LO FRANCÉS ET SON GOÛT. Parte 5.

Ya con CARLOS IV -1788 a 1808-, la corte se españolizó. La mayoría de los cargos relacionados con las artes fueron ocupados por arquitectos, pintores y escultores nacionales españoles, formados en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Sin embargo, en paralelo, los refinados gustos del monarca y su pasión coleccionista, determinaron la adquisición de gran variedad de espléndidos objetos de origen francés que empezaba entonces a tomar la delantera a Roma.

Llegaron del país vecino para adornar las residencias reales, porcelanas, muebles, relojes, braseros y telas.  El soberano, muy aficionado a los relojes, contó con un relojero de cámara francés, François Louis Godon.

El proyecto decorativo más importante del reinado de Carlos IV fue el Gabinete de Platino de la Real Casa del Labrador en Aranjuez, ejemplo del estilo Imperio francés, obra del arquitecto de Napoleón, Charles Percier. En su ejecución intervinieron los mejores ebanistas y broncistas parisinos, y su interior se decoró con cuadros de renombrados pintores franceses.

A lo largo del siglo XIX, el género del retrato, históricamente despreciado por el academicismo, adaptó sus formas a la creciente demanda, imponiéndose como el género moderno por excelencia. El retrato se asentó como eficaz herramienta de prestigio social, ya que, mediante una imagen pintada o esculpida, se buscaba afianzar una posición social. En paralelo, el ocaso del Grand Tour, hizo que el eje de la modernidad en el arte se trasladara de Italia a París. Retratarse en la capital francesa constituyó durante todo el siglo XIX un signo de distinción para la alta sociedad europea. Algunos eligieron encargar sus retratos a escultores, y otros optaron por encargar sus efigies a pintores.

En el campo de la pintura monumental destaca el retrato ecuestre de Eugenia de Montijo, que enfatizó su condición de española, cuatro años antes de convertirse en emperatriz de los franceses por su matrimonio con Napoleón III. Su retrato aparecía flanqueado por dos obras que atestiguan el gusto artístico de la aristócrata: el bello jarrón de mármol rosado y bronce que remite al estilo decorativo que se puso de moda durante el Segundo Imperio francés, y la escultura titulada La noche, obra de JosephMichel-Ange Pollet.

 François Liger. Vista del Palacio Real de Madrid. 1800 1803. Patrimonio Nacional. Palacio Real de Madrid.

 François-Louis Godon y Joseph Coteau. Reloj de la Fuerza y la Prudencia.1795-1800. Mármol bronce, oro, porcelana y metal. Colecciones Reales. Patrimonio Nacional. Palacio Real de Madrid.

 Pierre Philipe Thomire. Águila naval para el estandarte de la Marina imperial francesa. 1804.

Durante la Revolución francesa y el Primer Imperio de Napoleón Bonaparte, los intercambios artísticos entre Francia y España fueron inexistentes, aunque en sentido sur norte fueron incontables, debido al expolio de los franceses de obras de arte durante la ocupación francesa.

Durante el Consulado de Napoleón, el monarca español, en un gesto diplomático que buscaba congraciarse con el Cónsul, encargó a Jacques-Louis David el gran retrato ecuestre de Bonaparte cruzando los Alpes, que hoy guarda el Musée National des Châteaux de Malmaison et de Bois-Préau. Esta obra maestra, hubiera supuesto el más importante testimonio conservado en España de la gran pintura francesa de este período, de no habérsela llevado consigo José Bonaparte. El efímero reinado de éste, no atrajo a la Península a ningún artista francés de renombre ya que el monarca deseoso de conseguir la adhesión de sus súbditos, se rodeó de artistas locales.

  Joseph Bernard Flaugier. Retrato de José I. Entre 1808 y 1813. Óleo sobre lienzo. MNAC. Barcelona.

Indumentaria femenina compuesta de vestido camisa y spencer (chaquetilla corta y jubón). 1810. Plata, seda, tafetán y sarga. Museo del Traje. Madrid.

