Cuando Manuela me llevó al umbral.

El día en que el destino aprendió a caminar: “Hay personas cuya misión no consiste en acompañarnos durante toda nuestra vida, sino en conducirnos, con infinita delicadeza, hasta el umbral de nuestra verdadera existencia”

Aquella mañana de finales de otoño amaneció con una lluvia tan liviana que parecía no caer del cielo, sino desprenderse lentamente de las cornisas, de las ramas desnudas de los árboles y de los viejos tejados de Madrid, como si la ciudad hubiera decidido deshacerse poco a poco de un sueño húmedo que había conservado durante la noche. Desde la ventana de mi casa observé durante unos instantes el brillo oscuro del asfalto, los paraguas que comenzaban a abrirse con la resignación de quienes saben que la lluvia no será intensa pero sí obstinada, y el lento despertar de un barrio acostumbrado a convivir con la clase media sin alegrías ni llantos.

Había dispuesto la mañana con la meticulosidad de quien cree dominar las horas venideras, como hago siempre, errando a menudo; debía acercarme a la Embajada de Egipto para solicitar los visados de un viaje que llevaba semanas preparando, pues regresar al país del Nilo constituía para mí mucho más que una simple escapada; era volver a un lugar donde siempre había tenido la impresión de que el tiempo caminaba con un ritmo distinto, más cercano al de los hombres que aprendieron a medir la eternidad antes que los días.

Pensaba dedicar el resto de la jornada a ordenar algunas notas sobre el Salón del Prado, un viejo compañero de mis paseos y de mis desvelos, cuya historia seguía revelándome matices nuevos cada vez que creía conocerla del todo. Nada hacía sospechar que aquellas previsiones iban a quedar reducidas a un puñado de nada antes de que terminara la mañana.

Siempre me ha divertido comprobar cómo la vida elige los acontecimientos decisivos con una modestia desconcertante. Uno imagina que el destino llegará precedido por grandes señales, por un estruendo inesperado o por una voz que interrumpa el curso de los días, cuando la realidad acostumbra a servirse de instrumentos mucho más humildes: un tren perdido, una carta que llega con retraso, una puerta que permanece abierta unos segundos más de lo habitual o, como ocurrió en mi caso, un charco sobre el que las ruedas de un automóvil decidieron escribir el comienzo de una historia.

Caminaba por la calle Velázquez muy temprano, con el cuello de la gabardina levantado para protegerme del aire fresco que descendía desde el Retiro, disfrutando de ese silencio relativo que conserva Madrid en esa época a primera hora, cuando las conversaciones apenas han comenzado y el ruido de los motores todavía no consigue imponerse al murmullo de las hojas agitadas por el viento. Al llegar al cruce con Ayala advertí demasiado tarde, que un coche se aproximaba con una alegría incompatible con el estado del pavimento. Instintivamente di un paso hacia un lado para evitar la lluvia de agua sucia que levantó al atravesar un charco, pero el pie buscó un apoyo que no encontró y, durante una fracción de segundo, comprendí que el suelo llegaría enseguida, con mucha más rapidez de la deseable.

Confieso que, mientras caía, no pensé en el golpe, ni siquiera en el posible ridículo de verme tendido sobre la acera, sino en una vieja manía que me acompaña desde hace años y que mis amigos conocen bien: siempre he sostenido, entre bromas y supersticiones, que cada vez que alguien resbala en cualquier lugar, el árbitro termina pitando un penalti a favor del Barcelona. No tiene explicación alguna, pero la razón nunca ha sido requisito indispensable para las supersticiones, y por eso, en cuanto recuperé el aliento, me incorporé con una rapidez impropia de mi edad, más preocupado por desmentir aquel mal augurio que por averiguar el alcance de los raspones que acababa de ganar.

Fue entonces cuando la vi.

No apareció como aparecen las personas corrientes, mezclándose con el movimiento de la calle y confundida entre los demás peatones. Mi memoria la recuerda como si el resto de Madrid hubiera retrocedido un paso para dejarle sitio. Se detuvo frente a mí con una naturalidad que excluía cualquier gesto teatral y, antes incluso de pronunciar una sola palabra, tuve la extraña impresión de que su presencia modificaba imperceptiblemente la luz gris de aquella mañana, del mismo modo que una nube cambia el color de un paisaje sin alterar ninguno de sus contornos.

-¿Se encuentra bien?

Era una pregunta sencilla, casi obligada, pero la voz con que fue pronunciada poseía una serenidad difícil de describir, una mezcla de preocupación discreta y de delicadeza, que no buscaba invadir la intimidad de un desconocido, sino ofrecerle la posibilidad de aceptarla o rechazarla con la misma libertad.

Le respondí que sí, naturalmente. ¿Qué otra cosa podía decir un hombre que acababa de descubrir que el dolor de un golpe puede quedar reducido a la insignificancia, cuando unos ojos grises, limpios y tranquilos, se detienen un instante sobre los suyos? Sin embargo, mientras pronunciaba aquella mentira piadosa, comprendí que habría dado cualquier cosa por escucharla responder con una leve sonrisa:

-No, no está bien. Déjeme comprobarlo.

No lo hizo. Tal vez porque la buena educación le impedía insistir, o quizá porque existen encuentros destinados a durar únicamente el tiempo que tarda una gota de lluvia en deslizarse desde el borde de una hoja hasta el suelo.

Lo cierto es que permanecimos apenas unos segundos frente a frente, aunque todavía hoy me resulta imposible medir cuánto duró realmente aquel silencio: hay instantes que no obedecen a los relojes.

Ella llevaba una gabardina clara cuyo tejido parecía recoger la humedad del aire sin perder la elegancia de sus líneas; el cabello oscuro escapaba apenas lo suficiente para insinuar su movimiento bajo el cuello levantado, y unos labios de un rojo contenido, parecían guardar una sonrisa que todavía no había decidido conceder al mundo. Pero no fueron esas cosas las que me dejaron inmóvil.

Fue su perfume.

No sabría decir de qué flores procedía, ni qué casa lo habría compuesto, porque no olía exactamente a ninguna esencia conocida. Era un aroma que despertaba recuerdos que jamás había vivido, como si alguien hubiera conseguido destilar la nostalgia de un jardín al amanecer, la sombra fresca de unos castaños después de la lluvia y la promesa de un verano que aún no había comenzado.

Ella inclinó apenas la cabeza, satisfecha quizá al comprobar que el accidentado conservaba la dignidad suficiente para mantenerse en pie, y emprendió de nuevo el camino con una ligereza que no parecía provenir de sus pasos, sino de la absoluta certeza de saber adónde se dirigía.

Permanecí inmóvil unos instantes, mientras a mi alrededor la ciudad comenzaba a acelerarse con la indiferencia habitual. Los semáforos cambiaban de color, los taxis levantaban pequeñas cortinas de agua al pasar, un repartidor discutía con un comerciante mientras descargaba unas cajas y, a pocos metros de mí, una pareja consultaba un plano turístico sin sospechar que, en aquella misma esquina, acababa de producirse el acontecimiento más importante de mi vida.

