Categoría: Ficción

Hoy el optimismo pidió un descanso.

Son las 05,00 de la mañana, y hoy he dormido regular, rebozado por terremotos, incendios, corrupciones y tontos: así que me levanto, y aun medio dormido, me pongo a escribir las ensoñaciones, que recomiendo no leer porque estoy negativo.

La humanidad ha sobrevivido a glaciaciones, pestes, guerras mundiales, inquisiciones, imperios, dictadores, salones empapelados y hasta al gotelé. Sin embargo, nada parece haber preparado del todo al ser humano contemporáneo, para la experiencia verdaderamente devastadora de recibir un correo electrónico un domingo a las once de la noche con el asunto: “Pequeños cambios”.

Vivimos tiempos extraordinarios, tan extraordinarios, que uno ya no sabe si está participando en la Historia o en una prueba piloto defectuosa de alguna civilización extraterrestre. Todo sucede a la vez y todo exige atención inmediata: el planeta se recalienta, la economía se enfría, la política se pudre, los teléfonos nos escuchan y, aun así, el mayor drama cotidiano consiste en recordar una contraseña que necesariamente debe incluir una mayúscula, algún número, un símbolo del jeroglífico hitita y el nombre de un animal mitológico.

El ser humano actual vive en un estado de tensión tan permanente que ya ni siquiera se considera nervioso: se considera funcional. Se levanta cansado, desayuna mirando titulares catastróficos y sale a trabajar con esa mezcla de resignación y heroísmo que antes solo tenían los grandes exploradores. Lo admirable es que, todavía haya personas capaces de silbar por la calle o de cuidar geranios en un balcón, demostración de que la especie conserva un pequeño núcleo de dignidad biológica.

Mientras tanto, arriba, en las alturas solemnes donde se gobierna el mundo, la clase política ofrece cada día un espectáculo tan desconcertante, que uno empieza a sospechar que las oposiciones para dirigir países consisten en superar pruebas psicológicas inversas, porque hay que reconocer que nuestros dirigentes poseen un talento singular: jamás decepcionan en su capacidad de empeorar una situación sencilla.

Antes, los líderes mundiales daban miedo, pero ahora producen algo mucho más inquietante que es la fatiga administrativa. Uno los escucha hablar y siente que el planeta entero ha quedado en manos de una comunidad de propietarios mal avenida. Comparecen ante las cámaras con gráficos incomprensibles, expresiones de preocupación institucional y frases cuidadosamente diseñadas para no significar absolutamente nada: “Estamos trabajando intensamente”, “Se están evaluando escenarios”, “La situación requiere prudencia.”

El problema de la política moderna no es ya la corrupción, el cinismo o la incompetencia -que son tradiciones antiguas y casi folclóricas-, sino la teatralidad agotadora. Todo se ha convertido en representación. Los parlamentos parecen programas de entretenimiento agresivo donde adultos perfectamente vestidos se insultan como concursantes encerrados en una casa, faltando solamente que el presidente de una Cámara, anuncie expulsiones por whatsapp o sms.

Las ideologías, por otra parte, han degenerado en departamentos de marketing emocional. Ya nadie quiere convencer al ciudadano; basta con enfadarlo correctamente. La política actual consiste en administrar indignaciones como quien distribuye pienso en una granja industrial. Cada partido posee su catálogo específico de enemigos: los ricos, los pobres, los empresarios, los inmigrantes, los funcionarios, los ciclistas, los que comen gluten, los que no reciclan bien el cartón, los jubilados…

Y el ciudadano, naturalmente, colabora, porque el ciudadano moderno tiene una extraña necesidad de opinar sobre absolutamente todo. Antes una persona podía morirse sin haber emitido jamás un juicio sobre geopolítica internacional, pero hoy cualquiera desayuna explicando en redes sociales cómo resolver el conflicto de Oriente Medio, reformar el sistema monetario o entrenar adecuadamente a la selección nacional.

Internet ha democratizado algo palmario: la ignorancia.

Nunca fue tan sencillo parecer experto: basta con hablar muy seguro y utilizar palabras como “narrativa”, “contexto” o “resiliencia”. Si además, uno frunce ligeramente el ceño y menciona algoritmos, ya puede dirigir un foro importante.

El sistema económico contemporáneo por su parte, merece un estudio psiquiátrico. El capitalismo ha alcanzado tal grado de sofisticación que ha conseguido transformar la ansiedad en motor productivo, no explotando solamente el tiempo del trabajador sino también su atención, su descanso y hasta sus inseguridades.

Uno abre el teléfono para consultar la hora, y veinte minutos después sigue viendo vídeos de un millonario californiano explicando que la clave del éxito consiste en levantarse a las cuatro de la mañana, ducharse con agua helada y agradecerle al universo la oportunidad de contestar ciento cuarenta correos diarios.

La humanidad pasó siglos soñando con liberarse del trabajo gracias a la tecnología, y ahora la tecnología permite trabajar a todas horas, siendo difícil no admirar la genialidad del sistema. El esclavo antiguo, al menos, sabía que era esclavo, sin embargo, el trabajador de hoy se llama a sí mismo “colaborador”, “freelance” o “emprendedor independiente”, términos elegantísimos que significan básicamente “persona que contesta mensajes mientras cena”.

El teléfono móvil merece un capítulo aparte en la historia de la decadencia humana. Nos prometieron un instrumento de libertad y hemos terminado desarrollando con él una relación afectiva parecida a la dependencia emocional. El ciudadano actual toca más veces su teléfono que a otros seres humanos, experimentando algunos individuos angustia, si el aparato desaparece durante más de pocos minutos, lo cual convierte a una mala cobertura en experiencia mística.

Hay gente que duerme con el móvil bajo la almohada, como si esperara recibir instrucciones estratégicas de la OTAN durante la madrugada y quizá las espere, porque el mundo contemporáneo vive dominado por una sensación permanente de emergencia. Todo es urgente, histórico y decisivo. Cada semana ocurre algo “sin precedentes”. El resultado es que la población ha desarrollado una fatiga catastrófica muy peculiar; si mañana un volcán apareciera en mitad de Bruselas, media Europa preguntaría primero si dificultará el tráfico.

