uso excesivo de motivos compositivos. Los espacios pintados  aparecen  muy aplanados, como si tuviera algún defecto en la visión lejana.

Klimt se convirtió en uno de los miembros fundadores y Presidente de la WIENER SEZESSION,  grupo fundado en 1897. La SEZESSION nació como una alternativa para los artistas no promocionados por la Academia vienesa -Klimt fue promocionado, pero pensó en los que no lo eran-. Su  objetivo principal fue la promoción de artistas jóvenes y la exhibición de obras extranjeras. El grupo fue un colectivo artístico con libertad de estilos: había naturalistas, realistas, simbolistas… Los artistas de la Sezession entronizaron a  Palas Atenea –la diosa griega de la sabiduría y de la justicia- como su símbolo representativo. Klimt perteneció a este colectivo hasta 1908.

Gustav Klimt. Palas Atenea. 1898. Óleo sobre lienzo. 75 x 75 cm. Kunsthistorisches  Museum. Viena.

En 1894, Klimt recibió el encargo de decorar el techo del Aula Magna de la Universidad de Viena. Tardó más de 5 años en acabar las tres obras que propuso –Filosofía, Medicina  y Jurisprudencia–  siendo muy criticado por lo radical y lo egocéntrico de la obra, que además fue considerada pornográfica. Klimt adaptó la forma clásica de la alegoría y su simbolismo convencional, pero con su propia plástica, y un punto sexual provocativo. La universidad decidió no colocar las obras de Klimt, no volviendo el artista a admitir encargos de carácter oficial. Las tres obras fueron destruidas por las SS  durante su retirada de Viena, en mayo de 1945.

Filosofía. Terminada en 1901.

Medicina. Terminada en 1904.

Jurisprudencia. Terminada en 1907.

En 1899, Klimt reafirmó su estilo con la Nuda Veritas -la Verdad desnuda–  que el año anterior había publicado en  la revista de la Sezession “Ver Sacrum” junto a un dibujo alegórico a La envidia, lo que supuso, al llevarlo al lienzo una declaración de principios, desafiando a los críticos de su obra: el desnudo de una mujer, sosteniendo un alegórico “espejo de la verdad”, coronado con una conocida sentencia de Schiller: “Si no puedes agradar a todos con tus méritos y tu arte, agrada a pocos. Agradar a muchos es malo”.

Gustav Klimt. Nuda  Veritas. 1899. Óleo sobre lienzo. 252 x 56, 2 cm.  Osterreichisches Theatermuseum. Viena.

En 1902, Klimt concluyó su trabajo en el Friso de Beethoven a tiempo para la XIV exposición de los secesionistas vieneses, organizada en su homenaje. Destinado a ser expuesto temporalmente, el friso fue pintado directamente sobre la pared con una técnica ligera. Tras la exposición, sin embargo, el friso fue conservado, si bien no volvió a ser expuesto en público hasta 1986.

Gustav Klimt. Fragmento del Friso de Beethoven.1902.

En esa época conoció a Adèle Bloch- Bauer, viajando bastante –quizá para olvidarla- a  Italia, visitando Florencia, Venecia y Rávena, comenzando a partir de su regreso, la que fue considerada como  época de madurez artística del artista.

La “etapa dorada” de Klimt vino determinada por un gran éxito comercial y aceptación de la crítica del estilo del artista. No se llama dorada por la brillantez de lo producido ni por el alto rendimiento en su trabajo, sino básicamente por la utilización del pan de oro en sus obras,  aunque ya lo había usado desde 1898 en Palas Atenea y su primera versión de Judith, de 1901. Tras regresar de su viaje italiano, intervino en la decoración del palacio Stoclet, convirtiéndose el edificio en lo más representativo del art nouveau centroeuropeo. La aportación de Klimt fueron El Cumplimiento y La Expectación, considerando estas obras como  el nivel más avanzado de su carrera artística en el aspecto de la ornamentación.

Sin embargo las obras más importantes de esta etapa fueron el La dama dorada: Retrato de Adèle Bloch-Bauer I (1907) y El beso (1907-1908).

Gustav Klimt. La dama dorada. Retrato de Adèle Bloch-Bauer I. 1907. Óleo sobre lienzo. 138 x 138 cm. Neue gallery. Nueva York.

Gustav Klimt. 1907-1908. Óleo sobre lienzo. 180 x 180 cm. Österreichische Galerie Belvedere. Viena.

Gustav Klimt. Judith II.1909. Óleo sobre lienzo. 178 x 46 cm. Galería Internacional de Arte Moderno. Venecia.

Sus obras de madurez se caracterizan, por dejar a un lado sus inicios académicos y naturalistas, caminando hacia el uso de motivos simbólicos o abstractos que enfatizaran la libertad de espíritu, que le dieron a su obra un carácter ecléctico, utilizando referencias del arte del antiguo Egipto, de la Grecia clásica,  y del arte bizantino. También sintió admiración por artistas tan distintos como los medievales  o los de la escuela RINPA japonesa.

Sus dramáticas composiciones con planos y cortes extraños, puntos de vista imposibles, y a veces escorzos de difícil comprensión, pusieron de manifiesto el carácter innovador de su plástica.