Porque hay días en los que uno sale de casa creyendo que va a solicitar un visado para viajar a Egipto y, sin embargo, el verdadero viaje comienza mucho antes, exactamente en el instante en que una desconocida pregunta con absoluta naturalidad: -¿Se encuentra bien?

Y uno, sin saber todavía por qué, comprende que la única respuesta verdadera es echar a andar detrás de ella.

Aquel impulso carecía de toda explicación razonable y, precisamente por ello, resultaba imposible combatirlo. Si alguien me hubiera detenido en aquel instante para preguntarme por qué abandonaba una gestión importante, aplazaba un viaje largamente preparado y comenzaba a caminar detrás de una mujer cuyo nombre ignoraba y de la que únicamente conocía el color de sus ojos y el perfume que dejaba suspendido en el aire, me habría visto obligado a responder que no lo sabía, aunque en el fondo comenzaba a sospechar que existen decisiones que no pertenecen al territorio de la razón y que sólo mucho tiempo después encuentran las palabras capaces de justificarlas.

Ella avanzaba con un paso firme, desprovisto de cualquier afectación, como quien lleva años recorriendo el mismo camino y ha aprendido a medir instintivamente la distancia entre una baldosa y la siguiente. No caminaba deprisa, pero tampoco con esa lentitud calculada de quienes desean ser observados; más bien parecía obedecer a un ritmo interior que nada tenía que ver con el bullicio de la ciudad y que permanecía inalterable mientras a su alrededor Madrid despertaba definitivamente al nuevo día.

Guardé una distancia prudente. No quería que pudiera pensar que la seguía movido por una curiosidad indiscreta, y, sin embargo, tampoco soportaba la idea de perderla entre el ir y venir de los peatones. Comprendí entonces que el amor, o aquello que aún no me atrevía a llamar de ese modo, comienza siempre buscando un equilibrio imposible entre el deseo de acercarte y el temor de invadir el espacio de la persona deseada.

La lluvia había cesado casi por completo y únicamente algunas gotas rezagadas seguían desprendiéndose de los árboles del paseo, dibujando pequeños círculos sobre el pavimento todavía brillante. La ciudad olía a piedra mojada, a café recién hecho que escapaba de las cafeterías donde comenzaban a reunirse los primeros clientes, y a ese perfume indefinible que sólo poseen las grandes ciudades cuando despiertan después de una noche de lluvia. Sin embargo, todos aquellos aromas desaparecían en cuanto una leve corriente de aire traía hasta mí la fragancia de la mujer que caminaba delante, como si el resto del mundo aceptara discretamente retirarse para dejarle paso.

Al llegar a la plaza de la Independencia, el tráfico comenzó a hacerse más intenso. Los vehículos rodeaban la Puerta de Alcalá con la disciplina caótica que únicamente Madrid parece comprender, mientras las copas de los árboles del Retiro, todavía cubiertas de humedad, parecían inclinarse levemente sobre la verja de hierro para contemplar el desfile incesante de quienes atravesaban la plaza sin sospechar la historia que estaba naciendo.

Fue allí donde ocurrió algo que, con el paso del tiempo, siempre recordaré como la primera señal de que el destino posee un sentido del humor extraordinariamente refinado.

Mientras esperaba el cambio de color del semáforo sentí que alguien me sujetaba afectuosamente por el brazo.

-¡Hombre! ¿Cuánto tiempo sin verte!

Era Ricardo, un viejo amigo con quien había compartido más conversaciones sobre historia que comidas familiares, uno de esos hombres capaces de discutir durante una hora acerca de una cornisa barroca o de la fecha exacta de construcción de un puente romano y que, sin embargo, olvidaba invariablemente dónde había dejado las llaves de casa.

Nos abrazamos con la alegría sincera de quienes saben que la amistad no necesita explicaciones para sobrevivir a los años y, después de observar con detenimiento los restos de humedad sucia que todavía cubrían mi gabardina, sonrió con esa ironía benévola que siempre le había caracterizado.

– ¿Qué demonios te ha ocurrido?

Miré un instante hacia el borde de la acera para asegurarme de que ella seguía allí. Permanecía inmóvil, esperando la luz verde del semáforo con la serenidad de quien jamás tiene prisa, porque conoce exactamente el lugar al que se dirige y va con tiempo suficiente para ser puntual.

-Nada importante. Un pequeño resbalón.

-Pues tienes aspecto de haber perdido una batalla.

-Quizá la haya ganado.

Ricardo me observó sorprendido.

– ¿Y adónde vas con tanta prisa?

No tuve necesidad de pensarlo. Las palabras salieron solas, con una naturalidad que todavía hoy me desconcierta.

-A donde vaya ella.

Se volvió siguiendo la dirección de mi mirada y descubrió la silueta de la mujer, apenas unos metros más adelante.

Durante unos segundos permaneció en silencio. Después volvió a mirarme, y sin hacer ninguna broma apoyó una mano sobre mi hombro y dijo con una seriedad inesperada:

-Entonces no la pierdas.

Aquella respuesta me acompañaría durante mucho tiempo; porque un amigo verdadero no siempre intenta devolvernos a la prudencia. A veces comprende, antes incluso que nosotros mismos, que existen locuras cuya única explicación consiste precisamente en llevarlas hasta el final.

El semáforo cambió a verde; ella comenzó a cruzar la calle.

Yo hice ademán de despedirme, pero Ricardo me retuvo apenas un instante más.

-Espera.

Me volví.

-No sé quién es esa mujer -dijo en un susurro-, pero procura no preguntarle demasiado pronto su nombre. Hay personas a las que primero hay que aprender a mirar antes de intentar conocer; quise responder algo, pero nunca llegué a hacerlo.

Ella ya había alcanzado la acera opuesta, moviéndose ligeramente la caida de su gabardina, agitada por una ráfaga de viento que descendía desde el Retiro, y tuve la sensación de que cada segundo aumentaba la distancia entre los dos. Eché a andar de nuevo con más diligencia.

Al pasar junto a la fuente de Cibeles, tuve la impresión de que la diosa, inmóvil sobre su carro desde hacía más de dos siglos, observaba también a aquella mujer que avanzaba sin volver la cabeza. Pensé entonces que quizá la vieja Madre Tierra, acostumbrada a contemplar diariamente miles de rostros apresurados, habría reconocido en ella algo que a los hombres todavía nos estaba vedado comprender; porque las estatuas, igual que los árboles muy antiguos, poseen una paciencia que les permite advertir lo que nosotros sólo descubrimos cuando ya es demasiado tarde.

Mientras me aproximaba al inicio del Salón del Prado comprendí, con una emoción que no esperaba sentir tan pronto, que aquella mujer había despertado dentro de mí un deseo antiguo, casi olvidado: el de contarle la historia de aquel lugar, no para demostrar cuánto sabía acerca de él, sino porque algunas personas tienen la extraña virtud de convertir nuestros conocimientos en regalos.