El resumen, es que el ciudadano moderno ya no aspira a la felicidad, necesita solamente que no le compliquen más la semana.

Los gobiernos anuncian reformas económicas con el mismo tono que los dentistas anuncian extracciones. Siempre “por el bien común”. El bien común es una entidad abstracta que curiosamente jamás aparece para agradecer el sacrificio. Uno paga más impuestos, más alquiler, más electricidad y más suscripciones digitales mientras escucha que la economía “crece sólidamente”. Debe de crecer en otra casa, porque en la del ciudadano solo crece el precio del aceite.

En otro tiempo -en el mundo clásico-, el bien común –eudaimonía o bonum commune-, no se entendía como la suma de intereses individuales, sino como el marco ético y político indispensable para la autorrealización del ciudadano. Para griegos y romanos, el individuo solo alcanzaba la plenitud subordinándose al bienestar colectivo.

Comprar una vivienda se ha convertido en una actividad quimérica y las nuevas generaciones hablan de la propiedad inmobiliaria como los medievales hablaban del Santo Grial: algo legendario que quizá existió realmente, pero que nadie cercano ha poseído jamás.

Y, aun así, el sistema insiste en llamar “jóvenes” a personas de cuarenta años que comparten piso, tienen lumbalgia y calculan si pueden permitirse un aguacate sin poner en peligro la jubilación.

La jubilación: ¡Qué concepto tan conmovedoramente optimista¡; antiguamente, uno imaginaba y más o menos se cumplía, que la vejez podía ser una etapa tranquila dedicada a cuidar nietos, jugar a las cartas o hacer como que se juega al golf y regar plantas. Hoy el ciudadano sospecha que se jubilará aproximadamente tres días antes del colapso vital.

Pero lo verdaderamente extraordinario es la capacidad humana para adaptarse al absurdo; el hombre soporta condiciones ridículas con una serenidad admirable: hace cola para pagar por ver anuncios en plataformas digitales, acepta términos legales más largos y naturalmente menos buenos literariamente que alguna novela de Tolstoi, para utilizar aplicaciones cuya finalidad principal consiste en añadir orejas de conejo a las fotografías, e incluso el lenguaje se ha contaminado de economía corporativa. Ya nadie tiene problemas: tiene áreas de mejora, nadie despide empleados: redimensiona recursos, nadie fracasa: reinventa su trayectoria; el capitalismo moderno no solo administra salarios, también administra vocabulario.

Y mientras tanto proliferan los gurús ¡Ah, los gurús!, esa fauna espiritual del siglo XXI constituida por individuos sonrientes que parecen recién hidratados y aseguran poseer la fórmula definitiva para alcanzar la plenitud interior mediante cursos online de cuatrocientos noventa y nueve euros.

Lo fascinante, es que todos recomiendan exactamente lo mismo: respirar, beber agua y dormir ocho horas. Es decir, consejos ya conocidos por los agricultores del Paleolítico inferior, radicando la diferencia en que en el Paleolítico no había podcast.

También la rebeldía se ha vuelto cómoda, ya que las revoluciones actuales se realizan desde el sofá y preferiblemente con buena conexión Wi-Fi. El revolucionario contemporáneo protesta intensamente durante once minutos en redes sociales y después pide sushi a domicilio: la épica ha sido sustituida por hashtags.

Incluso los multimillonarios parecen cansados, pudiéndose observar a ciertos magnates tecnológicos, percibiendo en ellos la expresión melancólica de quien posee cohetes espaciales, pero sin conseguir dormir bien: han conquistado mercados, manipulado algoritmos y acumulado fortunas inimaginables, pero siguen subiendo frases motivacionales a internet como adolescentes filosóficos.

Tal vez porque en el fondo sospechan algo terrible: que el dinero sirve para casi todo excepto para escapar del tedio humano.

Y ahí aparece la gran ironía de nuestra época: nunca hubo tanta comodidad material y nunca existió tanta ansiedad colectiva, ya que teniendo comida abundante, calefacción, antibióticos, entretenimiento instantáneo y capacidad para hablar con cualquier persona del planeta y aun así, vivimos agotados, irritables y perpetuamente preocupados, y puede que sea porque el ser humano no está diseñado para recibir doscientas malas noticias diarias antes del desayuno.

Nuestros abuelos ignoraban lo que ocurría en Singapur y dormían estupendamente, pero nosotros que conocemos en tiempo real cada crisis bursátil, cada terremoto y cada declaración incendiaria de algún político escandinavo, hemos desarrollado bruxismo.

Aun así, conviene no perder la perspectiva ya que la humanidad siempre fue un espectáculo grotesco y encantador: ya los romanos se quejaban de los impuestos y probablemente algún filósofo griego aseguró en una taberna, que la juventud estaba perdida y que los gobernantes eran unos inútiles, pero ellos no tenían reuniones por Zoom.

Quizá la salvación humana consista precisamente en esa capacidad absurda de conservar el humor mientras todo parece desmoronarse lentamente, porque el ciudadano continúa enamorándose, invitando a cerveza a los amigos, haciendo chistes en funerales y celebrando cumpleaños, aunque el planeta entero parezca administrado por personas absolutamente incapaces.

Y eso tiene mucho mérito: cada mañana millones de seres humanos se levantan, pagan facturas delirantes, soportan discursos políticos insufribles, sobreviven a plataformas digitales infernales y, aun así, encuentran energía para preguntar al camarero si queda tortilla. Eso es heroísmo civil.

