MI AMOR ENTERO ES DE MI NOVIA POPOTITOS. ¿TIENE ALMA LA MUJER?

Existen numerosos artículos y  libros  exponiendo que la Iglesia Católica en algún momento de su historia, dudó de si las mujeres tenían alma o no –a favor y en contra–. La primera mención de algunos/as, más as que os, fue en los diferentes relatos del  Concilio de Nicea.

El  I Concilio de  Nicea del año 325 d.C., fue convocado y financiado por Costantino I,  emperador de Roma, para intentar conciliar la ya decadente religión mitraista –fe que él profesaba– con el cristianismo  –50% de la población del Imperio–. En el mismo, no se habló en absoluto del alma de las mujeres, y su objeto fue exclusivamente establecer la oficialidad de la fe cristiana y sus principios básicos. Al concilio, asistieron autoridades cristianas de Palestina, con más de 40 evangelios, bastantes epístolas y muchos relatos de los apóstoles, que describían la vida y obra de Jesús, asistiendo también los poseedores de las cartas escritas por el mitraista Pablo –luego san Pablo– , que como se sabe, no conoció a Jesús y conocía su doctrina por terceras personas.

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Costantino I.

Es fácil imaginar la situación: la mitad de ciudadanos del Imperio –cristianos– perseguidos  y martirizados, el emperador absolutista y un porcentaje elevado de romanos –especialmente las Legiones– siguiendo la fe mitraista…La conciliación de ambas creencias era políticamente necesaria, no siendo importante entonces –ni lo es ahora– la opinión de la ciudadanía, que básicamente viene al mundo para pagar impuestos y callar, dejándonos en estos últimos tiempos y para compensar, echar un papel en una urna a cambio de lo señalado.

En el concilio, presidido por Costantino I, se decidió incluir solamente cuatro evangelios –de los 40– y un apocalipsis de entre los numerosos documentos aportados, que contenían información del cristianismo primigenio, incluyendo sin embargo todas las cartas y documentos que contenían lo predicado por Pablo. Sin ninguna posibilidad de oponerse a la voluntad del emperador absolutista, la mayoría de obispos apoyó lo propuesto por Costantino. Así, la doctrina cristiana se basó fundamentalmente en la de Pablo, distante de las enseñanzas de Jesucristo, pero sí, muy similares al mitraismo. Fue un concilio doctrinal para sentar las bases del cristianismo,  y  no se habló en absoluto del alma de la mujer.

Hay publicaciones, especialmente de organizaciones feministas, que incluso llegan a adjuntar el texto original en latín –erradamente–, en las que se señala que en Nicea se dudó de si las mujeres tenían alma, sin saber entre otras cosas, que en ese concilio se habló en griego y no en latín, por ser la lengua culta de la época.

Convivieron las dos religiones cristiana y mitraica, hasta que Dominus Noster Flavius Theodosius Augustus, Teodosio I el Grande, último emperador de la Roma unida (a su muerte la repartió entre sus hijos Honorio –Occidente– y Arcadio –Oriente–) quien en el año 391 prohibió el mitraismo en Roma.

Actualmente, con la aparición de documentos cristianos  desenterrados, y sin la espada de Costantino sobre las cabezas, quizá se debiera convocar un nuevo  concilio ecuménico para reescribir un Nuevo Testamento, como probablemente debió ser, reflejando de forma más genuina el cristianismo primigenio y con menos contenidos mitraistas.

A partir de este punto, se baraja otra hipótesis establecida por algunas feministas estudiosas y algún tonto “ilustrado” del siglo XVIII: fue en el sínodo de Macón, en el año 486, cuando la Iglesia discutió sobre si las mujeres tiene alma o no, e incluso su humanidad. Hacen esta afirmación, cuando en ninguno de los veinte cánones de ese sínodo –adiectis ad finem, aparece referencia alguna a tamaña tontería.

Las únicas “des…almadas” parecen ser las que propalaron el asunto, como Simone de Beauvoir que afirma: “Es, por fin, en el siglo XVIII cuando hombres profundamente demócratas plantean la cuestión con objetividad. Diderot, entre otros, emprende la tarea de demostrar que la mujer es, como el hombre, un ser humano”(SIC). Está claro que sin la demostración de Denis Diderot, el mundo seguiría considerando a las mujeres animales, y a los hombres que tanto las hemos amado, zoófilos, siendo así extraño, que las primeras Santas de la Iglesia Católica fueran mujeres y que la Madre de Cristo sea mucho más mencionada y dada a conocer por la Iglesia que el Padre.

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La tendencia del varón posmoderno a sentirse chivo expiatorio de todos los pecados seculares de la humanidad, y su tendencia a la flojera de carácter, junto a la depilación y las cremas, hacen que nos sintamos habitualmente abochornados y culpables, ya que el victimismo feminista nos relata y reitera este tipo de historias, que al final de tanto repetirlas, pudieran hacernos sentir aún más responsables si cabe.

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Ellas, las más bellas…más inteligentes…más capacidad de sufrir…más malas también.

Régine Pernoud, estudiosa de la condición femenina en la Edad Media, que ya en 1977, expresó su perplejidad por estas afirmaciones de Diderot y los ilustrados, y del Deuxième Sexe de la Beauvoir (“No se nace mujer: llega una a serlo” dice Simone), años más tarde –en 1989–, reiteró  su asombro y finalizó concluyendo la falsedad de lo expuesto por unos y otros, explicando el origen de esa afirmación acerca del alma de las mujeres y su utilización amañada y fraudulenta.