Sin que ella pudiera oírme, o quizá escuchándome de un modo que todavía ignoraba, comencé a hablar en voz muy baja.

-¿Sabes? Hace siglos, donde ahora caminamos, no existían estas fuentes ni estos edificios. Sólo había una vaguada por la que discurría un arroyo caprichoso, el bajo Abroñigal, cuyas aguas descendían buscando pacientemente el Manzanares, mientras los madrileños apenas sospechaban que algún día este mismo lugar sería el paseo más hermoso de la ciudad…

Y, mientras pronunciaba aquellas palabras, tuve la certidumbre de que mi viaje a Egipto iba a quedar definitivamente aplazado, porque el verdadero viaje había comenzado allí mismo, entre la diosa Cibeles y una mujer que caminaba delante de mí como si hubiera salido de un sueño demasiado hermoso para pertenecer a nuestra realidad.

Éramos dos caminantes avanzando por el Paseo del Prado, aunque quizá, sólo uno de nosotros fuera consciente de la existencia del otro. Ella continuaba algunos metros por delante, sin apresurar jamás el paso ni detenerse un solo instante, mientras yo, procurando que la distancia permaneciera inalterable, iba descubriendo que aquel paseo, tantas veces recorrido durante años, comenzaba a mostrarse bajo una luz completamente distinta, como si la ciudad hubiera decidido desvelarme secretos que hasta entonces había guardado con la discreción de las viejas damas.

Creo que Madrid posee una forma singular de contemplar a quienes se enamoran: las ciudades pequeñas observan con minuciosidad y lo cuentan, pero las grandes, en cambio, parecen ignorarlo todo. Sin embargo, aquella mañana tuve la impresión de que los edificios del Salón del Prado nos seguían con la misma curiosidad silenciosa con que los ancianos contemplan desde un banco el paso de dos desconocidos cuyo destino creen intuir, sin llegar a conocer.

Ella cruzó lentamente frente al Palacio de Buenavista. El viento levantó apenas el borde de su gabardina y durante un instante creí ver cómo una de las hojas desprendidas de un plátano descendía describiendo un giro perfecto hasta depositarse sobre su hombro izquierdo. Pensé que la retiraría con un gesto distraído, pero la hoja permaneció allí unos segundos, como si también quisiera acompañarla en el camino, hasta que una nueva ráfaga volvió a elevarla, alejándola hacia la verja del Retiro.

No pude evitar sonreír. Siempre he pensado que los árboles poseen una cortesía que los hombres hemos ido perdiendo con el paso de los siglos.

-Si supieras cuánto te envidian… —murmuré para mí, contemplando las largas alineaciones de plátanos que escoltaban el paseo.

Ella no volvió la cabeza. Naturalmente. Sin embargo, disminuyó imperceptiblemente la velocidad de sus pasos. Fue algo tan leve que cualquier otro lo habría atribuido al azar. Yo, en cambio, sentí una inesperada alegría, como si aquella mínima vacilación hubiera sido una respuesta.

Entonces continué hablándole.

-Hace más de doscientos cincuenta años, donde ahora paseamos, sólo existía un terreno desigual recorrido por un arroyo que descendía sin prisa buscando el Manzanares. Nadie imaginaba que un rey llegaría a convertir este lugar en la avenida más hermosa de España. Carlos III no quería únicamente embellecer Madrid; deseaba enseñar a los madrileños que la belleza también educa, que un paseo puede convertirse en una escuela al aire libre y que las fuentes, los jardines y los edificios pueden hacer mejores a quienes los contemplan.

Mientras pronunciaba aquellas palabras advertí que no estaba intentando impresionarla. Aquella necesidad tan humana de exhibir lo que uno sabe había desaparecido por completo. Le hablaba como se habla a una persona muy querida cuando uno desea regalarle algo que ama profundamente, porque comprendí que el conocimiento sólo alcanza su verdadera dignidad cuando deja de servir al orgullo y comienza a convertirse en un acto de generosidad.

Llegamos a la altura de la fuente de Apolo; el dios permanecía inmóvil sobre su pedestal, sosteniendo la lira con una serenidad que parecía desafiar al tiempo. La piedra, todavía húmeda por la lluvia, devolvía reflejos plateados que hacían sentir, por un instante, que el mármol respiraba.

Ella levantó muy ligeramente la cabeza y no miró la estatua: miró la luz.

Aquello me emocionó de una manera que no habría sabido explicar.

Hay personas que contemplan las cosas, otras contemplan la claridad que las envuelve, y esa diferencia basta para comprender que pertenecen a un mundo distinto.

Continuamos caminando sin hablar.

En realidad, sólo yo rompía el silencio de vez en cuando con alguna observación dicha casi en voz baja, mientras el rumor constante del agua de las fuentes acompañaba nuestras pisadas. Nunca había reparado en que las tres grandes fuentes del Salón del Prado no sólo estaban unidas por el trazado del paseo, sino también por una conversación silenciosa que llevaba más de dos siglos desarrollándose entre ellas. Imaginé a Cibeles recordando las montañas de Frigia, a Neptuno escuchando eternamente el rumor de mares lejanos y a Apolo dejando caer sobre ambos la luz de cada amanecer, como un director de orquesta que marca el compás de una música que sólo algunos privilegiados alcanzan a oír.

Sentí entonces un deseo casi infantil.

-Algún día… -susurré sin pensar-… me gustaría recorrer contigo este paseo sin necesidad de seguirte; caminar a tu lado, detenernos donde naciera una pregunta, sentarnos en un banco cualquiera mientras las hojas comenzaran a caer sobre nuestras rodillas y descubrir, al llegar la tarde, que las ciudades también pueden convertirse en refugio cuando la persona adecuada comparte nuestro silencio.

Ella siguió caminando y no respondió, pero juraría que la inclinación de su cabeza cambió apenas un instante, como si hubiera recibido aquellas palabras con la delicadeza con que se recibe una flor inesperada.

No era suficiente para demostrar nada, aunque, sin embargo, bastaba para alimentar la esperanza, porque la esperanza, comprendí en aquel momento, nunca necesita grandes certezas y solo le basta un pequeño gesto diminuto para seguir creciendo.

Cuando alcanzamos las inmediaciones del Jardín Botánico, advertí que el cielo comenzaba a abrirse lentamente hacia poniente. Entre las nubes aparecieron algunos jirones de azul y un rayo de sol descendió oblicuamente hasta iluminar su cabello. No fue un destello intenso; apenas una caricia dorada que duró unos segundos, pero bastó para que el gris de la mañana pareciera retirarse respetuosamente a un segundo plano.

Ella levantó la mano derecha y, sin volver la cabeza, rozó apenas con la yema de los dedos una rosa tardía que asomaba por encima de la bordura de uno de los jardines y la flor se inclinó.

No por efecto del viento. No por el peso de su mano. Se inclinó con la misma naturalidad con la que una persona inclina la cabeza al saludar a otra.