El ser humano contemporáneo se despierta cada mañana con la desagradable sensación de que el mundo podría venirse abajo en cualquier momento, pero de que aun así, debe responder antes de las nueve a un correo marcado como “urgente”. Ese es quizá el verdadero símbolo de nuestra civilización: no la bandera de ningún país, ni un himno patriótico, ni siquiera una moneda poderosa. El símbolo auténtico de nuestra época es un individuo medio, despeinado, mirando el móvil en pijama mientras calcula si le alcanza la dignidad para afrontar otro lunes.

La humanidad soñó durante siglos con el progreso, imaginándolo luminoso, elegante, casi musical: los escritores de la Ilustración creían que el futuro estaría lleno de ciudadanos refinados, máquinas maravillosas y ciudades organizadas racionalmente. ¡Qué conmovedora ingenuidad! El futuro llegó, sí, pero convertido en una mezcla entre oficina infinita, supermercado emocional y sala de espera administrativa.

Nos prometieron coches voladores y hemos terminado discutiendo con una aplicación bancaria porque no reconoce nuestra firma y aquí seguimos, avanzando con la resignación humorística de quien sospecha que todo el sistema global ha sido diseñado por un comité de burócratas deprimidos y consultores hiperactivos, porque parece obvio que el planeta nunca había estado tan extraordinariamente organizado para producir ansiedad: años ha, el ser humano temía a las sequías, las invasiones bárbaras o las pestes y hoy teme abrir la factura de la luz, equivocarse de contraseña o escuchar la frase “tenemos que hablar un momento” pronunciada por un superior jerárquico: el miedo moderno es administrativo y la tragedia ya no llega montada a caballo, ahora aparece mediante notificaciones.

Lo verdaderamente admirable del sistema económico contemporáneo es la capacidad para convertir cualquier actividad humana en una experiencia ligeramente humillante: comprar un piso, pedir una hipoteca o incluso alquilar una vivienda, exige tal cantidad de documentos, verificaciones y certificados que uno termina sintiéndose sospechoso de existir.

La vivienda, por ejemplo, ha dejado de ser un derecho, una necesidad o un refugio convirtiéndose en una disciplina olímpica, siendo necesario para alquilar cuarenta metros cuadrados con humedad decorativa y vistas privilegiadas a un patio de ventiladores industriales, demostrar ingresos estables, solvencia emocional y probablemente pureza de sangre.

Los propietarios que quieren alquilar o vender, hablan de los apartamentos con la solemnidad con que los faraones hablaban de sus tumbas: “es una oportunidad única”, dicen mostrando cocinas donde apenas cabe una aceituna, y los jóvenes, convertidos ya en una especie zoológica de alta resistencia, aceptan compartir piso hasta edades en las que antiguamente uno ya tenía tres hijos, un huerto y opiniones firmes sobre las alcachofas.

Lo fascinante es que la economía contemporánea ha conseguido algo prodigioso: que trabajar mucho no garantice absolutamente nada. Esa era antes la parte tranquilizadora del capitalismo, aceptándose el esfuerzo porque se imaginaba cierta estabilidad futura, pero hoy la recompensa máxima del trabajador medio consiste en llegar vivo a final de mes y permitirse una cena mediocre sin consultar compulsivamente la cuenta bancaria.

Mientras tanto, los grandes expertos económicos comparecen en televisión para explicar que “el consumo interno mantiene signos positivos”: naturalmente, el ciudadano consume ansiolíticos, café y paciencia industrial.

Y arriba, siempre arriba, la clase política. Si los antiguos griegos levantaran la cabeza y vieran en qué se ha convertido la democracia, regresarían inmediatamente a la tumba por voluntad propia y por vergüenza torera; la política actual ya no consiste en gobernar sino en administrar percepciones: el dirigente contemporáneo no necesita resolver problemas, necesita parecer preocupado delante de una cámara.

Los gobiernos anuncian planes estratégicos con nombres tan grandilocuentes que parecen títulos de películas de ciencia ficción: “Agenda Integral de Transformación Resiliente para la Sostenibilidad Inclusiva”. Después uno investiga un poco y descubre que lo dicho consiste básicamente en cambiar el color de unos formularios digitales y construir un agujero para que varios más vivan de la mamandurria.

La burocracia merece también un monumento internacional: la burocracia es el verdadero sistema de gobierno planetario ya que los presidentes cambian -Pedro no-, los ministros dimiten, los partidos se destruyen mutuamente, pero siempre permanece intacta esa maquinaria administrativa capaz de exigirle a un ciudadano el mismo documento en tres ventanillas distintas.

En otros tiempos el héroe atravesaba océanos, luchaba contra monstruos o escalaba montañas, pero el héroe moderno intenta renovar el DNI antes del verano, existiendo personas que han envejecido intentando obtener una cita previa.

Y qué decir de las comparecencias públicas, con ese talento extraordinario que poseen los dirigentes para hablar durante cuarenta minutos sin transmitir nada, habiendo discursos políticos que deberían estudiarse en las facultades de ilusionismo, ya que se escucha atentamente y al terminar, no se recuerda ninguna frase ni idea, pero se experimenta una vaga sensación de haber sido regañado.

Los líderes actuales hablan utilizando expresiones como “marco transversal”, “sinergias operativas”, “hoja de ruta” o “cohesión territorial”. Nadie sabe exactamente qué significan, pero producen tranquilidad institucional, que es una forma sofisticada de sedación colectiva, siendo tan complejo de entender como leer un manual de instrucciones mal traducido, en el papel que viene con el artilugio.

Y luego están las cumbres internacionales, esos encuentros planetarios donde centenares de personas viajan en aviones privados para debatir la urgencia de reducir emisiones contaminantes, habiendo alcanzado la humanidad un nivel tan refinado de ironía involuntaria que ya ni siquiera se molesta en disimularla.

Los mandatarios aparecen sonrientes, se estrechan las manos, posan delante de banderas y prometen construir “un mundo mejor para las futuras generaciones”. Acto seguido aprueban medidas económicas que harían llorar a una calculadora.

