Hoy el optimismo pidió un descanso.

Son las 05,00 de la mañana, y hoy he dormido regular, rebozado por terremotos, incendios, corrupciones y tontos: así que me levanto, y aun medio dormido, me pongo a escribir las ensoñaciones, que recomiendo no leer porque estoy negativo.

La humanidad ha sobrevivido a glaciaciones, pestes, guerras mundiales, inquisiciones, imperios, dictadores, salones empapelados y hasta al gotelé. Sin embargo, nada parece haber preparado del todo al ser humano contemporáneo, para la experiencia verdaderamente devastadora de recibir un correo electrónico un domingo a las once de la noche con el asunto: “Pequeños cambios”.

Vivimos tiempos extraordinarios, tan extraordinarios, que uno ya no sabe si está participando en la Historia o en una prueba piloto defectuosa de alguna civilización extraterrestre. Todo sucede a la vez y todo exige atención inmediata: el planeta se recalienta, la economía se enfría, la política se pudre, los teléfonos nos escuchan y, aun así, el mayor drama cotidiano consiste en recordar una contraseña que necesariamente debe incluir una mayúscula, algún número, un símbolo del jeroglífico hitita y el nombre de un animal mitológico.

El ser humano actual vive en un estado de tensión tan permanente que ya ni siquiera se considera nervioso: se considera funcional. Se levanta cansado, desayuna mirando titulares catastróficos y sale a trabajar con esa mezcla de resignación y heroísmo que antes solo tenían los grandes exploradores. Lo admirable es que, todavía haya personas capaces de silbar por la calle o de cuidar geranios en un balcón, demostración de que la especie conserva un pequeño núcleo de dignidad biológica.

Mientras tanto, arriba, en las alturas solemnes donde se gobierna el mundo, la clase política ofrece cada día un espectáculo tan desconcertante, que uno empieza a sospechar que las oposiciones para dirigir países consisten en superar pruebas psicológicas inversas, porque hay que reconocer que nuestros dirigentes poseen un talento singular: jamás decepcionan en su capacidad de empeorar una situación sencilla.

Antes, los líderes mundiales daban miedo, pero ahora producen algo mucho más inquietante que es la fatiga administrativa. Uno los escucha hablar y siente que el planeta entero ha quedado en manos de una comunidad de propietarios mal avenida. Comparecen ante las cámaras con gráficos incomprensibles, expresiones de preocupación institucional y frases cuidadosamente diseñadas para no significar absolutamente nada: “Estamos trabajando intensamente”, “Se están evaluando escenarios”, “La situación requiere prudencia.”

El problema de la política moderna no es ya la corrupción, el cinismo o la incompetencia -que son tradiciones antiguas y casi folclóricas-, sino la teatralidad agotadora. Todo se ha convertido en representación. Los parlamentos parecen programas de entretenimiento agresivo donde adultos perfectamente vestidos se insultan como concursantes encerrados en una casa, faltando solamente que el presidente de una Cámara, anuncie expulsiones por whatsapp o sms.

Las ideologías, por otra parte, han degenerado en departamentos de marketing emocional. Ya nadie quiere convencer al ciudadano; basta con enfadarlo correctamente. La política actual consiste en administrar indignaciones como quien distribuye pienso en una granja industrial. Cada partido posee su catálogo específico de enemigos: los ricos, los pobres, los empresarios, los inmigrantes, los funcionarios, los ciclistas, los que comen gluten, los que no reciclan bien el cartón, los jubilados…

Y el ciudadano, naturalmente, colabora, porque el ciudadano moderno tiene una extraña necesidad de opinar sobre absolutamente todo. Antes una persona podía morirse sin haber emitido jamás un juicio sobre geopolítica internacional, pero hoy cualquiera desayuna explicando en redes sociales cómo resolver el conflicto de Oriente Medio, reformar el sistema monetario o entrenar adecuadamente a la selección nacional.

Internet ha democratizado algo palmario: la ignorancia.