Me detuve no porque dudara de lo que acababa de ver, sino porque comprendí que, a partir de aquel instante, tendría que decidir si continuaba interpretando el mundo con las leyes de la razón o aceptaba que existen momentos en los que la realidad, discretamente, deja de obedecerlas.

Y sin pensarlo un segundo, eché de nuevo a andar tras ella, y  ya no seguía únicamente a una mujer. Seguía a un misterio.

La incertidumbre, lejos de inquietarme, comenzó a producirme una serenidad desconocida. Tal vez porque, por primera vez en muchos años, había dejado de preguntarme adónde iba y me conformaba con saber junto a quién deseaba caminar, aunque aquella cercanía no fuera otra cosa que la distancia de unos pocos metros cuidadosamente respetados.

Pensé entonces que la felicidad quizá no consistiera siempre en alcanzar aquello que se desea, sino en descubrir que el propio deseo es capaz de iluminar un camino que hasta ese instante había permanecido oculto bajo la costumbre.

En mi mente descubrí su nombre, que llegó no sé cómo: Manuela, que abandonó lentamente el Paseo del Prado y se dirigió hacia la glorieta de Carlos V. El edificio de la antigua estación de Atocha, con su fachada de ladrillo y piedra, aparecía envuelto por una luz indecisa que el sol arrancaba con esfuerzo a las nubes, mientras el ir y venir de viajeros componía ese espectáculo cotidiano en el que cada rostro parece contener una historia distinta. Durante unos minutos pensé que entraría en la estación y que todo concluiría allí, con un tren llevándosela hacia una ciudad desconocida y dejándome únicamente el recuerdo de una mañana absurda que, con el paso de los días, acabaría confundiendo con un sueño.

Sin embargo, no fue así. Llegó hasta la plaza, contempló durante unos instantes el movimiento de los viajeros y, sin vacilar un solo segundo, tomó el camino que discurría hacia el sur, como si la ciudad hubiera terminado para ella en aquel punto y el resto del trayecto debiera realizarse necesariamente a pie.

Aquello me sorprendió más de lo que estaba dispuesto a reconocer. En una época en la que las distancias parecen haberse convertido en un enemigo al que derrotar mediante la velocidad, aquella mujer elegía caminar. No un paseo de unos cientos de metros, sino un camino cuya longitud cualquiera habría considerado desproporcionada. Y, sin embargo, su determinación era tan natural que terminé aceptándola como se acepta la salida del sol o el regreso de las golondrinas en primavera.

Fue precisamente entonces cuando comprendí que llevaba casi una hora sin pensar en Egipto.

Me sorprendí sonriendo. Si alguno de mis amigos me hubiera visto en aquel instante, caminando hacia el sur de Madrid detrás de una mujer cuyo nombre todavía solo intuía, habría solicitado con toda probabilidad mi ingreso inmediato en la más cercana de las residencias para ancianos con vigilancia permanente. A mi edad, los hombres solemos preocuparnos por el colesterol, comparar presupuestos de viajes organizados o discutir apasionadamente sobre el fuera de juego del domingo anterior; yo, en cambio, acababa de aplazar un viaje a Egipto para seguir el perfume de una desconocida que parecía llevarse mejor con los árboles que con los hombres. Lo más extraordinario de todo era que jamás me había sentido tan razonablemente feliz haciendo algo tan manifiestamente irracional.

El país de los faraones, los templos que tanto deseaba volver a contemplar, la embajada, los visados y los preparativos del viaje habían desaparecido de mi pensamiento con una facilidad que habría considerado imposible apenas unos minutos antes. Aquello no me produjo remordimiento alguno; al contrario, experimenté la extraña sensación de que todos aquellos proyectos pertenecían ya a la vida del hombre que había resbalado en Velázquez, mientras que yo comenzaba a convertirme, paso a paso, en alguien distinto.

Abandonamos poco después las últimas calles del casco urbano. Madrid empezó a diluirse lentamente a nuestra espalda, no de forma brusca, sino con esa elegancia con que las grandes ciudades se despiden de quienes las aman, dejando que los edificios pierdan altura, que los árboles aparezcan más separados unos de otros y que el horizonte, hasta entonces aprisionado entre fachadas, recobre poco a poco su antigua libertad.

El aire cambió. Hasta ese momento había respirado el olor inconfundible de la ciudad: piedra húmeda, gasolina, café recién servido, periódicos, pan caliente y hojas mojadas. Ahora comenzaban a llegar otros aromas, más discretos, casi olvidados por quienes vivimos rodeados de asfalto: la tierra recién removida, los juncos de alguna cuneta escondida, la hierba húmeda y el perfume tenue de los almendros que crecían dispersos junto a algunos caminos. Nunca había sido consciente de que los olores también construyen paisajes.

Manuela parecía conocerlos todos. No caminaba mirando el suelo ni el horizonte; caminaba como si perteneciera a aquel territorio desde siempre, saludando apenas con una ligera inclinación de la cabeza a un viejo olmo que resistía junto a una tapia, deteniéndose un instante para contemplar una bandada de estorninos que giraba sobre un sembrado, reanudando después la marcha con la misma serenidad con que el agua continúa descendiendo por el cauce de un río.

Aquella naturalidad comenzó a despertar en mí una curiosidad nueva. Hasta entonces me había limitado a admirarla; ahora empezaba a preguntarme quién podía ser una mujer capaz de abandonar Madrid andando sin mostrar el menor signo de cansancio ni de duda.

Pensé en acelerar el paso y poner fin de una vez a aquel extraño juego de silencios. Bastaba con aproximarme, disculparme por seguirla desde hacía tanto tiempo y confesarle, con la torpeza inevitable de quien nunca ha hecho algo semejante, que había sentido la necesidad de conocerla desde el mismo instante en que nuestros ojos se cruzaron.

Llegué incluso a dar unos pasos más rápido.

Entonces ocurrió algo inesperado: una alondra levantó el vuelo desde el borde del camino y fue a posarse exactamente entre los dos. Permaneció allí apenas unos segundos inmóvil, observándome con esa mezcla de curiosidad y desconfianza propia de los animales salvajes, antes de alejarse describiendo un amplio círculo sobre nuestras cabezas.

No sé por qué razón, pero interpreté aquella escena como una advertencia. No debía romper todavía el silencio. Algunos encuentros necesitan madurar del mismo modo que los frutos necesitan permanecer un tiempo más en el árbol antes de desprenderse de la rama.

Reduje de nuevo la velocidad hasta recuperar la distancia inicial y, lejos de sentir frustración, experimenté un alivio difícil de explicar, porque comprendí que no deseaba conocer únicamente a aquella mujer y confirmar su nombre; deseaba comprender el misterio que la envolvía, y los misterios, como los viejos jardines, no se revelan a quienes entran en ellos corriendo.