En 1911, Klimt fue galardonado con el primer premio de la Exposición de Roma por la obra  Muerte y vida.

Gustav Klimt. Muerte y vida.. 1916. Óleo sobre lienzo. 178 x 198 cm. Colección particular. Leopold Museum. Viena.

En su taller quedaron gran cantidad de obras sin acabar. Esas y otras, fueron confiscadas por los nazis, que al abandonar Viena en 1945 quemaron el castillo donde éstas permanecían guardadas.

Klimt además de ser uno de los creadores de la Sezession apoyó la Kunsthalle, institución que apoyaba a jóvenes artistas para evitar su éxodo al extranjero, teniendo gran influencia sobre alguno de ellos como Egon Schiele.

Sobrevivió Adèle Bloch-Bauer 7 años a su amado -1925-, testando que tras su muerte, las obras que poseía de Klimt pasaran al Estado austríaco. Su esposo convirtió su cuarto en una especie de museo en el que colgaban los seis cuadros de Klimt de la familia: dos retratos de Adèle y cuatro paisajes. El testamento de Adèle fue revocado por su viudo Ferdinand en 1945, presentando los documentos de compra de los cuadros pagados por él, y que habían quedado en poder de los nazis al huir a Suiza precipitadamente en 1938 tras el ANSCHLUSS -unión o reunión- que convirtió  ÖSTERREICH -Austria- en OSTMARK –Marca del este, provincia alemana- y la ocupación nazi consiguiente.

Regreso a la II República de Austria.

La I República de Austria se constituyó al desmembrase el imperio austrohúngaro tras la primera guerra mundial.

ANSCHULUSS es una palabra que, en el contexto político, significa unión o anexión y fue utilizada para referirse a la incorporación de Austria a Alemania en 1938, pasando de constituir Österreich –Austria- a Ostmark –Marca del Este-.

La anexión austriaca a Alemania fue precedida de la devolución del Sarre a Alemania en 1935 –provincia alemana administrada por Francia, en misión encomendada por la Sociedad de Naciones tras el Tratado de Versalles al fin de la primera gran guerra durante 15 años entre 1929 y 1935- seguida de la crisis de los Sudetes –territorios checoslovacos del  norte y oeste, liderados por  Konrad Henlein, nazi que negoció con Hitler reivindicaciones separatistas inaceptables para el gobierno checoslovaco-. La ocupación del resto de Checoslovaquia y la invasión de la mitad de Polonia -con el pasillo de Danzing-,  supusieron el comienzo de la segunda guerra mundial.

El Anschluss fue precedido por un período de creciente presión política de Alemania sobre Austria, exigiendo la legalización del partido nazi y la  participación de éste en el gobierno.

A pesar de conseguir ser el partido más votado en las elecciones alemanas de abril 1932, los nazis tuvieron que contentarse con ejercer la oposición. Desde esa posición, instigaron y financiaron un movimiento nazi austríaco, cuya norma de actuación fue el terrorismo. El canciller socialcristiano austriaco Dollfuss disolvió el Parlamento, ilegalizó el partido comunista, la milicia socialdemócrata y el partido nacionalsocialista, instaurando un régimen de carácter fascista que fue denominado austrofascismo.

Los socialdemócratas se exiliaron y los nazis austríacos se reforzaron, exigiendo un fascismo más germánico y subordinado a Alemania, asesinando al canciller Dollfuss, pero fracasando en el golpe de Estado para hacerse con el poder. El Ejército no se unió al golpe y los austrofascistas lograron detener momentáneamente las aspiraciones de los nazis.

Canciller Dollfuss, asesinado.

Benito Mussolini, al saber del asesinato de Dollfuss, movilizó las tropas italianas a la frontera austriaca, amenazando con intervenir militarmente para sostener en el poder a los representantes del partido del asesinado. Hitler no deseaba un conflicto con un régimen ideológicamente tan cercano como el del fascismo italiano, por lo cual se abstuvo de enviar tropas para apoyar a los nazis austríacos.

El nuevo canciller, Schuschnigg consiguió el apoyo de católicos y socialistas, que consideraron mejor o un mal menor el austrofascismo que el nazismo alemán, acentuando los nazis austríacos -financiados por los alemanes- la  acción terrorista contra autoridades gubernamentales y señalados militantes antinazis, asesinando en cuatro años a más de 800 personas, llegando a una situación que amenazaba inexorablemente con una guerra civil.

El presidente de Austria Wilhelm Miklas y el canciller Schuschnigg  se reunieron con Hitler en Berschtesgaden en febrero de 1938, fecha en que la actividad terrorista nazi en Austria alcanzaba niveles insoportables.  Hitler exigía la participación de los nazis en el gobierno austríaco, la puesta en libertad de los terroristas detenidos, y  la colaboración entre el Ejército austríaco y la Wehrmacht a cambio de que Alemania dejara de intervenir en la política austríaca, con la amenaza , en caso de no aceptar esas condiciones, de impulsar la guerra civil.