Nunca fue tan sencillo parecer experto: basta con hablar muy seguro y utilizar palabras como “narrativa”, “contexto” o “resiliencia”. Si además, uno frunce ligeramente el ceño y menciona algoritmos, ya puede dirigir un foro importante.

El sistema económico contemporáneo por su parte, merece un estudio psiquiátrico. El capitalismo ha alcanzado tal grado de sofisticación que ha conseguido transformar la ansiedad en motor productivo, no explotando solamente el tiempo del trabajador sino también su atención, su descanso y hasta sus inseguridades.

Uno abre el teléfono para consultar la hora, y veinte minutos después sigue viendo vídeos de un millonario californiano explicando que la clave del éxito consiste en levantarse a las cuatro de la mañana, ducharse con agua helada y agradecerle al universo la oportunidad de contestar ciento cuarenta correos diarios.

La humanidad pasó siglos soñando con liberarse del trabajo gracias a la tecnología, y ahora la tecnología permite trabajar a todas horas, siendo difícil no admirar la genialidad del sistema. El esclavo antiguo, al menos, sabía que era esclavo, sin embargo, el trabajador de hoy se llama a sí mismo “colaborador”, “freelance” o “emprendedor independiente”, términos elegantísimos que significan básicamente “persona que contesta mensajes mientras cena”.

El teléfono móvil merece un capítulo aparte en la historia de la decadencia humana. Nos prometieron un instrumento de libertad y hemos terminado desarrollando con él una relación afectiva parecida a la dependencia emocional. El ciudadano actual toca más veces su teléfono que a otros seres humanos, experimentando algunos individuos angustia, si el aparato desaparece durante más de pocos minutos, lo cual convierte a una mala cobertura en experiencia mística.

Hay gente que duerme con el móvil bajo la almohada, como si esperara recibir instrucciones estratégicas de la OTAN durante la madrugada y quizá las espere, porque el mundo contemporáneo vive dominado por una sensación permanente de emergencia. Todo es urgente, histórico y decisivo. Cada semana ocurre algo “sin precedentes”. El resultado es que la población ha desarrollado una fatiga catastrófica muy peculiar; si mañana un volcán apareciera en mitad de Bruselas, media Europa preguntaría primero si dificultará el tráfico.

El resumen, es que el ciudadano moderno ya no aspira a la felicidad, necesita solamente que no le compliquen más la semana.

Los gobiernos anuncian reformas económicas con el mismo tono que los dentistas anuncian extracciones. Siempre “por el bien común”. El bien común es una entidad abstracta que curiosamente jamás aparece para agradecer el sacrificio. Uno paga más impuestos, más alquiler, más electricidad y más suscripciones digitales mientras escucha que la economía “crece sólidamente”. Debe de crecer en otra casa, porque en la del ciudadano solo crece el precio del aceite.

En otro tiempo -en el mundo clásico-, el bien común –eudaimonía o bonum commune-, no se entendía como la suma de intereses individuales, sino como el marco ético y político indispensable para la autorrealización del ciudadano. Para griegos y romanos, el individuo solo alcanzaba la plenitud subordinándose al bienestar colectivo.

Comprar una vivienda se ha convertido en una actividad quimérica y las nuevas generaciones hablan de la propiedad inmobiliaria como los medievales hablaban del Santo Grial: algo legendario que quizá existió realmente, pero que nadie cercano ha poseído jamás.

Y, aun así, el sistema insiste en llamar “jóvenes” a personas de cuarenta años que comparten piso, tienen lumbalgia y calculan si pueden permitirse un aguacate sin poner en peligro la jubilación.

La jubilación: ¡Qué concepto tan conmovedoramente optimista¡; antiguamente, uno imaginaba y más o menos se cumplía, que la vejez podía ser una etapa tranquila dedicada a cuidar nietos, jugar a las cartas o hacer como que se juega al golf y regar plantas. Hoy el ciudadano sospecha que se jubilará aproximadamente tres días antes del colapso vital.