El sol comenzaba ya a inclinarse lentamente hacia occidente cuando advertí que el campo entero parecía respirar al mismo compás que ella. Las espigas que aún permanecían en pie se balanceaban apenas un instante antes de su paso; los álamos dejaban caer alguna hoja aislada que descendía describiendo una espiral perfecta hasta posarse sobre el camino; incluso las nubes, deshilachadas por el viento de la tarde, parecían abrir discretamente un corredor de luz sobre el horizonte hacia el que ambos caminábamos.

Fue entonces cuando me asaltó un pensamiento tan inesperado como perturbador: quizá no era yo quien seguía a Manuela; quizá era ella quien, desde el mismo instante en que me preguntó si estaba bien, había comenzado a conducirme sin volver jamás la cabeza.

Y, por primera vez desde que abandonamos Madrid, dejé de preguntarme cuál era el destino de aquella mujer para empezar a preguntarme cuál era el mío.

El camino, que al abandonar Madrid todavía conservaba el aspecto de una carretera secundaria acompañada de algunas naves dispersas y de los inevitables talleres donde el hierro parece haber sustituido a los árboles, comenzó poco a poco a recuperar la dignidad antigua de las viejas sendas castellanas. El ruido del tráfico fue quedando atrás con una lentitud casi imperceptible, hasta convertirse en un rumor lejano que el viento traía y se llevaba como si no quisiera desprenderse del todo de la ciudad, mientras la tierra húmeda, recién lavada por la lluvia de la mañana, despedía ese olor profundo que sólo conocen bien  quienes han aprendido a examinar la naturaleza sin prisa.

Yo seguía sin experimentar cansancio. Aquello me sorprendía porque, aun siendo aficionado a los paseos largos, llevaba ya varias horas caminando sin haber sentido la necesidad de descansar, y, sin embargo, las piernas parecían obedecer a una voluntad distinta de la mía. Era como si el cuerpo hubiera comprendido antes que la razón que aquella jornada no admitía interrupciones.

Manuela mantenía exactamente el mismo paso, no aceleraba, no disminuía la marcha, no volvía la cabeza.

Era una cadencia tan regular que terminé utilizándola como medida del tiempo. Dejé de mirar el reloj. ¿Para qué? Las agujas pertenecían al mundo que habíamos dejado atrás. Allí, entre los caminos abiertos y el cielo inmenso de la campiña madrileña, el tiempo parecía medirse por la longitud de las sombras, por el vuelo de las aves o por la manera en que la luz iba cambiando lentamente el color de los sembrados.

Fue entonces cuando advertí algo que hasta ese momento había pasado inadvertido: los animales no le tenían miedo.

Un conejo salió de entre unos matorrales, cruzó el camino delante de ella y, lejos de huir precipitadamente, permaneció unos instantes inmóvil, observándola, antes de desaparecer tranquilamente entre los tomillos. Poco después fueron dos perdices las que levantaron un corto vuelo para posarse apenas unos metros más allá, sin el sobresalto que suele producir la presencia humana, y más tarde un zorro, de hermoso pelaje rojizo, apareció durante unos segundos sobre un pequeño altozano, contemplándola con una quietud casi reverencial antes de internarse de nuevo entre las retamas.

No era normal.

Había pasado demasiadas horas en el campo para saber que en general, los animales salvajes, distinguen enseguida al hombre y suelen alejarse mucho antes de que éste pueda acercarse.

Con Manuela ocurría exactamente lo contrario: parecía como si la reconocieran.

No encontré otra explicación y cuando la razón deja de ofrecer respuestas, la imaginación comienza a trabajar con una libertad extraordinaria.

El sol iniciaba ya su descenso cuando el camino se estrechó entre dos alineaciones de almendros. Sus troncos, todavía oscuros por la humedad, parecían custodiar aquel pequeño corredor vegetal con la solemnidad de quienes llevan mucho tiempo esperando el paso de alguien. Ella penetró bajo las ramas sin modificar el ritmo de la marcha y yo la seguí unos metros detrás, sintiendo que el silencio aumentaba de intensidad a cada paso.

Entonces ocurrió algo tan sencillo que aún hoy me sorprende al recordarlo: una almendra madura cayó al suelo delante de ella, rodando lentamente hasta detenerse junto a uno de sus zapatos.

Manuela se inclinó con una elegancia que ninguna escuela puede enseñar, recogió el fruto entre los dedos, lo observó unos instantes como si saludara a un viejo conocido y volvió a depositarlo cuidadosamente al pie del árbol.

Aquella delicadeza me conmovió profundamente. Comprendí que sólo quien ama de verdad la naturaleza, devuelve a la tierra aquello que la tierra le ofrece cuando no lo necesita. Y pensé, no sin cierta tristeza, que nosotros habíamos olvidado hacía mucho tiempo esa cortesía.

El camino desembocó finalmente en una pequeña venta de paredes encaladas. Debía de llevar allí muchas décadas, quizá más de un siglo, porque la hiedra cubría buena parte de la fachada y el emparrado que protegía la entrada parecía tan viejo como la propia casa. Dos bancos de madera descansaban junto a la puerta y un pozo, perfectamente conservado, ocupaba un lateral del pequeño patio.

Manuela se detuvo, pero no entró, contemplando durante unos segundos la vieja construcción.

Yo aproveché para acercarme hasta uno de los bancos, convencido de que, por fin, iba a reunir el valor suficiente para hablarle.

En ese instante se abrió la puerta de la venta. Saliendo un anciano muy alto, vestido con un chaleco de pana color avellana y una boina que debía de haber conocido inviernos mejores. Caminaba apoyándose en un bastón de acebuche, cuya madera, pulida por el uso, brillaba como el ámbar bajo la luz del atardecer y no miró a Manuela, me miró directamente a mí.

Y sonrió.

Una sonrisa de esas que no nacen en los labios, sino en los ojos.

-Llega usted con retraso.

Me sorprendió aquella afirmación.

-¿Perdone?

-Ella siempre pasa un poco antes de que el sol empiece a esconderse detrás de aquellos cerros.

Sentí que el corazón daba un vuelco.

-¿La conoce?

El anciano dirigió por fin la vista hacia el lugar donde se encontraba Manuela.

Ella seguía inmóvil, contemplando el camino que se abría hacia el sur. El anciano inclinó muy levemente la cabeza, como quien saluda a una persona querida.

Después volvió a mirarme.

-Mire… -dijo con una serenidad que todavía hoy resuena en mi memoria-. Hay personas a las que uno no conoce, simplemente las recuerda.

No entendí aquellas palabras. Ni siquiera estaba seguro de haberlas oído correctamente.

– ¿Cómo dice?

Pero el anciano ya no respondió. Entró de nuevo en la venta con la misma calma con la que había salido, cerró la puerta tras de sí y el silencio volvió a adueñarse del lugar.

Permanecí inmóvil unos segundos y después volví la vista hacia Manuela.

Ella había reanudado la marcha, como si hubiera sabido desde el principio, que aquella conversación tenía que producirse exactamente allí y terminar en aquel momento.