Pero sería injusto culpar únicamente a los políticos ya que el ciudadano contemporáneo también ha desarrollado una personalidad peculiar, viviendo hiper estimulado, permanentemente indignado y convencido de que cualquier problema complejo puede resolverse mediante un comentario en redes sociales escrito mientras espera el ascensor.

Internet ha democratizado la opinión con resultados extraordinariamente preocupantes: hoy cualquier persona posee información suficiente para sentirse experta, y con la ignorancia suficiente para ser peligrosa; un individuo puede pasar de ver vídeos de recetas italianas a elaborar teorías geopolíticas sobre Asia Central en menos que canta un gallo.

Nunca antes la humanidad había hablado tanto y pensado tan poco, transformando las redes sociales incluso las emociones, necesitando la tristeza validación pública y la felicidad fotografías, la indignación hashtags, convirtiéndose la intimidad en un artículo vintage, como los pick up o la educación vial.

La gente ya no come: documenta que come.  No viaja: certifica digitalmente que ha viajado. No vive: actualiza estados.

Y en medio de ese carnaval tecnológico aparece el ciudadano común, agotado, intentando recordar quién era antes de convertirse en contraseña ambulante, ya que esa es otra maravilla de nuestro tiempo: hemos delegado la memoria en dispositivos electrónicos hasta extremos conmovedores. El ser humano moderno recuerda perfectamente el PIN de tres tarjetas bancarias, cuatro plataformas de streaming y dos códigos de verificación, pero olvida por qué entró en la cocina.

Las máquinas avanzan rápidamente y nosotros retrocedemos. La inteligencia artificial redacta textos, compone música y responde a preguntas complejas, mientras millones de personas siguen siendo incapaces de utilizar correctamente el botón “responder a todos”.

Quizá el futuro no esté dominado por robots asesinos, sino por algoritmos profundamente decepcionados con nosotros, sin embargo, la tecnología no es el verdadero problema. El verdadero problema es la velocidad, sucediendo todo demasiado deprisa: las noticias duran unos minutos, las polémicas envejecen antes del almuerzo, las amistades requieren mantenimiento digital continuo, y hasta el amor parece gestionado por departamentos de recursos humanos.

Las aplicaciones de citas son particularmente reveladoras: la humanidad tardó milenios en maravillar con la poesía amorosa, y ha terminado decidiendo relaciones sentimentales deslizando fotografías con el pulgar mientras ve series.

El romanticismo sobrevive apenas como una enfermedad leve y pese a todo, la gente continúa enamorándose, lo que demuestra que la especie humana conserva cierto espíritu olímpico, ya que amar hoy exige una resistencia psicológica notable para atravesar la precariedad económica, las agendas imposibles, la ansiedad generalizada y las tarifas dinámicas de restaurantes y aun así, dos personas consiguen sentarse frente a frente, compartir una botella de vino mediocre y hablar durante horas como si el mundo no fuera una gigantesca oficina en llamas: eso merece un respeto inefable.

También merece respeto el pequeño heroísmo cotidiano de la gente corriente que sostiene el mundo silenciosamente, de la mujer que toma dos autobuses para cuidar ancianos, el camarero que sonríe después de diez horas de pie, el profesor agotado que todavía intenta explicar literatura a adolescentes hipnotizados por TikTok, el autónomo que calcula impuestos como quien desactiva explosivos; ellos mantienen viva la civilización mientras arriba, en los palacios gubernamentales y consejos de administración, continúan produciéndose discursos motivacionales, estrategias resilientes y reuniones sobre sostenibilidad servidas en bandejas de plata.

Porque el sistema posee una capacidad extraordinaria para generar solemnidad inútil. Todo debe parecer trascendental: las empresas ya no venden productos, venden experiencias emocionales transformadoras, un café ya no es un café, es “una pausa consciente de conexión humana”, un yogur no alimenta, “acompaña tu bienestar integral”.

Uno termina echando de menos la sinceridad brutal del tendero antiguo: aquí tiene su queso, cómaselo y deje hueco.

Pero no, ahora todo necesita narrativa corporativa, identidad visual y propósito existencial: hasta las hamburgueserías parecen sectas espirituales.

El capitalismo moderno no quiere clientes: quiere creyentes.

Y quizá por eso el agotamiento colectivo resulta tan profundo, porque ya no basta con trabajar, consumir y obedecer; además debemos sonreír, reinventarnos continuamente y mostrar entusiasmo, habiéndose convertido la felicidad en obligación moral.

Si alguien está cansado, frustrado o triste, inmediatamente aparece un experto explicando que debe practicar mindfulness, respirar mejor o levantarse a las cinco de la mañana para correr descalzo sobre hierba húmeda.

La industria del bienestar produce más ansiedad que bienestar y los gurús contemporáneos hablan de equilibrio interior con una agresividad verdaderamente alarmante. Algunos parecen capaces de estrangular a una persona con energía positiva, y sin embargo, pese a toda esta maquinaria delirante, la humanidad continúa ofreciendo destellos inesperados de belleza. En mitad del caos económico y político todavía existen cenas largas, bromas absurdas, librerías silenciosas y gente veterana jugando al dominó, y de menos edad, jugando al padel, que ha sacado de los juegos de mesa de 4 como el mus o el dominó, a los no muy mayores.

Posiblemente la verdadera resistencia humana resida en la solidaridad que subyace en las sociedades, no en los grandes discursos políticos ni en las cumbres internacionales llenas de corbatas sostenibles, ni tampoco en las revoluciones digitales, ni en las doctrinas económicas: la esperanza del mundo probablemente descansa en cosas mucho más pequeñas y mucho más tercas.

La civilización, a pesar de los ministros, los mercados financieros y los analistas geoestratégicos, continúa funcionando gracias a millones de personas normales que todavía conservan cierta bondad elemental y eso resulta milagroso, sobre todo teniendo en cuenta que llevamos décadas siendo dirigidos por individuos que no lograrían organizar correctamente una barbacoa sin crear una comisión parlamentaria para estudiar el carbón.