Pero lo verdaderamente extraordinario es la capacidad humana para adaptarse al absurdo; el hombre soporta condiciones ridículas con una serenidad admirable: hace cola para pagar por ver anuncios en plataformas digitales, acepta términos legales más largos y naturalmente menos buenos literariamente que alguna novela de Tolstoi, para utilizar aplicaciones cuya finalidad principal consiste en añadir orejas de conejo a las fotografías, e incluso el lenguaje se ha contaminado de economía corporativa. Ya nadie tiene problemas: tiene áreas de mejora, nadie despide empleados: redimensiona recursos, nadie fracasa: reinventa su trayectoria; el capitalismo moderno no solo administra salarios, también administra vocabulario.

Y mientras tanto proliferan los gurús ¡Ah, los gurús!, esa fauna espiritual del siglo XXI constituida por individuos sonrientes que parecen recién hidratados y aseguran poseer la fórmula definitiva para alcanzar la plenitud interior mediante cursos online de cuatrocientos noventa y nueve euros.

Lo fascinante, es que todos recomiendan exactamente lo mismo: respirar, beber agua y dormir ocho horas. Es decir, consejos ya conocidos por los agricultores del Paleolítico inferior, radicando la diferencia en que en el Paleolítico no había podcast.

También la rebeldía se ha vuelto cómoda, ya que las revoluciones actuales se realizan desde el sofá y preferiblemente con buena conexión Wi-Fi. El revolucionario contemporáneo protesta intensamente durante once minutos en redes sociales y después pide sushi a domicilio: la épica ha sido sustituida por hashtags.

Incluso los multimillonarios parecen cansados, pudiéndose observar a ciertos magnates tecnológicos, percibiendo en ellos la expresión melancólica de quien posee cohetes espaciales, pero sin conseguir dormir bien: han conquistado mercados, manipulado algoritmos y acumulado fortunas inimaginables, pero siguen subiendo frases motivacionales a internet como adolescentes filosóficos.

Tal vez porque en el fondo sospechan algo terrible: que el dinero sirve para casi todo excepto para escapar del tedio humano.

Y ahí aparece la gran ironía de nuestra época: nunca hubo tanta comodidad material y nunca existió tanta ansiedad colectiva, ya que teniendo comida abundante, calefacción, antibióticos, entretenimiento instantáneo y capacidad para hablar con cualquier persona del planeta y aun así, vivimos agotados, irritables y perpetuamente preocupados, y puede que sea porque el ser humano no está diseñado para recibir doscientas malas noticias diarias antes del desayuno.

Nuestros abuelos ignoraban lo que ocurría en Singapur y dormían estupendamente, pero nosotros que conocemos en tiempo real cada crisis bursátil, cada terremoto y cada declaración incendiaria de algún político escandinavo, hemos desarrollado bruxismo.

Aun así, conviene no perder la perspectiva ya que la humanidad siempre fue un espectáculo grotesco y encantador: ya los romanos se quejaban de los impuestos y probablemente algún filósofo griego aseguró en una taberna, que la juventud estaba perdida y que los gobernantes eran unos inútiles, pero ellos no tenían reuniones por Zoom.

Quizá la salvación humana consista precisamente en esa capacidad absurda de conservar el humor mientras todo parece desmoronarse lentamente, porque el ciudadano continúa enamorándose, invitando a cerveza a los amigos, haciendo chistes en funerales y celebrando cumpleaños, aunque el planeta entero parezca administrado por personas absolutamente incapaces.

Y eso tiene mucho mérito: cada mañana millones de seres humanos se levantan, pagan facturas delirantes, soportan discursos políticos insufribles, sobreviven a plataformas digitales infernales y, aun así, encuentran energía para preguntar al camarero si queda tortilla. Eso es heroísmo civil.

El ser humano contemporáneo se despierta cada mañana con la desagradable sensación de que el mundo podría venirse abajo en cualquier momento, pero de que aun así, debe responder antes de las nueve a un correo marcado como “urgente”. Ese es quizá el verdadero símbolo de nuestra civilización: no la bandera de ningún país, ni un himno patriótico, ni siquiera una moneda poderosa. El símbolo auténtico de nuestra época es un individuo medio, despeinado, mirando el móvil en pijama mientras calcula si le alcanza la dignidad para afrontar otro lunes.