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También algunas y algunos, ciudadanas y ciudadanos, lo centran en el Concilio de Trento (1545-1563) doce siglos después, pero todos sabemos que allí se trató de Lutero, Calvino, de algunos sacramentos, el purgatorio y la restauración de la Inquisición para acabar con los herejes, y se impuso, en contra de la opinión protestante, la necesidad de la existencia mediadora de la Iglesia, para lograr la salvación del hombre.

Sólo hay de verdad en toda esta historia, un pequeño incidente semántico en el sínodo de Macón , relatado por Gregorio de Tours en su “Historia Francorum”:”Intervino en el Sínodo cierto obispo que sostenía que la mujer no podía designarse con el término “hombre” [hominem]. Sin embargo, aceptó el razonamiento de los demás obispos y no insistió en su planteamiento, ya que el libro sagrado del Antiguo Testamento (Gen. 5.2) nos dice que, en el principio, creó Dios al hombre [hominem], y los creó macho y hembra, y los llamó Adán, que significa “hombre [homo] hecho de arcilla roja”, y para ambos utilizó la palabra “hombre” [hominem]. Y nuestro señor Jesucristo es llamado “hijo del hombre” [filius hominis], aunque es el hijo de una virgen, de una mujer”. (Génesis 1:27-28) Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Así pues, es pura semántica bíblica: a partir de aquí femina-ae et vir-viri.

Hominem es el acusativo singular de homo-hominis, término que designa al “hombre” con el valor de “género humano” sin distinción de sexos, pudiendo designarse con el vocablo  vir-viri al “varón” como ser humano de género masculino y con  femenina-ae o mulier-is a la “hembra” como ser humano de género femenino.

Esto es lo que dio lugar a tanta historia; los enciclopedistas llevados de su fobia contra la Iglesia Católica, deformaron una pequeña observación de un obispo, rechazada unánimemente por el Sínodo, y que no tenía nada que ver con el alma de las mujeres, sino con la posibilidad de considerarlas o no incluidas a en la denominación “hombres” (hominem) debido a la existencia de las voces vir y mulier, siendo en consecuencia  una cuestión semántica , pero no un asunto sobre el alma de las mujeres.

ELLAS, tan hermosas…

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 *La diócesis de Macon es una antigua diócesis de la Iglesia católica en Francia, de las históricas de Borgoña, suprimida por la Constitución Civil del Clero de 1790, no vuelta a restaurar  en el Concordato de 1801. El Papa Pío VII confirmó la supresión del obispado de Mâcon,  y la distribución de su territorio de responsabilidad entre la antigua diócesis de Autun y la Archidiócesis de Lyon. Desde 1853, el obispo de la diócesis de Autun ostenta el título de obispo de Macon.

Libros interesantes al respecto:

Alistair Kee: Constantino contra Cristo.

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Apóstol Omar: Vida oculta de Jesucristo: Cristianismo primigenio.

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Régine Pernoud: Pour en finir avec le Moyen Age. La femme sans ame.

Los veinte cánones de Macón:

Canon 1: Sobre la admisión, ayuda o expulsión de los eclesiásticos mutilados voluntaria o violentamente.
Canon 2: Reglas a tener en cuenta para la ordenación, la evitación de precipitaciones indebidas y la deposición de quienes son culpables de faltas graves.
Canon 3: Se prohíbe a todos los clérigos tener relaciones con cualquier mujer, excepto con su madre, una hermana o una tía.
Canon 4: Relativo a las elecciones episcopales.
Canon 5: Relativo a la excomunión.
Canon 6: Relativo a los patriarcas y su jurisdicción.
Canon 7: Confirma el derecho de los obispos de Jerusalén a disfrutar de determinados honores.
Canon 8: Se refiere a los novacianos.
Canon 9: Ciertos pecados conocidos después de la ordenación implican su invalidez.
Canon 10: Lapsi quienes hayan sido ordenados maliciosa o fraudulentamente, deben ser excluidos tan pronto como se conozca la irregularidad.
Canon 11: Penitencia que debe ser impuesta a los apóstatas en la persecución de Licinio.
Canon 12: Penitencia que debe ser impuesta a quienes apoyaron a Licinio en su guerra contra los Cristianos.
Canon 13: Indulgencia que debe ser otorgada a las personas excomulgadas que se encuentran en peligro de muerte.
Canon 14: Penitencia que debe ser impuesta a los catecúmenos que desfallecieron durante la persecución.
Canon 15: Obispos, sacerdotes y diáconos no pueden pasar de una iglesia a otra.
Canon 16: Se prohíbe a todos los clérigos abandonar su iglesia. Se prohíbe formalmente a los obispos que ordenen para su diócesis a un clérigo que pertenece a una diócesis distinta.
Canon 17: Se prohíbe a los clérigos que presten con interés.
Canon 18: Se recuerda a los diáconos su posición subordinada respecto a los sacerdotes.
Canon 19: Reglas a tener en cuenta respecto a los partidarios de Pablo de Samosata que deseaban retornar a la Iglesia.
Canon 20: Los domingos y durante la Pascua las oraciones deben rezarse en pie.