Quizá el ser humano sea precisamente eso: una criatura absurda gobernada por incompetentes elegantes, explotada por sistemas incomprensibles y, aun así, obstinadamente capaz de brindar, enamorarse y hacer chistes mientras el edificio arde lentamente alrededor.

Y bien mirado, quizá tampoco exista una definición mejor de dignidad.

Mientras tanto, nuestro SÁNCHEZ, psicópata total y estructuralmente anamórfico, sigue con nosotros porque considera que sin él, todo se iría al garete.

LOS AMORES IMPOSIBLES que quizá soñé.

Estaba aquí, con la soledad de mi alma acostumbrada ya a esta herida eterna, y me he asomado al espacio a recordar dejando vagar la imaginación, que es una de las verdaderas formas de ver las cosas y poder nombrarlas cuando la emoción te invade; ¿te sorprende que te escriba? Me sentía algo melancólico al no encontrar respuesta a mis preguntas, y necesitaba hablarte.Read More

Manuel Benedito, un grande no demasiado conocido.

Llegué apresuradamente por la calle Dalmeida a la puerta del edificio Republic Plaza, con la esperanza de poder asistir de día, desde la terraza del último piso, a la visión panorámica de Singapur, que era señalada como una de las vistas urbanas más bellas del mundo, y desde donde podía verse la ciudad-estado desde Malasia a Sentosa  y desde el aeropuerto de Changi al estrecho de Johor.Read More

Nuestro tiempo es limitado: busquemos el placer y erradiquemos el sufrimiento.

Se debe querer alcanzar lo que a uno le satisface y desea, y se debe querer sólo, a quien quiera que se le quiera. J.A.

Cada día tras despertarme -cuando mi mente desea hacerlo-, y mientras desayuno, pongo el canal de televisión donde repiten cíclicamente las noticias, y a esta edad, en la que mi cometido básico –además de sobrevolar desde bastante lejos a mis descendientes- es el dolce far niente, aunque el niente nunca sea absoluto, al ver las noticias que dan comienza el sin vivir: el precio de la luz va a subir hasta tal punto, que no podrá encenderse ninguna bombilla a no ser que no se coma, la violencia machista ha llegado a la víctima nonagésima cuarta y estamos en otoño, el frío que nos invadirá a partir de casi ya- aunque hace un otoño soleado y caluroso-, será el preludio de la octava glaciación, acompañada de terribles vientos que provocarán grandes desastres, y para que lo sepan, alerta naranja cruda,

Donald ha hecho cuatro más de las suyas desde ayer, sin descansar ningún día, como hizo el Señor en el séptimo, la economía va como un cohete pero cada día somos y hay más pobres desasistidos; dos niños se han suicidado debido al bullying  escolar –pero nadie sabe nada y todos han activado los protocolos-; dos profesores y un sacerdote han abusado de treinta y tres niños, han aparecido montones de cadáveres de algunas pateras que pretendían llegar a nuestras costas, han sido apresadas varias células yihadistas que iban a realizar un atentado en la capital, más de medio millón de niños se mueren en Sudán por una hambruna tremenda (con fotos de muchos niños de grandes cabezas y estómagos inflamados, con raquitismo)…quiero quedarme de nuevo dormido…aunque con la INQUIETUD y el DESASOSIEGO que ha entrado en mi cuerpo, no puedo.

De forma extraña y molesta,  y casi de manera inaudita, suena  suena el teléfono fijo  -tuve que pensar unos segundos para recordar que aun existe- y al diga que me sale  sin ganas, sigue un imperceptible silencio roto enseguida por una cantarina voz que pregunta por mi nombre y apellidos con el don delante…Mire no quiero comprar ni cambiar nada, especialmente en este momento, digo, pero ella, inasequible al desaliento, se lanza tumba abierta a enumerar las enormes ventajas de una compañía telefónica que prácticamente, además del servicio te paga por apuntarte…!A estas horas esto es insoportable, pienso mientras cuelgo sin contestar!

Imagino lo mismo que le pasa a otros, que además de esto, han tenido que  dejar a los niños en el cole a las 08,45, salir pitando para el trabajo, oír en la radio en el programa de Alsina, que Pisarello, Irene Montero y Ada Colau  decidieron ayer a las 01,24 de la madrugada que se iban a la toma de posesión de la presidenta mejicana… ¡Dios! y después tendrán que aterrizar en una reunión con un jefe que quiere resultados como sea…y a mí no me cuentes tus penas que yo también tengo muchas, les dirán, y será verdad probablemente.

Oteo por la ventana el cielo y veo que no es día de golf -cada día voy menos-, así que me aseo, visto y salgo a la calle con la tablet en el bolsillo para dar una vuelta y leer el periódico digital en una confortable cafetería con wifi que tengo cerca.  Al salir, no siento los males anunciados, quizá el aviso naranja cruda sea amarillo canario, la bombilla del portal luce, hay una ligera brisa, y veo la temperatura en un reloj digital en una plaza próxima, 14º…Bueno son las 10 y no parece una cosa tremenda para octubre. No veo moros en la costa, dos chicas jóvenes con sendos cochecitos de bebé se dirigen a una cafetería próxima, se supone que para  continuar hablando mientras desayunan de nuevo, dos adolescentes pasan fumando con cara de haber hecho pirola, mientras dos  municipales se mueven alrededor de la grúa que se lleva el coche de un joven trajeado…No consigo librarme de la INQUIETUD.

Me pregunto por qué no se aplicará el mundo las teorías hedonistas, si bien no las cirenaicas, pero sí las de Epicuro.

En fin,  vivimos la antítesis del hedonismo y sus dos escuelas fundamentales en la Grecia antigua: la cirenaica y la epicúrea.

El hedonismo  es la teoría que propone la consecución del placer como fin y fundamento de la vida por asociarla con el bien. Toda la vida debe orientarse a la búsqueda del placer e intentar por todos los medios suprimir de nuestras vidas el sufrimiento y el dolor.