François Xavier Fabre. María Elena Palafox, marquesa de Ariza. 1815. Óleo sobre lienzo. Colección Duque del Infantado.

Jean Baptiste Isabey. Carlos Gutiérrez de los Ríos, I duque de Fernán Nuñez.1817. Gouache miniatura. Museo Lázaro Galdiano. Madrid.

Anónimo. Máscara mortuoria de Napoleón Bonaparte. 1821. Bronce. Museo del Ejército. Toledo.

Jean Batiste Jacques Augustín. Joaquín María de Ferrer y Cafranga. 1825. Miniatura sobre marfil.  Museo del Prado.

Tras la Restauración, con Fernando VII en el trono, llegaron a la corte piezas de las manufacturas reales francesas, como la bella vajilla de paisajes que todavía atesora el Palacio Real de Madrid, cuyas escenas de vistas están basadas en los grabados que ilustran los libros de viajes de Alexandre de Laborde. A la misma época corresponde la refinada cristalería llamada de los caramelos.

Durante el reinado de Isabel II siguió extendiéndose por España el gusto francés, que se concretó en nuevas tendencias decorativas. Manufacturas tradicionales como la del broncista Thomire, artífice del estilo Imperio, adaptarían su lenguaje a las nuevas modas.

 Adrien Dauzats. Interior de la antigua sinagoga de Samuel Levi. 1836. Tinta sobre papel. Museo Lázaro Galdiano.

 María de Orleans. Luisa María de Orleans, reina de los belgas. 1837. Escayola. Colección Descendientes de los Montpensier. Fundación Infantes duques de Montpensier.

Henri-Pierre-Leon Pharamond Blanchard. El barón Taylor. 1842. Óleo sobre lienzo. Colección José Antonio de Urbina.

Jean Auguste Barre. Pedro de Alcántara Téllez Girón y Beaufort-Spontin XI duque de Osuna. 1839. Mármol. Museo del Romanticismo Madrid.

Henry Pierre Leon Pharamond Blanchard. La Plaza Mayor de Madrid antes de la corrida 1846 1847. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

Henry Pierre Leon Pharamond Blanchard. Corrida de toros en la Plaza Mayor de Madrid, por las bodas de la reina Isabel II con el duque de Cádiz y la infanta Luisa Fernanda con el duque de Montpensier. 1846 a 1847. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

Henry Pierre Leon Pharamond Blanchard. Paseo de los príncipes de Orleans por la calle Montera de Madrid. 1846 1847. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

Henry Pierre Leon Pharamond Blanchard. Boda de la reina Isabel II con el duque de Cádiz y de la infanta Luisa Fernanda con el duque de Montpensier. 1846 1847. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

 Henry Pierre Leon Pharamond Blanchard. Iluminación del paseo del Prado de Madrid por las bodas de la reina Isabel II con el duque de Cádiz y de la infanta Luisa Fernanda con el duque de Montpensier. 1846 1847. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

 Una cofradía pasando por la calle Génova de Sevilla. 1851. Óleo sobre lienzo. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza. Málaga.

El 10 de octubre de 1846 se celebraron en Madrid las dobles bodas de la reina Isabel II con su primo Francisco de Asís de Borbón, y de la hermana de Isabel, Luisa Fernanda, con el hijo menor del rey Luis Felipe I de Francia, el duque de Montpensier, don Antonio de Orleans. Luisa Fernanda y Antonio de Orleans vivieron en París hasta la revolución de 1848, y tras pasar por varios destinos, se establecieron finalmente en Sevilla, en donde constituyeron la Corte paralela de LOS MONTPENSIER. Para su establecimiento, trajeron a reputados pintores franceses encargados de acometer un ciclo pictórico que reflejara los momentos clave de su llegada a Madrid y de las celebraciones que tuvieron lugar con motivo de las llamadas bodas españolas. Una Corte andaluza de tintes franceses, ejerciendo un notable mecenazgo artístico.