Y yo, sin comprender todavía por qué empezaba a sentir que caminaba no sólo detrás de una mujer, sino también detrás de una historia mucho más antigua que ambos, eché nuevamente a andar.

…Y, volví a dejar de preguntarme cuál era el destino de aquella mujer, para hacerlo por el mío.

Aquel pensamiento, lejos de inquietarme, me produjo una paz inesperada, semejante a la que experimenta quien, después de haber intentado durante años gobernar el curso de un río, comprende al fin que toda resistencia ha sido inútil y decide dejarse llevar por la corriente, descubriendo con sorpresa que el agua conoce mucho mejor el camino que el propio navegante.

Siempre había creído que la libertad consistía en elegir cada uno de los pasos de nuestra existencia, pero mientras contemplaba la figura de Manuela alejándose con aquella cadencia que parecía no pertenecer al tiempo de los hombres, empecé a sospechar que tal vez la verdadera libertad consistiera en reconocer el instante en que el destino llama discretamente a nuestra puerta y tener el valor suficiente para abrirle sin exigirle explicaciones.

El sol continuaba descendiendo lentamente hacia las suaves ondulaciones del horizonte, dorando las tierras de labor con una luz tan delicada que los terrones recién volteados parecían haber sido espolvoreados con un polvo finísimo de cobre viejo, mientras las sombras de los árboles comenzaban a alargarse a un lado del camino, como si también ellas sintieran la necesidad de estar juntas antes de que llegara la noche.

Manuela seguía avanzando con la misma naturalidad con la que una golondrina atraviesa el aire o un arroyo encuentra el cauce que ha de conducirlo hasta el río, sin mostrar cansancio, impaciencia, ni esa leve alteración del paso que inevitablemente acaba delatando a quienes llevan demasiadas horas caminando; era como si la distancia no existiera para ella, o como si hubiera aprendido, mucho tiempo atrás, que las jornadas no deben medirse por los kilómetros recorridos sino por aquello que sucede en el interior de quien las emprende.

Fue entonces cuando advertí que el perfume que la acompañaba había comenzado a transformarse. Ya no predominaba aquella fragancia difícil de definir que había percibido en la esquina de Velázquez con Ayala, mezcla de flores, lluvia y recuerdos que jamás había vivido, sino que el aire traía ahora un aroma nuevo, apenas insinuado, que me recordó enseguida los castaños cuando empiezan a desprenderse de sus hojas en los primeros días de otoño. Aquello me hizo sonreír sin saber por qué, pues la memoria posee caminos propios y, aunque yo nunca había vivido junto a un bosque de castaños, aquel olor despertaba en mí una nostalgia antigua, la certeza de estar regresando a un lugar que, sin embargo, nunca había conocido.

Mientras trataba de comprender el origen de aquella emoción, un viento suave descendió desde poniente y comenzó a mover lentamente las copas de los árboles que bordeaban el camino. No era un viento frío ni impetuoso; tenía la dulzura de las tardes en que el verano acaba de despedirse y el otoño todavía no se ha decidido a ocupar su lugar, y traía consigo un rumor tan tenue que más parecía una conversación mantenida a gran distancia que el simple roce de las hojas; siempre he pensado que el viento habla un idioma anterior al de los hombres, una lengua que olvidamos en algún momento de la infancia y cuya música seguimos reconociendo aunque ya no seamos capaces de comprender sus palabras; quizá por eso, tuve la impresión de que aquel murmullo no nacía del azar, sino que acompañaba deliberadamente los pasos de la mujer que caminaba delante de mí, del mismo modo que una vieja melodía acompaña a quien regresa a su casa después de una larga ausencia.

Continuamos avanzando sin que ninguno de los dos pareciera sentir la necesidad de romper el silencio. Yo había dejado incluso de preguntarme si ella era consciente de mi presencia, porque empezaba a comprender que aquella duda carecía de importancia; si lo sabía, respetaba mi decisión de permanecer a cierta distancia, y si no lo sabía, resultaba aún más extraordinario que dos personas pudieran compartir un mismo camino durante tantas horas unidas únicamente por una especie de acuerdo silencioso, cuya existencia nadie habría sido capaz de demostrar. Aquella situación, que en cualquier otro momento de mi vida me habría parecido absurda, comenzaba a adquirir una naturalidad sorprendente, como si el mundo entero hubiera aceptado que las palabras no siempre constituyen el mejor puente entre dos seres humanos y que existen ocasiones, en las que basta caminar bajo el mismo cielo para empezar a conocerse.

Al volver ligeramente la vista hacia el norte, distinguí, ya muy lejana, la silueta de Madrid recortándose sobre una bruma oscura que la distancia comenzaba a difuminar: las torres, las cúpulas y los edificios más altos parecían flotar sobre el horizonte como el recuerdo de una ciudad soñada, y experimenté una emoción extraña al comprender que apenas habían transcurrido unas horas desde que abandoné aquella esquina del barrio de Salamanca convencido de que iba a realizar una sencilla gestión administrativa. Pensé entonces que la vida posee un refinamiento extraordinario para esconder los grandes acontecimientos bajo la apariencia de los más insignificantes, y que quizá todos los hombres, al volver la vista hacia su pasado, podrían señalar un instante aparentemente trivial -una conversación, una carta, una lluvia inesperada o un simple resbalón sobre una acera mojada-, a partir del cual comenzaron, sin advertirlo, a convertirse en personas distintas de las que habían sido hasta entonces.

Y mientras esa reflexión iba tomando forma en mi pensamiento, vi cómo Manuela se detenía, no porque dudara del camino ni porque necesitara descansar, sino porque, a unos metros de nosotros, el sendero se dividía en dos direcciones distintas: una continuaba paralela a la carretera, amplia y bien marcada por el paso de vehículos agrícolas, mientras la otra, mucho más estrecha, apenas era una vereda de tierra que se internaba entre un pequeño soto de álamos cuya sombra comenzaba a fundirse con la del anochecer. Permaneció inmóvil unos segundos contemplando ambos caminos con una serenidad que excluía cualquier vacilación y, cuando un rayo de sol iluminó fugazmente su rostro, comprendí que no estaba eligiendo entre dos sendas, sino recordando una decisión tomada mucho tiempo atrás, porque hay lugares a los que no se llega por casualidad, del mismo modo que hay personas cuyo encuentro comienza mucho antes de que sus miradas se crucen por primera vez.