Paseo un rato respirando con placer el aire fresco y quizá limpio –ha llovido los últimos días- y al cabo de un buen rato regreso, no muy convencido de abandonar el paseo, y entro en la cafetería. Hay bastante gente y descubro que solamente hay una mesa libre, aunque demasiado grande para mí sólo, redonda y con cinco sillas, y aunque me parece de excesiva capacidad para mi escasa ocupación, aligero el paso y me siento.

Enciendo la tablet y visito los titulares de dos diarios, aunque ya sé que  acabaré en el de siempre. Se acerca un camarero, pido café con leche con sacarina… ¿en mediana, me pregunta?…Lo que quiera…,le contesto, y un vaso de agua, por favor.

Ya inmerso en las noticias, percibo la proximidad de dos hombres barbudos, más mayores que yo, robustos y con aspecto de recién salidos de la antigüedad: ¿le importa si nos sentamos? Yo muy a lo mío, les contesto que no y sigo con las patéticas noticias. Levanto la vista y veo a dos personas de edad indefinible con aspecto de ya muy vividos, y con largas  barbas blancas, que recordaban las de la imaginería clásica más remota, en donde casi no existían hombres con mejillas lampiñas.

Sebastiano Conca. La idolatría de Salomón. Óleo sobre lienzo. 1570-1571. Museo del Prado. Madrid.

Sin yo preguntar nada, se dirigen a mí con un buenos días y se presentan como Aristipo de Cirene y Epicuro de Samos…iba yo a contestar lo de “y yo Alfonso XII en el palacio de Oriente”, pero me callo en un alarde de prudencia impropio de mí, y sólo hago un mmm –onomatopeya de duda o de poder resultar interesante- que rápidamente corrijo con un puf –la de mucha duda-. Hemos pensado que quizá estuviera interesado en filosofar, lo que sin duda le proporcionaría un estado de felicidad siempre deseable. Sin saber que decir, observé que mi duda era aprovechada por Aristipo (435-350 a.C.), que continuó para relatarme como Platón (427-347 a.C.) coetáneo suyo y médico del alma y gran filósofo, escribió una carta dirigida a todos los seres humanos, que comienza con palabras certeras y apasionadas que me recitó sin pestañear: Nadie por ser joven dude en filosofar ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es joven o viejo para la salud del alma. El que dice que aún no es edad o que ya pasó la edad de filosofar es como el que dice que aún no ha llegado o que ya pasó el tiempo oportuno para la felicidad. De modo que deben filosofar tanto el joven como el viejo. Éste para que, aunque viejo, rejuvenezca en bienes por el recuerdo gozoso del pasado, aquél para que sea joven y viejo a un tiempo por su serenidad ante el futuro. Necesario es, pues, meditar sobre lo que procura la felicidad, porque cuando está presente todo lo tenemos y, cuando nos falta, todo lo hacemos por poseerla. Gozoso recuerdo de la experiencia, frente a la nostalgia de la poesía lírica, y serena contemplación del futuro, frente a la amenaza de la fortuna trágica, son los dos rasgos esenciales de esta actitud universal y al alcance de todos que es el arte de tomarse la vida con filosofía, porque tomarse la vida con filosofía y contemplar gozosamente el sentido de la existencia humana es aprender a disfrutar el arte de vivir sencillamente como un hombre. Como dijo Plinio el Joven, con cuya hermosa frase termino: “Aliquando praeterea rideo, iocor, ludo… homo sum”.

Quedé impresionado con el relato de memoria de la carta, que alguna vez leí en filosofía del derecho de quinto curso de la carrera -ahora se estudia en tercero-, y me sentí atraído por su hablar pausado que rezumaba  tranquilidad, aunque yo estuviera muy preocupado por su falta de cordura, desde luego nada violenta. Epicuro de Samos (341-270 a.C) asentía frecuentemente en silencio, continuando el de Cirene…

En la escuela cirenaica nos ocupamos básicamente de la ética, exponiendo que los deseos personales, deben ser satisfechos a la brevedad posible, sin importar los intereses de los que nos rodean (Primero mis dientes, luego mis parientes). Fue fundada por mí –Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates-, a finales del siglo IV a.C. Creo que la felicidad humana, que debe buscarse en torno al placer, consiste en librarse de toda inquietud, siendo el camino para lograrlo la autarquía personal, es decir cada uno por sí mismo. El bien se identifica con el placer, pero básicamente con el placer espiritual o sea, de las emociones internas.

Respecto a la forma de adquirir  conocimiento, tenemos una posición sensualista, en la que se reconoce como única fuente del conocimiento los sentidos, y además, volviendo al camino autárquico, es subjetivista, ya que no reconoce más conocimiento que el personal.

Aristipo de Cirene.

Tuve bastantes seguidores que prolongaron estas teorías durante todo el período helenístico –desde la muerte de Alejandro Magno 323 a.C. hasta el suicidio de Cleopatra 30 a.C.-, siendo los más conocidos Teodoro el Ateo,  Hegesias, Antipatro de Cirene y Aniceris.

Teodoro siguió el camino  marcado por mí –seguía Aristipo sin pestañear- pero sin creer en los dioses –de ahí el apellido de Ateo-, y señalaba que los dioses eran hombres venerados por sus cualidades y su aportación al bien común, pero hombres al fin y al cabo –evemerismo, mientras Hegesias no se  sintió demasiado identificado conmigo, ya que los placeres de este mundo le parecían pocos y difíciles de conseguir, siendo los dolores más frecuentes que los placeres, dependiendo estos últimos del azar y la fortuna material de cada cual.

Por tanto, predicó las bondades, ventajas y beneficios de la muerte, induciendo al suicidio, por lo que Ptolomeo I -fundador de la estirpe ptolomea en Egipto tras la muerte de Alejandro, ya que era uno de sus principales diádocos-, cerró su escuela de Alejandría y prohibió sus escritos.

