Las ángelas de Goya son frescos y las de Denise de la Rue tienen frescura.

En la misma zona de Madrid se construyeron tres ermitas dedicadas a San Antonio de Padua en un corto período de la historia: en 1720, la construida por el arquitecto José Benito de Churriguera, impulsada por “los guinderos” (devotos del santo) y derribada en 1768 en tiempos y por orden de Carlos III, debido a la construcción de la carretera de Castilla. La construcción de la segunda fue encomendada a Francesco Sabatini en 1768, por el mismo rey que mandó destruir la anterior, y se levantó  cerca de la actual puerta de San Vicente en las inmediaciones de la ladera de la montaña de Príncipe Pio. Su destrucción fue ordenada por Carlos IV 22 años más tarde, para poder construir en esa zona  la finca de recreo real la Real Posesión de la Florida. En los terrenos de la ermita de Sabatini se construyeron las caballerizas reales y el rey encargó al arquitecto Filippo Fontana una nueva ermita. En 1792 el propio rey puso la primera piedra de la ermita, incluyendo en la misma una cápsula del tiempo con monedas de oro con su efigie. Del palacio de la Florida no se ha conservado nada ya que fue destruido en el siglo XIX para  la construcción de la Estación del Norte (Príncipe Pío).

La ermita, también dedicada a San Antonio de Padua,  se desplazó hacia el norte, río Manzanares  arriba hasta la fuente del Abanico, centrada en la glorieta que hoy está situada en donde se unen el Paseo de la Florida y la Avenida de Valladolid y que mantiene el nombre de Plaza de San Antonio de la Florida. Carlos IV encargó la decoración interior a Goya, levantando el arquitecto Fontana  un edificio neoclásico de planta de cruz griega, muy sencillo, con cúpula con linternas sobre pechinas. Inicialmente el uso de la ermita fue para el culto y se denominó de San Antonio de la Florida.

En su interior Goya pintó numerosos frescos relativos a uno de los milagros más importantes del santo, que consistió en liberar a su padre de una condena por asesinato, al resucitar al muerto, que declaró la inocencia de su padre. En los frescos, los hombres y mujeres  van ataviados de majos y chisperos, y hay ángeles femeninos que sostienen cortinajes en el fresco del ábside –ángelas-. En 1799 se inauguró, en 1881 fue convertida en parroquia, y en 1919 se depositaron en la ermita los restos de Goya que había sido enterrado en la Sacramental de San Isidro, tras su traslado desde Burdeos.

 

En 1925 y para preservar el clima interior que debía existir para proteger los frescos del maestro, especialmente del humo de los cirios, se encargó al arquitecto Juan Moya Idígoras, la construcción de una ermita gemela al lado de la de Fontana que sería dedicada al culto, siendo inaugurada en 1929. Las dos ermitas son simétricas respecto al plano principal de la plaza donde se ubican, los altares son de estuco, rematados por esculturas de ángeles de  José Ginés y y  el altar mayor está presidido por un Cristo de marfil y carey del siglo XVIII. La ermita de Fontana ha quedado convertida en museo, celebrándose un par de misas al año, siendo gestionada por la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El fresco –en italiano affresco- es una pintura ejecutada sobre una superficie cubierta con dos capas de cal, la primera –arricio- de mayor espesor, con cal apagada, arena de río no necesariamente muy fina y agua, y la segunda –intonaco- con cal apagada y polvo de mármol o arena muy fina y agua, sobre la que se van aplicando los pigmentos, cuando todavía está húmeda. El fresco se ejecuta en jornadas de trabajo de duración limitada, ya que la cal en un periodo de 24 horas comienza su secado y no admite más pigmentos. Por ello, algunos acabados se realizaban en seco, con temple es decir, aglutinados con cola. Esa  técnica se denomina fresco seco.

Existen obras con aspecto de frescos, pero que no lo son. Un ejemplo, es la técnica del marouflage que consiste en pintar un óleo en tela para pegarlo posteriormente a una pared o techo con un adhesivo especial que endurece y seca, convirtiendo el conjunto en algo duro como el cemento. El gran Eugenio Pérez Villaamil, en el madrileño museo de  José Lázaro Galdiano, pintó unas telas muy grandes al óleo, que luego pegó a los techos, pareciendo magníficos frescos.