Sin mostrar la menor vacilación, Manuela abandonó el camino principal y tomó la vereda que se internaba bajo los álamos, cuyos troncos, rectos y blanquecinos, parecían sostener el cielo de la caída de la tarde con dignidad silenciosa, mientras sus hojas, agitadas por una brisa apenas perceptible, producían ese rumor inconfundible que recuerda al de un río lejano cuando discurre oculto entre la vegetación. La curva que describía la vereda entre los álamos me la ocultó durante apenas unos segundos, pero fueron suficientes para que mi corazón olvidara toda la serenidad que había aprendido a fingir desde que abandonamos Madrid. Por primera vez desde aquella mañana sentí miedo. No miedo a haberme perdido, sino a haber llegado demasiado tarde. Pensé, con una tristeza tan inesperada como intensa, que quizá algunas personas pasan una sola vez por nuestra vida y que basta detenerse un instante para perderlas para siempre. Apreté el paso con una urgencia impropia de quien había pasado toda la jornada aprendiendo a caminar sin prisa y, justo cuando comenzaba a reprocharme mi absurda confianza, una ligera ráfaga de viento me devolvió el perfume de Manuela. Entonces sonreí. Comprendí que aún seguía allí, algunos pasos por delante, esperándome quizá no a mí, sino al hombre en que lentamente me estaba convirtiendo.

Yo la seguí con el mismo respeto con que un peregrino entra en un templo desconocido, procurando que mis pasos no alterasen aquella paz que comenzaba a envolverlo todo, porque tenía la impresión de que incluso el menor ruido podría romper el delicado equilibrio que adornaba nuestra llegada.

La escasa luz se filtraba entre las ramas, formando sobre el suelo un mosaico cambiante de sombras y reflejos dorados, y pensé que el bosque posee una forma de iluminar distinta a la de las ciudades. En Madrid la luz rebota sobre las fachadas, se multiplica en los escaparates y termina por confundirse con el movimiento incesante de las personas; allí, en cambio, descendía lentamente desde las copas de los árboles hasta la tierra, como si quisiera detenerse en cada hoja antes de continuar su viaje, y esa lentitud obligaba también a la mirada, a demorarse en los pequeños detalles que la prisa suele condenar al olvido: una telaraña suspendida entre dos ramas que retenía aún diminutas gotas de lluvia semejantes a cuentas de cristal; un tronco cubierto de líquenes cuyo dibujo recordaba el perfil de antiguos mapas; el vuelo vacilante de una mariposa blanca que parecía incapaz de decidir cuál de las innumerables flores silvestres merecería su atención…

Nunca había comprendido hasta aquel momento, cuánto empobrece al hombre la costumbre. Había atravesado en mi vida bosques, montes, cordilleras, jardines y caminos innumerables, pero casi siempre con un destino demasiado preciso como para conceder importancia a lo que quedaba a uno y otro lado del sendero.

Aquella tarde sucedía exactamente lo contrario: el camino importaba más que el lugar al que pudiera conducirnos, y esa sencilla inversión de los términos comenzaba a modificar lentamente mi manera de contemplar el mundo, porque descubrí que la verdadera riqueza de un viaje no reside únicamente en el punto de llegada, sino en la capacidad de dejarse transformar por aquello que encontramos mientras avanzamos.

Fue entonces cuando advertí que Manuela había levantado ligeramente la mano izquierda y permitía que las yemas de sus dedos rozasen apenas las hojas más bajas de los álamos, no con el gesto distraído de quien juega mientras camina, sino con la delicadeza de quien saluda a viejos amigos cuya presencia le resulta tan necesaria como el aire que respira. Ninguna rama se quebró bajo aquel roce; antes bien, me pareció que las hojas prolongaban un instante su contacto con aquella mano antes de regresar suavemente a su lugar, y comprendí que no era posible contemplar aquella escena, sin sentir que existía entre la mujer y la naturaleza una intimidad tan antigua que las palabras resultan insuficientes para describirla.

No pude evitar recordar entonces a mi madre, que solía decir cuando yo era niño, que los árboles conocen el nombre de quienes los aman de verdad y que, aunque los hombres hayamos olvidado escucharlos, ellos continúan reconociéndonos por la forma de acercarnos a su sombra; durante muchos años sonreí cada vez que evocaba aquella afirmación, atribuyéndola a una de esas hermosas exageraciones con que las madres intentan despertar la sensibilidad de sus hijos; sin embargo, mientras contemplaba a Manuela caminar entre los álamos con aquella naturalidad, que le hacía parecer formar parte del bosque, comprendí que quizá mi madre no había exagerado en absoluto, y que únicamente había expresado mediante una sencilla imagen, una verdad para la que nosotros, tan orgullosos de nuestra razón, habíamos dejado de encontrar lenguaje.

La vereda describía ahora una suave curva hacia poniente y, al salir del pequeño soto, el paisaje volvió a abrirse de improviso ante nuestros ojos. A lo lejos se extendían las tierras de labor, interrumpidas aquí y allá por pequeñas manchas de encinas y olivares, que el sol poniente envolvía con una claridad ámbar, mientras una bandada de grullas cruzaba lentamente el cielo, formando esa figura cambiante que siempre hace pensar en un códice escrito sobre el aire por una mano paciente y antigua. Manuela se detuvo apenas un instante para contemplarlas: no levantó completamente la cabeza; bastó un leve movimiento de sus ojos para seguir su vuelo hasta que desaparecieron hacia el sur, y una sonrisa tan leve que apenas alcanzó a dibujarse en la comisura de sus labios iluminó fugazmente su rostro con una expresión que no era de alegría ni de nostalgia, sino de reconocimiento, como si aquellas aves hubieran cumplido puntualmente una cita que ambas llevaban esperando desde hacía muchos años.

Yo también miré al cielo, aunque, para mi sorpresa, ya no seguía el vuelo de las grullas. Seguía la dirección de su mirada: empezaba a comprender, que cuanto más intentaba conocer a Manuela, menos necesitaba formular preguntas, porque existía una forma de conocimiento mucho más profunda que la de las respuestas: bastaba observar aquello que ella contemplaba, escuchar los silencios que elegía y aceptar que ciertas personas explican su vida con la manera en que se detienen ante un árbol, una flor o un horizonte, sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Y fue precisamente en aquel instante, mientras el último resplandor de la tarde parecía demorarse sobre la llanura como si se resistiera a abandonar aquel lugar, cuando el aire volvió a traer hasta mí el perfume de Manuela, sólo que esta vez ya no me habló de lluvia, ni de castaños ni de jardines olvidados, sino de algo mucho más difícil de nombrar: olía al hogar. No al hogar concreto de una casa, de una habitación o de una ciudad, sino a ese lugar invisible donde el alma deja de sentirse extranjera y comprende, sin necesidad de razonarlo, que ha llegado al sitio donde siempre estuvo destinada a estar. En ese mismo instante dejé de preguntarme si había sido una imprudencia abandonar la Embajada de Egipto para seguir a una desconocida, porque comprendí que existen viajes cuya importancia no depende de los kilómetros recorridos, sino de la persona en cuya compañía descubrimos, por primera vez, el verdadero camino de regreso hacia nosotros mismos.

…Sentí que su pretensión nunca fue enamorarme, sino transformarme.

No creo que exista misión más hermosa. El amor que únicamente busca ser correspondido termina casi siempre mirando hacia sí mismo, mientras que el verdadero amor, el que apenas se atreve a pronunciar su nombre, sólo desea que la otra persona llegue a ser aquello para lo que estaba destinada desde el principio, aunque ese camino termine alejándola de nosotros.