La humanidad soñó durante siglos con el progreso, imaginándolo luminoso, elegante, casi musical: los escritores de la Ilustración creían que el futuro estaría lleno de ciudadanos refinados, máquinas maravillosas y ciudades organizadas racionalmente. ¡Qué conmovedora ingenuidad! El futuro llegó, sí, pero convertido en una mezcla entre oficina infinita, supermercado emocional y sala de espera administrativa.

Nos prometieron coches voladores y hemos terminado discutiendo con una aplicación bancaria porque no reconoce nuestra firma y aquí seguimos, avanzando con la resignación humorística de quien sospecha que todo el sistema global ha sido diseñado por un comité de burócratas deprimidos y consultores hiperactivos, porque parece obvio que el planeta nunca había estado tan extraordinariamente organizado para producir ansiedad: años ha, el ser humano temía a las sequías, las invasiones bárbaras o las pestes y hoy teme abrir la factura de la luz, equivocarse de contraseña o escuchar la frase “tenemos que hablar un momento” pronunciada por un superior jerárquico: el miedo moderno es administrativo y la tragedia ya no llega montada a caballo, ahora aparece mediante notificaciones.

Lo verdaderamente admirable del sistema económico contemporáneo es la capacidad para convertir cualquier actividad humana en una experiencia ligeramente humillante: comprar un piso, pedir una hipoteca o incluso alquilar una vivienda, exige tal cantidad de documentos, verificaciones y certificados que uno termina sintiéndose sospechoso de existir.

La vivienda, por ejemplo, ha dejado de ser un derecho, una necesidad o un refugio convirtiéndose en una disciplina olímpica, siendo necesario para alquilar cuarenta metros cuadrados con humedad decorativa y vistas privilegiadas a un patio de ventiladores industriales, demostrar ingresos estables, solvencia emocional y probablemente pureza de sangre.

Los propietarios que quieren alquilar o vender, hablan de los apartamentos con la solemnidad con que los faraones hablaban de sus tumbas: “es una oportunidad única”, dicen mostrando cocinas donde apenas cabe una aceituna, y los jóvenes, convertidos ya en una especie zoológica de alta resistencia, aceptan compartir piso hasta edades en las que antiguamente uno ya tenía tres hijos, un huerto y opiniones firmes sobre las alcachofas.

Lo fascinante es que la economía contemporánea ha conseguido algo prodigioso: que trabajar mucho no garantice absolutamente nada. Esa era antes la parte tranquilizadora del capitalismo, aceptándose el esfuerzo porque se imaginaba cierta estabilidad futura, pero hoy la recompensa máxima del trabajador medio consiste en llegar vivo a final de mes y permitirse una cena mediocre sin consultar compulsivamente la cuenta bancaria.

Mientras tanto, los grandes expertos económicos comparecen en televisión para explicar que “el consumo interno mantiene signos positivos”: naturalmente, el ciudadano consume ansiolíticos, café y paciencia industrial.

Y arriba, siempre arriba, la clase política. Si los antiguos griegos levantaran la cabeza y vieran en qué se ha convertido la democracia, regresarían inmediatamente a la tumba por voluntad propia y por vergüenza torera; la política actual ya no consiste en gobernar sino en administrar percepciones: el dirigente contemporáneo no necesita resolver problemas, necesita parecer preocupado delante de una cámara.

Los gobiernos anuncian planes estratégicos con nombres tan grandilocuentes que parecen títulos de películas de ciencia ficción: “Agenda Integral de Transformación Resiliente para la Sostenibilidad Inclusiva”. Después uno investiga un poco y descubre que lo dicho consiste básicamente en cambiar el color de unos formularios digitales y construir un agujero para que varios más vivan de la mamandurria.

La burocracia merece también un monumento internacional: la burocracia es el verdadero sistema de gobierno planetario ya que los presidentes cambian -Pedro no-, los ministros dimiten, los partidos se destruyen mutuamente, pero siempre permanece intacta esa maquinaria administrativa capaz de exigirle a un ciudadano el mismo documento en tres ventanillas distintas.