Techo de la sala de música en la primera planta del museo Lázaro Galdiano de Pérez Villamil con técnica de marouflage.

En este salón está el techo expuesto arriba.

Goya, ya pintor de cámara en la corte, tras irse de Zaragoza por las constantes  críticas a su forma de pintar  de su cuñado, el notabilísimo Francisco Bayeu, empleó seis meses de 1798 en toda la obra de la ermita de Fontana, con pinturas al fresco y al temple, acercándose a la visión artística de carácter onírico del pintor. Todos los frescos de esta ermita se encuadran en la denominada técnica de la quadratura; cuadrículas en que los artistas dividían la obra pintando de abajo hacia arriba en trampantojo –trampa ante ojo-, para que se pueda observar desde un lugar alejado con las dimensiones proporcionadas, aunque unas partes estén mucho más alejadas que otras.

Y así llegamos a sus ángelas de la Adoración de la Trinidad,  en la bóveda del ábside, donde con mucha femineidad sostienen cortinajes, recorriendo los paramentos del templo junto a los querubines. Goya utilizó una pincelada suelta y enérgica, con manchas de luz y color y fuertes contrastes, señalando el camino a los impresionistas, haciendo que esta obra fuera la más notable con diferencia de su pintura mural, y de hecho se conoce popularmente  como la “Capilla Sixtina de Madrid”.

A los pies del presbiterio se encuentra el panteón del pintor, con la misma lápida con la que fue enterrado en el cementerio de Burdeos, estando enterrado junto a su buen amigo Martín Miguel de Goicochea. El cuerpo de Goya carece de cráneo, al ser separado del tronco para la realización de análisis tras su muerte.

LAS FRESCAS

Las “ángelas” de Denise de la Rue que se exponen durante menos de un mes  en esta ermita, envueltas en  sabor de Goya, son cinco fotografías de gran formato, en las que despeja algún  personaje de cuadros del artista y sitúa actrices de gran belleza –una por obra- sustituyendo al personaje del maestro obviado, fotografiadas como ángeles femeninos, siguiendo la idea del pintor zaragozano de pintar con ese sexo a sus ángeles en los frescos de esta ermita.

Las actrices, Natalia de Molina, Juana Acosta, Claudia Traisac, Michelle Jenner y Anna Castillo, se integran en las obras del artista, no sólo no restando belleza a sus obras, sino refrescándolas logrando espectaculares fotografías realizadas por Denise de la Rue, que se sintió atraída por el proyecto “porqué ángelas y actrices, son mensajeras, poseedoras de magia, misticismo, poder de creación, transformación, y están conectadas con la energía de poder y transmisión”. No deben ser consideradas irreverentes las sustituciones, sino una integración del arte de principios del XIX con la fotografía actual.

La verdad, el tiempo y la historia. Goya 1797-1800.  294 x 244 cm. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional de Estocolmo. La actriz Claudia Traisac sustituye a la VERDAD.

Tobías y el ángel. Goya 1787.  63,5 x 51,5 cm. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado. La actriz Michel Jenner sustituye a la TOBÍAS.

Cristo en el huerto de los olivos. Goya 1819.  47 x 35 cm.  Óleo sobre tabla. Escuelas Pías de San Antón. Madrid. La actriz Anna Castillo sustituye a Nuestro Señor.

La Inmaculada Concepción. Goya 1783-1784. 80 x 41 cm. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado. La actriz Natalia de Molina sustituye a la Virgen.

La Asunción de la Virgen. Goya 1812. 311 x 240 cm. Óleo sobre lienzo. Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Chinchón. Madrid. La actriz Juana Acosta sustituye a la Virgen.

Sobre el suelo central de la ermita se ha instalado un gran  espejo, alrededor del cual se puede pasear, contemplando las fotos y los frescos originales reflejados en el mismo. Una  magnífica iluminación interior de sus fotografías, y la música que envuelve todo, nos pueden transportar a un ambiente de cierto misticismo.

Suelo de espejo que ocupa todo el cuadro central.