De vuelta a Viena, el canciller puso en libertad a los nazis terroristas austríacos encarcelados, y nombró Ministro de Interior a un nacionalsocialista,  en un intento de mantener la independencia de Austria. No obstante, los nazis austríacos no se dieron por satisfechos al ver que el Gobierno se apoyaba en socialistas y católicos para defender la independencia del país, por lo que los atentados terroristas nazis prosiguieron.

Hitler en un discurso días después, se refirió a los austríacos como «10 millones de alemanes que viven fuera de nuestras fronteras», expresando así su intención de anexionar Austria a Alemania.

El canciller austríaco decidió realizar un plebiscito el 13 de marzo de 1938 con una pregunta que expresaba el deseo de mantenimiento de una «Austria unida, cristiana, social, independiente, alemana y libre», sin hacer mención alguna a deseos de unión con Alemania. Llevó todos los preparativos en secreto pero Hitler fue informado, forzando al Canciller Schuschnigg a convocar sobre la marcha y para el mismo día -10 de marzo- un referéndum  para que se votara sobre la independencia o la unión de/con Alemania, fijando sutilmente Schuschnigg en 24 años la edad mínima para votar, evitando así la participación de jóvenes desempleados –descontentos- que constituían la mayor fuente de militantes nazis de Austria. Evidentemente Hitler eliminó el asunto planteado de esa manera.

Hitler ordenó a los nazis austríacos pasar a la acción para evitar que se celebrara el referéndum de la manera deseada por el Canciller Schuschnigg, y diseñaron las papeletas que invitaban al sí. Se adelantó el referéndum tres días y se permitió el voto a los menores de 24 años que eran partidarios de Hitler.

¿Estás de acuerdo con  que la reunificación de Austria con el Imperio Alemán se realice el 13 de marzo de 1938 y votas en favor de la lista de nuestro  Fuhrer?- Sí en grande y no en pequeño…

En 1938, Hitler comienza la invasión e incorporación de Austria (Anschluss) y de los Sudetes checos (Conferencia de Munich) con el apoyo de la población y con la pasividad de otras potencias.

El 11 de marzo, los nazis austríacos habían ocupado casi todos los edificios gubernamentales de la capital, arrestando a todos los líderes políticos anti-nazis que encontraron, con la ayuda de policías nacionalsocialistas.

Así, tras días de una violencia extrema, de una acción diplomática explosiva, y de una amenaza militar permanente, las tropas alemanas entraron en Viena el 14 de marzo de 1938.

Tropas alemanas entrando en Viena.

Hitler entró en Austria el sábado 12  de marzo, dirigiéndose a Braunau am Inn, su localidad natal. El recibimiento entusiasta de la población austríaca a las tropas alemanas sorprendió a los propios alemanes, llegando Goering a Viena el día 13 para coordinar los detalles de la toma del poder por los nazis. Hitler llegó a Viena el día 15, en olor de multitudes, declarando la anexión de Austria a Alemania en la Heldenplazt de Viena ante más de 300.000 personas. El ANSCHULUSS se había consumado.

El Fuhrer en la Heldenplazt de Viena el 15 de marzo de 1938.

Al terminar la segunda guerra mundial, el 27 de abril de 1945, el gobierno interino austríaco avalado por los aliados, declaró el Anschluss null und nichtig («nulo e inválido»), estableciendo la Segunda República Austríaca. Los vencedores estuvieron ocupando Austria varios años, tratando a Austria como un estado independiente, manteniendo un gobierno civil austríaco desde el primer momento. No se restituyó la plena soberanía hasta que el Tratado para el Restablecimiento de Austria Independiente y Democrática fue firmado en  Viena el 15 de mayo de 1955.

Tropas soviéticas liberando Viena.

Cuando los alemanes ocuparon Austria, en 1938, Ferdinand Bloch-Bauer huyó a Suiza, siendo confiscado y robado todo su patrimonio por los nazis (los cuadros de KLIMT también), con la excusa, de custodiar y proteger las obras de arte. Antes de morir en Zurich en noviembre de 1945, Ferdinand otorgó testamento, pero contravino  la voluntad de su esposa Adèle, y legó la propiedad de sus obras de Klimt a sus sobrinos, hijos de su hermano Gustave y Therese Bauer. Mientras tanto, el retrato de Adele estuvo y estaba en la Galería Nacional de Austria Belvedere, junto con los otros Klimt robados a los Bloch-Bauer.

Tras muchas peripecias en los tribunales, negativas a devolvérselos y duros recursos –a pesar de una ley de 1996 por la que el Gobierno austriaco se comprometía a devolver lo robado por los nazis-, una de las sobrinas de Adèle  y Ferdinand Bloch-Bauer, María Viktoria Altmann, consiguió que el estado de Austria en 2006, perdiera en un tribunal internacional su posición de no devolver las obras de KLIMT a sus dueños, siendo condenado a que las seis obras de Klimt pertenecientes a la familia Bloch, y entre ellas La dama dorada, fueran sacadas del Patrimonio del Estado austriaco, y devueltas a los herederos. El retrato de su tía Adèle fue vendido en 135 millones de  dólares antes de impuestos, a Ronald Lauder para la galería de su propiedad Neue Galerie  de Nueva York.