En otros tiempos el héroe atravesaba océanos, luchaba contra monstruos o escalaba montañas, pero el héroe moderno intenta renovar el DNI antes del verano, existiendo personas que han envejecido intentando obtener una cita previa.

Y qué decir de las comparecencias públicas, con ese talento extraordinario que poseen los dirigentes para hablar durante cuarenta minutos sin transmitir nada, habiendo discursos políticos que deberían estudiarse en las facultades de ilusionismo, ya que se escucha atentamente y al terminar, no se recuerda ninguna frase ni idea, pero se experimenta una vaga sensación de haber sido regañado.

Los líderes actuales hablan utilizando expresiones como “marco transversal”, “sinergias operativas”, “hoja de ruta” o “cohesión territorial”. Nadie sabe exactamente qué significan, pero producen tranquilidad institucional, que es una forma sofisticada de sedación colectiva, siendo tan complejo de entender como leer un manual de instrucciones mal traducido, en el papel que viene con el artilugio.

Y luego están las cumbres internacionales, esos encuentros planetarios donde centenares de personas viajan en aviones privados para debatir la urgencia de reducir emisiones contaminantes, habiendo alcanzado la humanidad un nivel tan refinado de ironía involuntaria que ya ni siquiera se molesta en disimularla.

Los mandatarios aparecen sonrientes, se estrechan las manos, posan delante de banderas y prometen construir “un mundo mejor para las futuras generaciones”. Acto seguido aprueban medidas económicas que harían llorar a una calculadora.

Pero sería injusto culpar únicamente a los políticos ya que el ciudadano contemporáneo también ha desarrollado una personalidad peculiar, viviendo hiper estimulado, permanentemente indignado y convencido de que cualquier problema complejo puede resolverse mediante un comentario en redes sociales escrito mientras espera el ascensor.

Internet ha democratizado la opinión con resultados extraordinariamente preocupantes: hoy cualquier persona posee información suficiente para sentirse experta, y con la ignorancia suficiente para ser peligrosa; un individuo puede pasar de ver vídeos de recetas italianas a elaborar teorías geopolíticas sobre Asia Central en menos que canta un gallo.

Nunca antes la humanidad había hablado tanto y pensado tan poco, transformando las redes sociales incluso las emociones, necesitando la tristeza validación pública y la felicidad fotografías, la indignación hashtags, convirtiéndose la intimidad en un artículo vintage, como los pick up o la educación vial.

La gente ya no come: documenta que come.  No viaja: certifica digitalmente que ha viajado. No vive: actualiza estados.

Y en medio de ese carnaval tecnológico aparece el ciudadano común, agotado, intentando recordar quién era antes de convertirse en contraseña ambulante, ya que esa es otra maravilla de nuestro tiempo: hemos delegado la memoria en dispositivos electrónicos hasta extremos conmovedores. El ser humano moderno recuerda perfectamente el PIN de tres tarjetas bancarias, cuatro plataformas de streaming y dos códigos de verificación, pero olvida por qué entró en la cocina.

Las máquinas avanzan rápidamente y nosotros retrocedemos. La inteligencia artificial redacta textos, compone música y responde a preguntas complejas, mientras millones de personas siguen siendo incapaces de utilizar correctamente el botón “responder a todos”.

Quizá el futuro no esté dominado por robots asesinos, sino por algoritmos profundamente decepcionados con nosotros, sin embargo, la tecnología no es el verdadero problema. El verdadero problema es la velocidad, sucediendo todo demasiado deprisa: las noticias duran unos minutos, las polémicas envejecen antes del almuerzo, las amistades requieren mantenimiento digital continuo, y hasta el amor parece gestionado por departamentos de recursos humanos.

Las aplicaciones de citas son particularmente reveladoras: la humanidad tardó milenios en maravillar con la poesía amorosa, y ha terminado decidiendo relaciones sentimentales deslizando fotografías con el pulgar mientras ve series.