Manuela parecía pertenecer a esa extraña estirpe de seres cuya presencia ilumina una vida durante un breve instante para desaparecer después sin pedir gratitud ni memoria, del mismo modo que la aurora no reclama agradecimiento alguno por anunciar la llegada del día.

Cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que ella conocía el camino mucho antes de poner el primer pie sobre la acera de la calle Velázquez y de que mi presencia no había alterado en absoluto sus planes; al contrario, comenzaba a sospechar que era yo quien había sido incorporado discretamente a un itinerario que llevaba largo tiempo esperándome. Aquella idea, que en cualquier otro momento habría rechazado por absurda, me parecía ahora de una sencillez racional, porque hay verdades que sólo resultan incomprensibles mientras intentamos explicarlas y que, sin embargo, adquieren una claridad absoluta en cuanto dejamos de exigirles razones.

Pensé entonces en todos los encuentros que habían ido construyendo mi existencia y comprendí, no sin cierta melancolía, que casi siempre había atribuido al azar lo que quizá pertenecía al territorio mucho más delicado de la Providencia. Había conocido personas que permanecieron junto a mí durante años sin dejar apenas huella y otras cuya compañía apenas ocupó un tiempo menor, pero cuya influencia seguía creciendo silenciosamente con el paso del tiempo, como esas semillas que permanecen ocultas bajo la tierra durante todo un invierno hasta que una mañana de primavera deciden abrirse paso hacia la luz.

Tal vez, la duración nunca haya sido la verdadera medida de la importancia de un encuentro, y quizá por eso algunos seres consiguen cambiar una vida con una sola mirada, mientras otros son incapaces de hacerlo después de compartir toda una existencia.

Fue en ese momento cuando recordé una vieja inscripción latina que había leído muchos años atrás en un monasterio castellano y cuyo significado apenas comprendí entonces: Non quia diu, sed quia satis. No importa cuánto dure, sino que haya sido suficiente. Durante mucho tiempo, pensé que aquellas palabras hablaban de la muerte; ahora comenzaba a comprender que hablaban también del amor, de la amistad y de todos los dones que la vida deposita en nuestras manos sin prometer jamás que vayan a permanecer en ellas.

De repente advertí que el verdadero temor que me había acompañado desde que salí de Madrid, no era perder de vista a Manuela. Ese miedo, era apenas la superficie de otro mucho más profundo y antiguo, el de regresar a mi vida anterior sin haber entendido por qué había tenido el privilegio de encontrarla. Porque todos los hombres, incluso los más satisfechos con su existencia, guardamos en algún rincón del corazón la secreta esperanza de que un día suceda algo capaz de demostrar que nuestros pasos no han sido una simple sucesión de casualidades, sino las estaciones de un camino cuyo sentido sólo se revela cuando se contempla desde el final.

Y fue precisamente entonces cuando comprendí cuál debía ser la última frase de esta historia, aunque todavía faltaran muchos kilómetros para alcanzarla y muchas páginas por escribir. No la anoté ni la pronuncié en voz alta; bastó con sentir que había encontrado la brújula que necesitaba para continuar caminando, porque desde aquel instante dejé de seguir a Manuela con el deseo de alcanzarla y empecé a hacerlo con la humilde gratitud de quien ha comprendido que existen personas cuya mayor generosidad consiste, precisamente, en no detener nunca el paso, obligándonos así a descubrir que el verdadero viaje no termina cuando llegamos junto a ellas, sino cuando aprendemos a caminar con la misma serenidad con que ellas lo hicieron siempre.

Entendí entonces que llevaba horas formulándome la pregunta equivocada. Había creído que el sentido de aquel viaje consistía en alcanzar a Manuela, en descubrir quién era, de dónde venía o por qué había aparecido en una esquina cualquiera de Madrid precisamente el día en que yo resbalé sobre una acera mojada; sin embargo, mientras el crepúsculo iba apagando lentamente los colores del campo y la silueta de aquella mujer continuaba alejándose con la misma serenidad con que una estrella recorre el cielo sin preocuparse de quién la contempla, advertí que todas aquellas preguntas pertenecían al hombre que había salido de su casa aquella mañana, no al que ahora caminaba detrás de ella.

Pensé que hay encuentros cuyo verdadero significado sólo se revela cuando dejamos de interrogarlos y aceptamos, con la humildad de quien recibe un regalo inmerecido, que algunas respuestas únicamente se conceden a quienes han tenido la paciencia de recorrer todo el camino.

Manuela nunca había apresurado el paso ni había vuelto la cabeza para comprobar si continuaba siguiéndola, porque no era necesario. Desde el primer instante, había sabido que no caminábamos hacia el mismo lugar, aunque nuestros pasos coincidieran sobre la misma tierra. Ella avanzaba con la serenidad de quien conoce el final del sendero; yo lo hacía con la incertidumbre de quien empieza a sospechar que el verdadero destino no se encuentra al término del viaje, sino en la transformación silenciosa que el propio viaje va obrando dentro de nosotros.

Y mientras esa certeza iba ocupando lentamente el lugar donde hasta entonces estaban mis dudas: nació en mí, un pensamiento que ya nunca habría de abandonarme, una de esas pocas verdades que llegan sin hacer ruido y que, precisamente por ello, permanecen para siempre.

Hay personas cuya misión no consiste en acompañarnos durante toda la vida, sino en conducirnos, con infinita delicadeza, hasta el umbral de la nuestra.

Mucho tiempo después, comprendería que Manuela jamás pretendió que la alcanzara, porque algunas presencias no llegan para ser poseídas, ni siquiera para ser comprendidas del todo; llegan únicamente para abrir una puerta invisible, retirarse en silencio y dejarnos frente a ella con la libertad suficiente para decidir si tenemos el valor de cruzarla. Aquel umbral no conducía a la casa que todavía ignoraba, ni al secreto que aún me aguardaba entre los viejos rosales de la casa de Titulcia, sino a una región mucho más difícil de alcanzar: esa en la que un hombre deja de preguntarse qué espera de la vida, para empezar, por fin, a preguntarse, qué espera la vida de él.

Sólo cuando dejé de ver a Manuela comprendí que nunca había perdido su compañía, porque hay seres cuya forma de permanecer, consiste precisamente en enseñarnos a caminar sin ellos.  Manuela nunca había desaparecido, sencillamente había terminado de enseñarme el camino

Y, mientras regresaba lentamente hacia Madrid, tuve la certeza de que algunos caminos sólo terminan cuando uno deja de necesitarlos, porque continúan para siempre dentro de quien ha aprendido a recorrerlos.

Desde aquel día, cada vez que atravieso el Paseo del Prado y el viento trae consigo el olor de la lluvia sobre la piedra antigua, no levanto la vista esperando encontrarla. Camino serenamente, con la íntima certeza de que algunas personas no vuelven porque, en realidad, nunca llegaron a marcharse.

Y entonces sonrío.

Porque sé que ya he cruzado el umbral.