Yo seguía sin dar crédito a lo que me estaba ocurriendo…

Aristipo terminó su larga e ininterrumpida charla, se retrepó en la silla con postura de cansancio, mientras que yo, que no sabía que hacer ni decir, –aunque me pareció docto e interesante lo expuesto-, me apresuré a hacer señales al camarero que ronroneaba por las mesas, para pedir la cuenta y salir pitando, pero  miraba al mundo sin ver la seña de mi brazo. ¡Ya no sólo soy  transparente para el sexo femenino!

Callado  Aristipo, comenzó a hablar el que se había presentado como Epicuro de Samos.

La escuela epicúrea fue fundada por mí, Epicuro de Samos, filósofo que nací a mediados del siglo IV a.C., siendo lo más destacado de mi doctrina –yo seguía sin abrir la boca y de vez en cuando levantaba el brazo buscando al camarero, pero cada vez con menos convicción-, el hedonismo racional  y el atomismo -doctrina que explica la formación del mundo por la concurrencia y unión fortuita (azar) de los átomos, concebida un siglo antes por otros filósofos-, y exponemos que la felicidad consiste, en vivir en continuo placer, evitando los excesos, y aunque pudiera pensarse en el placer solamente como algo que excita los sentidos, considero que no todas las formas de placer se refieren a lo anterior, pues lo que excita los sentidos son los placeres sexuales y sensoriales, y existen otras formas de placer como los que se refieren a la ausencia de dolor o de cualquier tipo de aflicción. También aserto, que ningún placer es malo en sí, sólo los medios para lograrlos pudieran ser malos.

Epicuro de Samos.

Nuestra doctrina –no sé si habló en mayestático o quiso repartir méritos– se manifiesta en contra de la existencia del destino, estando la naturaleza regida por el azar –o ausencia de CAUSALIDAD-, sólo siendo así posible la verdadera libertad  sin la cual el hedonismo –y casi nada- tiene razón de ser.

Los placeres del espíritu son superiores a los del cuerpo y ambos deben ser buscados con racionalidad y prudencia, y satisfechos con inteligencia –en caso contrario llegaremos al sufrimiento posterior-, procurando llegar al estado de ataraxiaestado de ánimo que se caracteriza por la tranquilidad del alma y la total ausencia de  pasiones, deseos o temores-.

Critico, –aquí volvió al singular- tanto al desenfreno como a la renuncia a los placeres de la carne, y animo a la búsqueda del término medio,  alentando a los goces carnales, siempre y cuando no pudieran suponer un dolor –anímico o físico- en el futuro.

Nuestras teorías afirman que la filosofía debe ser un instrumento al servicio de la vida de los hombres y que el conocimiento por sí mismo no tiene ninguna utilidad, si no se emplea en la búsqueda de la felicidad, o proporciona satisfacción en sí misma. De la religión podemos decir, que casi siempre, y envuelta en un hálito de bondad, suele proporcionar amargura, al estar fijando generalmente una forma de actuación cartesiana, que casi nunca es placentera: los mitos religiosos pueden entristecer la vida de los hombres.

Rafael Sanzio. La escuela de Atenas “El Jardín”.  1510-1511. Fresco. Palacio Apostólico. Ciudad del Vaticano.

A los 35 años, después de que hube hecho dos años de servicio militar y varios intentos de montar academias filosóficas en diferentes poleis, regresé a Atenas, donde fundé mí definitiva escuela de filosofía “El Jardín”,  en donde fueron admitidas personas de toda condición y clase, incluso mujeres y esclavos, lo que en aquella época era muy extraño para una escuela filosófica y en donde impartí enseñanza hasta el final…Yo escuchaba encantado, pero a punto de salir corriendo, al oír a aquellos dos provectos señores, que me contaban haber nacido hace 2.400 años…

Nuestra filosofía consta de tres partes prosiguió el de Lemos: la Gnoseología  o Canónica, que se ocupa de los criterios por los cuales llegamos a distinguir lo verdadero de lo falso; la Física que estudia la naturaleza; y la Ética que supone la culminación del sistema y a la que se subordinan las dos primeras partes.

Canónica: es la parte de la filosofía que examina la forma en la que conocemos, y podemos distinguir lo verdadero de lo falso. Las sensaciones son la base de todo el conocimiento, y se produce cuando las imágenes que desprenden los cuerpos llegan hasta nuestros sentidos. Ante cada sensación, el ser humano reacciona con placer o con dolor, dando lugar a los sentimientos. Los sentimientos percibidos con claridad a base de repeticiones constituyen las ideas generales de nuestro sentir para lo bueno y lo malo.

Física: toda la realidad está formada por dos elementos fundamentales, los átomos, que tienen forma, volumen y peso, y el vacío, que no es sino el espacio en el cual se mueven esos átomos.

Las distintas cosas que hay en el mundo son fruto de las distintas combinaciones de átomos. El hombre  es un compuesto de átomos y hasta el alma está formada por un tipo especial de átomos, siendo por tanto el alma, material. El cuerpo y el alma mueren simultáneamente.

La realidad como los átomos que la forman, es eterna. El caos no es el origen, y todo existirá hasta el infinito, pero coexiste un elemento fundamental, el azar en el movimiento de los átomos en su caída en el vacío, es decir lo que puede producir la desviación de las causas y los efectos, con la que queda asegurada la libertad.

Ética: es la culminación de nuestra sistema filosófico, que no es sino el logro de  la felicidad, basada en la autarquía –cada uno por sí mismo- y la ataraxia. Puesto que la felicidad es el objetivo de todo ser humano, la filosofía debe interesar a cualquier persona.

La ética pensamos que se basa en dos polos opuestos: el miedo, que debe ser evitado, y el placer, que debe ser buscado como necesario.

