Das Rehingold. El oro del Rin. Parte 2.

Los dioses buscaron a Alberich siguiendo las indicaciones de Mime, descubriendo su paradero; al sorprender el enano todopoderoso a los dos visitantes, les lanzó toda clase de imprecaciones y amenazas añadiendo «lo mismo que yo he renunciado al amor, obligaré a todo ser viviente y dios, a renunciar a él también», advirtiendo a los dos dioses, que deberían guardarse de los ejércitos que iban a salir inmediatamente de las oscuras profundidades del reino nibelungo.

Wotan reaccionó preparando su lanza Gungnir para lanzársela, pero Loge le detuvo, invitándole a usar la astucia mejor que la fuerza. Así, habló Loge alabando el poder del enano con su anillo y con el yelmo, invitándole a demostrar de lo que era capaz de hacer, pidiéndole que se convirtiera primero en dragón y luego en sapo, al que fácilmente Wotan podría poner el pie encima: el enano deseoso de mostrar su poder, así lo hizo, consiguiendo Wotan y Loge maniatarlo y arrastrarlo desde la sima, a la que habían descendido.

Wotan y Loge llevaron a Alberich hasta el valle de Wotan, en donde intentaron obligarle a entregar el tesoro a cambio de su libertad. A una orden del enano, los nibelungos comenzaron a trasladar el tesoro desde su reino al de Wotan, amontonando el oro frente a los dioses.

Alberich quiso quedarse con el yelmo mágico y la sortija, pero Loge arrojó el tarnhelm al montón de oro ya acumulado y Wotan le arrancó violentamente el anillo del dedo para quedárselo. Sólo entonces, liberaron al enano, que furioso, lanzó una maldición sobre el anillo: todos lo codiciarían y además, conduciría a la muerte a quien lo llevara; Wotan hizo caso omiso de la maldición, mirando hechizado la joya, que lanzaba destellos en su dedo.

A la llamada de Loge, regresaron los gigantes constructores con Freia, para hacer el intercambio del oro por la diosa, y en ese mismo instante, los dioses sintieron con la presencia de Freia y sus doradas manzanas, que volvían a rejuvenecer nuevamente como antaño, manteniendo su eterna juventud.

Pero antes de que pudieran proceder al intercambio, los constructores del Walhalla, clavaron unas estacas en el suelo, alrededor de la diosa Freia, creando un gran espacio en altura y anchura para que fuera rellenado con el oro. Comenzó la operación, no deteniéndose, hasta que la diosa que había permanecido entre los barrotes/palos, quedó casi cubierta por él.

Cuando Loge soltó el yelmo mágico sobre el tesoro amontonado, todavía quedaba una rendija por la que Fasolt podía ver el brillo de los ojos de la diosa del amor, y el gigante, obligó a Wotan a taparla con el anillo, pero el dios de dioses, cautivo ya por la magia de la joya, no pareció dispuesto a entregarla.

El resto de los dioses conminaron a Wotan a entregar el anillo, amenazando por otra parte y simultáneamente a los dos gigantes con romper el pacto. En ese momento, creció la confusión, la luz se oscureció, y el alma antigua de la tierra, la que todo lo sabe, emergió de las profundidades de la gruta en la que duerme su sabiduría: se manifestó ERDA, la madre de las tres nornas -parcas- que tejen el hilo de todos los destinos, gestionando las vidas de dioses y hombres.

ERDA, la diosa que regaba el Yggdrasil –nombre mítico del Árbol de la Vida, que llegaba hasta el cielo, cuyas ramas  sostenían y conectaban con toda la sabiduría, del que estuvo colgado Wotan 9 días, hasta que  obtuvo el conocimiento de las 24 runas básicas + 1 -la de Odín o en blanco-, previó un ignominioso fin para los dioses si el anillo no era entregado a los gigantes, ordenando a Wotan su devolución. El dios quiso conocer el porqué de la profecía, pero Erda ya entonces había desaparecido en las profundidades del arroyo que regaba las raíces del Yggdrasil; Wotan, tras una breve reflexión, arrojó el anillo con dolor sobre la rendija que quedaba en el tesoro amontonado.

Yggdresil regado por ERDA.

Los efectos de la maldición de la joya comenzaron: Fafner mató a su hermano Fasolt, se hizo con el anillo que éste había cogido y lo metió en un saco con el resto del tesoro, que arrastró sobre sus espaldas sin volver la vista atrás. Los dioses observaron la escena con horror, viendo que la negrura estaba invadiendo el valle.

Thor  quiso despejar la negra atmósfera: hizo girar su martillo desapareciendo en una nube de tormenta muy grande y oscura. Todos pudieron oír el golpe de su martillo contra una roca y un relámpago atravesó la nube seguido de un violento trueno. Al disiparse la nube, un bellísimo arco iris unió el valle de los dioses con la fortaleza Walhalla: iba a ser el puente por el que los dioses subirían a su residencia.

Los dioses se dirigían hacia el arco iris, cuando el viento trajo un murmullo de las ninfas ondinas, Hijas del Rin, que  pedían que el oro robado, les fuera devuelto.  Loge, pensando en las posibles actuaciones futuras de las ninfas, que podían llegar a ser terribles, se planteó volver a su forma primigenia de llama, no en vano era el dios del fuego, para devorar a los dioses con el mismo si fuera necesario, o negociar lo que fuere con las ninfas, antes que perecer con ellos.

Este es el prólogo o primera parte de la ópera EL ANILLO DE LOS NIBELUNGOS de Richard Wagner, que en el Teatro Real de Madrid construido sobre la Fuente de los Caños del Peral,  que pude ver y oír hace unos días, tras conseguir encontrar el teatro tras siglos de búsqueda.

Das Rheingold El oro del Rhin-, es el prólogo de la tetralogía épica El anillo de los Nibelungos, la obra más grandiosa del compositor alemán, basada en distintos relatos de la mitología nórdica-germánica. Wagner tardó  26 años en escribir el libreto y componer este ciclo de cuatro óperas, en donde El oro del Rhin hace de prólogo, siguéndole La valquiria (Die Walküre), Sigfrido (Siegfried) y El ocaso de los dioses (Götterdämmerung).

Wagner hubiera querido que esta ópera se estrenara como una parte de la tetralogía, pero se vio obligado a representarla antes, por insistencia de su patrocinador, el rey Luís II de Baviera. Se estrenó como verso suelto en el Hoftheater de Múnich el 22 de septiembre de 1869, y como parte del ciclo de la ópera completa,  el 13 de agosto de 1876, en el Festspielhaus de Bayreuth –ciudad de la Alta Baviera-.

Pablo Heras-Casado, principal director invitado del Real, dirigió un reparto de renombrados cantantes wagnerianos, con un resultado más que notable.

Dirección de escena: Robert Carsen

Wotan: Greer Grimsley

Thor o Donner: Raimund Nolte

Froh: David Butt Philip

Loge: Joseph Kaiser

Fasolt: Ain Anger

Fafner: Alexander Tsymbalyuk

Alberich: Samuel Youn

Mime: Mikeldi Atxalandabaso

Fricka: Sarah Connolly

Freia: Sophie Bevan

Erda: Ronnita Miller

Woglinde Ondina: Isabella Gaudí

Wellgunde Ondina: Maria Miró

Flosshilde Ondina: Claudia Huckle