Sus sofisticados hábitos y la decoración de sus residencias palaciegas -especialmente suntuosa la del palacio de San Telmo-, pusieron de moda el gusto por lo francés en Sevilla y fomentaron la aparición de un nuevo refinamiento que se materializó en la aparición de residencias a la francesa.

Desde la perspectiva francesa de la Ilustración, España encarnaba unos valores antiguos, inmovilistas y retrógrados, que ni los Novatores consiguieron modificar. Las guerras napoleónicas comprometieron los viajes de los franceses, y España se reveló más adelante como un descubrimiento fantástico, a la vez que cercano y desconocido, que despertó el interés de unos primeros viajeros eruditos como Alexandre de Laborde. El conocimiento directo de España en la guerra de la Independencia y en la expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis -1823- para acabar con el trienio liberal español, descubrió a los artistas franceses unos paisajes, monumentos, costumbres y tradiciones hasta entonces despreciados, pero que se revelaban como profundamente atractivos. A esta primera ola de hispanofilia romántica, creadora de un imaginario costumbrista y pintoresco, le siguió una segunda en la década de 1860, que se esforzó por captar en mayor medida el color de España.

 Copa segundo imperio. Segunda mitad siglo XIX. Colección BBVA.

 Édouard Odier. Eugenia de Montijo a caballo. 1849. Óleo sobre lienzo. Fundación Casa de Alba.

Alfred Dehodencq. El duque de Montpensier con su familia en los jardines de San Telmo. 1853. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

  François-Gabriel Lèpaulle. Isabel II. 1858. Óleo sobre lienzo. Museo de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación. Madrid.

 Jean Baptiste Achille. Vendedor de fruta en Sevilla. 1864. Óleo sobre lienzo. Colección BBVA.

 Théodule-Augustin Ribot. Armero. 1860. Óleo sobre lienzo. Colección Jose Antonio de Urbina.

 Le Page-Moutier et Fauré. Estuche de pistolas de percusión de duelo del duque de Montpensier. 1864-1866. Colección particular.

François Willeme. Matilde de Aguilera y Gamboa. 1865. Porcelana bisque blanca. Colección del Centro de Artes Cantor Art Center. Universidad de Stanford. Stanford. California.

 Gustavo Doré. Los vagabundos. 1868-1869. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

 Evariste Vital Luminais. Cacería de Felipe II. 1870. Óleo sobre tabla. Colección particular.

 Henri Fantin-Latour. Jarrón de Alhelíes blancos. 1872. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

 Ernest Hébert. Julia Fernanda Dominé y Desmaissières X marquesa de Jabalquinto. 1872. Óleo sobre lienzo. Museo de Bellas Artes de Asturias. Depósito de la colección del IX conde de Villagonzalo.

William Adolphe Bouguerau. La pequeña Ofelia. 1875. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

 Sophie Lienard. Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Beaufort-Spontin XI duque de Osuna. Pintura sobre porcelana. Museo del Romanticismo. Madrid.

Frente al hispanismo de carácter pintoresco aplaudido en París, otros artistas franceses acometieron la búsqueda más profunda de la esencia española. Fue el caso de Édouard Manet, que vino a España para contemplar en directo las obras de Velázquez. Un año antes de viajar a nuestro país, acometió en París uno de sus bodegones más españoles, Uvas e higos, con su indefinición de planos y fondo y la contraposición de negros y blancos. También Henri Fantin-Latour, admirador como Manet de la pintura de Velázquez y reivindicador del género del bodegón, pintó su Jarrón de alhelíes blancos, dentro del estilo realista. Un amigo de ambos, Théodule-Augustin Ribot, emprendió el mismo camino y absorbió las lecciones de los grandes maestros del pasado español con su Armero, configurando junto a los artistas españoles del siglo XIX, LA VISIÓN ROMÁNTICA DE ESPAÑA.

Édouard Manet. Uvas e higos. 1864. 22 x 22,5 cm. Óleo sobre lienzo. Colección particular.

Música: Jean Philippe Rameau, Concert en sextuor Nº6, La Poule, Menuetto I et II. Parte 2.

BUEN VERANO.