LOS MIEDOS básicos del hombre son: el miedo a la muerte –no tiene sentido, ya que la muerte es la ausencia de sensibilidad-, el miedo al dolor, el miedo al fracaso en la búsqueda del bien –carece también de sentido, ya que el futuro no depende completamente de nosotros, ni tampoco nos es totalmente ajeno, de modo que no debemos esperarlo como si hubiera de venir infaliblemente, ni tampoco desesperarnos como si no hubiera de venir nunca– y el miedo a los dioses –concepto tampoco real, ya que los dioses son seres demasiado alejados de los los humanos, y no se preocupan por nuestras vicisitudes, por lo que no tendría sentido temerles-.

Me atrevo a señalar tres tipos de PLACER por su objeto, dijo:

Los naturales y necesarios: alimentarse, beber, estar abrigado y seguro; el hombre debe satisfacer los deseos naturales necesarios de la forma más económica posible.

Los naturales e innecesarios: la conversación, la gratificación sexual y el arte; se pueden intentar conseguir los deseos naturales innecesarios hasta la satisfacción del corazón, pero no más allá. No se debe arriesgar la salud, la amistad ni la posición económica en la búsqueda un deseo de placer innecesario, pues esto sólo conducirá a un sufrimiento futuro.

Los innaturales e innecesarios: la fama, el poder y el prestigio; hay que evitar por completo los deseos innaturales innecesarios, pues el placer o satisfacción que producen es siempre efímero.

Y también establecemos, continuó,  una división entre los PLACERES que satisfacen el cuerpo y el alma:

Placeres del cuerpo: aunque considero que son los más frecuentes, nuestra propuesta es la renuncia al desenfreno en la utilización de  estos placeres y la búsqueda de la carencia de apetito y dolor corporal.

Placeres del alma: el placer del alma es superior al placer del cuerpo, pues el corporal tiene vigencia en el momento presente, pero es efímero y temporal, mientras que los del alma son duraderos y además pueden eliminar o reducir quizá los dolores del cuerpo.

El análisis de los diferentes placeres y la  prudencia de cada cual, pueden permitir caminar hacia  una vida feliz, lo cual constituye el objeto de la filosofía. Podemos señalar en consecuencia, como placeres fundamentales, la tranquilidad del alma y la ausencia de dolor: “la ausencia de turbación y de dolor son placeres estables; en cambio, el goce y la alegría resultan placeres en movimiento. Cuando decimos entonces, que el placer es un fin, no nos referimos a los placeres de los que proporciona el goce y la alegría, sino en hallarnos libres de sufrimientos del cuerpo y de turbación del alma”.

Giré la cabeza para volver a llamar al camarero, y al buscar con la mirada de nuevo a los dos hombres, me encontré con la visión de mi piano, que está justo a la izquierda de la mesa donde leo y escribo, el armario de la pared abierto, y bajo la balda de las toallas -bien colocadas-, la de las camisetas de deportes desordenadas, como si alguien hubiera metido la mano en busca de placeres o para ocultar dolor y sufrimientos…, mi mirada perdida soñando, y un libro abierto delante de mí: El candelabro enterrado, de  Stephan  Zweig, donde narra la historia de un judío que hizo del objetivo de su vida, el preservar la menorá, sufriendo.

Se debe querer alcanzar lo que a uno le satisface y desea, y se debe querer sólo, a quien quiera que se le quiera. 

LA MONJA ALFÉREZ. Parte 8.

Le dije a Su Ilustrísima D. Julián de Cortázar que me gustaría volver a mi patria, donde haría lo que pareciese más conveniente para mi salvación. Y con esto, y con un buen regalo que me hizo, me despedí de él y de Santa Fe. Pasé a Zaragoza por el río de la Magdalena arriba. Caí allí enferma, y estuve a punto de morir. Después de unos días convaleciendo, salí por el río hacia Tenerife en donde acabé de recuperarme.Read More

LA MONJA ALFÉREZ. Parte 7.

Entré en Guamanga hospedándome en una posada en la que encontré a un soldado que se encaprichó con mi caballo, por el que pedí doscientos pesos y una mula. Salí después a ver la ciudad, que me pareció tener los mejores edificios de todas las por mí conocidas en Perú.Read More

LA MONJA ALFÉREZ. Parte 6.

Llegué a Lima en el tiempo en que era virrey del Perú don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montes Claros, y con los holandeses intentando abatir la ciudad con ocho bajeles de guerra estando todos en armas. Salimos contra los holandeses del puerto del Callao con cinco bajeles y les embestimos, marchando la cosa inicialmente bien, pero al poco, cargaron contra nuestra almiranta de manera que la echaron a pique, sin que pudiéramos sobrevivir más que tres hombres, que nadando pudimos pedir ayuda a un navío enemigo, que nos recogió. Éramos yo, un fraile franciscano descalzo y un soldado, tratándonos mal, con burlas, mano larga y desprecios.Read More

LA MONJA ALFÉREZ. Parte 5.

Al llegar a Piscobamba, me fui a ver a un amigo de Zaragoza, Juan Torrico, en cuya casa pasé varios días. Una noche, tras la cena, se montó una partida de naipes con unos amigos que vinieron jugando yo con un portugués llamado Fernando de Acosta, que perdía una vez tras otra. Al rato perdió los nervios y me faltó al respeto sacando ambos las espadas. Los presentes nos pararon y arreglaron, riéndonos todos de los piques del juego. Él portugués pagó sus deudas y se fue aparentemente tranquilo.Read More

La MONJA ALFÉREZ. Parte 3.

Andadas más de ochenta leguas, entré en la ciudad de Lima cabeza del rico reino del Perú, que tiene ciento dos ciudades de españoles, muchas villas, veintiocho obispados y arzobispados, ciento treinta y seis corregidores y las Audiencias reales de Valladolid, Granada, Charcas, Quito, Chile y La Paz. Tiene Lima arzobispo, una iglesia catedral parecida a la de Sevilla, aunque no tan grande me dicen, con cinco dignidades, diez canónigos, cuatro curas, siete parroquias, doce conventos de frailes y de monjas, ocho hospitales, una ermita y una universidad. Tiene virrey y Audiencia real, que gobiernan el resto del Perú.Read More