El romanticismo sobrevive apenas como una enfermedad leve y pese a todo, la gente continúa enamorándose, lo que demuestra que la especie humana conserva cierto espíritu olímpico, ya que amar hoy exige una resistencia psicológica notable para atravesar la precariedad económica, las agendas imposibles, la ansiedad generalizada y las tarifas dinámicas de restaurantes y aun así, dos personas consiguen sentarse frente a frente, compartir una botella de vino mediocre y hablar durante horas como si el mundo no fuera una gigantesca oficina en llamas: eso merece un respeto inefable.

También merece respeto el pequeño heroísmo cotidiano de la gente corriente que sostiene el mundo silenciosamente, de la mujer que toma dos autobuses para cuidar ancianos, el camarero que sonríe después de diez horas de pie, el profesor agotado que todavía intenta explicar literatura a adolescentes hipnotizados por TikTok, el autónomo que calcula impuestos como quien desactiva explosivos; ellos mantienen viva la civilización mientras arriba, en los palacios gubernamentales y consejos de administración, continúan produciéndose discursos motivacionales, estrategias resilientes y reuniones sobre sostenibilidad servidas en bandejas de plata.

Porque el sistema posee una capacidad extraordinaria para generar solemnidad inútil. Todo debe parecer trascendental: las empresas ya no venden productos, venden experiencias emocionales transformadoras, un café ya no es un café, es “una pausa consciente de conexión humana”, un yogur no alimenta, “acompaña tu bienestar integral”.

Uno termina echando de menos la sinceridad brutal del tendero antiguo: aquí tiene su queso, cómaselo y deje hueco.

Pero no, ahora todo necesita narrativa corporativa, identidad visual y propósito existencial: hasta las hamburgueserías parecen sectas espirituales.

El capitalismo moderno no quiere clientes: quiere creyentes.

Y quizá por eso el agotamiento colectivo resulta tan profundo, porque ya no basta con trabajar, consumir y obedecer; además debemos sonreír, reinventarnos continuamente y mostrar entusiasmo, habiéndose convertido la felicidad en obligación moral.

Si alguien está cansado, frustrado o triste, inmediatamente aparece un experto explicando que debe practicar mindfulness, respirar mejor o levantarse a las cinco de la mañana para correr descalzo sobre hierba húmeda.

La industria del bienestar produce más ansiedad que bienestar y los gurús contemporáneos hablan de equilibrio interior con una agresividad verdaderamente alarmante. Algunos parecen capaces de estrangular a una persona con energía positiva, y sin embargo, pese a toda esta maquinaria delirante, la humanidad continúa ofreciendo destellos inesperados de belleza. En mitad del caos económico y político todavía existen cenas largas, bromas absurdas, librerías silenciosas y gente veterana jugando al dominó, y de menos edad, jugando al padel, que ha sacado de los juegos de mesa de 4 como el mus o el dominó, a los no muy mayores.

Posiblemente la verdadera resistencia humana resida en la solidaridad que subyace en las sociedades, no en los grandes discursos políticos ni en las cumbres internacionales llenas de corbatas sostenibles, ni tampoco en las revoluciones digitales, ni en las doctrinas económicas: la esperanza del mundo probablemente descansa en cosas mucho más pequeñas y mucho más tercas.

La civilización, a pesar de los ministros, los mercados financieros y los analistas geoestratégicos, continúa funcionando gracias a millones de personas normales que todavía conservan cierta bondad elemental y eso resulta milagroso, sobre todo teniendo en cuenta que llevamos décadas siendo dirigidos por individuos que no lograrían organizar correctamente una barbacoa sin crear una comisión parlamentaria para estudiar el carbón.

Quizá el ser humano sea precisamente eso: una criatura absurda gobernada por incompetentes elegantes, explotada por sistemas incomprensibles y, aun así, obstinadamente capaz de brindar, enamorarse y hacer chistes mientras el edificio arde lentamente alrededor.

Y bien mirado, quizá tampoco exista una definición mejor de dignidad.

Mientras tanto, nuestro SÁNCHEZ, psicópata total y estructuralmente anamórfico, sigue con nosotros porque considera que sin él, todo se iría al garete.